Ataques y protestas

Hacer una pintada en la sede de un partido político, esparcir basura a su alrededor y colgar una pancarta, al decir de EITB y algunos medios, es un ataque, casi un atentado.

Levantar barricadas en las calles y prenderles fuego, derribar farolas, saquear comercios y arrojar piedras y cócteles molotov a la policía para provocar un golpe de Estado, según los mismos medios, es una protesta.

El ataque al que se refiere EITB y otros medios ocurrió en el País Vasco, ante una de las sedes del Partido Nacionalista Vasco, y los responsables del mismo son las juventudes de Sortu en protesta por la imposición de la incineradora en Gipuzkoa.

Las protestas, de las que se hacía eco EITB, se suceden en Venezuela y quienes participan en ellas son manifestantes “que han salido a la calle a protestar contra la represión” en ese país americano.

Ciertos medios y contertulios debieran tratar de unificar criterios a la hora de sancionar la violencia que, como se sabe, “es mala venga de donde venga”, porque “toda violencia es condenable” y siempre hay que decirle “no a la violencia”, no vaya a ser que por llevarse de la opinión de tanto ecuánime periodista lo confundamos todo y acabemos convirtiendo los intolerables ataques en legítimas protestas.

(euskal presoak-euskal herrira)

«Que el país viva de lo que Dios le ha dado»

 

Entre todas las aberrantes justificaciones con que algunos, tanto en el pasado como en estos días, han tenido la desvergüenza de justificar los desmanes cometidos y proyectados contra el medio ambiente so pretexto de maravillosos proyectos que atraerían turistas, proporcionarían trabajo y generarían millones de beneficios, la más repulsiva se la escuché a un empresario turístico que insistía: “Que el país viva de los que Dios le ha dado” y que horas más tarde reiteraba un honorable diputado mientras aprobaba en el Congreso el crimen.

Curiosa justificación que en su propio enunciado se desmiente porque si Dios le ha dado al país preciosas áreas naturales, playas y montes, flora y fauna, cualquier actividad que no preservara ese don iría en contra de Dios y del propio pretexto que empresarios y congresistas enarbolan como razón. Tampoco, por cierto, nos dio Dios empresarios o diputados, ni para vivir de ellos ni para tener que aguantar su desfachatez.

Y si, como quiera, insisten en involucrar a Dios en su atentado contra el medio ambiente, al menos debieran hacer bien su trabajo y preparar mejor su coartada corrigiendo el génesis divino para que su oración “que el país viva de lo que Dios le ha dado”, les quede redonda.

«Que el país viva de lo que Dios le ha dado»

En el principio, la tierra era caos y confusión y oscuridad, y dijo Dios: ¡Hágase la Continental Paradise Casino-Resort!, y vio Dios que las dos mil habitaciones eran cómodas y los servicios eficientes, y atardeció y amaneció el día primero.

Y dijo Dios: ¡Haya una Cadena Hotelera de 4 mil plazas con un campo de golf de 18 hoyos! Y a la cadena la llamó Caribbean Tropical Village y al campo de golf, Club Royal Country, y vio Dios que estaba bien, y atardeció y amaneció el día segundo.

Y dijo Dios: ¡Haya River Rafting y Jeef Safari y Monster Truck y Parapente en los hoteles! Y en algunos hoteles estableció el todo incluido y en otros la media pensión, y atardeció y amaneció el día tercero.

Y dijo Dios: ¡Haya también spas en todos los hoteles y que cuenten con sucursales bancarias y cajeros automáticos y rent-cars y gifh-shops! Y siguió viendo que estaba bien, y se animó y atardeció y amaneció el día cuarto.

Y dijo Dios: ¡Haya igualmente cómodos embarcaderos en los hoteles para que los turistas puedan practicar todos los deportes náuticos, así como el surf y la vela! Y al embarcadero le llamó Sea Port Hilton Beach, y lo dotó de jet-skys, motoras, yates, y atardeció y amaneció el día quinto.

