El cuento de los medios

No hay, probablemente, rasgo más característico de la infancia y que mejor la defina que la ingenuidad, esa virginal y cándida inocencia que, precisamente, cuando la perdemos, nos condena a treinta años y un día de adultez.

Pero ocurre que, una triste mañana, en medio de un fragor de sueños rotos, acabamos descubriendo que los reyes, incluso los magos, son unos sinvergüenzas; que los siete enanitos eran antropófagos y la hermosa Blancanieves una madame de lujo; que la muerte nos ronda y nos sorprende tanto como la vida y que el temible hombre del saco era mi padre.

La cometa queda anclada en los cables, inalcanzable, y acabamos poniéndonos los pantalones largos para seguir matando las ilusiones que aún persistan porque, en lugar de abocarnos a la propia razón, la más imprescindible de todas las quimeras, huérfanos de ensueños, preferimos aferrarnos a alguna pesadilla que disimule ese desasosiego que queda en los espejos cuando los años, impasibles, se empecinen en contarnos los estragos.

Entre tanto criterio avergonzado, entre tanta fe desvanecida, aceptamos que la única verdad de nuestras vidas, las únicas posibles certezas, siguen siendo esos cuentos que nos cuentan los grandes medios de comunicación para que todos tengamos puntual constancia de que somos y estamos.

En ellos, triste desagüe para sueños que pudieron tener mejor destino, depositamos la credulidad que ya no nos merece el flautista de Hamelín, la convicción que perdió La Cenicienta y, demasiado tarde confirmamos que hubiéramos crecido mucho más de haber seguido siendo Peter Pan.

(Euskal presoak-Euskal herrira)

 

Dios existe

La primera prueba de su existencia la tuve hace algunos años, cuando Fidel Castro enfermó y, en Miami, la gusanera salió a la calle festejando la grave dolencia del dirigente cubano y celebrando anticipadamente su muerte a la espera de que Dios la complaciera: “¡Que muera el dictador! ¡Que muera el dictador!” Y Dios los complació. Días más tarde moría en Paraguay el dictador Alfredo Stroessner.

No cesaron en Miami de reclamar la gracia divina, matizando, eso sí, que no era el dictador paraguayo a quien querían muerto sino al otro, al hijo puta. Y Dios volvió a complacerlos. Poco más tarde moría Pinochet.

La segunda prueba de que Dios existe la tenemos todos los años en Semana Santa, cuando la lluvia impide los cortejos de la Macarena, de las Siete Palabras o del Jesús del Gran Poder ante la desolación de nazarenos, manigueteros, pertigueros, acólitos, fariseos, palmeros, portaestandartes, flagelados, crucificados, caballería, soldados romanos y pueblo de Belén en general, turistas incluidos, que en lugar de aceptar la lluvia como penitencia y empaparse una vez al año de meas culpas, que al fin y al cabo también llovía en el Calvario, insisten en que sus oraciones sean atendidas por Dios y que el sol haga posible la indescriptible emoción contenida durante un año, ese fervor popular que levanta los pasos bajo cuyos faldones corre el aguardiente tanto como la cera por las calles. Tan acostumbrados como están a encontrar en el buen tiempo pruebas de la voluntad divina, no entiendo porqué no se les ocurre considerar, también, como señal divina los aguaceros en esos días, porque tantas húmedas circunstancias como han venido acompañando las procesiones sólo pueden ser indicio de que Dios existe y, además, se ha cansado de que se tome su nombre en vano apelando al sabotaje del agua como forma de expresar su indignación; de que Dios no quiere penitentes descalzos ni envenenadas saetas, que no acepta que se suban los precios de las sillas y los palcos, ni la sobreventa de balcones y terrazas, o el llamado “Rito de los Caramelos” que promueven las hermandades en su página wep, que Dios ya está aburrido de tanta mojiganga y cofradía, de tanto capirote, de tanta hipocresía, de tanta vela en tan ajeno entierro, que Dios, simplemente, ya está harto de que sigan perpetuando la pasión de su hijo como turístico reclamo de vulgares mercaderes.

