Greta Thunberg

Algunos grandes medios que celebran el tradicional papel de las primeras damas en la erradicación del hambre en el mundo (así de cínico es el sistema) o aplauden las donaciones de los grandes evasores fiscales para equipar algún que otro hospital, también festejan que en las cumbres sobre el clima tome la iniciativa la divina infancia y que con esa dulzura que la caracteriza comparta tarima y focos con los discursos oficiales. Hermosas cartas de amor a la naturaleza que llegan de todas las escuelas a manos de presidentes de Estado absolutamente conmovidos por tanta ternura.

Greta Thunberg se les ha ido de las manos. No dibuja unicornios en sus cartas y, de ahí, las reticencias al respecto de esa joven sueca cuando lo que importa es que su denuncia es cierta y lo que se propone es necesario. Por las redes circula un ejemplo que lo explica mejor que yo. Una niña llama a los bomberos para avisar que su casa está ardiendo y estas son las respuestas que recibe: “¿No eres muy joven para estar diciéndole a los bomberos qué deben hacer? ¿Esa idea de pedir ayuda viene de ti? ¿Quién te dio esa idea? ¿Qué raro que llames a esta hora, no tendrías que estar en la escuela? ¿No has pensado que hay niños que no tienen casa que se queme? ¡Ellos deberían hablar y no tú! Eres demasiado europea para pedir ayuda.”

(Preso politikoak aske)

 

 

Apuntes sobre las residencias de ancianos

Después de tres años viviendo en un piso tutelado de la residencia de ancianos de Azkoitia (San Jose Egoitza/Biharko) pisos tutelados que en este pueblo están integrados en la residencia (gestión pública y privada) me gustaría compartir algunas inquietudes al respecto.

La primera reflexión pasa por reiterar que las residencias de ancianos, al igual que escuelas y hospitales, nunca debieron ser un negocio. Las residencias, sin embargo, van camino de convertirse en uno de los más prósperos en el País Vasco. Basta ver cómo se extienden esas empresas para entenderlo. Biharko es un ejemplo. Cuanto más aumenta el número de clientes, en lógica consecuencia empresarial, más se reduce el personal cada vez más exigido y peor pagado. Disminuyen las cargas y aumentan los beneficios de la empresa. Se cuentan los pañales, los fideos y las patatas fritas, todo menos las pastillas. Negocio garantizado. Lo que pudo haber sido una propuesta de convivencia nueva e integradora, un espacio creativo y hermoso para la tenida por tercera edad, en manos del negocio termina convertido en un almacén de residuos, un desván de trastos viejos o un invernadero de repollos a los que se les habla como si fueran bebés, se les miente como si no tuvieran memoria y se les ignora como si no existieran. Hay que repensar las residencias no como terminales o antesalas de nada, sino como la oportunidad de refundar la vida ochenta años después.

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La segunda reflexión tiene que ver con la actual ubicación de la residencia en Azkoitia y la necesidad de que, en todo o en parte, se reintegre al pueblo. El ayuntamiento decidió en su día que el lugar más adecuado para la residencia era a las afueras, a un extremo de Azkoitia, sobre un pequeño cerro desde el cual se divisan los tejados del pueblo, San Martín, Floreaga y la torre de la iglesia. En ese idílico y verde paisaje, lejos del mundanal ruido, encontrarían paz y descanso los residentes. Además, tampoco es un secreto, en el terreno que ocupaba la residencia podría ponerse en marcha un lucrativo y nuevo plan urbanístico… todo el mundo feliz.

Pero no ha sido así. La distancia aleja, separa, rompe. Las relaciones se van diluyendo, agotando. Pasa el tiempo, pasan los años. Se van apagando las luces. El pueblo cada vez está más lejos. Un mal día aparece la esquela colgada en la fachada de la iglesia y entre el coro de personas que se acerca para saber quién se ha ido, algunos que lo recuerdan y lo nombran. La distancia mata.

