Pacto entre ladrones

Treinta años atrás, cuando la prensa española celebraba a Jordi Pujol e, incluso, proclamaba al presidente de la Generalitat como “el español del año”, nadie ignoraba en Madrid las artes de las que se valía el político catalán y su familia para, comisión tras comisión, ir multiplicando su fortuna. Tan notorias eran las mordidas y tan antigua su práctica que, años más tarde, hasta Pasqual Maragall, político catalán del PSC, se atrevió a ponerle nombre en el propio parlamento catalán: “Ustedes tienen un problema y ese problema se llama 3%”. Tan impune era el delito que solo minutos más tarde de que Artur Mas le recriminara su franqueza, en el mismo parlamento, Maragall rectificó.

Al Estado español poco le importaba cuál fuera el porciento que se embolsara Pujol y su partido (Convergencia Democrática de Cataluña) por la adjudicación de obras en Catalunya con tal de que siguieran mostrando la lealtad debida a España y a la corona. Al fin y al cabo, los afanes de Pujol y Convergencia por aumentar su patrimonio en Catalunya eran los mismos que compartían el Partido Popular y el PSOE vaciando las arcas públicas en el Estado español. Mientras los devaneos nacionalistas de Pujol no se desbordaran y España siguiera siendo una, grande y libre, no habría problema alguno. Era un pacto entre ladrones.

Ocurrió, sin embargo, que años más tarde Pujol, Mas y su partido nacionalista catalán cayeron en la cuenta de que el pueblo catalán andaba en otra historia y los había dejado atrás, que el pueblo catalán no se conformaba con un nacionalismo de salón, cantar Els Segadors el 11 de septiembre y resignarse a ser una “nacionalidad” sin estado dentro de la nación española. El pueblo catalán, simplemente, aspiraba a tener voz propia en Europa, a ser independiente y estaba harto de España y su necia arrogancia, de su absoluta cerrazón a respetar el derecho a la autodeterminación. Ante el riesgo de irse por el desagüe, los Pujol, Mas y demás convergentes optaron por seguir al pueblo y sumarse al reclamo de la independencia. Ahí fue que el Estado español se encolerizó y comenzó a desempolvar expedientes, viejos archivos, cuentas bancarias, fraudes, capitales ocultos… Pujol, Mas y Convergencia habían roto el pacto entre ladrones y debían atenerse a las consecuencias.

El Partido Nacionalista Vasco nunca se ha portado mal. De hecho, acaba de cerrar un pacto con el Partido Popular que a ambos les “garantiza la gobernabilidad”. Lejos quedan los tiempos en que, de improviso, les saliera respondón un lehendakari y le diera por tomarse en serio a Euskalherria y hasta proponer planes que devolvieran la palabra al pueblo vasco. Desde entonces, para casos como el de Ibarretxe, en el PNV se cuenta con la sabia destreza de sesudos jelkides que apacigüen los ánimos y eviten al Congreso español el seguir dando portazos a cualquier iniciativa que llegue del País Vasco o Catalunya.

Cuando José Luis Bilbao se despidió como diputado general de Bizkaia, con la alegría que acostumbra, hizo un discurso que ya que no para los juzgados quedó para la historia: “Muchos pueden estar tranquilos, porque nunca escribiré mis memorias. Memorias en las que podrían aparecer personas con sus grandezas y miserias. Desgraciadamente habría muchas miserias. Los que decían una cosa en privado, y otra en público; los que mentían sabiendo que mentían; los que sabían que nosotros teníamos información que no podíamos utilizar y jugaban con ello; los que decían una cosa y la contraria sin pestañear; los que hacían pagos con fajos de billetes sin demostrar su origen; los que tenían grandes sumas de dinero en paraísos fiscales y cuyos nombres no salen a la luz; los que han repatriado dinero de origen desconocido y que van por la calle como unos señores e incluso se permiten decirnos a los demás lo que debemos hacer. A todos ellos les digo que pueden estar tranquilos”.

