Tres noticias en una

La primera noticia nos relata otra nueva denuncia de torturas. Las padecidas en estos días por nueve independentistas del País Vasco detenidos por la Guardia Civil: la “bolsa”, amagos de violación, tocamientos sexuales, golpes… El mismo juez que ordenó las detenciones, la incomunicación y la inasistencia legal, también desestimó los testimonios.
Sandra Barrenetxea, una de las detenidas, declaró que fue despojada de su ropa en el mismo trayecto a Madrid, siendo trasladada desnuda de cintura para arriba, entre insultos, golpes y tocamientos en los pechos. La vecina de Bilbao denunció que un guardia civil le arrancó los pantalones forzándola a que abriera las piernas. Igualmente, denunció que fue obligada a permanecer en bragas todos los interrogatorios, y amenazada con ser violada en más de una ocasión.
Aniaiz Ariznabarreta, otra de las mujeres apresadas, también denunció haber sido torturada en el mismo trayecto a Madrid, viaje que debió hacer semidesnuda, siendo objeto de golpes, tocamientos en los pechos e insultos sexistas. Durante los cinco días que permaneció detenida e incomunicada fue mantenida desnuda en todos los interrogatorios, sufriendo tocamientos tanto en los pechos como en la vagina.
La segunda noticia se producía hace dos días. El tribunal Europeo de Derechos Humanos ha condenado al Estado español a indemnizar con 23.000 euros al preso político vasco Mikel San Argimiro, al entender que violó el artículo 3 –que prohíbe la tortura– del Convenio Europeo de Derechos Humanos, por no investigar la denuncia de torturas (la “bolsa”, golpes, vejaciones sexuales) que realizó San Argimiro tras ser detenido e incomunicado por la Guardia Civil.
La tercera noticia nos cuenta la entrega en Madrid del Premio del Observatorio contra la Violencia Doméstica y de Género que ha recaído en todas las policías españolas: Cuerpo Nacional de Policía, Guardia Civil, Ertzaintza, Mossos d’Esquadra y Policía Foral, entre otras.
El acto estuvo presidido por los ministros de Igualdad, Bibiana Aído; Interior, Pérez Rubalcaba; y Justicia, Francisco Caamaño, así como el presidente del Consejo General del Poder Judicial, Carlos Dívar; el presidente del Consejo General de la Abogacía Española, Carlos Carnicer; el Fiscal general del Estado, Cándido Conde-Pumpido y la presidenta del citado Observatorio, Inmaculada Montalbán.

La vendedora de cerillas…algunos años después

(Dedicado a Esther Campos Sagaseta)
(Tomado del libro en gestación “Cuentos que no nos contaron”, a medias entre Koldo Campos Sagaseta e Irene Campos Fernández)