Trinidad Lorenzo Gómez (bióloga, educadora y premio nacional al voluntariado en 2012) escribe en la web de La Escuela Cultura de Paz: El sujeto que envejece va perdiendo interés vital por los objetivos y actividades que le posibilitan una interacción social… lo que conlleva al aislamiento progresivo del anciano… Esta desvinculación obedece en gran parte a las actitudes adoptadas por el entorno. La sociedad moderna excluye a nuestros mayores… En la sociedad actual prima lo joven, lo bello, lo pasional, el hedonismo puro, y todo sujeto que no se incluya en este rol de comportamiento está apartado de la sociedad.”

Si a todo lo apuntado por la educadora le agregamos la distancia física, el pueblo por un lado y la residencia por otro, el problema se agrava.

En el pueblo, cualquiera pasa por la plaza, cualquiera pasa por la iglesia, cualquiera cruza de un lado al otro y pasa por el río… pero nadie pasa por la residencia porque por la residencia no se pasa. A la residencia hay que ir. Y no solo es el contacto con ese entorno familiar y afectivo que se va perdiendo, es también la calidad de esa relación, de ese contacto, que se empobrece cuando lo que en el pueblo eran encuentros en la residencia son visitas. De saludar a un vecino al doblar de una esquina y ponerte a hablar de cualquier cosa, pasas a esperar su visita entre 5 y 7 de la tarde.

La desconexión entre el pueblo y la residencia tampoco se resuelve ampliando los horarios del urbano o construyendo más ascensores que compensen las pronunciadas cuestas de quienes suben por ellas a ambos lados de una melancólica terraza que mira al pueblo y que no se merece ser declarada ruina. Hay que buscar la manera de que la residencia vuelva a ser parte del pueblo y se habilite un espacio, y los hay, que la acoja. Y considerar, porqué no, la posibilidad de que funcione como una segunda residencia, dando satisfacción a quienes desean conservar la distancia porque ya no tienen pueblo al que volver y a quienes necesitan respirar la calle, lo que facilitaría resolver uno de los grandes problemas que tienen las residencias: falta de habitaciones individuales.

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Y esta es la tercera reflexión que poner en común. En un hospital uno debe compartir habitación con otra persona. A nadie le agrada porque ni es lo más recomendable desde el punto de vista sanitario ni las circunstancias son las mejores para hacer amigos o enemigos, pero uno acepta casi de buen grado que así sea porque es cosa de unos días, de lo que dure el ingreso.

Tu habitación en la residencia, sin embargo, no es la del fin de semana. Lleva tu nombre. Es tu “casa”, ese espacio personal, íntimo, ese “txoko” que todas las personas necesitamos así solo quepa una cama, una silla y una mesa, y que te ves obligado a compartir con quien no conoces o, porque lo conoces, con quien no lo deseas compartir. Y tampoco es cosa de unos días. Buena parte de tu estabilidad emocional, el mejor o peor humor con que afrontar esa parte de la vida, va a depender de que se te garantice ese espacio íntimo que constituye tu habitación.

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La cuarta reflexión tiene que ver con la música, otra de las grandes ausentes en San José Egoitza. La música es salud, y no voy a extenderme sobre las virtudes del oxígeno más imprescindible para las almas porque ni la residencia confía en esas virtudes ni yo creo en espíritus. En lo que sí creo es en la música. En la música como goce, como lenguaje, como compañía, como terapia. Decía Nietzsche que “sin música la vida sería un error” y, en la residencia, al margen de la que promueven todos los viernes por la tarde un grupo de voluntarios comprometidos con los residentes o la que improvisan algunas visitas, no hay música. No hay una comprensión de la música desde otra óptica que no sea “y así están entretenidos”; no hay una propuesta desde la dirección del centro que contemple la música en la vida de los residentes como algo permanente, vital, porque en verdad no se valora la música, no se cree en ella. Si no fuera por el aporte de esas visitas y voluntarios cuya labor aplaudo y por la presencia un par de veces al año de la Banda Municipal, en la residencia no habría música. Sería tan virtual como los buzones de sugerencias. El problema, en todo caso, no es lo que hay sino lo que falta.

