¿Dónde está Aurora Wiwonska?

El 7 de diciembre del 2001 la dominicana Aurora Wiwonska Marmolejos, de 22 años y madre de una niña de año y medio, en un arranque inesperado y a las puertas de un club de la capital dominicana en el que la empresa para la que trabajaba ofrecía una fiesta navideña a sus empleados, se quitó los zapatos y echó a correr por las proximidades de la Universidad Autónoma de Santo Domingo. Momentos antes había sostenido una discusión con su marido, Pedro Polanco, que, aunque no trabajaba en esa empresa, había sido invitado por ella. A la salida del local, él se dispuso a llamar por su celular a un taxi para regresar a casa, eran más de las diez de la noche, cuando Aurora Wiwonska, según declaró el esposo, se quitó los zapatos y echó a correr. Desde entonces, y ya han pasado 21 años, nadie ha vuelto a ver a Aurora Wiwonska Marmolejos. Tal vez porque, discreta, corría descalza para no hacer ruido. Una carrera urdida de improviso, como si fuera a detenerse a los tres pasos y no tuviera intención de prolongarla todos estos años. Nada se llevó en su frenética carrera, ni un pasaporte, ni dinero, ni una maleta con ropa, ni una fotografía de su hija, nada. Tampoco se despidió de nadie, ni siquiera de su marido. Simplemente, se quitó los zapatos y echó a correr cuesta abajo, por una calle a oscuras y vistiendo una elegante falda tubo, una de esas faldas que apenas sí te permiten mover los pies. Y corriendo ha cruzado, desde entonces, su menuda figura frente a todas las comisarías de policía de la ciudad que no la vieron nunca, que nunca la han sabido; corriendo ha ido dejando atrás pesquisas inconclusas y reportes a doble espacio; siempre corriendo, Aurora Wiwonska atravesó un original y tres copias, dio la vuelta a un formulario verde, recorrió sin detenerse cuatro informes anexos, dos sellos gomígrafos y algunas presunciones, incansable al desaliento, sin que la detuvieran los indicios, ni las legítimas sospechas. Corriendo le ha pasado por el lado a tres pruebas periciales, ha dejado atrás el esperticio, ha cruzado indagatorias y testigos que sirvieron, al menos, para saber que aún corre, que Aurora Wiwonska tiene 21 años corriendo. No la ha visto la jueza que dictaminó su olímpica odisea por calles y avenidas de Santo Domingo, como si desaparecer en la República Dominicana fuera un ejercicio común e impune que no requiere más averiguaciones. No la ha visto la Policía, nadie la ha vuelto a ver, ni siquiera su hija, 21 años después. Súbitamente, sin tiempo ni para despedirse, Aurora Wiwonska decidió emprender esa carrera en la que todavía persiste y de la que nadie es responsable, como si fuera una fatal ocurrencia de medianoche, como si súbitamente le asaltaran las ganas de correr el resto de sus días y se lanzara a tumba abierta por las calles de la ciudad, hasta ella misma olvidarse de sus pasos.

(Preso politikoak aske)

La «normalidad»

Lo dicen los empresarios y lo aseguran los medios: estamos volviendo a la normalidad.

Los precios, hábilmente camuflados en las estanterías de los supermercados y armados de guarismos de largo alcance, patrullan pasillos y aparadores. Algunos precios, veteranos de otras alzas, practican desde las registradoras allanamientos en las tarjetas y bolsillos que todavía circulan, decomisando salarios de fabricación casera y esperanzas baldías.

Se ha sabido de precios que han formado piquetes y recorren empresas y negocios amenazando con violentas represalias a quienes se nieguen a especular ganancias y sumar dividendos, y turbas de impuestos y facturas, siempre encapuchadas, asedian y saquean salarios familiares cargando con todo lo que de valor encuentren, sean expectativas preciosas o confianzas en efectivo.

Persisten los recortes de distinto calibre quemando empleos en la calle y provocando disturbios en todos los balances. El precio de la luz sigue batiendo récords.

Miles de personas siguen detenidas en las comisarías de la impotencia y otras han sido traducidas a audiencias y juzgados acusadas de vivir por encima de sus posibilidades.

Esta “normalidad” sigue necesitando más golpes de cordura, más embates de lucidez, más huelgas generales.

