“… amén”

En el nombre del padre, del hijo y del espíritu santo… amén”. Imperdonable que una de las oraciones más universales y que cuenta con la presencia de tantos personajes prescindiera de ella, porque ¿dónde queda la madre? ¿Debió ir antes del padre? ¿Quizás hubiera sido mejor después? ¿Ni siquiera delante del hijo? La de bronce se la lleva el espíritu santo y no hay más medallas ni diplomas. ¿Por qué no aparece la madre en el catálogo? ¿Está incluida en el precio? ¿Es que puede explicarse esa divina oración diaria sin el concurso de la madre? ¿Cuál es su espacio, entonces, cuál es su lugar? ¿En la cama? ¿En la cocina? ¿Dónde está la madre? ¿En la piadosa virtud de saber esperar, de aceptar resignarse? ¿En el temor de seguir decepcionando a quien no la nombra ni considera? ¿Tal vez en la costumbre del silencio, confinada detrás de siete puertas que apaguen las voces y encierren los pasos? ¿Quizás en la ventana, viendo irse a la vida por la calle, sin derecho a soñar, a hacer preguntas, a esperar respuestas, sin derecho a ser? ¿Dónde está la madre? ¿En la crónica roja, la de todos los días, otra madre muerta a manos de un padre, de un hijo, de otro espíritu santo?

No pretendo alarmar a nadie pero estoy convencido de que la madre es el amén.

(Euskal presoak-euskal herrira)