Se abre el telón. En medio del escenario, una muchacha, cómodamente recostada en una butaca, lee un cuento (La vendedora de cerillas). Con expresión cansina cierra el libro y lo deja caer al suelo.
-Quien huye de la miseria sin mirar atrás, cuando deja más tarde de correr y vuelve a encontrar su pasado delante, no lo reconoce. Tal vez a eso se debió que no fuera capaz de nombrarme.
Y yo tenía nombre, como Hans Christian Andersen tuvo pasado, pero poco le importó. Para la historia, gracias a su imperdonable olvido, me convertí en “la vendedora de cerillas”.
Supongo que estaba demasiado entretenido describiendo mis “desnuditos pies” en el primer párrafo y mis “piececitos desnudos” en el tercero, antes de mencionar mis “manecitas casi yertas de frío” en el cuarto, para acordarse de mi nombre.
O fue quizás el “frío tan atroz” con que empezó el relato, su empeño en situarme en la segunda línea “en medio del frío y de la oscuridad”, con mis piececitos, tres líneas más abajo, “rojos y azules por el frío”. Tenía, agrega en su cuento, “mucha hambre, mucho frío y muy mísero aspecto” lo que no fue obstáculo, detalle que le agradezco, para que los copos de nieve se posaran en mis preciosos bucles rubios.
Sin abrigo, semidesnuda, en medio de la noche y la nevada, mis sucios y empapados cabellos, como si acabaran de salir de una peluquería, servían de contrapunto a tan miserable descripción para que Andersen pudiera rescatar entre tanta hambre atrasada, tantos pies descalzos y tanto frío… un hermoso detalle, el único, de aquella niña sin nombre.
Bueno, también es verdad que Andersen me asignó un oficio: vender cajas de cerillas, aunque pronto se encargó de dejarme en la ruina, dado que “ningún comprador se había presentado” y yo “no había ganado ni un céntimo”.
Por supuesto, estaba sola, como si yo fuera la única exponente de la miseria de aquella ciudad. Y para colmo de males era Nochebuena y tampoco tenía la posibilidad de regresar a casa porque mi madrastra, que no mi madre, me maltrataría y, además, en la casa “también hacía mucho frío”.
Lo que no acabo de entender es porqué al cruzar la calle a la carrera para que no me atropellasen los carruajes sólo perdí las enormes zapatillas que llevaba, cuando bien pude haber muerto aplastada.
Claro que, tratándose del segundo párrafo, tal vez a Andersen le pareció prematuro reenviarme al cielo a encontrarme con Dios y mi abuelita como haría más tarde. El cuento habría resultado excesivamente breve y no habría tenido ocasión de recrearse en mis entumecidos miembros, mi viejo delantal, la furia del viento…
El mismo autor que me rescatara del anonimato para, sin identificarme, reiterar hasta la náusea todas las calamidades de mi vida, bien pudo haberse entretenido buscándome una puerta de salida, otra existencia menos cruel. Y si creía, como sospecho, que para mi suerte no había redención posible, pudo al menos usarme de pretexto para denunciar el orden de un mercado, aún más miserable que mis carencias, que sacrifica todos los días, en nombre del progreso, miles de vendedoras de cerillas. Pero ninguno de estos dos supuestos le importaba a Andersen, sólo interesado en vender su truculento relato para que pudieran llorar conmigo todas las almas que aún conserven lágrimas que derramar y a las que conmover con mi infortunio.
El tampoco quiso dejarme en la calle, expuesta a los peligros de los carruajes, del hambre y del frío. Reservaba para mi vida otro feliz final. Cuando se hartó de pintar el sombrío cuadro en el que el único brillo lo seguían aportando mis rubios bucles, se le ocurrió que me sentara en una acera y empezara a prender las cerillas que no había vendido para calentarme mis manecitas y piececitos e imaginar de paso la vida que anhelaba.
Así fue que, con el primer fósforo que prendí, de creer que “estaba sentada en una gran chimenea de hierro, adornada con bolas y cubierta con una capa de latón reluciente, en la que el fuego ardía de un modo hermoso”, pasé a imaginar con la segunda cerilla que me encontraba “en una habitación en la que la mesa estaba cubierta por un blanco mantel resplandeciente con finas porcelanas, y sobre el cual un pavo asado y relleno de trufas exhalaba un perfume delicioso”.
Obviamente, mis reconfortantes visiones duraban lo que la cerilla tardaba en consumirse y, de nuevo, volvía a reencontrarme con mi cruda realidad… “una pared impenetrable y fría”.
Si yo no me rendía, menos iba a claudicar Andersen y su insistencia en que siguiera encendiendo cerillas. Con la tercera, creí verme sentada “cerca de un magnífico nacimiento: era más rico y mayor que todos los que había visto en aquellos días en el escaparate de los más ricos comercios. Mil luces ardían en los arbolillos; los pastores y zagalas parecían moverse y sonreírme”.
Naturalmente, al levantar los brazos, acaso para alcanzar alguna luz, la de mi cerilla se apagó y, otra vez a oscuras, advertí que las luces eran estrellas. Precisamente, en ese momento, una de ellas cruzó fugaz el cielo y recordé, siempre según Andersen, lo que opinaba al respecto mi abuelita: “Cuando cae una estrella, es que un alma sube hasta el trono de Dios”.