Al igual que nadie ignoraba en el Estado español el origen de la fortuna de los Pujol, tampoco nadie desconoce en Madrid a esos a los que Bilbao tranquilizaba y a algunos otros “señores” cuyos nombres reposan en las carpetas de la Hacienda y la Justicia española a salvo de cualquier contingencia mientras sepan comportarse.

En Madrid no ignoran a cuánto se cotiza la adjudicación de un contrato en el País Vasco, qué comisión se cobra por la recalificación de un terreno público, qué interés devenga un tren o una autopista, qué porciento genera una incineradora, cuántos beneficios reparten los tantos proyectos estratégicos, a nombre de quiénes hay abiertas cuentas en paraísos fiscales, cuánto y a quién deja un chanchullo, un enjuague, un negocio sucio…

Iñigo Urkullu y sus convergentes también ha visto al pueblo vasco empezar a andar en otra historia, también lo sabe harto de bailes de salón y peteneras, de aurreskus al monarca… pero no se van a sumar al pueblo. Urkullu lo reitera a cada rato: “La independencia del País Vasco es un objetivo irrenunciable del PNV pero hay que ser conscientes del momento político, económico y jurídico actual, porque el concepto de independencia hay que trabajarlo, plantearlo y modularlo… hay que esperar a que haya una voluntad mayoritaria… y que hay que ser conscientes del siglo en que vivimos… que la independencia es una meta de la que también participo pero de momento solo aspiro a un ejercicio de mayor soberanía”.

O lo que es lo mismo, que la independencia del País Vasco debe seguir esperando a otros momentos políticos, económicos y jurídicos; debe seguir esperando a que su concepto se trabaje, se plantee y se module algunos años más; a que se consigan mayores ejercicios de soberanía; a que se alcancen nuevas mayorías; debe seguir esperando, en definitiva, a un próximo siglo. Total, sólo faltan 83 años para que entremos en el XXII, caso de que entonces, que podría ocurrir, no haya que seguir esperando a nuevas y favorables coyunturas, mayorías y cuotas de soberanía, y eso si para el nuevo siglo ya se ha trabajado, planteado y modulado lo suficiente el concepto independencia.

Por ello es que el gobierno español está encantado con el mejor alumno de la clase, ese que hace los deberes, no levanta la voz, no se mete en problemas, al que poner de ejemplo para que otros alumnos aprendan a comportarse y que si bien habla euskera no lo habla con acento catalán. Urkullu es hoy el “español del año” con que el ABC coronó a Pujol en 1984.

Pacto de silencio. Pacto entre ladrones.

(euskal presoak-euskal herrira)

La oposición en Venezuela

La llamada oposición venezolana no quiere elecciones. Entre otras razones porque ya las tiene. El calendario electoral venezolano, de acuerdo a la constitución venezolana, tiene previstas elecciones el próximo año. En consecuencia, la oposición venezolana lo que tendría que hacer es prepararse para que sus argumentos venzan en las urnas. El problema es que los tenidos como opositores no quieren elecciones sino ganarlas, y les consta que los votos viven dándoles la espalda en pulcros e irreprochables procesos electorales que han contado con la supervisión de observadores internacionales y de las propias Naciones Unidas.

La llamada oposición venezolana tampoco quiere democracia. Entre otras razones porque ya la disfruta. Y la mayor demostración de que es así la tenemos en la propia existencia de esa oposición, manifestándose en las calles, con representación en las instituciones, que controla la mayoría de los grandes medios de comunicación y cuenta con el respaldo del gobierno de los Estados Unidos, Europa y algunas países latinoamericanos. No hay más que ver las referencias democráticas a las que aspira esa oposición para constatar que se oculta detrás de tanta infame retórica: la Chile de Pinochet, el narcoestado en que se ha convertido México, la fosa común conocida como Colombia, el prostíbulo centroamericano…

La llamada oposición venezolana tampoco quiere la paz. Lo demuestra con la organización de constantes y violentas algaradas, colocación de barricadas ardiendo en las calles, saqueo de comercios, destrucción de mobiliario urbano, ataques a la policía y el asesinato de buena parte de los 50 venezolanos que hasta la fecha han perdido la vida tras casi dos meses de terrorismo urbano. Lo demuestra igualmente con su invocación a un golpe de Estado, a una sublevación militar, a la intervención de un ejército extranjero que provoque una guerra terrible de la que, debieran tenerlo en cuenta, nadie va a salir ileso.