La tercera prueba de la existencia divina ocurrió en el 2011, durante la celebración de la Jornada Mundial de la Juventud celebrada en Madrid, cuando después de anticipar más de 40 grados de infierno durante todo el día a la muchedumbre que esperaba al Papa Benedicto XVI (Ratzinger), debiendo ser atendidos más de un centenar de peregrinos por lipotimias, ya en la noche y en medio de la explanada se dan cita el cardenal Rouco Varela, el Papa y… la lluvia.

“Dios nos manda sus bendiciones en forma de lluvia” declaró el Papa debajo del paraguas para consuelo de los asistentes.

Y Dios, que también lo oyó, no quiso desmentir al Papa ni dejar sin regalo al cardenal Varela que ese mismo día cumplía años, y desencadenó todas las bendiciones que le quedaban en forma de vendaval llevándose por delante el solideo papal y derribando la cruz de las JMJ.

El impresionante diluvio tumbó carpas, provocó varios heridos y creó el pánico, llegando a dañar, según se publicó en los medios, 600 mil hostias que habrían de engullirse al día siguiente. “Que ninguna adversidad os paralice” aún tuvo tiempo de agregar el Papa antes de interrumpir su discurso y salir corriendo.

Con independencia de otras pruebas que puedan agregarse a estas tres que recuerdo lo que ya se puede concluir es que, efectivamente, Dios existe y, además de cubano, trabaja como meteorólogo y, sobre todo, tiene un gran sentido del humor.

(Euskal presoak-euskal herrira)

Infancia que nos delata

Nos preocupa la infancia, esa que, cada día que pasa, es menos ingenua y soñadora y más parecida a nosotros mismos. Algo hay, sin embargo, de hipócrita virtud en nuestra inquietud porque esa infancia sólo es el reflejo de lo que nosotros somos, de la sociedad que hemos construido o a la que nos hemos adaptado. Una sociedad que nos enseña a simular, no a ser; que nos instruye para que acumulemos, no para que compartamos; que nos entrena para que compitamos, no para que participemos; que nos adiestra para el triunfo, no para la vida.

Quienes comenzaron poniéndose nuestros zapatos para jugar y terminaron calzándose nuestras ideas para vivir, son la mejor referencia de una familia, de una escuela y de una sociedad que en lugar de educar, adoctrina; que en vez de sugerir, ordena; y que, incapaz de corregir, castiga.

Por ello nuestro asombro cuando advertimos que los resultados de tanta incapacidad se vuelven contra nosotros y nos cuestionan su fracaso que es, sobre todo, el nuestro.

Por ello nuestro pesar cuando advertimos que las consecuencias de tanta severidad acaban por reprocharnos su soledad, que es también la propia.

Necesitaban cómplices para naufragar y nosotros, expertos en siniestros, nos prestamos a la labor de ahogarlos.

Es por ello que los educamos en el miedo y nos sobresalta su timidez; que los educamos en el desorden y nos alarma su dispersión; que los educamos en la desconfianza y nos sorprenden sus dudas; que los educamos en el engaño y nos asombran sus mentiras; que los educamos en la intolerancia y nos desconcierta su violencia.

(Euskal presoak-Euskal herrira)

Por teléfono y wasap

 

Del escritor Lope de Vega se decía en referencia a su prolífica producción como dramaturgo que “más de un ciento en horas veinticuatro pasaron de las musas al teatro”, las mismas horas que tardó en pasar de las musas al teatro la ponencia sobre la paz y la convivencia en el País Vasco de Arantza Quiroga.

De las musas que le inspiraran dar un paso imposible en el camino de la paz,  pasó la entonces presidente del Partido Popular en Euskadi al teatro de responsabilizar a Bildu de su frustrado amago, hecho lo cual renunció a sus musas y abandonó los escenarios.