Cansado del juego o, quizás, temeroso de que me fuera a quemar con tanto prender y apagar cerillas, anticipaba al lector del cuento mi destino de tan sutil manera.
Con el cuarto fósforo creí ver “una gran luz, en medio de la cual estaba mi abuelita en pie y con un aspecto sublime y radiante”.
Ni que decir tiene que, ante semejante aparición y dadas las perspectivas, mi único deseo fue reunirme con ella, y en el temor de que la cerilla y también la visión de mi querida abuelita se apagaran, Andersen se decidió a que encendiera el resto de la caja para evitar que su espíritu desapareciera y pudiera el cuento terminar de una vez.
“Nunca la abuela le había parecido tan grande y tan hermosa. Cogió a la niña bajo el brazo, y las dos se elevaron en medio de la luz hasta un sitio tan elevado, que allí no hacía frío, ni se sentía hambre, ni tristeza: hasta el trono de Dios”.

Pero por si acaso no se había entendido tan bella alegoría, quiso Andersen, en un último esfuerzo, agregar un postrero párrafo: “Cuando llegó el nuevo día seguía sentada la niña, con las mejillas rojas y la sonrisa en los labios. ¡Muerta, muerta de frío en la Nochebuena! El sol iluminó a aquel tierno ser sentado allí, con las cajas de cerillas, de las cuales una había ardido por completo. –Ha querido calentarse la pobrecita- dijo alguien. Pero nadie pudo saber las hermosas cosas que había visto, ni en medio de qué resplandor había entrado con su anciana abuela en el reino de los cielos”.

Ya es mala suerte la mía que saliera el sol al día siguiente, o que ese “alguien” de agudas deducciones no me hubiera visto la noche anterior. En cualquier caso, ahí fue que Andersen terminó su lacrimógeno relato, pero no sigan llorando y guarden sus pañuelos para mejores sollozos, que si bien acabó el cuento, no así mi vida.
Lo que Andersen no supo porque, cansado de mirar sin ver se marchó a su confortable hogar cuando yo iba por la tercera cerilla, es que se me ocurrió un mejor destino que el previsto por él para tanto fósforo.
Aprovechando la oscuridad y el silencio de la noche que Andersen había descrito, me reuní con los demás desheredados de la zona, con los mismos con los que compartiera hambre y destino, exponiéndoles mi plan. Por fortuna, como bien apuntara el autor danés, las calles estaban desiertas por el frío y por ser Nochebuena. Ni siquiera la policía, que todos los días nos corriera a golpes de la calle, andaba patrullando esa noche, así que recogimos del suelo todos los periódicos tirados que al día siguiente publicarían mi foto sin ponerle nombre ni al cadáver ni al asesino e hicimos con ellos una enorme bola de papel. Después la rellenamos con los fósforos de las restantes cajas que yo no había vendido y, junto a varios viejos muebles que sacamos de los basureros, colocamos todo junto a la puerta del banco más próximo. Yo mismo, con la última cerilla, pegué fuego a la gran bola de papel.
¡Ese sí que fue un resplandor y no el que imaginara Andersen! Antes de que se consumiera su portón de madera ya estábamos dentro del banco. Por un momento hasta lamenté que no estuviera allí Andersen para que se entretuviera evocando la desazón de mi abuelita el día en que el banco la desahució y perdió su vivienda, pero estaba demasiado ocupada registrando cajones, forzando cajas fuertes, despanzurrando armarios, rompiendo candados y guardando billetes como para ensoñaciones familiares.
Nos hicimos con un respetable botín que, justamente repartido, nos alcanzó para celebrar esa Nochebuena y las siguientes Navidades.
Como sobró dinero, con mi parte, me mudé a un apartamento pequeño pero digno; me compré ropa, la imprescindible; también compre comida, la necesaria; me matriculé en el instituto público y, cuatro años más tarde, ya graduada, a punto de agotarse mis recursos, publiqué mi primer y exitoso cuento: el cuento de una niña que no murió de frío ni de hambre, ni de soledad tampoco, porque se había ido a Cuba y allá vive todavía, atea por la gracia de Dios y comunista por inspiración divina, y a la que, además, hoy debe su nombre, el nombre que no tuvo y que ya tiene…Revolución ¡Carajo!

¿Alguien tiene las respuestas?

