El fracaso de Dios

La vaca nos da su leche, la oveja nos da su lana, el árbol nos da su madera… son algunas de las primeras cosas que aprendemos en la escuela o en la casa. En su infinita generosidad la naturaleza parece haber dispuesto que todo lo que exista le sea dado al “hombre”.

Y, sin embargo, nunca he visto a una vaca que se ordeñe y entregue su leche al ganadero, como tampoco he visto que las ovejas se esquilen unas a  otras para ir luego balando satisfechas a entregar su lana a los pastores. ¿Alguien ha visto a un árbol que se tale y se pode mientras el leñador descansa?

La gallina nos da sus huevos, las abejas nos dan su miel y el río nos da su agua… pero ¿realmente nos lo dan? ¿No será que se lo arrebatamos?

La leche de la vaca podría seguir tomándosela el ternero, y antes de que esquiláramos a las ovejas ya éstas disponían de métodos para aligerar el peso de su lana, como los árboles mudaban su aspecto sin necesidad del hacha o de la sierra.

Las vacas, en su benéfica existencia, no se limitan a darnos su leche. También nos dan sus solomillos, sus lomos, sus costillas, sus morrillos, al igual que el resto de animales que nos dan sus pieles e, incluso, las dos orejas y el rabo.

En justa correspondencia a tanta dádiva animal, hacemos a las vacas responsables de la locura humana, cuando no a sus excrementos causa del deterioro ambiental,  con la misma alegría con que acusamos a corderos y cerdos de la fiebre aftosa o la porcina,  a las aves de contraer la gripe o a los árboles de extender los incendios.

Usar el verbo dar para resumir tantos años de mercado e industria, de explotación y saqueo, no es lo más correcto ni creíble.

Podrá parecer una tontería, no descarto que lo sea, preocuparse a estas alturas  del buen uso que hagamos de los verbos cuando, además, no son estas reflexiones el anticipo de mi renuncia a los huevos fritos con jamón o a la chaqueta de lana, como algún avezado lector ya estará presumiendo.

A lo que sí renuncio es a seguir azucarando la historia con eufemismos como los citados porque quien crece en la certeza de ser el centro del universo y no parte del él,  quien va haciéndose adulto en la creencia de que todo lo que lo rodea está subordinado a su interés, tarde o temprano, con la misma perversa ingenuidad con que llegó a creer que la vaca existía para servirle, acabará pensando que el resto de sus semejantes también comparten ese destino y sólo aspiran a gratificar sus necesidades y deseos, y que el planeta es un gran supermercado inagotable capaz de surtirte de lo necesario y de lo prescindible, con sólo depositar los mercuriales argumentos que nos dan derecho a tener derechos.

En lugar de afirmar nuestra identidad en armonía con la naturaleza y nuestros semejantes, de considerar que somos un soplo más de vida entre tanta gente que respira, otra pieza del común mosaico de colores y formas, la “educación” recibida nos anima a situarnos, batuta en mano, al frente de la orquesta, sin otra partitura que el consumo, no para conducir la música de todos, sino para enmudecerla hasta agotarla.

Desaparecerán los clarinetes, se extinguirá el piano, perderán sus cuerdas los violines, y ni siquiera cuando sólo queden los timbales volverá la cordura al director. En algún momento, el último probablemente, descubrirá su soledad, y seguirá sosteniendo la batuta pero ya no habrá orquesta, ni sinfónica, ni de cámara, ni cuarteto, ni solista, sólo el patético fracaso de “Dios” y de su obra.

Insólita dimisión

Clama al cielo la suerte que ha corrido el ministro de Justicia de Japón, Minoru Yanagida, que a los dos meses de haber sido nombrado, ha tenido que renunciar a su cargo tras el escándalo causado por unas recientes declaraciones en las que se atrevió a definir su trabajo como “fácil” ya que “sólo tenía que recordar dos frases si le hacían preguntas”.

Las dos frases con las que el ministro japonés lograba salir airoso de cualquier rueda de prensa eran: “no debo hacer comentarios en casos individuales” y “estoy actuando de forma apropiada de acuerdo a la ley y a las pruebas”.

Lo que en otros países hubiera sido celebrado como una espontánea gracia del ministro, en Japón, que así son los nipones, ha estado a punto de llevar al pobre hombre a la cárcel. En la Italia de Berlusconi, por ejemplo, ni siquiera habría sido noticia semejante declaración, tampoco motivo de cese, así fuese en boca del primer ministro. Probablemente hubiera pasado, dados los antecedentes, como una rara muestra de cordura y sensatez en Berlusconi.

En el Estado español, es otro ejemplo, habría sido imprescindible una laboriosa investigación para dar con la figura pública capaz de disponer de, al menos, tres frases que complacieran otras tantas preguntas, y sin que la misma garantizase el éxito. Sabido es que el rey, hasta la fecha, sólo dispone de dos: “¿Por qué no te callas?” y “¿Dónde he dejado la copa?”; el presidente Zapatero también dispone de dos respuestas para salir del paso ante cualquier eventual requerimiento: “¡No me cansaré de repetirlo!” y “¿Qué estaba diciendo?”; el ministro Rubalcaba aunque bien es cierto sólo maneja una frase: “¡O bombas o votos!”, también es verdad que ha conseguido improvisar algunas variantes alterando los factores sin modificar la ecuación, y que ya trabaja denodadamente en una segunda frase para incorporarla a su inventario o cedérsela a su presidente: “¡El interés de España por delante!”. Fama es que Aznar, políglota que habla catalán en la intimidad e inglés en Texas, sólo ha trascendido por una única frase: “¡Van a ir presos todos, todos, todos!”, pero ha sabido encarar los nuevos y milenarios retos, porque aunque no haya logrado nunca disponer al mismo tiempo de dos frases, sí ha sabido sustituirlas. No hace mucho sorprendió a la opinión pública con una nueva aportación: “¡Cuando yo no lo sabía, nadie lo sabía”! Y tras varios meses en uso, la cambió por una nueva frase: “¿Y quién te ha dicho a ti las copas de vino que yo tengo o no tengo que beber?”. Igualmente se sabe que Mariano Rajoy,  tal vez carezca de frases, pero dispone sí de una niña que lo nutre de respuestas. Y en el Estado español,  aunque parte de la ciudadanía sólo maneja una respuesta para encarar cualquier duda o demanda,  en su favor, y como mal menor, hay que reconocer que la comparten: “¡Yo soy español, español, español!”