Igual que la dirección de la residencia dice valorar la alimentación y asesorarse de expertos en nutrición y salud, también debiera estimar la música con el mismo pretendido interés y que Bach, por ejemplo, acompañe los paseos de los residentes por los jardines de la residencia o que se habilite un espacio, que no tiene porqué ser amplio, para que todas las mañanas, tal vez una hora, haya música en la residencia. No me refiero a “hilo musical” (que ni eso) sino a música pensada para y con los residentes que los lunes podría ser clásica, los martes euskaldun, los miércoles del mundo… y organizada y expuesta como se hace con el menú semanal de comidas y cenas en el tablón de anuncios de la entrada. Los jueves música barroca y macarrones, los viernes trikitixa y bacalao… Y que la directora, además de pasear por el comedor celebrando la ensalada de pasta, también pasee su felicidad cuando nos sentemos a escuchar a Vivaldi, a Lertxundi, a Los Panchos, porque tan importante como lo que comemos es lo que oímos y vemos. Cuando hablamos de salud mental no es por casualidad que hablamos de salud y hay problemas, especialmente a cierta edad, para los que la música es muchísimo más nutritiva que la tapioca.

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Con mi quinta reflexión vuelvo a la necesidad de preservar nuestra salud mental por lo que también urge repensar la propuesta audiovisual en las residencias. Puedo entender que veinte años atrás, en la residencia de Azkoitia la propuesta consistiera en poner dos televisores, uno en cada sala, uno en vasco y otro en español y que vean lo que quieran (“así están entretenidos”) pero no en la actualidad. El año 2020 también va a llegar a la residencia, hasta internet va a hacerlo. Y esos dos grandes televisores nuevos que acaban de instalarse, si solo sustituyen a los viejos, y es lo que parece, no van a mejorar mucho lo que hay. “Sálvame de Lux” seguirá siendo el programa más visto y Tele-5 el canal más solicitado aunque, eso sí, ahora más grande y con mejor definición. Comparto que cada quien pueda ver en su habitación el programa que guste pero, fuera de las habitaciones, en los espacios compartidos, en las salas de la residencia, es la dirección del centro la responsable de lo que vean y oigan los residentes como lo es en el comedor de lo que coman. La sal es el reclamo más habitual en el comedor y no por ello se complace. Buena parte de la programación de los grandes canales es alienante y embrutecedora. Programas repulsivos, ordinarios, que son sal para la cabeza. Si aceptamos la necesidad de cuidar la alimentación de los residentes porque es necesario preservar su salud, por las mismas razones también debiéramos cuidar su consumo televisivo.

Cuando hablo de propuesta audiovisual hablo de habilitar espacios dedicados a ello con pantallas en las que proyectar películas, documentales, conciertos, e incorporar vídeos de las redes sociales. Hay cine maravilloso, desde Chaplin hasta Kurosawa pasando por Fellini, que no lo vas a ver en la televisión, tampoco en Netflix, y que sigue siendo una propuesta nueva. Hay muy buenos documentales y sobre los más diversos temas, hay vídeos que circulan por las redes que a los residentes les encantarían, como me consta hay dos que no se pierden los conciertos clásicos de la 1 porque también hay buenas propuestas en la televisión. Estoy hablando de programar y conducir.

La capacidad de aprender en los seres humanos no la determina la edad, y nada más útil al sentir que pierdes facultades, funciones, que afirmarte en lo que vas ganando cuando aprendes a vivir de otra manera. En ello es que la dirección del centro debe involucrarse y estimular aprendizajes y proponer experiencias. Como apuntaba en mi primera reflexión, lo que diferencia una residencia de ancianos de un invernadero de repollos es que los primeros tienen la capacidad de aprender y a los repollos no se les supone.