¿Por qué las armas nucleares que Irán no tiene son más peligrosas que las armas nucleares que Israel acumula?
¿Por qué las penas de muerte que la justicia de Irán suspende son más lamentables que las penas de muerte que la justicia de Estados Unidos ejecuta?
¿Por qué es terrorismo tirar una bomba en una calle y no lo es tirar diez mil bombas sobre una ciudad?
¿Por qué los daños colaterales tienen muñones?
¿Es el fósforo blanco menos perjudicial para un palestino que para un israelí?
¿Por qué hacer estallar en pleno vuelo un avión estadounidense es terrorismo y hacer lo mismo con un avión cubano es disidencia?
¿Por qué Milosevic se suicidó en la cárcel y Aznar se dedica a impartir conferencias?
¿Qué principio democrático es el que hace posible que en las Naciones Unidas 5 votos valgan más que 192?

¿Por qué se habla más del muro de Berlín que ya no existe, que del muro israelí en Palestina que se sigue levantando?

Si es verdad que el fin no justifica los medios, ¿por qué acabar con Sadam requería arrasar Irak y derrotar a los talibanes exige destruir Afganistán?

Si es verdad que el fin justifica los medios, ¿qué se puede reprochar entonces a Ben Laden o a Al Qaeda?

Si al margen de razón y derecho, un demente desata la guerra porque, a su criterio, el mundo es un mejor lugar sin su enemigo, ¿por qué condenar a su enemigo cuando, al margen de razón y derecho, piense que el mundo es un mejor lugar sin el demente?

¿Por qué es noticia la muerte en Cuba de un preso en huelga de hambre y no lo es la muerte de 9 mil niños de hambre todos los días en el mundo?

Lo que en verdad ocurrió entre Caperucita Roja y el lobo feroz

(Tomado del libro en gestación “Cuentos que no nos contaron”, a medias entre Koldo Campos Sagaseta e Irene Campos Fernández)

Había una vez una encantadora niña, muy apreciada en el bosque, a la que por ir siempre cubierta con una capucha roja, en un alarde de creativa imaginación, todos llamaban Caperucita Roja.
Un día, su madre, pidió a Caperucita que cruzara el bosque y le llevara a su abuelita una canastilla con alimentos. Como hacía frío, ya se estaba haciendo de noche y no era muy recomendable pasear por el bosque a esas horas, también le rogó a Caperucita que no se entretuviera por el camino y que estuviera alerta porque se decía que un feroz y hambriento lobo andaba al acecho.
Obediente, como era Caperucita, le aseguró a su madre que seguiría sus sabias recomendaciones y que no se preocupase, que ella sabría cuidar de sí misma y nada le sucedería.
Con su inconfundible capucha y abrigo rojo Caperucita se internó en el bosque. Iba cantando una hermosa canción que sólo interrumpía para escuchar los últimos trinos de las aves, ya de retirada, y recoger algunas lindas flores que también llevar a su abuelita.
De improviso, una oscura y amenazadora silueta cruzó entre los árboles. Obviamente, sólo podía ser el lobo, pero Caperucita, que también había advertido la sigilosa sombra deslizándose a sus espaldas, ingenua como era, la atribuyó a algún simpático animalillo que, tal vez, a causa de su timidez no tenía deseos de dejarse ver. Ni siquiera cuando el escalofriante aullido del lobo rompió el silencio de la noche como presagio del horror que se avecinaba, reaccionó la candorosa niña que dio en suponer al viento la lúgubre advertencia.
Ajena al peligro que corría, Caperucita siguió cantando y recogiendo flores por el bosque hasta que, súbitamente, se encontró delante al lobo feroz.
Con la boca abierta, jadeante, mostrando sus colmillos, por supuesto, sedientos de sangre, el enorme lobo le interrumpió el paso.

-Hola Caperucita –saludó el lobo- ¿Y qué haces tan tarde por el bosque? ¿Es que nadie te ha dicho que no es prudente andar a solas y a estas horas por aquí?

Era tal el candor de Caperucita que ni la voz aguardentosa del lobo pareció inquietarle.

-Hola… Tú debes ser el lobo ¿verdad? ¿Y cómo sabes mi nombre?

El lobo sonrió siniestramente. A pesar de su voraz apetito, tanto le divertía la inocencia de la niña que, en lugar de devorarla de una vez, optó por conversar con ella.

-A mi también Caperucita, cuando era un pequeño lobezno, mis padres me contaron cuentos. De ahí es que te conozco. ¿Y a dónde es que vas? ¿Y qué llevas en esa canastilla?