Día Internacional del Retrete

¿Quién me iba a decir a mí, tan descreído en aniversarios y conmemoraciones, que iba a encontrar, por fin, un feliz día internacional que valiera el agasajo?

Ni el día del padre, el de la madre, el del niño o el de la secretaria, me han merecido nunca respeto alguno, desnaturalizados hasta el aburrimiento si éste viniera empacado y pudiera etiquetarse.

Las innovaciones que en la materia ha habido, con la institución del día del arbusto o del ornitorrinco, tampoco han conseguido interesarme, sin querer restar con ello mis respetos a todos los animalitos y vegetales que estén de cumpleaños.

Lo que de verdad me ha emocionado, en lo que constituye un merecidísimo reconocimiento al más sublime y humano de los espacios, es ese Día Internacional del Retrete que celebró el mundo el 19 de noviembre y del que, desgraciadamente, vengo a saber ahora, días después.

Ni siquiera los grandes medios, tan dados a resaltar fruslerías, se ocuparon de tan feliz aniversario.

La verdad es que tres veces al día, lo reconozco, rindo pleitesía al retrete, no por sus haberes, que los tiene, sino por ser y haberlo sido siempre, ese único reducto amurallado, provisto de cerrojo, al que no llegan visitas indebidas; ese sagrado altar en el que entregarse a la lectura sin timbres que interrumpan ni llamadas que importunen.

Si no fuéramos hipócritas, tan esclavos de las dignas biografías que mentimos, tendríamos que reconocer que en ningún otro trono, como en los retretes, hemos sido más propios y felices, sin un notario al lado que registre la cotidiana historia en la que estamos, un juez que te autorice el paso o la opinión, sin una cita previa, sin un reproche, sin un lamento, sólo nosotros mismos y el retrete. Y en él hemos soñado y descubierto los dos o tres enigmas pendejos de la vida, esos que son la esencia de todos los humanos afanes, que nos llevan y nos traen, de letrina en letrina, y en cuya concurrida soledad hemos urdido las historias que mejor sabemos y contamos.

Lamentablemente, nadie programó jubilosas manifestaciones al respecto de su aniversario que bien pudieron haberse expresado en atención a todos los gustos y posturas que solemos, que nada nos globaliza con más hondura y equidad que esos restos mortales que los días nos desprenden. Ni siquiera tuve noticias de que, en atención al día, se vendieran en el mundo algunos miles más de inodoros y escobillas que en cualquier otra fecha, como triste y mercurial destino que el calendario reserva a estas celebraciones.

Y así ocurrió que el 19 yo también falté a la cita y olvidando que el mundo celebraba el Día Internacional del Retrete me abstuve de rendirle a su memoria mi cálido agasajo.

Pero como a él no le importa y tampoco celebré el 12 de octubre ni el 20 de noviembre, hoy mismo aúno en un solo homenaje esas tres onomásticas y, cumplido con holgura el expediente, con copia a la corona, tiro de la cadena… y hasta nunca.

“Los fantasmas del pasado”

Al presidente del Gobierno Vasco le irrita que se mencione la impunidad con que el Estado no sólo mata sino que, además, olvida.  “No sigan azuzando los fantasmas del pasado” exigía en estos días Patxi López.

Ramón Oñederra, Mikel Goiketxea, Bixente Perurena, Angel Gurmindo, Eugenio Gutierrez Salazar,  Rafael Goikoetxea, Xavier Pérez Arenaza,  Christian Olaskoaga,  Jean Pierre Leiba,  Tomás Pérez Revilla, Benoit Pescasteings,  Xavier Galdeano,  Emile Weiss, Claude Doer, Santos Blanco, Juan Mari Otegi, José Mari Maiztegi, Iñaki Asteasuinzarra, Agustín Irazustabarrena, Sabin Etxaide,  Robert Caplanne,  Christophe Matxikote, Catherine Brion, Juan Carlos García Goena, Joxean Lasa, Joxi Zabala,  Mikel Zabalza, Santi Brouard, Josu Muguruza, Germán Rodríguez, Gladis del Estal, Aniano Jiménez Santos, Ricardo García Pellejero,… son sólo algunas de las víctimas de un terrorismo impune para las que no tiene el Estado memoria ni justicia.

¿Y de  qué fantasmas hablaba Patxi López?  Si por fantasmas se  refería a esas víctimas para las que tampoco tienen flores, medallas, minutos de silencio ni homenajes, bueno es que sepa que detrás hay un pueblo que guarda su memoria. Si por fantasmas aludía a esos asesinos para los que siempre ha habido ascensos, recompensas y entrevistas,  letras del alfabeto que preserven su identidad, ministros de justicia que no les instrumenten nuevos ni viejos cargos,  partidos que los nombren presidentes… todos tienen nombres y apellidos.