Y dijo Dios: ¡No es bueno ni conveniente que los turistas pasen hambre y sed! Y creó los buffets, y los menús especiales y las bebidas internacionales y toda clase de platos gastronómicos y hasta eficaces dietas para los más necesitados y, viendo que estaba bien, creó también la langosta, los camarones y variados mariscos y carnes frescas y frutas, y una incineradora para que pudieran quemar los residuos, y atardeció y amaneció el día sexto.

Y el séptimo día, hallándose Dios ya fatigado tras seis días de frenética creación, decidió posponer para más adelante la creación del aire, de los ríos, de los arroyos, de los árboles, de los bosques, de las aves, de los peces, de todas las especies animales, de las plantas, de la lluvia, de la naturaleza, del cielo y la tierra, y se retiró a descansar al Holliday Hotel Casino Resort.

(euskal presoak-euskal herrira)

Los del sí y los del no

Es que se oponen a todo… viven con el no en la boca… no al Guggenheim, no a la Incineradora… siempre no…”

Para consuelo de los que se tragan todo… “sí a Lemoniz, sí al amianto… siempre sí…” los del no llegaron tarde en la costa levantina. Tampoco hubo consulta para saber qué opinaba la gente sobre el venturoso proyecto de inyectar gas frente a la costa de Castellón, justo encima de la falla de Amposta, que las consultas bien están para rechazar el reciclaje pero no para autorizar el Complejo Medioambiental de Gipuzkoa, también conocido como la puta incineradora.

Al fin y al cabo, el almacén de gas Castor puesto graciosamente en manos de ACS (la empresa de Florentino Pérez) que ganó el concurso sin concursar y sin que tampoco mediaran informes ambientales que desmintieran la maravilla obra, salió adelante a pesar de los vecinos, a pesar de los del no. Quinientos terremotos más tarde ha habido que detener el fascinante proyecto. El informe del Instituto Tecnológico de Massachusetts y de la Universidad de Harvard, ha corroborado el informe previo que ya preveía el desastre que se avecinaba y el Estado se ha visto obligado a paralizar tan admirable apuesta de futuro. El riesgo es tal que ni siquiera es aconsejable desmantelar la instalación. La empresa obtiene, vía leonino contrato, una millonaria indemnización y los casi dos mil millones que costaría el progreso prometido…los pagamos todos, los del si y los del no.

(euskal presoak-euskal herrira)

El futuro que se nos viene encima

La culpa es de las vacas que se vuelven locas, de las aves que contraen la gripe, de los cerdos que tienen fiebre, de los pollos que consumen hormonas, de los huevos que acumulan dioxinas; la culpa es del petróleo que ha subido su precio, de la Bolsa que ha vuelto a desplomarse, del ladrillo que ya no se levanta; de la balanza que ha perdido su fiel, de la deuda que ha agregado más ceros, la culpa es de la crisis; la culpa es de los celos y de las carreteras, de la imponderable idiosincrasia, de la incompatibilidad de caracteres; la culpa es del destino… la culpa siempre será del enemigo. Nada de particular tiene por ello que del deterioro del planeta también sea responsable el clima y sus veleidosos cambios.

Y de las consecuencias de ese cambio climático nadie va a resultar ileso. Cálculos optimistas sitúan en el 2060 la desaparición de las capas polares. Paralelamente, otros fenómenos irán no sólo “desnaturalizando” nuestro “estilo de vida” sino haciendo inviable cualquier otra posible alternativa, en la medida en que no se enfrente la causa.

Y es en ese “estilo de vida”, absurdo y depredador, que permite que el 5% de la población mundial dilapide los recursos del resto, en donde hay que buscar al responsable de todos los cambios que están en marcha.

Curiosamente, los mismos intereses y personajes que han propiciado el caos, que han comprado el silencio de parte de la comunidad científica y de los medios de comunicación para evitar que el mundo tome conciencia y que, en modo alguno, están interesados en cambiar las recetas desarrollistas que nos venden como progreso, se erigen en la salvaguarda del planeta.

Otra buena razón, sin duda, para entender que la humanidad no va a llegar a tiempo de evitar que el tumor haga metástasis.

El ritmo del deterioro multiplicará sus propios efectos y las consecuencias terminarán siendo inevitables. Algunos de nosotros y nuestros hijos serán testigos del desastre.

