Si la poesía se escribiera con los pies

 

“Puedo escribir los versos más tristes esta noche. Escribir, por ejemplo, la noche está estrellada y tiritan azules los astros a lo lejos. El viento de la noche gira en el cielo y canta…” declamó el poeta ante un estadio abarrotado de público para, inmediatamente, entre los gritos y aplausos de los aficionados, salir corriendo hacia una de las esquinas del campo y zambullirse de bruces en la hierba,  exultante de felicidad.

Después se aproximó al banquillo para abrazarse con algunos compañeros poetas y con su propio editor y, muy  despacio, finalmente, se dirigió hacia el centro del campo, como saboreando la gloria de aquellos primeros y oportunos versos y agregó: “Puedo escribir los versos más tristes esta noche. Yo la quise y a veces ella también me quiso. En  noches como esta la tuve entre mis brazos. ¡La besé tantas veces bajo el cielo infinito!…”

El  público, puesto en pie, jaleaba la brillante actuación de su bardo y, el poeta, perseguido por los aplausos de los miles de aficionados,  tras besar su anillo de casado   y el emblema de su patrocinio editorial bordado en la camiseta, se cubrió con ésta la cabeza dejando al descubierto nuevos versos ocultos en la sudadera: “Ella me quiso, a veces yo también la quería. ¡Como no haber amado sus grandes ojos fijos! Puedo escribir los versos más tristes esta noche. Pensar que no la tengo. Sentir que la he perdido…”

Apenas concluyó su oración, corrió el poeta hacia las atestadas graderías al tiempo que con su dedo índice agradecía la ayuda recibida desde las alturas, encaramándose sobre una valla publicitaria. Los aficionados gritaban su nombre, levantaban sus libros, coreaban de memoria sus versos como si fuera la primera vez que los  supieran. El poeta,  ya sobre la hierba, tras simular que acunaba a un bebé que, posiblemente, habría de convertirlo pronto en padre, remató su actuación con una soberbia cuarta estrofa: “Oír la noche inmensa, más inmensa sin ella. Y el verso cae al alma como el pasto al rocío. Qué importa que mi amor no pudiera guardarla. La noche está estrellada y ella no está conmigo…”

Para entonces, el estadio era un solo clamor. Ninguna de las sesenta mil personas que se habían dado cita aquella tarde para animar a su poeta, ignoraba que estaba siendo testigo de un encuentro memorable. Tampoco lo ignoraba el poeta que, entusiasmado, corrió otra vez sobre la verde alfombra ejecutando tres saltos mortales hasta caer de pie, en el centro del rectángulo, a tiempo para declamar una quinta estrofa: “Eso es todo. A lo lejos alguien canta. A lo lejos. Mi alma no se contenta con haberla perdido. Como para acercarla mi mirada la busca. Mi corazón la busca y ella no está conmigo…”

Parte del público comenzó a hacer la ola mientras otros aficionados entonaban el himno “Nunca recitarás solo”. El poeta, enardecido, lo mismo simulaba frente a los hinchas más exaltados el disparo de flechas o de bombas como bailaba frenéticas danzas o empollaba hipotéticos huevos. Cuando acabó su surtido y gestual repertorio, regresó al centro del campo y exclamó: “La misma noche que hace blanquear los mismos árboles. Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos. Ya no la quiero, es cierto, pero cuánto la quise. Mi voz buscaba el viento para tocar su oído…”.

Y el estadio reventó. Hubo hinchas, los más fogosos, que encendieron bengalas de colores, hubo hasta quienes, fuera de sí, arrancaron los asientos del estadio tirándoselos a la cabeza. El poeta, corría por el césped, señalando con las manos su nombre en sus espaldas a la vez que, turbado, declamaba: “De otro, será de otro, como antes de mis besos. Su voz, su cuerpo claro, sus ojos infinitos. Ya no la quiero, es cierto, pero tal vez la quiero. Es tan corto el amor y es tan largo el olvido…”

Al día siguiente, todos los periódicos, todos los informativos de televisión y de radio, todos los medios de comunicación, se hicieron eco de la brillante exhibición del poeta: “Porque en noches como esta la tuve entre mis brazos, mi alma no se contenta con haberla perdido. Aunque este sea el último dolor que ella me causa y estos sean los últimos versos que yo le escribo”.

(PD: Entre comillas, el poema 20 de Pablo Neruda).

 

 

La transición a la democracia en Estados Unidos

Hora va siendo ya de que el gobierno de Cuba, con el mismo derecho que asiste al régimen de los Estados Unidos, designe una comisión que se ocupe de facilitar la transición a la democracia de sus belicosos vecinos.

Yo mismo, si el gobierno de Cuba lo considera, me ofrezco voluntario para coordinar esa imprescindible transición que haga de los Estados Unidos un país democrático y respetuoso de los derechos humanos y civiles.