¿O será que los fantasmas sólo eran fantoches y que el pasado lo seguimos teniendo delante?

¿Quién es La Cenicienta?

Koldo Campos Sagaseta

(Tomado del libro en gestación “Cuentos que no nos contaron”, a medias entre Koldo Campos Sagaseta e Irene Campos Fernández)

Escena 1-Interior/Oficia CSI/Noche

 Bien entrada la noche, la forense Catherine Willows conversa con Nick Stokes, otro de los miembros del equipo de investigación forense del CSI (Crime Scene Investigation) mientras toman café en su oficina.

                                                             Catherine

-Sigo sin entenderlo Nick… He analizado tres veces las huellas recogidas junto al horno de la bruja y ninguna corresponde a Hensel o Gretel. Si arrojaron dentro a la bruja, como han declarado, sus huellas tendrían que estar alrededor del horno. Tuvieron que apoyarse en algún momento en el horno para lograr meterla dentro.

                                                              Nick Stokes

-Pudieron usar guantes…

                                                              Catherine

-¿Y dónde están los guantes?

                                                              Nick Stokes

-Tal vez los hicieron desaparecer… Quizás los metieron también al horno.

                                                              Catherine

-¿Y por qué iban a deshacerse de los guantes si, como quiera, estaban dispuestos a entregarse y confesar? Hay algo que no encaja en esta historia.  Y  los análisis de las muestras de ADN de los niños tampoco  aclaran nada.

Entra en la oficina el químico Greg Sanders sosteniendo una humeante probeta.

                                                               Greg Sanders

-Creo que tengo la respuesta a todas vuestras dudas. He analizado el chocolate del que estaba hecho el techo de la casa y el resultado no deja lugar a dudas: no es chocolate. Se trata de una extraña pasta de color marrón, compuesta por distintos elementos como lecitina de soja, extracto de malta de cebada, leche desnatada en polvo y manteca de cacao con aroma de vainilla, además de varios aditivos y colorantes.

                                                               Catherine

-¿Y cuál es el problema? A esa pasta es que Nestlé llama chocolate. De todas formas ¿qué tiene que ver con el caso?

                                                               Greg Sanders

-Que si fue esa pasta lo único con lo que la bruja estuvo alimentando a esos niños para que engordaran, además de cebarlos los intoxicó.

                                                               Catherine

-Eso sólo probaría que  el chocolate Nestlé es una mierda y que consumirlo perjudica seriamente la salud.

                                                               Greg Sanders

-Sí… pero también establecería un atenuante para Hensel y Gretel que cualquier jurado consideraría.

La discusión es interrumpida por Gil Grisson, jefe del CSI, que entra en la oficina precipitadamente.

                                                               Grisson

¿Qué casos tenemos pendientes?

                                                               Catherine

-El de la casa de chocolate y los dos hermanos…

                                                               Grisson

-Olvídense de Hensel y Gretel porque tenemos un caso especial.

                                                               Nick Stokes

-¿Y qué hacemos con el cazador que supuestamente mató al lobo feroz? Sólo nos falta recibir el informe de balística y volver a interrogar a la abuela de Caperucita que, dicho sea de paso, era la que tenía registrada a su nombre la escopeta…

                                                               Grisson

-Os repito que tenemos entre manos un caso especial y hay que ponerse en marcha inmediatamente. Os lo explicaré por el camino… ¡Vamos, no perdamos tiempo!

Rápidamente, Grisson, Catherine, Stokes y Sanders recogen su equipo y salen de la oficina.

Escena 2- Exterior/Noche/Coche

A toda velocidad, Grisson conduce el coche  mientras informa de la misión a su equipo.

                                                               Grisson

-Vamos al Palacio Real. Esta noche se celebró un gran baile de gala organizado por el rey con el propósito de encontrar, entre las damas que asistieran, novia para el príncipe. Al parecer, cuando ya el príncipe había dado con ella… la elegida, a eso de las doce de la noche, salió corriendo y desapareció.

                                                               Sanders

-No me extraña. Cualquiera hubiera hecho lo mismo. Lo que no me explico es qué hacía en el baile.

                                                               Grisson

-¡Sanders… no bromees con la familia real! Además, parece que nada le había comunicado a ella  con respecto a sus planes y que, hasta ese momento, tampoco la mujer parecía encontrarse a disgusto.

                                                               Nick  Stokes

-¿Y a nosotros nos corresponde encontrarla?

                                                               Grisson

-De eso se trata Nick… Hay que dar con el paradero de esa mujer desconocida.

                                                               Catherine

-¿Y no podríamos iniciar la búsqueda mañana? Ya son las 3 de la madrugada.

                                                               Grisson

-Cuanto antes nos pongamos a trabajar más posibilidades tendremos de hallarla. Y se trata de un asunto real. De hecho, todavía el príncipe sigue en Palacio y, por lo que me han dicho, sumamente deprimido.

                                                               Catherine

-Estamos sin dormir y sin cenar Grisson…

                                                               Grisson

-Y si no encontramos a esa mujer también nos quedaremos sin empleo. ¡Vamos Catherine… piensa en los demás, somos un equipo!

Escena 3- Exterior/Palacio/Noche

 

Grisson detiene el vehículo frente a la escalinata principal del Palacio Real. La zona está acordonada y algunos guardias vigilan que nadie irrumpa en la escena. A prudente distancia, algunos curiosos y periodistas observan la llegada del equipo del CSI que,  con la celeridad que su trabajo requiere, sacan los equipos del automóvil, se enfundan sus guantes asépticos y corren hacia un tramo de la escalinata en la que un potente foco ilumina un negro zapato de tacón. El príncipe, compungido, se acerca a Grisson.