-Voy a ver a mi abuelita para hacerle compañía un rato. Y le llevo comida porque la pobrecita ya tiene muchos años y está muy sola.

-¿Y vive cerca tu abuelita? –preguntó el lobo relamiéndose de gusto.

-Sí… un poco más allá. –indicó Caperucita con la mano el camino- Ya no falta mucho. ¿Quieres venir tú también?

-Sí, es una buena idea. Tal vez me pase por allá…después. La verdad es que tengo mucha hambre y no sé si el bocado que tengo a la vista acabe por saciar mi hambre.

Tan cándida era Caperucita que creyó que el lobo, cuando hablaba de comida, se refería a su repleta canastilla, así que no dudó en ofrecerle al lobo algún alimento.

-Si tanta hambre tienes…yo te puedo invitar a comer alguna cosa. ¿Te gusta el chorizo?

-Trae acá –contestó el lobo al tiempo que arrebataba a Caperucita el embutido que le ofrecía.

Antes de que terminara de digerirlo, Caperucita también le brindó un pastel de patatas con pollo que llevaba en la canastilla y que siguió el mismo camino que el chorizo.

Por aquello de mejor comer sentados, Caperucita desplegó sobre la hierba un mantel a cuadros blancos y azules con que cubría los alimentos, y siguió ofreciendo al lobo más y más comida.

Minutos más tarde, ya el lobo había dado cuenta de otro pastel de arroz, de doce albóndigas, de seis huevos duros con bechamel, de tres latas de atún, de una docena de espárragos, de un plato de garbanzos y otro de macarrones, de una ensaladilla rusa, de veinte tortas de maíz…
Sentado frente a Caperucita, que insistía en seguir sacando de su surtida canastilla nuevos manjares, el exhausto lobo hasta hizo ademán de darse por satisfecho.

-No, por favor, no. Gracias Caperucita… ya está bien.

-¡Pero tú tienes que probar estas empanadas! –insistió la niña- Las ha hecho mi madre y son riquísimas.

Conforme iba disminuyendo el tamaño de la canastilla, aumentaba groseramente el perímetro abdominal del lobo que ya no sabía cómo explicarle a Caperucita que no deseaba seguir comiendo.

-Piensa en tu pobrecita abuelita Caperucita… -argumentó el lobo- A este paso no le va a quedar nada y yo ya estoy satisfecho, de verdad…creo que he comido por toda la semana.

-No te preocupes por mi abuelita que Dios proveerá. Siempre aparecerá algo que llevarse a los dientes y tú tienes que alimentarte bien, que no es fácil sobrevivir en el bosque. Vamos, prueba estos deliciosos tacos de jamón serrano… y estas croquetas de bacalao… y estas patatas fritas…

El lobo, al borde del colapso, aún siguió complaciendo a Caperucita y dando cuenta de un plato de callos, otro de habas y uno más de lentejas.

-¿Es que esa canastilla es inagotable? –se extrañó el lobo- mientras a duras penas terminaba de engullir una morcilla.

-¿Y para que tienes esos dientes tan largos? –mostró sonriente Caperucita el infalible postre del festín- Estas trufas se deshacen solas en las fauces… Son riquísimas.

-Pero tú que pretendías… ¿reventar a tu abuelita? –preguntó el lobo rechazando las trufas- Lo siento Caperucita…pero ya no puedo más. Si al menos tuviera agua para mejor acomodar la ingesta en mi estómago. Creo que soy yo el que va a reventar.

-¿Agua? ¿Quién dice agua? ¡Vino es lo que tengo!

Y dicho y hecho, Caperucita extrajo de la canastilla una botella de vino que el lobo se bebió sin respirar.
Cuando hubo terminado, el lobo feroz, luego de eructar sobre el mantel, puso sus ojos en blanco y cayó redondo al suelo, inconsciente, para nunca volver a levantarse.
Como pudo, Caperucita recogió el mantel, guardó las trufas en la canastilla junto a las flores que había ido recogiendo, y arrastró al lobo por el rabo hasta la casa de su abuelita.
Cuando la abuelita vio llegar a Caperucita salió feliz a su encuentro.

-¡Niña… cuanto has tardado!

-Pero valió la pena. –abrazó Caperucita a su abuelita- Mira lo que te traigo.