La llamada oposición venezolana tampoco quiere desarrollo. A ello se debe la permanente actitud de sabotaje que viene ejerciendo desde hace años, acaparando alimentos para generar su escasez y responsabilizar al gobierno de la carestía o estimulando la especulación, la fuga de divisas y cuantas acciones puedan contribuir a desestabilizar la revolución bolivariana.

La llamada oposición venezolana tampoco quiere futuro. Lo que busca es hacer retroceder el país al pasado siglo, a los muchos años en que unas cuantas privilegiadas familias, y la de Capriles era una de ellas, saqueó el erario público a través de los presidentes que fueron alternando en el gobierno de la hambruna y la miseria general, fuese Pérez Jiménez, Rafael Caldera, Herrera Campins, Jaime Lusinchi o Carlos Andrés Pérez, responsable del asesinato de un millar de venezolanos cuando ese pueblo se negó a resignarse. Por ello fue que, precisamente, ese pueblo descubrió a Chávez y levantó su revolución bolivariana que, pese a todas las dificultades, hostilidades, campañas de descrédito, amenazas, en muchísimo menos tiempo del que invirtió esa vieja oposición en arruinarla, ha conseguido reducir a la mitad el hambre y la miseria del país como reconocía la Organización de Naciones Unidas para la Alimentación y Agricultura; o terminar con el analfabetismo en Venezuela, como declaraba en el 2005 la UNESCO; o ampliar la seguridad social de millones de venezolanos y llevar la gratuidad a la salud y a la educación convirtiendo a Venezuela, según reconocía la UNESCO, en el quinto país del mundo con mayor matriculación universitaria, creando 42 universidades, la Compañía Nacional de Danza, la Red Nacional de Salas de Cine Comunitarias, el Centro Nacional del Disco, el Sistema Nacional de Orquestas y Coros juveniles e infantiles; o construyendo más de un millón y medio de viviendas; multiplicando la cobertura sanitaria, con hospitales, dispensarios…

La llamada oposición venezolana tampoco quiere a Venezuela. Lo que busca esa recua de oligarcas y grandes burgueses es recuperar el negocio al que confundían con la patria y que el pueblo y las urnas le quitaron de las manos.

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Justicia que apesta

Sara Majarenas, que hace dos años debió haber sido puesta en libertad, sigue secuestrada en Madrid junto a su hija Izar, por la misma justicia que exige garantías a los presos gravemente enfermos de no demorar su muerte más allá de dos meses para, con arreglo a la ley, ponerlos en libertad en el caso, supuesto que el gobierno niega, de que existan presos en grave estado. El pasado año murieron en las cárceles españolas 200 presos. Más que en Afganistán, según leo en la prensa española.

Ya ha pasado medio año desde que fueran encarcelados y acusados de terrorismo unos jóvenes de Alsasua tras un pleito a las puertas de un bar en las fiestas del pueblo por la misma justicia que no tuvo inconveniente en dejar en libertad al nazi que agrediera a un ciudadano en Bilbo, no obstante sus muchos expedientes por toda clase de delitos. Otros cuatro jóvenes de Rentería siguen presos y acusados de desórdenes públicos y terrorismo tras unos incidentes ocurridos en Iruña (lanzar un cohete y volcar un par de contenedores) durante una manifestación celebrada en marzo, por la misma justicia cuyos mentores políticos celebran y respaldan poner barricadas en las calles y pegarles fuego, asaltar comercios, lanzar explosivos, romper mobiliario urbano, atacar a la policía, asesinar… eso sí, en Venezuela.