                                                               Príncipe

-Ese era su zapato… Es todo lo que me ha quedado de ella. 

                                                               Grisson

-¿Cómo ocurrió alteza?                                                                       

                                                               Príncipe

-Estábamos bailando, aunque no recuerdo si era un vals o un pasodoble.  Recuerdo sí que era medianoche porque en ese momento comenzaron a sonar las campanas de palacio. Yo acariciaba su sedosa cabellera negra cuando ella, abruptamente, retiró su mano izquierda de mi entrepierna y echó a correr.  Yo también quise correr detrás de ella… y hasta lo hice cuando me levanté.

                                                               Grisson

-No se preocupe alteza… Encontremos a esa mujer. ¿Podría describírnosla?

                                                               Príncipe

-(Entre sollozos) ¿Y cómo describir lo indescriptible? ¿Cómo explicar lo inexplicable?

Sólo puedo deciros que era bella, que era divina y que yo estaba borracho.

                                                               Grisson

-¿Muy bella?

                                                               Príncipe

-Muy borracho

                                                               Grisson

Bien, por el momento es suficiente. Tranquilícese alteza. Si esa mujer existe daremos con ella.

En cuclillas sobre la escalinata Stokes,  hace varias fotografías del zapato y, finalmente,  con ayuda de unas pinzas, lo guarda en una bolsa de plástico.  Sanders, valiéndose de unos bastoncillos de algodón,  recoge  muestras del lugar. Muy cerca, Catherine interroga a algunos testigos mientras toma nota de sus declaraciones.

Escena 4- Interior/Oficina/Día

Alrededor de la mesa de trabajo Grisson y su equipo investigan el caso y comparten dudas y resultados.

                                                               Grisson

-Ya van a dar las 9 y todavía no tenemos nada.

                                                               Catherine

-(Mientras repasa sus notas) Uno de los testigos declaró haber visto corriendo a una mujer blanca como de veinte años envuelta en un vestido negro. Otro dice haber visto a una mujer negra vestida de blanco y que cojeaba ostensiblemente. Y un tercer testigo asegura que una loca semidesnuda que había bajado trastabillando las escaleras, paró una carroza de servicio y desapareció. ¿A quién creer?

                                                               Grisson

-Mientras no tengamos otros testimonios más creíbles habrá que confirmarlos todos. Dile a Jim que se ocupe de investigar entre las compañías de carrozas si alguna dio un servicio ayer, alrededor de las 12, cerca del Palacio Real. Y que interrogue a todas las mujeres negras y blancas que asistieron al baile… también a las locas.

Mientras Catherine transmite por teléfono al detective Jim Brass  las órdenes de Grisson, Sanders pone al corriente a los demás de sus averiguaciones.

                                                               Sanders

-Las muestras de saliva que recogí en las escaleras son tantas que dudo hubiera alguien que asistiera a la fiesta que no soltara algún escupitajo al entrar o salir. Pero hay algo, sin embargo, que puede servirnos. Cerca de donde se encontraba el zapato encontré esta plantilla de goma blanda que, obviamente, estuvo dentro de ese zapato. Es de la misma talla, corresponde al mismo pie y, además, he hallado fibra de la plantilla en el zapato.

                                                               Grisson

-Hay que ponerse cuanto antes en contacto con el fabricante de esa plantilla.

                                                               Sanders

-Ya lo hice Grisson, y me ha dicho que un par de la misma clase fue vendida a un zapatero de la ciudad hace unos días.

                                                                Grisson

-Entonces, de lo que se trata ahora es de averiguar que zapatero la vendió y a quien.

                                                                Sanders

-También lo hice Grisson., pero el fabricante no conserva registro de esa venta y debe haber una docena de zapaterías en esta ciudad.

                                                               Grisson

-Pues estamos otra vez como al principio… y sigue corriendo el tiempo.

                                                               Stokes

-Tal vez no. Le practiqué una fotogrametría al zapato, una moderna disciplina que nos permite calcular las dimensiones y posiciones de los objetos en el espacio, a partir de medidas realizadas sobre fotografías…

                                                               Grisson

-Sí… ya sabemos qué es una fotogrametría…

                                                               Stokes

-Tú sí, pero los lectores no.

                                                              Grisson

-¿Y qué es lo que descubriste?

                                                              Stokes

-Nada, al principio nada,  después tampoco, pero cuando le hice la fotogrametría por tercera vez menos aún.

                                                               Grisson

-¿Tú quieres seguir trabajando en el CSI?

                                                               Stokes

-Tranquilo Grisson, déjame terminar. Cuando iba a realizar una cuarta prueba, al coger el zapato, me fijé en que había unos extraños residuos adheridos al tacón y, una vez analizados, han resultado ser restos de cardo amarillo.

                                                               Grisson

-¿Y a dónde nos lleva eso?

                                                               Catherine

-Al sur de la ciudad y  al zapatero remendón. Ese es el único lugar donde crece el cardo amarillo. No existe ese tipo de cardo en el Palacio Real y menos en el salón donde tuvo lugar el baile. Y la zapatería del remendón es la única ubicada en esa zona.

                                                               Stokes

-La mujer que se puso ese zapato probablemente vive cerca.

