¿En qué quedamos?

¿Era un terrorista el joven que el 11 de abril hizo estallar tres artefactos explosivos al paso del autobús de un equipo de fútbol en Alemania o, simplemente, se trataba de un “dealer”, de otro corredor de la Bolsa de Valores? Según se ha sabido Sergej W. había comprado horas antes de que hiciera estallar sus bombas 15 mil acciones del Borussia Dortmund y lo único que pretendía era aumentar sus activos financieros de renta variable.

¿Era un terrorista o se trataba de un joven emprendedor interesado en multiplicar su cartera de negocio? Al fin y al cabo, la noche en que Sergej W. debutó en el mundo de la Bolsa haciendo estallar sus cargas explosivas, solo estaba aplicando una vieja y socorrida metodología bursátil cuyo antecedente más cercano lo podemos encontrar apenas cuatro días antes, el 7 de abril exactamente, cuando el lanzamiento de 57 misiles Tomahawk sobre Siria ordenado por el gobierno de los Estados Unidos provocó que, inmediatamente, en la Bolsa de Valores de Nueva York se disparase el precio de las acciones de la empresa Raytheon (fabricante de esas bombas) y de otras tres empresas dedicadas a los mismos afanes como Lockheed Martin, Boeing y General Dynamics.

¿Era Sergej un lobo solitario o se trataba de un broker?

(euskal presoak-euskal herrira)

A propósito del periodismo

Durante los años en que trabajé como corrector del periódico dominicano El Nacional, todas las mañanas, cuando Bolívar, entonces subdirector del periódico, cruzaba la redacción camino de su oficina, tenía por costumbre dedicarnos algunos de sus más esmerados y finos insultos a quienes, a las siete de la mañana, bostezábamos el día todavía soñolientos.

Ni siquiera se molestaba, mientras pasaba raudo frente a los cubículos, en desviar su mirada hacia el blanco de su ofensa, recibida por los redactores, en su amodorrada confianza, como si se tratara de un cortés saludo.

Y era tan antigua la costumbre y tan impune el insulto, que Bolívar modificaba cada cierto tiempo su repertorio apelando a ingeniosos juegos de palabras o a la actualidad noticiosa del país.

Desde “buenos días tarúspidos”, término todavía no aceptado por la Academia Española de la Lengua y que es resultado de la feliz fusión de dos conceptos tan clásicos como “tarados” y “estúpidos”, hasta “buenos días añépidos”, mezcla de añemao y estúpido cuya autoría se atribuye al inolvidable compañero de labores Leonel Concha, pasando por “buenos días chulumpunes”, en homenaje a un delincuente muerto (Chulumpún), no importaba hasta qué punto Bolívar se exprimiera el cerebro buscando calificativos, alegadamente ofensivos, nadie en la redacción se daba nunca por aludido.

Tampoco habían tenido éxito viejos saludos como “buenos días vándalos” o “megaestúpidos”. Ni siquiera el “buenos días ultrataríspidos” en el que tanta confianza depositara Bolívar logró arrancar de la redacción, alguna vez, un gesto de rechazo.

Quizás por ello fue Bolívar aguzando su ingenio en busca de renovar su surtido arsenal de saludos y así, un día, pasó a celebrarnos la mañana con un cordial “buenos días licenciados”. Para su sorpresa, tampoco esa vez su astuta inventiva provocó respuesta alguna, como nadie reaccionó, semanas más tarde, a su “buenos días mañeses”, particular homenaje a nuestros hermanos haitianos, o al insidioso saludo: “buenos días diáconos” coincidiendo, precisamente, con el sometimiento a la justicia de un diácono acusado de abusos sexuales en el país.

Parecida suerte corrió su “buenos días magistrados”. Nadie en la redacción protestó molesto por el evidente maltrato a que se le sometía.

En su incesante búsqueda de saludos insultantes, a punto estuvo Bolívar de tener éxito el día en que se le ocurrió una ofensa que suponía infalible: “buenos días diputados”que, sin embargo, al margen de algunas toses y murmullos, tampoco generó mayores repudios.

Y así fue hasta un día en que, distraído, el único día en que camino de su despacho y absorto en sus propias cavilaciones ni siquiera se acordó de insultarnos, dejó caer, como de medio lado, un saludo que habría de resultar definitivo: “buenos días… periodistas”.

De inmediato, toda la redacción, enardecida, se puso en pie respondiendo a la ofensa.

Todavía corría Bolívar tratando de resguardarse en su oficina de los insultos que llovían sobre él, cuando una anónima voz surgida del seno de la redacción acertó a ponerlo en su lugar: -“¡Y tú más!”.

Nunca volvió Bolívar a entretenerse en esos menesteres pero, tal vez, algún día, recuperemos los periodistas el buen nombre perdido y el digno desempeño del oficio.

Sé que no va a ser fácil. Lo pienso cada vez que abro uno de esos “grandes medios de comunicación” que hoy diseñan el supuesto criterio de lo que, además, llaman “opinión pública”.
(euskal presoak-euskal herrira)

Anuncio clasificado

 

Necesito encontrar, y lo digo en serio, una empresa de telefonía e internet que no me engañe, que no me mienta, que no me robe, que no me interrumpa el servicio ni me salga con excusas cada vez que lo hace, que no me aturda con música cuando llamo y que tampoco me desespere con ofertas.

Y si no fuera posible satisfacer estas demandas me conformaría con encontrar una empresa de telefonía móvil e internet que no me engañe siempre, que no me mienta tanto, que no me robe mucho, que no me interrumpa el servicio constantemente y que tenga el detalle de cambiar de vez en cuando las excusas con que justificarse, que la música con que me aturda no sea de los Beatles ni el Don´t worry, be happy de McFerrin y que de vez en cuando renueve las ofertas con que me desespera.