(Preso politikoak aske)

6/Cómo se nos manipula desde los grandes medios

Bajo este título pretendo ir colgando artículos míos ya publicados al respecto de cómo se nos manipula en ejemplos concretos ligados a noticias de los grandes medios. (KCS)

Discreción informativa

Koldo Campos Sagaseta

Hay dos formas de ignorar una noticia. La más común es desterrarla, negarle los favores de titulares y páginas, silenciar su historia. Otra manera, más perversa si cabe, es publicarla pero, discretamente, de puntillas, sin hacer ruido, compartiendo espacio con un múltiple parto en Hospitalet y el rumor de la boda de un famoso torero en una perdida página.

Entre el feliz natalicio y las posibles nupcias, por ejemplo, se desliza el caso de Pedro Pierry, ministro de la Corte Suprema de Chile, cuyo voto fue determinante para que el proyecto Hidroaysén, que se propone la construcción de cinco centrales hidroeléctricas en la Patagonia, siguiera adelante a pesar del general rechazo de la sociedad chilena. Las empresas Colbún y Endesa tienen a su cargo el megaproyecto que ecologistas y comunidades afectadas denuncian como un absoluto despropósito cuyo daño ambiental es tan incalculable como el lucro que les supondrá a esas empresas tan sórdido negocio.

El presidente del Senado de Chile, hacía público recientemente un dato esclarecedor: Pedro Pierry, el honorable juez cuyo fallo legalizara el despojo, tiene acciones en Endesa por valor de 200 mil dólares.

Y no hay más que repasar la ilustre nómina de asesores con que cuentan ciertas multinacionales, la misma Endesa disfruta de la vasta experiencia de Elena Salgado y José María Aznar, para entender hasta qué punto cotizan en la Bolsa los fallos de un Tribunal Supremo o se endosan los servicios prestados por pasados reajustes de un gobierno.

Por cierto, el parto fue de quintillizos y el torero, finalmente, no se va a casar.

(2012)

Son de mujer

Entre tantos casos de sentencias que esparcen la hediondez en que despacha la justicia española, enferma de nostalgia y conservadora hasta para reproducirse y perpetuarse, (hablando en general y siendo generoso) se cumplen, precisamente, cuatro años de que la Audiencia Provincial de Valencia se ganara un día los titulares de los grandes medios por haber considerado como atenuante en la violación de una mujer, el hecho de que la víctima hubiera ido cuando niña a clases de teatro en la escuela.

En otro caso, un juzgado de Granada, absolvía a un acusado de insultar y agredir a su esposa por la “excesiva parquedad, escasa pasión y grado de convicción” que había mostrado ella en su denuncia. Días más tarde de que fuera absuelto, su esposa era asesinada a golpes de azada y su marido otra vez detenido y a la espera de juicio, ya no por amenazas contra una mujer parca y poco apasionada y convincente, sino por el asesinato de un elocuente cadáver. Tal vez de niña, aquella mujer no había hecho teatro.

Son dos, entre tantos casos, que ya eran habituales en los juzgados antes de la ley “si es sí”. Faltan leyes, queda corregirlas, pero falta, sobre todo, aire, mucho aire debajo de las togas.

Los ojos de la justicia que cubre la venda son de mujer.

(Preso politikoak aske)

Testigos

Hay días en que los medios abren la espita de sus mejores esencias, no importa que sea a costa de hacer leña del desgraciado a cuyo lado se ahogó una niña o fue golpeada una emigrante o se cometió cualquier atropello mientras él silbaba distraído.

Para su infortunio, la cámara estaba ahí, la misma que no intervino sino para contarnos la triste historia de su cobardía, transformada al día siguiente en titular: “¡Este es el desalmado que cerró los ojos!”

Gracias a la infeliz coincidencia del desgraciado con la escena del crimen los medios pasan por virtuosos y el público encuentra un cristiano motivo para sentir el decoro que no tuvo el testigo.

La sociedad respira gracias a ese Cristo sorprendido en medio de un calvario, que no quiso o pudo obrar el milagro pero, aunque no salgamos en la foto, los tantos inocentes indignados también estuvimos presentes en aquella playa de la indiferencia y cerramos los ojos en el vagón del metro o cambiamos de acera ante cualquiera de las tantas canalladas que se cometen en nuestro nombre y, a veces, también con nuestros votos. Vivimos rodeados de guerras que consentimos, de robos que toleramos, de atropellos que aceptamos, de crímenes que bendecimos. Si no salimos en la foto se debe a la brevedad del plano.

(Preso politikoak aske)