                                                               Grisson

-¡Vamos allá ahora mismo! El príncipe está dispuesto a ir casa por casa probándole el zapato a todo el mundo hasta encontrar quien lo calce… y nos ha dado de tiempo hasta mañana.

                                                               Catherine

-No me parece tan mala idea. ¿Y por qué entonces no dejar el caso en sus manos?

                                                               Grisson

-Porque después también podría ocurrírsele que dejáramos en sus manos nuestros cargos. ¿Lo entiendes ahora?

                                                               Catherine

-¡Estoy cansada, jefe…. No puedo más!

                                                              Grisson

-¡Vamos Catherine… piensa en los demás, somos un equipo!

 

 

Escena 5- Interior/Zapatería/Día                                                                                       

En el interior de la única zapatería del sur de la ciudad,  un viejo zapatero se desespera tratando de envolver en papel de regalo una caja con zapatos, cuando entra Grisson. El resto del equipo del CSI permanece en la calle.

                                                               Grisson

-¿No se dejan envolver esos zapatos?

                                                               Zapatero

-Para una maldita venta que hago en el día encima quieren que se los envuelva. He tenido que ir a buscar la caja y el lazo a otra zapatería… pero, en fin, hasta la tarde no vendrán a buscarlos y para entonces confío en haberlo conseguido. ¿Qué se le ofrece?

                                                               Grisson

-(Al tiempo que  muestra la plantilla al zapatero) Sabemos que usted vendió esta plantilla…

                                                               Zapatero

-Sí, yo la vendí, pero no tiene garantía y no acepto devoluciones.

                                                               Grisson

-(Mientras se identifica) Sólo quiero que me muestre su recibo de venta.

                                                               Zapatero

-¿Recibo de venta? Le tengo una mala y una buena noticia… La mala es que no tengo recibo de la venta de esa plantilla… pero la buena noticia es que podría hacer memoria. Al fin y al cabo, es la única plantilla que he vendido.

                                                               Grisson

-Estoy esperando su nombre.

                                                               Zapatero

-He dicho que podría hacer memoria no que la haya hecho. En cualquier caso,  sigo teniendo una mala y una buena noticia. La mala es que este negocio,  y más  con  esta  crisis, es una ruina. La buena es que usted podría ayudarme a cuadrar el mes.

Grisson agarra por las solapas al zapatero y, a bocajarro, le deletrea la última hora del informativo.

                                                               Grisson

-Yo también te tengo dos noticias… pero si una es mala la otra es peor. La mala es que ahora mismo me dices su nombre y yo me olvido de romperte las narices.

Temeroso, el zapatero parece reconsiderar su estrategia para sacar a flote su negocio.

                                                               Zapatero

-¿Y la peor?

                                                               Grisson

-La peor es que yo te rompo las narices y tú me das el nombre antes de que te cierre este tugurio y te lleve preso por evasión de impuestos y resistencia a la autoridad.

                                                               Zapatero

-¡Ya lo recuerdo sí, fue el Hada Madrina. Y no van a tener que ir muy lejos porque vive en la casa de al lado, la pintada de lila.

Antes de salir de la zapatería, Grisson elige unas cuantas cajas de zapatos y con ellas bajo el brazo, ya desde la puerta, se vuelve hacia el zapatero.

                                                               Grisson

-Te tengo dos noticias, una mala y otra buena. La mala es que no te voy a pagar estos zapatos.

                                                               Zapatero

-¿Y la buena?

                                                               Grisson

-Que tampoco me los vas a tener que envolver.

Escena 6-Interior/Casa Hada Madrina/Día

 

Recostada en una mecedora que en su vaivén cruje y denuncia su generosa sobrecarga, una anciana de alrededor de 80 años, teje unos llamativos calcetines de lana en la cocina, junto a la encendida chimenea. 

De improviso, la puerta de la vivienda se viene abajo y entran, pistola en mano, Grisson y Catherine, mientras Sanders irrumpe por una ventana haciendo añicos su cristal y Stokes se descuelga por la chimenea.

Antes de que la anciana pueda expresar su espanto ya ha sido rodeada por el equipo del CSI, a excepción de Stokes que, a  gritos,  todavía pugna por apagar las llamas de su pantalón.

                                                               Grisson

-¡No se mueva… somos el CSI! ¡Sólo queremos hablar con usted!

                                                               Hada Madrina

-¿Y por qué no llamaron a la puerta?

                                                                Catherine

-Para que esta película tenga un poco de acción.

                                                                 Grisson

-¿Dónde está el Hada Madrina?

                                                                 Hada Madrina

-¿Cómo que dónde estoy? ¡Yo soy el  Hada Madrina!

Todo el equipo del CSI, sorprendido por la respuesta de la anciana, queda sin habla. Sólo Stokes sigue tratando a gritos de apagar las llamas.

Una vez reaccionan, toman asiento alrededor del Hada Madrina. Catherine le muestra a la anciana  el zapato de tacón.                                                                       

     

                                                               Catherine

-¿Este zapato es suyo?

                                                                  Hada Madrina

-¡Oh… que suerte que lo encontraron! Lo perdí ayer en la calle y me hubiera dolido no recuperarlo, aunque hubiera bastado que me llamaran y yo misma pasaba a recogerlo.

                                                                   Grisson

-¿Y se puede saber en dónde lo perdió?

                                                                  Hada Madrina

-No estoy segura…tal vez en la rotonda de la esquina… o quizás cuando volvía del mercado…La verdad es que sólo me di cuenta al llegar a casa.

                                                                   Grisson

-Está mintiendo y no me gusta perder el tiempo.

                                                                  Hada Madrina

-¡Oiga… sin faltar eh! ¡Le digo que ese zapato es mío!