-Dos horas más tarde, luego de que hubieran asado al lobo en puya, Caperucita y su abuelita, entre risas y cuentos, disfrutaron de un suculento banquete al que no le faltó el detalle de las trufas.

-Por un momento temí que también nos dejara sin postre –reconoció Caperucita- aunque no hay nada mejor que un buen lobo relleno.

-Vas a ver que pronto viene otro al bosque –contestó la abuelita mientras se las ingeniaba para masticar sin dientes una pata del lobo.

Un payaso candidato (Dedicado a Coluche)

Un payaso, de nombre Tiririca, está conmocionando Brasil no sólo por presentarse como candidato a diputado por el estado de Sao Paulo, sino porque, según las encuestas, además de ganar el cargo podría convertirse en el más votado de Brasil.
Candidato del Partido de la República, Tiririca resume su programa político en un esclarecedor párrafo: “Hola, estoy aquí para pedir tu voto porque quiero ser diputado federal para ayudar a los más necesitados, incluida mi familia. ¿A qué se dedica un diputado federal? En verdad no lo sé, pero vótame y te cuento. Vota a Tiririca porque las cosas no van a empeorar más”.
Y temo que no va a faltar quien pretenda ver en semejante noticia resabios del realismo mágico que se le supone a Latinoamérica y al tercer mundo.
Cierto que con frecuencia se habla de que en Latinoamérica ni siquiera la ficción supera a la realidad. Desde que García Márquez descubriera Macondo, a la crónica diaria latinoamericana nunca le han faltado los Aurelianos, las Rebecas, los Milquíades, las Ursulas…
Bastaría tomar algunos titulares de los periódicos latinoamericanos para confirmar hasta qué punto ni la imaginación más fértil es capaz de improvisar mejores disparates que la cotidiana crónica criolla de cualquier república carnívora o bananera. O repasar la nómina de la mayoría de los congresos latinoamericanos para concluir que sus escaños, por saturados, ya no es posible admitan un payaso más.
El llamado primer mundo siempre ha observado con sorna un alegado subdesarrollo que se describe inevitable, irremediablemente ligado a la biológica condición nativa y cuya razón de ser nada tiene que ver con las leyes que rigen el mundo y sus mercados, sino con una divina idiosincrasia que condena al tercer mundo a reiterar Macondo todos los días del año.
Al otro lado de las fronteras del común esperpento latinoamericano queda la sociedad, el mundo culto, el orden y el progreso, la civilización, la ilustrada referencia que nunca Latinoamérica acaba de apreciar o agradecer.
Y lo peor es que nos lo creemos. De ahí la mofa cuando nos enteramos de que Tiririca puede sumar más de un millón de votos a su empeño de convertirse en diputado brasileño.
Pero ni es la primera vez ni es el primer payaso. Y bien lo saben en Estados Unidos y en Europa que, además de contar con el más amplio surtido de grotescos mamarrachos al frente de sus gobiernos, se esmeran en imponer en el resto del mundo los espantajos de los que, después, hacer mofa.
El actual gobernador de California, Arnold Schwarzenegger, ganó la plaza hace ya unos cuantos años en reñida competencia con un enano de un circo, un luchador de sumo, un editor de revistas pornográficas y una actriz de cine X.
Sin ir más lejos, leía también en estos días, que si Belén Estevan, triste adefesio de la farándula española, formara un grupo político y se presentara a las elecciones, a no dudar conseguiría representación parlamentaria.
Otros payasos, sólo que a diferencia de Tiririca, con más “belinas” en sus fiestas y más tacón en sus zapatos, pero sin gracia, oficio, ni talento alguno ni para el circo ni para el gobierno, son actualmente presidentes de países europeos y han llegado también a la Casa Blanca para decidir qué países intervienen y en nombre de qué pretextos; cuántos soldados en misión humanitaria desplegarán por el salvaje mundo; cuántas humanitarias bombas redimirán el atraso de los pueblos; a qué infelices visarán su arribo al paraíso y qué otros infelices deberán ser deportados en masa.

¿Por qué debemos proteger y conservar los bosques?

(Este texto forma parte de un libro “Por si no estoy cuando preguntes”, todavía en gestación y aún sin editorial, de Santiago Alba y Koldo Campos Sagaseta).