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La sexta reflexión es, precisamente, la necesidad de que la residencia de Azkoitia termine de asentarse en el siglo en que andamos. Cuando ingresé en el piso tutelado que ocupo mi primera pregunta fue también mi primer contratiempo, y no cualquiera. No había wifi en la residencia. Otro punto de desconexión con el pueblo, con la familia, con el mundo. En Azkoitia hay wifi en los bares, en las plazas, hasta en el tanatorio hay wifi. “En la residencia no… y tú eres el único que lo ha pedido”. No era el único entonces y tampoco lo soy en la actualidad en la que tengo un encantador vecino de 92 años (Manolo) cuyo primer interés cuando ingresó también fue el wifi. Llevaba más de una década haciendo un estudio sobre los apellidos euskaldunes de Azkoitia, Azpeitia y Zestoa y deseaba seguir haciéndolo en la residencia. También hay algunas residentes y trabajadoras que, con mis bendiciones y wifi, (después de seis meses Biharko aceptó que yo pudiera contratar el servicio) pueden conectarse a internet.

La cuestión, en cualquier caso, no es solo saber cuánto más va a demorarse el histórico momento en que los residentes, trabajadores y visitantes podamos disponer de wifi en la residencia, la cuestión es qué va a hacer la dirección del centro con internet, al margen del uso que hace del mismo en las labores administrativas; qué va a hacer con esa herramienta en beneficio de los residentes… todo sea porque “así están entretenidos”. Retórica al margen, que bien sé la respuesta a mi pregunta, algunas de las inquietudes que vengo expresando en este escrito serían impensables sin internet, y buena parte de las que no planteo también.

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Quisiera agregar, séptima reflexión, que la alimentación (joya de la corona) deja mucho que desear hasta el punto que declaro, sin ser devoto del verso, que en la cocina de la residencia cualquier tiempo pasado fue mejor. Y es que todos los residentes saludarían gozosos el regreso a aquellos tiempos en los que los productos eran frescos y de la zona, en los que las tortillas francesas no eran congeladas, tampoco las croquetas o las albóndigas o el pescado; cuando los jugos de naranja eran de naranja y el puré llevaba picatostes; cuando el lavavajillas funcionaba bien y los platos eran los de antes; cuando el extractor hacía su trabajo en la cocina y la cocina era respirable, cuando siempre había una segunda opción para quienes no podían comer ciertos alimentos y dos ruedas de mortadela no eran una alternativa; cuando no desaparecían los platos del menú cada vez que un error trasladaba la sopa de fideos, por ejemplo, de la comida a la cena sin que hubiera reemplazo; cuando la fruta no faltaba en ninguna dieta en el desayuno; cuando un pintxo de tortilla, además de la tapioca, no era una cena porque siempre había alguien en la cocina que le agregaba al pintxo un poco de tomate, de lechuga… Tampoco vendría mal la adquisición de sartenes a las que no se les peguen huevos y tortillas (se nota), la renovación de la cubertería, la adquisición de un molinillo y, por cierto, la compra de escurrideras para quienes reparten la comida. La cofradía de los “A mi sin caldo” lo agradecería. Por más empeño que las trabajadoras pongan, y lo ponen, un cazo no ayuda, una escurridera sí… o echarle menos agua al cocido.

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A diferencia de las anteriores, cuyo orden es aleatorio, esta última y octava reflexión es realmente la primera por ser la más importante y urgente, que tiene la residencia: ¡Personal!