Catherine toma el pie de la anciana, le quita la pantufla y le calza el zapato.

                                                                   Catherine

-¿Le importaría levantarse y dar unos pasos?

El Hada Madrina se incorpora, saca de un armario el otro zapato negro de tacón y, una vez se lo pone,  va y viene por la cocina mientras repara y se lamenta por los destrozos causados y le ayuda a Stokes a apagar las llamas de su pantalón. Finalmente vuelve a hacer crujir la mecedora. Grisson confirma sus temores directamente, comprobando con sus manos la perfecta adecuación de los zapatos a los pies de la anciana.

                                                                   Grisson

-No hay ninguna duda: ese zapato es suyo.

                                                                   Catherine

-Pero no puede ser ella… Es cierto que el príncipe estaba bebido…  pero no tan borracho.

                                                                    Grisson

-¿Dónde se encontraba usted anoche…entre las 9 y las 12?

                                                                    Hada Madrina

-Estuve aquí, en mi casa, viendo televisión… uno de esos idiotas programas de corazón

                                                                    Catherine

-¿No estuvo usted en el baile del Palacio Real?

                                                                    Hada Madrina

-¿Yo? Es verdad que a pesar de mis 80 años todavía puedo hacer muchas cosas, pero créame si le digo que ya no estoy para bailes… y menos reales. Le repito que estuve en casa viendo, precisamente, una de esas tertulias insoportables sobre el príncipe y sus deseos de tener un hijo heredero…

                                                                    Sanders

-Es cierto, yo también lo estuve viendo mientras trabajaba en el laboratorio.  

                                                                    Grisson

-Pues no entiendo nada… ¿Cómo se explica que estuvieran sus zapatos y no estuviera ella?                                                                                                       

Un denso silencio en el que por fin participa Stokes responde a la pregunta de Grisson, hasta que Catherine da con la respuesta.

                                                                   Catherine

-Se me ocurre una forma de explicar cómo es que los zapatos asistieron al baile mientras su propietaria permanecía en su casa…Tal vez se los puso otra persona… ¿Es eso lo que pasó?                                                                                                       

Visiblemente turbada, la anciana parece desmoronarse. Su coartada televisiva ya no le sirve  e intenta cambiar la estrategia.

                                                                   Hada Madrina

-Tal vez… ese no sea mi zapato… quizás sólo se parecen o…

                                                                   Grisson

-¿A quién le prestó los zapatos?

                                                                   Catherine

-¡Vamos…dígalo, no va a pasarle nada, ni a usted ni a la mujer que acudió al baile del Palacio Real!

                                                                   Sanders

-¡El príncipe sólo quiere conocerla… más! ¡Igual hasta casarse!

                                                                   Hada Madrina

-Les repito que yo no sé nada. La última vez que ví esos zapatos estaban ahí, dentro del armario.

                                                                    Grisson

-¡Vamos confiese! Sabemos que compró un par de plantillas para los zapatos…y usted no las necesitaba. ¿Para quién compró esas plantillas?

                                                                    Catherine

-Los zapatos le entran perfectamente y no hay en sus pies la menor huella de rozaduras o lesiones que hicieran necesarias unas plantillas… ¿Eran para otra persona… verdad?

                                                                    Hada Madrina

-Les digo que no sé de qué me hablan…

                                                                     Grisson

-¿Quién vive con usted?

La pregunta de Grisson vuelve a turbar a la anciana, cada vez más acorralada por las evidencias.

                                                                     Hada Madrina

-Yo… vivo sola.

                                                                      Catherine

-¿Y para quién son esos coloridos calcetines que está tejiendo?

                                                                      Hada Madrina

-Bueno… para nadie en particular… lo hago por ejercitar mis dedos…es que tengo artritis… sí, por eso.

Rápidamente, Sanders toma los calcetines y los coteja con los zapatos.

                                                                       Sanders

-La misma longitud, la misma anchura… estos calcetines son para estos zapatos. Sólo necesitamos saber quién se los pone.

                                                                        Grisson

-¡No nos haga perder más tiempo y confiese quién llevaba esos zapatos!

                                                                        Catherine

-¡Y para quién son estos calcetines!

                                                                        Hada Madrina

-¡Ya basta! ¡Quiero un abogado!

El detective Jim Brass entra en la cocina.  Lleva un envoltorio en la mano y le acompaña un atractivo joven como de veinte años,  de pelo corto y facciones suaves.

Todos se vuelven sorprendidos hacia ellos. También la anciana que, finalmente, se derrumba en la mecedora mientras se cubre el rostro con las manos tratando de esconder el llanto.

                                                                         Jim Brass

-Creo que ya no hay necesidad de seguir interrogando a esta mujer. Una compañía de carrozas me confirmó un servicio ayer a las 12 de la noche y a las puertas del Palacio Real. Cuando interrogué al chofer me dijo que ya  iba de regreso a su casa cuando lo abordó una mujer semidesnuda, muy excitada, a la que le faltaba un zapato de tacón negro.  El chofer recordaba perfectamente la dirección a la que llevó a la mujer porque ni siquiera le pagó la carrera. La trajo a esta casa. Antes de desmontarse, la mujer se quitó su larga peluca negra…

Brass saca del envoltorio una larga peluca negra y se la pone al joven que tiene al lado.

                                                                         Jim Brass

-Os presento a Ceniciento… la mujer con la que el príncipe se quiere casar y tener un heredero.

El estupor general sólo es roto por la anciana que, entre sollozos, se levanta de la mecedora y corre a abrazarse con Ceniciento.

