Los accidentes de tráfico

Cronopiando

Koldo Campos Sagaseta

Los accidentes de tráfico

Cada vez que oigo hablar de accidentes de tráfico siento que me chirrían los oídos porque ¿son realmente accidentes? Si por accidentes entendemos ese suceso “casual, eventual e involuntario” del que habla el diccionario, habrá que convenir en que no son accidentes, al menos no la mayoría.

Lo que hay son crímenes perfectos perpetrados en delictiva connivencia por los Estados, la industria del automóvil y la publicidad, con la complicidad de los medios de comunicación.

Los fabricantes de automóviles producen modelos cada vez más caros, más rápidos y menos seguros. Sólo se deben a las ganancias y las ganancias las reportan las ventas.

En contra de toda lógica y derecho, se fabrican automóviles capaces de alcanzar velocidades prohibidas, incluso, en autopistas.

Para aumentar los beneficios se reducen los costos de producción sacrificando la investigación y la seguridad. Sólo el capítulo de la publicidad ve crecer sus recursos. Una publicidad que crea y fomenta hábitos, que perfila maneras y gustos, y que en su apología de la velocidad y el juego es tan responsable como la industria del automóvil o los Estados de las muertes que deja el negocio del transporte.

Ni siquiera se salvan los niños a los que la misma publicidad invita a jugar con coches. “Hot Wheels…¡Velocidad a tope!”. Cuando años después el niño crezca y el coche también aumente su tamaño, el eslogan seguirá siendo el mismo.

“Nissan, hace de la ciudad tu campo de juego”  nos insistía el lema de un pasado anuncio de esta empresa. Y porque la conducción, obviamente, es un recreo, un jocoso esparcimiento al que se convoca, sobre todo, a los más jóvenes. Toyota “redefinía el placer de conducir” y lo atestiguaba un conductor que reía, mientras Mazda representaba “la puerta para escapar de la rutina”. “¡Escápate!” gritaba su penúltimo modelo.

Hay que jugar, hay que divertirse y Peugeot “libera tu energía” nos anuncia esa firma en estos días para que “disfrutes de la conducción con el nuevo Toyota”.

Los jóvenes, precisamente, son los que con más frecuencia ocupan los trágicos titulares los fines de semana. El juego que se les proponía se interrumpió en una curva, el placer se quedó dormido, la energía liberada se estrelló contra otro disfrute.

Nadie ha podido confirmar que los llamados muertos de la carretera, que no del automóvil ni de su publicidad, tengan para su consuelo la gloria de la risa. Nadie ha visto a un muerto celebrar su vida, ni ganan indulgencias las alegrías por más que sean funestas, pero para ciertas empresas y publicitarias, un automóvil no es un medio de transporte, no es un vehículo en el que trasladarse, es, sobre todo, la ocasión de divertirse, de explayar la euforia cantando mientras se conduce, hasta con tiempo, nos lo contaba otra empresa recientemente, para tener orgasmos, o para transformar un perdón a todas las mujeres agraviadas, anuncio que sigue en pantalla, en una verbenera fiesta con los amigos yendo y viniendo por la ciudad porque la gasolina la regalan. Las disculpas también.

Conducir es un juego, un disfrute, una diversión, un orgasmo… ¿Son las carreteras salas de juego? ¿Qué hay que hacer para ganar el juego? Tal vez lo que promovía otro antiguo anuncio de coches: girar sobre dos ruedas en una rotonda virtual.

Los muertos nunca son virtuales. Muy al contrario, suelen ser jóvenes que gracias a esos medios de comunicación, a esos publicistas, a esa industria, mientras el Estado mira para otro lado o subvenciona la compra de vehículos, salieron a “jugar” y perdieron la vida.

¿Qué más puede hacerse al mando de un volante o de un pedal? Al fin y al cabo, la diversión es el signo de los tiempos y, aseguraba Citroen, dispone de un fiel aliado: “el imparable poder de la tecnología”. Renault aún fue más lejos: “que nadie te diga lo que tienes que hacer”. Hasta Aznar tomó nota del eslogan.

Todos los días, en el mundo, miles de personas pierden la vida en calles y carreteras. El poder de la tecnología no fue capaz de salvarlas, la diversión derivó en tragedia y la fiesta en funeral.