La residencia necesita más personal y de manera significativa, y no tanto para acompañar los cambios que residentes, familiares y vecinos demandan o las posibilidades que apunto en estas reflexiones, sino para cumplir con lo hasta ahora dispuesto por la dirección del centro y que cada día se torna más precario y conflictivo. Falta personal en todas las plantas, en todos los turnos (también por la noche) en todas las actividades. Faltan auxiliares, personal sanitario… Hace unos cuantos días mi vecino Manolo me comentaba los contratiempos que estaba sufriendo por causa de la huelga y tuve que aclararle que no había huelga, que los mínimos en los servicios de la residencia son tan precarios que lo parecía, pero que no había huelga o, en todo caso, la huelga era la de la empresa, la de Biharko, la de todos los días. No se sustituyen las bajas que pueda haber, nadie reemplaza a quien se va de vacaciones. Los constantes cambios contribuyen al caos. Un día es la señora de la limpieza la que se encarga de recoger las mesas, otro es la que sirve quien reparte las pastillas, todos los días ves a familiares buscando y poniendo baberos, trasladando a residentes en sillas de ruedas, acompañando a los rezagados… Una cosa es que familiares y residentes se ayuden, cooperen y contribuyan al bienestar de todos, y otra que la empresa aproveche esa actitud para no contratar personal y, especialmente, cuando los grados de dependencia de los residentes van aumentando y, en consecuencia, mayor es la demanda de atención. Cambiar el pañal de un anciano cuando se ha agotado el número de pañales asignados por anciano y día no es una prueba que superar en un concurso de televisión; afeitar, bañar, pasear, dar de comer y acostar a 30 ancianos mientras se les consuela y se les anima tampoco es una competencia olímpica.

Si contratar más personal y mejorar sus condiciones de trabajo, incluyendo las económicas, es la más urgente necesidad que tiene la residencia, también lo es porque la principal necesidad que tienen los residentes es compañía, trato, contacto, alguien que escuche al otro lado. Y al otro lado hay una trabajadora que nunca tiene tiempo porque su tiempo es de la empresa y la empresa ha dispuesto que, mientras le cambia de pañal, con la otra mano le peine y, desde que lo vista, cambie al siguiente y al siguiente y al siguiente… y que no se le ocurra perder el tiempo hablando con la gente. El siguiente, me lo contaba una trabajadora, es experto en retenerte unos minutos, todos los son, y en lo que lo despiertas, lo lavas y lo vistes, te quedas sin poder buscarle los calcetines nuevos o la libreta que asegura dejó sobre la cama… porque te está esperando el siguiente.

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En resumen

Hay muchísimos aspectos que abordar en relación a las residencias, a su gestión, a si se permiten animales, si hay fisioterapia, si dispone de ordenadores con programas que estimulan la locomoción (lo contaba EITB hace dos años al respecto de tres residencias navarras) a la vez que se juega en la pantalla…

Estos apuntes reflexivos sobre las residencias no tienen otro propósito que contribuir a una necesaria revisión de sus condiciones, de su funcionamiento, que es una inquietud muy sentida en el pueblo. Bastaría, tal vez, para entenderlo que, por un momento, describiéramos la residencia que imaginamos, que contemos cómo la queremos, pero no esa a la que estamos seguros nunca vamos a ingresar sino la otra, la residencia en la que estamos. ¿En verdad no se nos ocurre nada mejor? La respuesta que demos señalará la ruta y, a partir de ahí, bastaría ponerse a andar detrás de esa respuesta.

Dijo en su día el diputado general de Bizkaia, Unai Rementeria, ante la huelga que desde entonces siguen haciendo las trabajadoras de muchas residencias que “la dignidad de nuestros ancianos está por encima del derecho a la huelga.” Al diputado le respondió Rocío Merino, una trabajadora: “Para defender esa dignidad, y defenderla todos los días, es que estamos en huelga.” Retomo la solemne proclama del diputado general… ¿y por encima del negocio? ¿La dignidad de nuestros ancianos está por encima del negocio? ¿En cuánto se cotiza la dignidad de un anciano? ¿Pasarán las residencias al mercado paralelo?