Son muchos los comentarios que ha habido al respecto desde los medios pero hay uno que, así parezca irrelevante, me sigue llamando la atención. Y me refiero al hecho de que le sustituya en Euskadi como presidente del partido Alfonso Alonso, al mismo tiempo ministro de Salud en el Estado español.

No voy a entrar a valorar las capacidades como gestor público que atesora el señor Alonso ni las consecuencias que  su ejercicio como alcalde de Vitoria en el pasado deberá seguir pagando la ciudadanía de esa capital vasca durante muchos años; tampoco voy a hacer conjeturas sobre sus diferencias con Quiroga y la pertenencia de Alonso al círculo de poder que rodea al presidente Rajoy. Menos aún me interesa la idoneidad de su nombramiento a cargo de un ministerio como el de Salud para el que este abogado no había demostrado hasta ese día, tampoco después, ningún tipo de inquietud o capacidad.

Lo que me llama la atención es que pueda simultanear la misma persona dos cargos que, se supone, también implican trabajo y dedicación.

Ser ministro de un estado en un área como el de la salud y compaginar la presidencia de un partido en un país como el vasco, al margen de las aptitudes y talentos de las que Alonso también carece, exige tiempo, sencillamente tiempo. Cualquiera de esos dos cargos exige tiempo para toda clase de reuniones, desplazamientos, estudios, informes,  encuentros,  conflictos…En definitiva, un amplísimo repertorio de labores que, se supone, debe desempeñar el primer responsable de un ministerio estatal y de un partido político autonómico.

Aunque no duerma ni descanse, que supongo lo hace; aunque no atendiera sus responsabilidades  con los cuatro hijos que tiene, que imagino los atiende;  y en el entendido de que los días para él también son de 24 horas en el que, incluso, debe sacar tiempo para hacerse esas fotos de “familia” (y me refiero a la del Partido Popular) acompañando a Rajoy y a los demás comparsas en campaña… ¿son los cargos públicos títulos nobiliarios que se llevan como se porta un Marquesado en Salud o un Vizcondado en Euskadi? ¿Se puede ser al mismo tiempo ministro de salud y presidente del Partido Popular de Euskadi? Y si se puede… ¿cómo lo hace? ¿Por teléfono? ¿Por wasap?

(Euskal presoak-Euskal herrira)

La Hermenéutica de la dialéctica

 

El  primer teórico, inmerso desde su atalaya conceptual en el polémico debate, objetó que el huevo fuera frito, contraviniendo la teoría de Huevonsky que insistía en la perentoria necesidad de agotar un proceso contradictorio que no erosionase  la formulación de nuevas estrategias ni objetara la inferencia reconstructiva del debate propuesto, al margen de las invectivas personales que no siempre adolecen  de la incongruencia acrítica estructural para implicarse en un proceso renovador.

Un huevo frito demandaría, concomitantemente a su resolución cromática, la implicación creciente de patatas, presumiblemente fritas, que redefinieran el contexto y dotaran de un marco teórico la presencia del tubérculo.

El segundo teórico, desde su despacho universitario, se mostró partidario de las nuevas corrientes reestructurativas, rechazando los reajustes planteados y enfatizando la necesidad de eludir el declive repentino de la yema, de manera que se priorizara la manutención de la estructura básica y las provisiones de asistencia interna, en tanto en cuanto la transferencia masiva exige soluciones de radical inmediatez, obviamente, pasadas por agua, que desaceleren el progresivo deterioro de la clara, ya que, únicamente la ebullición del huevo superaría los obstáculos y retos pendientes de un ajuste estructural.

El tercer teórico, más comedido que quienes le precedieran y afín a la escuela de Huevonster, enfocó su ponencia en la urgencia de proceder a una racional transferencia de las posibilidades, de manera que el eje de la recuperación no gravitara exclusivamente sobre  la sociedad civil para que el crecimiento intrínseco del huevo no afectara ningún sector estratégico, posibilitando el control y vigilancia de comisiones autorizadas desde la base, sin menoscabo de líneas paralelas independientes a la contraloría general.