En lugar de potenciar el transporte público, como sería más lógico y recomendable desde cualquier punto de vista, los Estados respaldan la demencial quimera de poner en las manos de cada ciudadano su vehículo privado, so pretexto de garantizar puestos de trabajo en la industria del automóvil. Para que los Estados adopten medidas correctivas en relación a la conducción, al estado de las vías, a la colocación de vallas protectoras, de señales, o a los mismos requisitos que se exigen para permitir que alguien tome en sus manos un vehículo, antes que nada necesitan que un elevado número de muertos lo soliciten, y no importa se multipliquen los mortales sufragios en demanda de que se corrijan trazados, se imponga el uso de los cinturones de seguridad en los autobuses o se adopte cualquier sensata medida, así insistan en reivindicarlo los cada vez más muertos, con frecuencia hay que esperar a que sigan ampliando sus guarismos para acabar oyéndolos.

La publicidad se encarga del resto. Y si algo me llama la atención en la publicidad de automóviles y de la que no escapa ninguna firma, es que al margen de la necesidad de resaltar la potencia, la velocidad, la elegancia, la capacidad, la comodidad y el precio del vehículo que se nos proponga, siempre nos lo van a mostrar solo, sin ningún otro vehículo alrededor, corriendo o volando por carreteras solitarias, así atraviese bosques, desiertos, montañas, costas, vías suspendidas en el aire (que la ficción todo lo puede y todo lo hace) o simples y urbanas calles.

Y me llama la atención porque conducir es una actividad que se desarrolla en compañía, que se realiza “con”, a ello se debe la con-ducción.

Se supone que el espacio natural de un vehículo es público, en la calle, en las carreteras, junto a los demás conductores, al lado de otros muchos vehículos, con el resto del parque de automóviles.

Y porque manejamos “con” es que existen las normas de conducción y sus avisos y señales regulando el tráfico. Porque manejamos “con” es que aparcamos junto a otro vehículo, nos detenemos ante un paso de cebras, usamos intermitentes, tenemos límites de velocidad, trazados por los que desplazarnos…

La publicidad, sin embargo, nos muestra y, lo que es peor, nos induce, a que conduzcamos a solas, sin nadie por detrás o por delante, sin semáforos en los que detenernos, sin señales de tránsito, sin controles de velocidad, sin “ceda el paso” alguno, como si fuéramos los únicos, como si estuviéramos a solas.

Cuando compramos ese vehículo, casi espacial, que elegante serpentea entre acantilados conducido por un apuesto joven de gafas de sol negras y, por supuesto, muy bien acompañado, no estamos comprando sólo el vehículo, también compramos el éxito de su conductor, el marco incomparable por el que se desplaza y, además, la absoluta soledad en que viaja.

La realidad es otra pero no formaba parte de la propuesta publicitaria y descubrirla no siempre llega antes que el fatal accidente.

Sospecho que no es casualidad la casi absoluta coincidencia general en el mundo del automóvil para que sean animales los logos de las marcas. Y pocos animales deben faltar por servir de reclamo a un vehículo, incluyendo los tiburones de Citroen y los escarabajos de Volkswagen. Chevrolet enroló al impala, Dodge alistó al carnero, Volvo reclutó al venado y la Seat se decidió por incorporar al oso panda.

Abarth optó por el escorpión, Linx por la mariposa y Gordon Keeble por la tortuga. Alfa-Romeo integró en su escudo a la serpiente, y Lamborghini y Red Bull hallaron en el toro la imagen más feliz de su propuesta. La Wolf invocó al lobo como la Marlin al pez espada. Las iguanas siempre han sido un puntual complemento de los trailers

Los Jaguar no son los únicos felinos. Ford prefirió el puma; Proton el tigre; el león, más demandado, se lo repartieron la Peugeot, Holden, la Saab y algunas otras compañías. El caballo es uno de los más solicitados: Ferrari, Porsche, Mustang…hasta Unicornios y Pegasos. Toda una manada.

Curiosamente, ningún símbolo tan asociado a un automóvil como las alas. Que en un vehículo diseñado para desplazarse sobre la tierra, sean alas y aves quienes propongan en las carrocerías el imposible espacio al que se invita a volar, es algo más que una paradoja. Honda, Mazda, Bentley, Vauxhall, Arash, Pontiac, Falcon, Chrysler, Isdera, Skoda, Adler, Duesenber, Bianchi, Eagle, Thunderbird…son algunos ejemplos. En Toyota no dejaban resquicio para la duda: “Como en el cielo… pero sin turbulencias”. Subaru se encarga de culminar el vuelo en las estrellas.