Y mientras tanto los fiscales van y vienen a conveniencia del corrupto de turno, los ministros de Justicia fabulan imputaciones, los expedientes se “afinan” al gusto del Ministerio del Interior, y el Fiscal Anticorrupción asegura que va a perseguir la corrupción. ¿Y no es ese su trabajo? La justicia española apesta. España también.

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El origen de la epidemia

Cuando se desata una epidemia nada es más importante que encontrar su origen. Solo si damos con la causa que la origina podremos enfrentar la epidemia y reducir el número de casos, de personas infectadas.

Y hablo de la epidemia del “vale”, una contagiosa enfermedad que afecta a miles de personas en el Estado español y que amenaza expandirse también al lenguaje latinoamericano.

La buena noticia al respecto es que, tras arduas investigaciones en las que he llegado a examinar alrededor de 300 películas (la mayoría infames), creo haber dado con el origen de esta insoportable epidemia que provoca que miles de infectados tengan que intercalar cuando hablan un “¿vale?” cada cinco palabras. Y el origen reside en las compañías y empresas españolas de doblaje en las que no hay expresión más socorrida que “¿vale?”, una infame muletilla breve, concisa y multiuso que la gente absorbe sin darse cuenta cuando ve una película doblada al castellano y que termina incorporando a su habla. Así se va propagando la epidemia.

Antes de que oigamos a H. Bogart decirle a Ingrid Bergman: “Siempre nos quedará París… ¿vale?” o a Hamlet preguntarse: “¿Ser o no ser… vale? Antes de tener que padecer a Escarlata O´Hara clamando al cielo ante las ruinas de su casa: “¡A Dios pongo por testigo… ¿vale? que jamás volveré a pasar hambre!” o que la epidemia llegue a las galaxias y todos los extraterrestres nos repitan: “Que la fuerza te acompañe… ¿vale?”, antes de que esta dolorosa epidemia se convierta en pandemia renunciemos a ver películas dobladas… ¿vale?

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La política y el deporte

En el fútbol la violencia se reprime y te expulsan.

En el baloncesto las faltas se castigan y te eliminan.

En el ciclismo el dopaje se condena y te inhabilitan.

En el boxeo los amaños se persiguen y te suspenden.

En la pelota las trampas se corrigen y te castigan

En el automovilismo las infracciones se sancionan y te excluyen.

En la política el fraude se denuncia… y es por ello que Rajoy se dedica a la política.

(euskal presoak-euskal herrira)

Ataques y protestas

Hacer una pintada en la sede de un partido político, esparcir basura a su alrededor y colgar una pancarta, al decir de EITB y algunos medios, es un ataque, casi un atentado.

Levantar barricadas en las calles y prenderles fuego, derribar farolas, saquear comercios y arrojar piedras y cócteles molotov a la policía para provocar un golpe de Estado, según los mismos medios, es una protesta.

El ataque al que se refiere EITB y otros medios ocurrió en el País Vasco, ante una de las sedes del Partido Nacionalista Vasco, y los responsables del mismo son las juventudes de Sortu en protesta por la imposición de la incineradora en Gipuzkoa.

Las protestas, de las que se hacía eco EITB, se suceden en Venezuela y quienes participan en ellas son manifestantes “que han salido a la calle a protestar contra la represión” en ese país americano.

Ciertos medios y contertulios debieran tratar de unificar criterios a la hora de sancionar la violencia que, como se sabe, “es mala venga de donde venga”, porque “toda violencia es condenable” y siempre hay que decirle “no a la violencia”, no vaya a ser que por llevarse de la opinión de tanto ecuánime periodista lo confundamos todo y acabemos convirtiendo los intolerables ataques en legítimas protestas.

(euskal presoak-euskal herrira)