                                                                          Jim Brass

-A él me lo encontré en la entrada…ella es su abuela.

Escena 7- Interior/oficina CSI/Día

Alrededor de la mesa, Grisson y su equipo tratan de encontrar una solución al problema que enfrentan. Por si no fuera suficiente el cansancio acumulado, el desánimo es evidente en todos los miembros. Stokes se esfuerza en permanecer despierto, Catherine entretiene su tedio probándose los zapatos negros, Sanders se cambia de pantalones, Brass se distrae peinando la peluca… sólo Grisson  se empeña en repasar notas e informes.

                                                                           Catherine

-Lo que no entiendo es porqué huyó Ceniciento del palacio.

                                                                            Jim Brass

-Según ha declarado se le estaba corriendo el maquillaje y el príncipe se mostraba demasiado efusivo. Ceniciento temía que le acabara arrancando la peluca y antes de que el fraude quedara al descubierto echó a correr.

                                                                            Sanders

-¿Y por qué fue al baile? ¿Qué hacía Ceniciento en el Palacio Real?

                                                                            Grisson

-Bueno… aunque pueda parecernos extraño, le gusta el príncipe casi tanto como la buena vida palaciega.

                                                                            Jim Brass

-Pensó que con el tiempo, tal vez,  lo acabaría aceptando. Además, Ceniciento se encuentra sin trabajo, no tiene donde caerse muerto. Nada perdía con intentarlo.

                                                                            Grisson

-El problema es qué vamos a hacer ahora. Sólo tenemos dos opciones y cualquiera de las dos nos lleva al paro, al cese fulminante de todo el equipo. Antes de que termine el día tengo que presentarle al príncipe a su futura esposa y, o bien le digo que una decrépita anciana de más de 80 años y cien kilos de peso es la propietaria de los zapatos, o le confieso que la mujer de sus sueños es un gey.

                                                                             Catherine

-¿Qué va a ser de nosotros? ¿Dónde vamos a encontrar trabajo?

                                                                             Grisson

-Como están las cosas… en ninguna parte. Y eso si sólo es el trabajo que perdemos, porque también podría el príncipe tomar otras medidas…que ya sabéis como las gasta.

                                                                              Sanders

-¿Y si nos vamos del país?

                                                                              Jim Brass

-¿Y a dónde vamos a ir? Ni en el País de las Maravillas quieren ya emigrantes… 

De improviso, a Grisson parece ocurrírsele una idea que transforma su apesadumbrado semblante en una risueña expresión.

                                                                              Grisson

-¡Catherine, hazme el favor… camina, da unos pasos!

                                                                              Catherine

-¿Yo?

                                                                               Grisson

-¡Sí… muévete, vamos!

  Catherine comienza a andar por la oficina con los zapatos negros de tacón. El resto del equipo, antes de que Grisson les descubra su ocurrencia, comienzan a valorar la idea.

                                                                               Jim Brass

-¡Eso es Catherine…y ponte también la peluca!

                                                                               Catherine

-¿No estaréis pensando…?

                                                                                 Sanders

-¡Sí… es perfecta!

                                                                                 Stokes

-¡Nunca te lo había dicho antes… pero podrías pasar como modelo, como actriz… como princesa!

                                                                                 Catherine

-Pero es que a mi el príncipe me da arcadas…

                                                                                 Jim Brass

-Eso será al principio… después te acostumbras.

                                                                                  Grisson

-Más náuseas te va a dar el desempleo. ¡Vamos Catherine…piensa en los demás. Somos un equipo!

Y colorín colorado, caso resuelto. Catherine aceptó el reto y el príncipe se hizo cargo.

Lecciones inolvidables sobre la ética que rige el mundo

Todos los días, así vengan de la mano de gente conocida o de anónimos ciudadanos, y con independencia de que aparezcan o no en los grandes medios, tenemos la fortuna de conocer en una época tan acanallada como la que discurre, conductas y gestos éticos que nos ayudan a vivir, a ser, simplemente, más dignos seres humanos.

Días atrás, por ejemplo, Santiago Sierra renunciaba al premio nacional de artes plásticas porque “instrumentaliza en beneficio del Estado el prestigio del premiado… un Estado que participa en guerras dementes alineado con un imperio criminal y que dona alegremente el dinero común a la banca.”

También en estos días, y es otro ejemplo, alguien que nunca me perdonaría que la identificara, renunció a participar en la tradicional fiesta navideña de la empresa para la que trabaja si no se autorizaba la asistencia a la misma a todas y todos los empleados, al margen de la función que tengan y del salario que perciban.

Todos los días tenemos a nuestro alcance referencias éticas que nos ayudan a  ser mejores personas, pero no escasean, desgraciadamente, los otros ejemplos, los inmorales, los deshonestos, cada vez más comunes y, lo que es peor, celebrados en un mundo que ha hecho de la hipocresía su principal baluarte.

En relación a ello quiero traer hoy a colación tres ejemplos sobre esa infame ética con que el poder te aborda cuando su disimulo se queda sin tiempo o sin espacio, tres inolvidables lecciones que vienen a ser la misma.

La primera lección sobre esa ética, periodística en este caso, la recibí hace ya 30 años de boca del director de un periódico dominicano en el que me iniciaba como columnista.  A su despacho llegué un día para saber la razón de que no se publicara mi primer artículo. Llevaba el periódico del día y, cuando me senté al otro lado de su mesa, no atreviéndome a dejarlo encima en el temor de que acabara perdiéndose bajo la montaña de papeles, lo puse sobre mis rodillas, lejos del alcance de su vista.