Sé que no es fácil la misión pero un país que acumula la mayor deuda externa de su historia, mayor que la suma de todas las demás supuestas deudas americanas;  que derrocha la mitad de los recursos del planeta; que contamina tanto como la mitad de los países existentes; que consume la mayor parte de la  droga que circula por el mundo; que vulnera absolutamente todos los derechos humanos; que multiplica indigentes y analfabetos; que mantiene al margen de cualquier seguro social a 45 millones de seres humanos; que ve morir violentamente todos los años a 18.000 estadounidenses, no en las guerras que promueven sino en la paz que han construido; que registra más de 32.000 suicidios al año; que dispone de más armas que ciudadanos;  que promueve la violencia, la guerra y el terror en cualquiera de sus formas y en cualquier país y continente, es un estado fallido que debe ser intervenido por la comunidad internacional para evitar que siga perpetrando crímenes y generando miseria.

Y es que es inaceptable que en Estados Unidos se pueda votar pero no elegir, que los votos de unos valgan más que los votos de otros y que los candidatos los determine el capital;  inaceptable que pueda ser asesinado su presidente en un golpe de Estado encubierto y deba esperar su pueblo al menos 66 años para conocer la verdad; inaceptable que fenómenos de los llamados naturales multipliquen sus mortíferos efectos por la desidia de  gobiernos a los que no les importan sus muertos cuando son pobres y negros; inaceptable que con dinero público se auxilien las privadas bancarrotas; inaceptable la existencia de campos de concentración donde torturar a disidentes; inaceptable la construcción de gigantescos y vergonzosos muros con los que aislar a sus vecinos; inaceptable que secuestren opositores por todo el mundo, que dispongan de cárceles clandestinas e ilegales para ellos y que, por exigencia de su gobierno, sean sus soldados los únicos que no están obligados a responder ante tribunales internacionales de justicia; inaceptable el caos que Estados Unidos ha desatado en el mundo y que hace urgente la intervención de Cuba y la comunidad internacional para posibilitar la transición democrática en ese país, en el entendido de que son los estadounidenses los que deben definir su futuro y  que, en ese objetivo, Cuba debe volcarse cuanto antes en ayuda humanitaria.

 

 

 

 

Hermenéutica de la dialéctica

El  primer teórico, inmerso desde su atalaya conceptual en el polémico debate, objetó que el huevo fuera frito, contraviniendo la teoría de Huevonsky que insistía en la perentoria necesidad de agotar un proceso contradictorio que no erosionase  la formulación de nuevas estrategias ni objetara la inferencia reconstructiva del debate propuesto, al margen de las invectivas personales que no siempre adolecen  de la incongruencia acrítica estructural para implicarse en un proceso renovador.

Un huevo frito demandaría, concomitantemente a su resolución cromática, la implicación creciente de patatas, presumiblemente fritas, que redefinieran el contexto y dotaran de un marco teórico la presencia del tubérculo.

El segundo teórico, desde su despacho universitario, se mostró partidario de las nuevas corrientes reestructurativas, rechazando los reajustes planteados y enfatizando la necesidad de eludir el declive repentino de la yema, de manera que se priorizara la manutención de la estructura básica y las provisiones de asistencia interna, en tanto en cuanto la transferencia masiva exige soluciones de radical inmediatez, obviamente, pasadas por agua, que desaceleren el progresivo deterioro de la clara, ya que, únicamente la ebullición del huevo superaría los obstáculos y retos pendientes de un ajuste estructural.

El tercer teórico, más comedido que quienes le precedieran y afín a la escuela de Huevonster, enfocó su ponencia en la urgencia de proceder a una racional transferencia de las posibilidades, de manera que el eje de la recuperación no gravitara exclusivamente sobre  la sociedad civil para que el crecimiento intrínseco del huevo no afectara ningún sector estratégico, posibilitando el control y vigilancia de comisiones autorizadas desde la base, sin menoscabo de líneas paralelas independientes a la contraloría general.

Su exposición llamaba la atención sobre la existencia de ciertas estructuras, no siempre procesadas en términos eclécticos, que pueden erosionar gradualmente las bases de apoyo y que deben encararse prioritariamente mientras sean resolubles para evitar posibles restricciones. Requerían, en consecuencia, un mayor énfasis de los programas aplicados, de modo tal que el huevo revuelto reestructurase su mercado interno y transfiriese su inversión a sectores terciarios antes de que la dinámica nacional acabara corrigiendo los naturales desequilibrios.

Por suerte, la gallina, en su aislado corral, luego de agradecer las aportaciones teóricas de los eruditos y de ponderar las ventajas de los huevos fritos, de los revueltos, de los pasados por agua, de los de chocolate, de los de Pascua, de los encerados, de los estrellados, de los batidos e, incluso, del huevo de Colón… siguió poniendo huevos.