Su exposición llamaba la atención sobre la existencia de ciertas estructuras, no siempre procesadas en términos eclécticos, que pueden erosionar gradualmente las bases de apoyo y que deben encararse prioritariamente mientras sean resolubles para evitar posibles restricciones. Requerían, en consecuencia, un mayor énfasis de los programas aplicados, de modo tal que el huevo revuelto reestructurase su mercado interno y transfiriese su inversión a sectores terciarios antes de que la dinámica nacional acabara corrigiendo los naturales desequilibrios.

Por suerte, la gallina, en su aislado corral, luego de agradecer las aportaciones teóricas de los eruditos y de ponderar las ventajas de los huevos fritos, de los revueltos, de los pasados por agua, de los de chocolate, de los de Pascua, de los encerados, de los estrellados, de los batidos e, incluso, del huevo de Colón… mandó a todos a la mierda y siguió poniendo huevos.

 

(Eusal presoak-Euskal herrira)

Mareando la perdiz

Días atrás, el consejero de Educación del Gobierno de Navarra, José Luis Mendoza, cesaba al jefe de negociado de esa consejería, Imanol Haramburu, por haber estado relacionado con ETA en el pasado. Haramburu fue sentenciado a 16 años de cárcel y, cumplida la condena, quedó en libertad 16 años más tarde. De todo ello hace ya unos cuantos años. Haramburu comenzó a trabajar en la Consejería de Educación de ese gobierno después de haber aprobado unas oposiciones durante el gobierno de Unión del Pueblo Navarro.

Y viene a ser ahora, de improviso, luego de haber sido nombrado como responsable del negociado de esa Consejería a sugerencia de los directores de servicio y generales de esa institución cuando el mismo Mendoza que lo nombrara revoca su decisión y cesa a Haramburu.

Tan sorprendente como la decisión del consejero ha sido su declaración al respecto por que, vamos a ver, si ha sido él, como lo ha afirmado, quien ha decidido el cese de Haramburu, entonces, ¿por qué también declara Mendoza que “es el Gobierno el que decide nombramientos y revocaciones”? ¿En qué quedamos? ¿Ha sido él, “personalmente”, o ha sido el Gobierno?

Si como asegura Mendoza el técnico cesado es “una persona absolutamente competente”, entonces ¿por qué lo cesa, como afirma, “para el buen funcionamiento del Departamento”? ¿Y no era competente? ¿Es por competente que lo cesa?

Si como declara Mendoza el cesado “contaba con el respaldo de los directores de su Consejería”, entonces ¿por qué su destitución? ¿Para contrariar a sus directores?

Si como insiste Mendoza, Haramburu “no tiene cuentas pendientes con la justicia y es un ciudadano perfectamente normal”, entonces ¿por qué su destitución?

Si como mantiene Mendoza “debe rodearse de personas que estén las 24 horas dedicándose a su trabajo y no pendientes de lo que se diga en los medios”, entonces, ¿qué hace el consejero haciendo declaraciones a los medios sobre temas ajenos a su trabajo o preocupado por injerencias ajenas a sus responsabilidades al mismo tiempo que las niega? ¿No se está distrayendo el consejero de su cometido prestando atención a lo que pueda decir UPN o el Diario de Navarra sobre el pasado de un funcionario “competente” y un ciudadano “normal”?

Si el técnico cesado, como afirma Mendoza, “no está para ser protagonista de ningún tipo de noticias”, entonces, ¿por qué asume el propio consejero el protagonismo en los medios que rechaza en el funcionario? ¿Es el funcionario quién aireó su pasado, quién buscó ese “protagonismo”?

Si como asegura Mendoza no está “para valorar sensaciones ni sentimientos de las fuerzas políticas” entonces, ¿por qué no solo las valora sino que las secunda?