Lo pregunto porque después de haber sido arrullados mis sueños con todos los cuentos que se hayan escrito y algunos más improvisados, sigo sin encontrar un motivo que me anime a tener una buena opinión de los bosques… y de los cuentos.
De hecho, la primera vez que alguien me habló del infierno como un espacio en el que castigar todas las perversas conductas humanas y a sus autores, lo imaginé como un lugar provisto de frondosos árboles y tupida vegetación.
Y cuando el mismo informante agregó las llamas a mi infernal visión, confirmé que, además, el bosque estaba ardiendo. Me pareció una buena noticia hasta que, por la misma vía, también supe que el incendio había sido declarado inextinguible, que el bosque estaba condenado a arder toda la eternidad y temí que las llamas se propagaran amenazando vidas inocentes.
En cualquier caso, sigo sin entender esa insistencia de algunos en preservar los bosques. ¿No sería mejor que desaparecieran todos de una vez?
A lo largo de los cuentos con que aprendemos a confundir la historia, los bosques únicamente han servido para dar cobijo a horribles alimañas, a despiadados lobos, a perversas brujas y terribles ogros, y a otras gentes de mal vivir, como ladrones, bandidos y enanos.
Al amparo de sus sombras, de su impune soledad, se han perpetrado los más espantosos crímenes y delitos.
No por casualidad los padres de Pulgarcito se decidieron a abandonarlo en un bosque. Si lo hubieran dejado a las puertas de una iglesia como era costumbre entonces, alguien la hubiera abierto salvándole no sólo la vida sino, incluso, el alma. Si lo hubiesen abandonado en un río, dentro de una canasta, siempre habrían aparecido unas piadosas manos que lo rescataran de su turbulento infortunio y lo acabaran convirtiendo en heredero de algún exótico reino, pero en un bosque las posibilidades de sobrevivir para Pulgarcito eran tan escasas que hasta los tiernos gorrioncillos se dedicaron a conspirar contra la vida del niño haciendo desaparecer las migas de pan con que marcara su imposible camino de regreso.
Para nadie es un secreto que si Caperucita, en lugar de tener que cruzar el bosque, hubiera podido llegar a la casa de su abuelita a través de una iluminada y moderna avenida, nada le hubiera pasado. El lobo que se comiera a la abuela y a la niña aprovechando el refugio que el bosque le brindaba para perpetrar sus carnívoros atentados, no hubiera pasado desapercibido en una gasolinera o en un motel de carretera.
Cualquier patrulla policial lo hubiera descubierto desde que se le ocurriera poner una pata en la calzada, o habría sido identificado por alguna cámara de vigilancia o denunciado por algún trasnochador de regreso a su hogar.
Y si la abuela de Caperucita, en lugar de vivir en el bosque, hubiera dispuesto de un moderno y residencial apartamento, cualquier vecino que no tuviera la televisión demasiado alta, habría podido oír sus gritos de socorro o los aullidos del lobo festejando su éxito.
La Bella Durmiente fue condenada al sueño eterno con la complicidad de un espeso bosque que la escondía de la curiosidad humana. Y tuvo que ser un príncipe, muchos años después, el que tras ardua lucha con la exuberante vegetación, finalmente, pudiera abrirse paso y llegar hasta aquella que fuera hermosa doncella y de la que el cuento no abunda en detalles sobre su estado al terminar la pesadilla.
Ni siquiera cuando el bosque, tan surtido de profundas cuevas en las que dar refugio a sanguinarios ladrones, ha sido capaz de albergar la deliciosa imagen de una casa de chocolate, ha servido la misma para endulzar las ilusiones de dos hermanitos perdidos, sometidos a la tortura de una antropófaga bruja decidida a comérselos asados.
Hasta la encantadora Bambi, por empeñarse en vivir en los bosques en lugar de contribuir a hacer más felices a los niños en un circo, casi perdió la vida cuando el bosque en el que se creía segura precipitó el infierno. Si Bambi hubiera estado pastando tranquilamente en un zoológico, aún en el caso de un incendio semejante, los bomberos habrían llegado a tiempo de evitar la muerte de su madre.
Con razón, muchos años más tarde, el ex presidente estadounidense George W. Bush, planteó la necesidad de cortar los árboles para evitar los incendios.
Al margen de estas y otras muchas referencias en los cuentos y en la literatura que han advertido del riesgo que implican los bosques para la vida humana, sea como espacios de impunidad que han sido testigos, por ejemplo, de los maltratos de las infantas del Cid o como recursos que propiciaron la muerte del rey Macbeth, la desaparición de los bosques facilitaría el desarrollo y el progreso al que aspiramos.
Un tren de alta velocidad hubiera trasladado a los cuatro músicos de los hermanos Grimm a Bremen en cuestión de horas, en lugar de andar penando sus miserias por inhóspitos bosques y caminos, a riesgo de ser pasto de ladrones y de no llegar nunca a su destino.
La madrastra de Blancanieves de haber dispuesto para su ocio de un campo de golf junto a su castillo, no hubiera malgastado su vida, tampoco sus egos, en vanas conversaciones con espejos mágicos. Y ni Robin Hood ni los 40 ladrones habrían podido eludir la acción de la justicia si en lugar de hallar refugio en un intrincado bosque se hubieran visto obligados a sobrevivir en un acrisolado banco.
Pero faltan en los cuentos y en la historia, al carecer de espacio, trenes de alta velocidad, campos de golf, más bancos y sucursales, pistas de esquí, centros comerciales, plantas de residuos, aparcamientos, entre otras muchas e imprescindibles obras, por esa absurda y demencial tendencia a preservar los bosques.