Con tantas animales propuestas al vuelo ¿puede extrañarle a alguien que cada vez sean más los… accidentes?

La publicidad del automóvil tampoco se equivoca nunca a la hora de descontextualizar la conducción. En los anuncios en general y en los del automóvil en particular no hay crisis, ni paro, ni salarios congelados, ni hipotecas. De ahí la felicidad, el disfrute que provoca conducir, lo que explica que los jóvenes arrepentidos a los que me refería antes no se preocupen por el precio de la gasolina, o que otros canten y rían.

Y si algún anuncio, siempre hay una excepción, te propone como uno de los modelos de Toyota el disfrute del vehículo a pesar de una calle atiborrada de coches, motores, camiones, camionetas, motocarros elefantes y peatones en un país, obviamente, del llamado tercer mundo, sólo es para preguntarte al final: “¿Te imaginas cómo te haría sentir en una carretera mejor?” (también es obvio que europea o estadounidense)

Y todo por no saber que un automóvil no prolonga tu pene más allá de tu engaño, no rejuvenece tus arrugas, no te disimula la papada, no te hace deseable; no te procura orgasmos, tampoco te da la mano, te arrima el hombro, te cede el paso, porque no es tu compañero; no te gana el respeto de tus hijos ni te garantiza el solidario abrazo de los tuyos, porque no es tu familia; no carga su combustible, no repara sus fallas, no paga en el peaje, porque no es independiente; no te comprende, porque no te escucha ni te habla,   y no es tu amigo ni es tu amante; no elige tu destino, ni mete la primera, ni pone la segunda, ni decide adelantar por el desvío, ni se hace cargo de las vacaciones… o del hospital, porque tampoco es Dios.

Un automóvil sólo es una máquina, una vaina en la que vas y vienes, que te lleva y te trae, y llegar a entenderlo de este modo es la única posibilidad que tenemos de que algún día los accidentes sean precisamente eso, sólo eso accidentes.

Gracias Cuba

 

 

(Dedicado a Mey)

 

Y sí, Fidel es una de las más luminosas referencias de la historia, de las más dignas, como es Cuba un ejemplo, un gigantesco ejemplo de un pueblo diminuto, de una isla flotando en el Caribe en las mismas narices del Imperio.

Y saberlo y decirlo es para mi, también, una manera de agradecérselo.

Nadie en este manicomio en que han convertido al mundo quienes dictan su destino, disfruta de la cordura de Cuba,  de su sensatez y de su juicio, de su capacidad de lucha, de su vergüenza.

Y todo ello cuando aún sin haber terminado de nacer,  ya caían sobre ella agresiones, calumnias, sabotajes, pestes, invasiones… Y también el embargo, el aislamiento, el bloqueo… Y también la necesidad de transformar, solo con el empeño, aquel Casino-Hotel Club en un país, después de haber sido, en mala hora, descubierta, convertida a la fe y a la colonia y condenada al monocultivo de un azúcar amargo.

Y Cuba, sin más ayuda que el comercio que durante algunos años tuvo con la URSS en mejores condiciones que la usura habitual del llamado mundo libre, reciclando, reutilizando, apelando al ingenio, cuidando lo que había, cuando andar en Cuba en bicicleta era mofa habitual de quienes han arruinado el planeta y hoy hasta es impresentable una gran capital que se tenga por modelo y no estimule el uso de las dos ruedas sin motor, sin combustible, sin humos, sin ruidos, así es que sigue Cuba.

Apenas ha pasado poco más de medio siglo sin que se desarmaran contra Cuba ni amenazas ni agresiones y, cualquiera que sea honesto convendrá conmigo, en que bastaría cotejar la sociedad cubana con el resto de islas caribeñas después de más de un siglo de progreso y desarrollo capitalista en ellas, para apreciar la diferencia.