Y no, no espero que me conteste, ni siquiera que rectifique. Solo Arantxa Quiroga es capaz de encontrar pretextos tan bochornosos.

(Euskal presoak-Euskal herrira)

 

Cuando el juego se hace adulto

 

El juego es una de las actividades que, desde niños, más nos ayuda a entender la necesidad de establecer y respetar normas. De hecho, todo juego colectivo, la mayoría de los juegos lo son, perdería su esencia, su sentido, si no estuviera sujeto a reglas y si los jugadores no las respetáramos.

Así sean juegos de mesa o de calle, no importa que sean conocidos o los improvisemos, para dar inicio al juego el primer paso consiste en establecer y aceptar las reglas por las que debe regirse. Obviamente, esas reglas tienen que ser las mismas para todos. Nadie aceptaría jugando al parchís que uno de los jugadores, dependiendo de lo que le convenga, cuente de más o de menos, o que pretenda tirar dos veces el dado en atención, por ejemplo, a que es el dueño del tablero.

El fútbol, uno de los deportes en los que más pesa el factor colectivo, también está sujeto a reglas. Cuando niños, antes de dar inicio al partido en la calle o en la escuela, los dos jugadores más cotizados se encargaban, tras escrupuloso sorteo, de ir eligiendo alternativamente a los componentes de los dos equipos hasta que en igualdad de condiciones comenzaba a rodar la pelota. Como niños exigíamos que el juego dispusiera de normas, y hasta en nuestro modesto partido de fútbol, a pesar de no disponer de árbitro que decidiera qué era y no era falta, discusiones al margen, el juego transcurría sujeto al respeto que debíamos a esas reglas establecidas y que buscaban la mayor equidad posible. Nadie habría consentido que una de las porterías fuera más grande que la otra o que un equipo contara con más jugadores que el rival. Si alguien hubiera pretendido entonces jugar al fútbol al margen de unas reglas de común y obligado cumplimiento, no habría habido juego.

Curiosamente, lo que como niños nos resultaba inaceptable, lo que como niños nunca permitíamos, como adultos, más tarde, hemos ido olvidando o disculpando, y ya no sólo en relación al juego.

¿Se imaginan, por ejemplo, que el equipo palestino en un mundial de fútbol le marcara un gol inobjetable a Israel y el gol no subiera al marcador porque un hipotético Consejo de Seguridad del Arbitraje lo vetara? ¿Imaginan que en cada partido, anexo al campo, tuviéramos sentados a los 5 representantes del Consejo de Seguridad del Arbitraje con derecho a vetar cualquier arbitral resolución según su conveniencia? Ningún niño aceptaría jugar un partido en esas condiciones.

De más está recordar cuantos millones de adultos ciudadanos en absoluto cuestionan que el organismo que en las Naciones Unidas se ocupa de mantener “la paz y la seguridad de los países” compuesto por cinco naciones permanentes: Estados Unidos, Francia, Reino Unido, China y Rusia, pueda usar el veto en contra, incluso, del sentir general de la humanidad. No hay más que repasar las últimas votaciones de ese organismo con respecto al bloqueo a Cuba. En patética demostración de hasta qué punto derecho y justicia se han hecho adultas, Estados Unidos, Israel y las islas Marshall pesan más que el resto de las naciones del planeta.

¿Alguien concebiría que en un partido de fútbol una decisión arbitral quedara sin castigo? ¿Es posible imaginar un partido en el que el árbitro le sacara la tarjeta roja a un jugador y éste, haciendo caso omiso de la decisión arbitral, siguiera jugando como si nada y hasta reiterando las faltas por las que fue expulsado? Ningún niño aceptaría, dado el caso, que el partido pudiera continuar mientras no saliera del terreno de juego el sancionado. Tampoco hace falta recordar cuántos Estados han preferido mirar para otro lado ante el centenar de resoluciones y condenas que Israel acumula en su larga trayectoria al margen de la ley y el derecho.