Entre los muchos cambios que se avecinan y cuya gravedad no acabamos de entender, hay uno, el más intrascendente de todos, que a mí me fascina: la relatividad que va a cobrar el tiempo.

No es que las horas vayan a disponer de más o menos minutos, que los días sufran la pérdida de alguna hora, o reduzcamos a 2 los meses del año… es que, el mentado “futuro” nos va a quedar tan cerca, tan en medio, tan encima, que invocarlo o suponerlo va a ser un absoluto desperdicio.

Hemos vivido siempre en la certeza de que el tiempo era nuestro, al igual que el planeta, y en uno y otro hemos cifrado proyectos, calendarios, festividades, sentencias, historias, hijos… Pronto nada de ello tendrá ya sentido.

Y serán los bancos los primeros en quebrar cuando a nadie asusten ya con sus medidas legales y abogados, con sus desahucios, hipotecas y otras represalias. Nadie, aunque lo amenacen con enturbiar aún más su historial financiero, va a privarse de responder a una necesidad inmediata por cumplir con la codicia de una entidad bancaria y no exponerse aún más a sus futuros intereses.

Los que tengan sus ahorros en manos de bancos y financieras, a falta de futuro que asegurar, dejarán vacías las cajas fuertes para mejor aprovechar los días que les resten o invertir en una huida imposible.

Si con algún concepto está identificado un banco (además de todos los que subraya el código penal) ese es “futuro”. Ahorramos para el futuro, guardamos nuestro dinero en un banco para preservar y multiplicar el patrimonio en algunos años. Si desaparece el futuro como destino, también desaparece el ahorro como medida. A partir de que los bancos no dispongan de depósitos tampoco podrán hacer préstamos u otras operaciones e, inevitablemente, irán todos a la quiebra. Un mundo sin futuro al que encomendarse no va a necesitar bancos.

Por parecidas razones desaparecerán las empresas aseguradoras y todas aquellas que emplacen al futuro como negocio. Y de la mano de la banca cerrará la Bolsa a falta de futuro e inversionistas.

Y porque la vida no se percibe de la misma manera desde la confianza en un futuro seguro que desde su desolada ausencia, también se extinguirán todas aquellas empresas cuya razón de ser no sea vital, aquellas que nada aportan al desarrollo humano que no sea la especulación que deja a sus dueños.

La industria de la guerra, sus armas y ejércitos, además de sin sentido también se quedará sin pretextos. Nadie va a librar una batalla, así se le garantice la victoria, la víspera de perder la guerra.

Las instituciones de justicia, sigan o no administrándola, tendrán que esmerarse en sus sentencias e hilar bien fino para no cometer el exabrupto de condenar a nadie a penas que no sean superiores a las que el “cambio climático” nos remita al resto. Cualquier condena a más de cien años de cárcel, incluso la perpetua, al margen de la longevidad del preso, va a resultar una humorada. Y no es verdad que una sociedad presa de un cambio climático de funestas consecuencias va a seguir entretenida en la custodia de nadie.

Los partidos políticos del sistema, que siempre han tenido en el futuro su mejor coartada y negocio, perdida la referencia, se quedarán también sin cargos, sin nombramientos, sin comisiones, sin beneficios, sin nuevas elecciones y, lo que es peor, sin clientes, porque ningún partido va a poder ofrecer una respuesta creíble al naufragio universal.

Las iglesias serán las únicas empresas a las que acudirán en masa las más cándidas almas en busca de consuelo y explicaciones. Se llenarán los templos de arrepentidos, de beatos, también de descreídos, pero no encontrarán a nadie porque los fariseos que las administran, que nunca han creído en el futuro, tratarán de huir en un nuevo Arca de Noé dispuestos a sembrar la palabra de Dios en otro espacio.

Y Dios, harto de que los humanos decidamos por él, como castigo, dispondrá el fin del mundo y enviará a sus ángeles y arcángeles para que toquen las trompetas del Apocalipsis anunciando el fin del mundo y el juicio final… pero también él llegará tarde. Sólo me encontrará a mi, meciéndome en el balcón de mi casa, muerto de la risa, que es el único bien, por cierto, que lego a nadie.

(euskal presoak-euskal herrira)