América para los americanos

Es posible que Monroe no tuviera intención de referirse al nombre cuando puso su firma a tan alevosa doctrina, pero quienes más tarde se ocuparon de seguir implementando la ilustre canallada, han llegado, incluso, a usurpar el nominativo. Si en el Norte no han tenido empacho en desvirtuar en su provecho todos los acentos y maneras de un surtido continente de patrias a las que se niega su identidad, menos razón habría para suponer que se les fueran a respetar sus nombres, su derecho a ser llamadas americanas. Cierto es que para muchos americanos de los Andes o el Caribe, para muchos pobladores de favelas o inquilinos coloniales no hay más americano que el nacido o proveniente de los Estados Unidos y, por extensión, todo turista blanco no importa su lugar de procedencia. Quienes siendo de origen europeo hemos vivido o vivimos en América, con frecuencia, nos hemos convertido en los únicos “americanos” de una americana comunidad que, ignorando su derecho, cedía gustosamente su nombre a los únicos vecinos no americanos.
Y habrá que recuperar cuanto antes el propio nombre para poder reconquistar después también la propia identidad y terminar honrando, finalmente, una real y verdadera independencia. Sin embargo, en esa lucha inicial por ganarse el derecho al propio nombre, mucho ayudaría que desde fuera, desde Europa, por ejemplo, no se contribuya con ese nominal despojo, para que no sigamos hablando del presidente “americano” cuando nos refiramos, entre otros presidentes americanos, al presidente de los Estados Unidos; que no sigamos hablando o escribiendo del cineasta “americano” que nunca es argentino o chileno; del escritor “americano” que nunca es uruguayo o colombiano; del jugador “americano” que nunca es brasileño o mexicano…

Supongo que no es necesario apelar a la imaginación para suponer la opinión y la actitud de españoles, ingleses o italianos, por ejemplo, si América diera en negar el apellido europeo a esos países para adjudicárselo en exclusiva a los franceses, o si fueran los alemanes quienes se apropiaran del común nombre en detrimento del derecho de todos los demás países europeos a considerarse tales.

Si somos capaces de entender la necesidad de contribuir al desarme de la ideología machista desarmando, por ejemplo, el lenguaje sexista, ¿por qué no considerar también la urgencia de no seguir siendo cómplices de un continental despojo, cada vez que reducimos América a la exclusiva y excluyente dimensión de los Estados Unidos?

Cuba, Perú, Nicaragua, la República Dominicana… son americanas, tanto o más que esos Estados Unidos de Norteamérica que se han apropiado, también, del nombre, y cada vez que por comodidad, costumbre o ignorancia, usamos el término americano como sinónimo de estadounidense, estamos siendo cómplices de un robo, de una infamia.

Sí, América debe ser para los americanos… pero para todos los pueblos americanos.