-Su trabajo es muy bueno –me sonrió el director-  pero  sé que tiene poco tiempo en el país y no está familiarizado con ciertas costumbres nuestras así que, es bueno que sepa que hay ciertas palabras que aquí no usamos, menos aún en prensa…

La palabra era nalga. Abrumado por tanta indecente nalga, busqué en el suelo un agujero en el que esconderme cuando, de repente, las ví. Bajo unas bragas negras, muy ceñidas, incapaces de ocultar y contener con tan exiguo argumento de tela nalgas tan generosas, éstas desparramaban sus volúmenes en la casi media página del periódico que yo tenía sobre mis rodillas. Las nalgas se sostenían en dos esculturales piernas, por supuesto desnudas, bajo las cuales, y en un plano inferior, James Bond apuntaba a los lectores con su pistola. Se trataba del anuncio de la última película del famoso agente 007 y yo ni quería ni podía dejar pasar semejante oportunidad.

-Pues tal vez en su periódico la palabra nalga esté prohibida… pero las nalgas no.

El comentario lo respaldé enarbolando la prueba que la providencia pusiera en mis manos, pero aquel director, con más años de oficio que de edad, me respondió:

-Sí, es verdad, pero hay una clara diferencia…Ellos pagan, usted no.

La segunda lección de ética ha sido más reciente. Me la brindó un banco hace cosa de dos años. No obstante ser los bancos, en su publicidad, quienes más recurren a la magia de la “poesía” para mejor engatusar incautos, en ocasiones, entre tanta paloma blanca, flores silvestres y orquestas de cuerdas, se les escapan versos tan ásperos y crudos como el que uno de sus anuncios televisivos puso de manifiesto.

Un hombre maduro, atractivo y, sobre todo, convincente, tomaba la palabra y nos decía: “Puedes llamarlo esperanza…puedes llamarlo oportunidad…puedes llamarlo urgencia… vacaciones…salud… Nosotros lo llamamos dinero”.

Nunca he dudado de que para los bancos esa sea la ecuación correcta pero, que yo  recuerde, era la primera vez que una entidad bancaria lo resumía de tan certera manera y,  además, públicamente. Para la lógica del mercado no hay principio más sagrado ni compromiso más divino que multiplicar el capital. Cualquier otro aspecto que escape a esa lógica, los bancos, como quiera, seguirán llamándolo dinero. La razón y el derecho acumulado en más de veinte siglos, el arte construido, aquellos conceptos que mejor nos definen a los seres humanos… “nosotros lo llamamos dinero”, dice el Banco.

Puedes llamarlo democracia…puedes llamarlo derechos humanos… puedes llamarlo paz… justicia… tolerancia… solidaridad… ética… moral… puedes llamarlo como tú quieras… “nosotros lo llamamos dinero”.

Y dinero es lo único que tienen los bancos. De dinero, nuestro dinero, es que está hecha su ética.

La tercera lección de ética nos la acaban de impartir hace apenas unos días. Si la primera tuvo que ver con los medios de comunicación y la segunda con la banca y el mercado, esta tercera ha tenido asiento en la política,  y ha sido el presidente Zapatero el responsable de la clase magistral al ser cuestionado por el cómplice respaldo que brinda su persona y su gobierno al régimen genocida marroquí, en relación a uno de los capítulos más bochornosos de la historia del estado español, el que tiene como víctima a la República Arabe Saharaui Democrática: “Defender los intereses de España es lo que el Gobierno tiene que poner por delante”.

O lo que es lo mismo: Marruecos paga, los saharauis no; o lo que es igual: nosotros lo llamamos dinero.

El caso Anoeta

Decía un tertuliano de esos de sesuda incontinencia tan habituales en los medios, que el juicio celebrado en Madrid por el acto de la izquierda abertzale en Anoeta no había servido para nada.

Pero no hay porqué ser tan pesimista. La verdad es que ha rendido sus frutos. Gracias a esa nueva mascarada judicial que, temo, no será la última, la propuesta de la izquierda abertzale ha vuelto a mostrar su fortaleza, como ha quedado en evidencia, desnudando de nuevo sus políticas miserias, la Audiencia Nacional.

Ha servido el juicio para volver a enfatizar la necesidad de un futuro para Euskalherria en paz, sin secuestrados presos ni presos secuestrados, sin tiros en la nuca o en la sien, que precisa razones, no exabruptos; y que demanda voces, no mordazas.

Y ha servido, además, para proyectar, en todos los sentidos, la calidad humana de líderes como Otegi, Permach y Alvarez.

También ha permitido que, por una vez, en un tribunal del estado español, una digna voz secundada por solidarios aplausos, inmediatamente expulsados de la sala, brindara su apoyo y reconocimiento al pueblo saharaui y a su derecho a disfrutar su independencia.

Y por si no bastaran estos aportes, el juicio también nos ha permitido conocer la razón de que haya víctimas de terrorismo de primera y de segunda clase.

“A nosotros ya nos han matado” llegó a afirmar la presidenta de una asociación de víctimas presente en la sala. “Tomás Alba y Josu Muguruza fallecieron” reiteró uno de los guardias civiles que comparecieron en el mismo juicio.

Y se me ocurre que en ello debe radicar la diferencia que explique porqué hay víctimas legales e ilegales, profesionales y aficionadas, de primer canal y de último desagüe, con derecho a reivindicar su identidad y ser reconocidas, y obligadas a renunciar a su memoria y ser desconocidas.

A unos los matan y a otros los “fallecen”.