Todavía mueren en Cuba recién nacidos, pero en mucha menor medida que en cualquier otro país americano, incluyendo Estados Unidos. Y es verdad, sí, es verdad, muchos edificios en La Habana, para no hablar de Santiago, necesitan capas de pintura para sus fachadas, pero cuando llega la noche no hay un solo indigente en las calles cubanas buscando un portal donde pasar la noche, como tampoco hay una niña sin escuela o un niño sin atención médica.

A diferencia de la democracia mexicana, en Cuba estudiar magisterio y ejercerlo no cuesta la vida; ni el periodismo, como en Honduras, provoca la muerte; ni el sindicalismo mata como en Colombia. En Cuba no se muere de colesterol ni de hambre. En Cuba las artes, la danza, la pintura, no son malas palabras y el teatro tampoco un acertijo. La cultura respira, aunque a veces haya que procurársela asistida.

Cuba nunca es noticia porque sus estudiantes protagonicen matanzas en las escuelas o porque perturbados que siempre actúan solos y al servicio de nadie le pongan la nota de sangre al día. En Cuba no se tortura ni se practica ninguno de los tantos eufemismos y proporciones al uso en Europa y los Estados Unidos, ni aparecen fosas comunes con cientos de cadáveres, ni sería concebible Guantánamo. Tampoco sus policías semejan fantasmas cubiertos de escafandras y armados de armas largas, de perros y caballos. Hasta me atrevería a asegurar que en Cuba la policía parece gente, ni siquiera llevan pistola.

Durante todos estos años en Cuba se ha ido minando, se sigue en ello, la xenofobia, el racismo, el machismo, todos las ancestrales mentiras que nos impiden reconocernos como iguales, y en todas esas luchas de largo recorrido los progresos de Cuba son notables. Las comparaciones también ayudarían a entenderlo.

Y, a pesar de las limitaciones, de sus pocos recursos, Cuba ha impulsado proyectos tan hermosos, (casi iba a decir “cristianos”) como una universidad de medicina en la que formar gratuitamente a miles de estudiantes latinoamericanos sin recursos, y escuelas de arte, de cine, gestionadas con los mismos fines. Y ha tenido arrestos para hacerse presente en África respaldando los legítimos sueños de pueblos sojuzgados por regímenes racistas o combatiendo el Ébola, o enseñando a leer en muchas patrias americanas, contribuyendo a la salud de pueblos vecinos. Y ahí sigue trabajando, estudiando, investigando, haciendo  importantes aportes a la salud y educación del mundo y, sobre todo, a los conceptos más imprescindibles para la humanidad: la solidaridad por ejemplo. Cuba ha contribuido más que nadie, lo sigue haciendo, al cuidado de miles de niñas y niños afectados en Chernobil. En el Sahara, aquella colonia que el Estado español vendió a Marruecos con todo y su gente a pesar de haber empeñado su palabra y su compromiso con Naciones Unidas de dejar la República Árabe Saharaui en manos de sus ciudadanos, pues hay miles de saharauis que son conocidos popularmente como “los cubanos” porque fue en Cuba que pudieron crecer, vivir y formarse como profesionales. Es más el castellano de esos saharauis que estudiaron en Cuba que el que sobrevivió a la colonia y la traición española.

Buena parte del sistema de salud de Haití ha estado en manos cubanas mientras el pueblo haitiano espera que le llegue la ayuda económica prometida de la  “comunidad internacional”. La misma que ayer estranguló a Haití y que hoy extorsiona a Grecia.

Y si, también es verdad, Fidel dijo una vez que no se hace un paraíso en la falda de un volcán. Yo, más prosaico, agregaría que alguna vez se rompe un plato, pero que lo sepan los necios a los que cantara Silvio, yo no voy de una fábula a llorar un responso, ni acepto un desenlace por una controversia, ni voy por un pecado a ignorar el Infierno, ni por un desatino transijo una condena, que un funeral descargue de culpa al cementerio o que una discrepancia culmine en anatema. Yo no voy de una lágrima a invitar a un sepelio, ni intercambio aspavientos por pagados aplausos ni divinos naufragios por humanas tormentas. No voy de un eslabón a hacer una cadena ni me duele una cruz más que sangra un calvario, ni un rescoldo me inquieta como alarma un incendio o me aflige una cuenta tanto como un rosario y un disparo me aturde más que un parte de guerra.

En fin que, gracias Cuba. Te debo mis mejores sueños