¿Es admisible figurarse un partido de fútbol en el que un equipo, a diferencia de los demás, no esté sujeto a ser penalizado por el árbitro? ¿Es imaginable suponer que en un mundial, los jugadores de los Estados Unidos gozaran del privilegio de no ser sancionados con tarjetas amarillas o rojas no importa cuantas piernas y cabezas rompieran? Ningún niño toleraría semejante desacato. Sin embargo, eso que llaman comunidad internacional acepta que ningún militar estadounidense pueda ser presentado por crímenes de guerra ante una Corte Penal Internacional que sí puede juzgar a serbios, africanos o jugadores de equipos del Tercer Mundo, pero no de los Estados Unidos.

Tampoco es comprensible para la lógica de un niño que el entrenador del equipo contrario sancione o elimine a su rival porque supone que sus jugadores se aprestan a dar patadas, o que disponen de un masivo arsenal de artimañas para causar estragos antideportivos en los jugadores contrarios. En primer lugar porque ese entrenador no tendría autoridad para hacerlo, y en segundo lugar porque mientras no se produjera la falta no cabría la sanción. Resultaría inadmisible que en un mundial de fútbol, un árbitro castigara a un equipo con un penalti “preventivo” o le señalara faltas de “rutina”, como los bombardeos que Estados Unidos ejecuta en no pocos países y cuyos presidentes califican de “rutinarios”.

La dialéctica adulta sí concibe tales dislates. Por ello es que sobre Iraq, Afganistán y otros países ocupados, sometidos a guerras preventivas, se llevan a cabo bombardeos de rutina o se invaden pretextando armas inexistentes. Por ello es que resultan más peligrosas las armas nucleares que Irán no tiene que los arsenales nucleares de los que Israel dispone.

Impensable sería que en un mundial de fútbol fuese el entrenador de un equipo el que, por propia decisión, se ocupara de realizar los exámenes antidoping a los jugadores de los equipos contrarios, extendiendo certificaciones según su parecer, y hasta sancionando a conveniencia supuestos positivos.

Pero otra vez semejante desatino traspasa las fronteras del juego para hacerse mayor. Así es que Estados Unidos, el país que más drogas consume y demanda, y en donde, al parecer, nunca ha existido un solo cártel del narcotráfico, se atribuye el derecho de homologar qué países cumplen sus disposiciones al respecto y cuáles, Panamá por ejemplo, pueden ser bombardeados e invadidos. El que en plena era de Ronald Reagan y Oliver North, Estados Unidos traficara con cocaína y con armas, a espaldas de su propio Congreso, para asfixiar la revolución popular sandinista, todavía espera su imposible sanción.

Figurarse que en un mundial de fútbol ciertas selecciones que ganado su derecho a participar no puedan hacerlo por no haber la Federación Internacional validado su propia acreditación, también parecería inconcebible. En el peor de los casos, esa federación ya habría sido destituida por inoperante, por inepta o por ambas razones. Se le habría acusado de atentar contra el espíritu olímpico y habría sido disuelta de inmediato. Lo que en el juego parece evidente en la vida no lo es. Países como Palestina o la República Árabe Saharaui tienen largas decenas de años esperando el permiso para saltar al campo y las Naciones Unidas todavía les sigue reclamando más tiempo y más paciencia.

Y ello para no hablar de la posibilidad de que ciertos equipos fueran bloqueados, confinados dentro de su área, impedidos de salir de ella, de elegir sus propios capitanes, de poder hacer cambios; o de que se autorizara para algunos jugadores la sanción de la bolsa en la cabeza o la picana; o de que pudieran desaparecerse jugadores contrarios o disparar impunemente contra los aficionados que desde las gradas animen a equipos catalogados como “ejes del mal”.

El fútbol es, sin duda, un buen escenario para entender hasta qué punto la vida carece de normas, de reglas básicas. Frente a aquella indignación infantil que no habría tolerado el irrespeto, se impone la madura indiferencia de quienes aceptan que podamos jugar con normas pero vivir sin ellas.