Las residencias no pueden estar en manos de empresas privadas. ¡No pueden ser un negocio! Y no es verdad que no haya recursos para que ayuntamientos y diputaciones se hagan cargo de las residencias ¡Claro que hay recursos! Solo hace falta secundar a Mafalda y no permitir que lo urgente no deje tiempo para lo importante. Si hay dinero para pagar a la familia real tenemos derecho a inventarnos cualquier residencia por más irreal que resulte. Y ni la que se sueña es imposible.

Ojos ciegos

De mirarte y no verte ya no me quedan ojos. Todos los fui perdiendo por la casa, algunos por la calle, ni sé cómo ni cuántos he venido extraviando. Al principio, cuando los proscribí por alevosos y los desalojé por miserables, reconozco que, encontrarlos por ahí, de cualquier forma, desparramados, sin brillo ni pestañas, mortificaba tanto mi vergüenza que hasta llegué a pensar en recogerlos y disculpar sus chanzas y desaires… pero ya no me sirven, ya no saben mirarte.

Me hubiera conformado con que volvieran a acogerte en sus retinas y te guardaran a salvo de distancias

y ni siquiera eso se dignaron fingirme. Ayer, uno lloraba inconsolable recostado sobre el tubo de la pasta dental enfermo de nostalgia y a otro más encontré deambulando entre el vaho del espejo resignado a su suerte y como si temiera el desenlace… pero ya no me importan, ya no saben mirarte.

Son tantos y tan ciegos que casi es imposible no pisarlos. Donde quiera que voy me los encuentro y, como si me vieran, me guiñan acogidas y reencuentros desesperados por volver a ser mis ojos y sin que mi desdén los acobarde. Entras en la cocina y, asomada a la taza de café, de improviso te asalta una vieja pupila proponiéndote nuevos horizontes y más y mejores perspectivas; basta que abras un armario buscando una carpeta o una carta extraviada, para que alguno de los ojos que tuve me reproche tu ausencia, y en las noches se apostan debajo de mi insomnio en el común afán de murmurarme desventuras y prodigarme reproches y pesares… pero ya no los oigo, ya no saben mirarte.

Si al menos, de soslayo, los ojos que ayer fueran, los mismos que hoy no son, no te dieran del todo por perdida y encontrarte no fuera un acertijo y saberte no costara la vida… pero ya no los quiero, ya no saben mirarte.

(Preso politikoak aske)

Pacto de caballeros

Hace dos años, en la República Dominicana, el empresario Yasmil Fernández (Ray) asestó siete puñaladas a su esposa, Anibel González, abogada de treinta años y madre de tres menores testigos de un asesinato que, milagrosamente, no llegó a consumarse porque ella sobrevivió a la agresión. Aunque por tentativa de asesinato pudieron ser 30 años, con Ray Fernández la Justicia fue muy considerada y el juicio se saldó con una condena de solo 5 años. Demasiados para una policía que no se mete en esos “pleitos de marido y mujer” y para una Justicia que tuvo a bien considerar el prestigio mercurial del asesino.

Meses atrás, después de poco más de un año de cumplir tan dadivosa condena, el empresario llegó a un acuerdo con la Justicia y quedó libre. Iba a ser bueno, había prometido que no la iba a volver a amenazar con matarla como hiciera desde la cárcel, que iba a portarse bien. ¿Por qué dudar de que no fuera así? Era un pacto entre caballeros. La Justicia dominicana, que no tiene nada que envidiar a la española, casi se excusa por haberlo mantenido preso tantos meses.

La semana pasada Anibel moría asesinada a balazos por el persuasivo empresario. La hija mayor, de 11 años, se encargó de llamar por teléfono a la Policía para contar que su padre había asesinado a su madre y que él también estaba tirado en el suelo, muerto.

(Preso politikoak aske)

Era un hombre normal

Era un hombre normal, dicen quienes fueran sus vecinos. Nunca dio motivos de queja ni hubo con él problema alguno. Solía asistir a las reuniones de vecinos y también frecuentaba la iglesia. Amable, muy gentil, era un vecino normal. Se le veía a veces por el barrio, paseando con su familia, en el cine o en el parque con sus hijos. Muy correcto y educado. Era un padre normal. Sus amigos lo consideraban una excelente persona, tranquila, de buen humor. Amigo de sus amigos, era de esa clase de gente dispuesta a echar una mano a cualquiera. Era un amigo normal. Y como trabajador cumplía con sus obligaciones y hacía bien su labor. Siempre puntual, a su hora, y muy apreciado por sus compañeros. Se llevaba bien con todo el mundo. Era un trabajador normal. De hecho, era un hombre tan normal que en cualquier cordial saludo de mujer suponía un cálido interés en su persona, que en cualquier intrascendente comentario de mujer advertía un insinuado y sensual deseo, y que detrás de cualquier sonrisa amable de mujer solo cabía un buen polvo. Era un hombre tan normal que quienes pasaron por el amargo trance de observar el cadáver de la joven mujer violada, asesinada y arrojada a un contenedor de basura, no podían imaginar la razón de ser de tanta saña, de tanta brutalidad en aquel hombre tan normal.

(Preso politikoak aske)

Puntos suspensivos

Cualquier cosa que piense, antes de que pueda expresarla, comienza a segregar puntos suspensivos hasta que, enredado en ellos, termino por rendirme a la evidencia y me niego a articular siquiera una tímida voz, una simple palabra, un maldito respingo.

Cada vez que estoy a punto de arribar a alguna inobjetable conjetura, y no es todos los días, los puntos suspensivos la dejan en el aire y, ante el cuestionamiento general que impaciente espera que concluya, me voy de punto en punto, muy despacio, sin nada que alegar en mi defensa que no sean los puntos suspensivos.

No es nada personal ni ganas de joder, es solo que los puntos nunca están a solas por más que se enfatice su final o se imponga su uso en la cuartilla, ese punto y seguido o aparte tan comunes en el relato. La vida en la que andamos, sin embargo, es otra historia que no siempre coincide con el informe de los desinformados y en la que no hay certeza que se precie que no cargue su duda. Supongo que es a ello que se debe mi obsesión con los puntos suspensivos, tan insólitos como funestos para las verdades que revela la fe .

La noche bendice el sueño de los puntos negándose a aceptar por descreídos mis siempre suspensivos titubeos y yo me vuelvo a ir de punto en punto, muy despacio, con Dios a la intemperie y la duda por sombrero.

Canallas

El mundo está en manos de unos cuantos canallas y Trump es de los que menos se esfuerza en disimularlo. Ahora quiere comprar Groenlandia. Llamó a su asistente y le pidió que investigara el precio en el mercado de ese continente helado y quién es su propietario. El país con la mayor deuda externa del mundo quiere comprar Groenlandia con todo y sus casi sesenta mil habitantes, su lengua, su cultura… No es la primera vez. En 1959 otro presidente le compró Alaska a Rusia. Se están quedando sin hielo en los whiskys con soda… Groenlandia garantiza brindis para muchos años y, de paso, trazar alguna nueva ruta comercial, perforar unos pozos, extraer unas muestras… La aburrida Groenlandia aún puede ser Las Vegas.

Y si no se vende, se toma. Ahí está Cuba, en medio del Caribe, bloqueada a pesar de incontables y unánimes condenas de Naciones Unidas que no han servido para que se repare el crimen porque el régimen estadounidense actúa al margen de cualquier ley, acuerdo, o sentido. Y ahí sigue Venezuela bloqueada porque como se lamentara indignado un ciudadano estadounidense: “¿Por qué nuestro petróleo tiene que estar debajo de su país?” Obama era más sutil: “Tenemos el ejército más fuerte del mundo y en ocasiones tenemos que torcer el brazo a los países que no quieren hacernos caso”. En manos de canallas.