Y si tampoco es posible tanta satisfacción, solo pido que, ya que no disponen de seres humanos o de personas racionales que respondan a mis quejas cuando llamo porque me engañan, porque me mienten, porque me roban, porque me irritan cuando me interrumpen el servicio que pago, porque me hartan con sus excusas, porque me aturden con su música, porque me desesperan con sus ofertas… solo pido que, al menos, dispongan de máquinas contestadoras que no sean sordas ni imbéciles.

(euskal presoak-euskal herrira)

 

La Semana Santa

 

Los usureros al frente de bancos y financieras, en Semana Santa, no perdonan nuestras deudas así como nosotros tampoco perdonamos a nuestros deudores pero, virtuosos que son, y agradecidos, se encomiendan a Dios por permitirles multiplicar impunemente sus panes y sus peces.

Los políticos, acostumbrados a tomar el nombre del pueblo en vano y a no dejar ileso ningún mandamiento, en Semana Santa, sin embargo, oran para no volver a caer en la tentación… hasta que caigan si no están aforados y, Dios mediante, resucitar al tercer día.

Los empresarios y demás gentiles mercaderes, en Semana Santa, después de despedir obreros, tramitar expedientes y abaratar soldadas, cubren sus vergüenzas con negros capirotes y en devota cofradía desmienten una por una sus siete palabras.

Los jueces, versados en el Sanedrín de sus audiencias en postrar ante la cruz a vergüenzas sin cargos y en poner en la calle a cargos sin vergüenza, en Semana Santa se lavan las manos y suscriben lo que firme el anillo que besan y disponga el poder que veneran.

Los torturadores, por misericordiosos, antes de incorporarse el Viernes Santo al habitual calvario en que trajinan ora la bolsa ora la picana, piadosos se persignan y flagelan también al cirineo por ser parte del entorno.

Los hipócritas, en Semana Santa, penan encapuchados las velas en las que arden sus arrepentimientos mientras se dan golpes en el pecho invocando el nombre de Dios en el temor de que los oiga.

Y Dios, cansado de tanta indescriptible emoción contenida, de ese fervor popular que levanta los pasos bajo cuyos faldones corre el aguardiente tanto como la cera por las calles; harto de tanta mojiganga y cofradía, de tanto capirote y penitente, de tanta hipocresía, de tanto nazareno, de tanta vela en tanto entierro ajeno, en Semana Santa también se marcha a la playa así sea por no tener que coincidir con tantos fariseos.

(euskal presoak-euskal herrira)

 

Gusanos y caramelos

 

Cuando niño, una de las tareas más ingratas de las que solía ocuparme era la compra. A pesar de que cada vez que mi madre me mandaba a la tienda a por el diario avituallamiento el tendero me obsequiaba un caramelo, hubiera con gusto renunciado a tan dulce recompensa con tal de no tener que enfrentar sus viejas mañas. Abusando de mis pocos años, por cada tomate en condiciones que me vendía también me cobraba un par de podridos tomates para que sus gusanos pudieran conversar, de vuelta a casa, con los de las patatas y los de la lechuga.

Mis tímidas quejas, dado que el tendero ni siquiera se preocupaba en disimular su descompuesta selección, nada podían hacer frente a tantos retóricos alardes y siempre abandonaba la tienda con el bolso lleno de gusanos y el correspondiente caramelo.

De regreso a casa, fuese porque los argumentos del tendero no eran tan buenos o yo no tan elocuente al exponerlos, mi madre se quitaba enojada el delantal, apagaba la olla, se ponía los zapatos y bajaba los cinco pisos sin ascensor camino de la tienda decidida a empapelar al tendero.

Durante algunos días los tomates volvían a ser colorados, las patatas blancas y las lechugas verdes; los gusanos frecuentaban otros hogares y el tendero se abstenía de darme explicaciones y dulces… hasta que se disipaba el humo del incendio, regresaban a casa los gusanos y el tendero retomaba su elocuencia y yo mi caramelo. Mi madre, enojada, se quitaba el delantal, apagaba la olla, se ponía los zapatos y bajaba los cinco pisos sin ascensor decidida a empapelar al tendero, para que esta historia de guanos y caramelos volviera a repetirse.

Pensaba entonces que con los años iba a aprender a defenderme de tanto tendero sinvergüenza que te cobra legumbres y te vende gusanos, que siempre dispone de docenas de diez huevos y de kilos de ochocientos gramos… pero no ha sido así y al igual que tantos otros seguimos siendo estafados cada vez que compramos derechos y nos venden discursos; cada vez que compramos cambios y nos venden copias; cada vez que compramos democracia y nos obsequian caramelos. ¿No será tiempo y hora de cambiar de tienda y de tendero?

(euskal presoak-euskal herrira)

Valdrá la pena

 

Lo he oído en estos últimos días en boca de algunos contertulios y ministros: “El fin de ETA llega tarde… el desarme de ETA llega tarde…” ¿Y la disolución de ETA? No sé porqué pero tengo la impresión de que para los mismos también llegará tarde. Y es verdad que bien pudo llegar antes como pudo llegar después o, simplemente, no haber llegado nunca, pero lo que sin duda importa es que estamos donde estamos y que parte de la violencia en nuestra sociedad ha llegado a su fin.

Lamentar que no hubiera llegado antes y anteponer ese lamento al hecho de que, al fin, haya llegado, se parece mucho a otro lamento en forma de pregunta, que también vamos a oír. De hecho, hace tiempo que lo venimos oyendo. Fue la última pregunta que el periodista Jordi Évole le hiciera a Arnaldo Otegi en su programa “Salvados” del pasado año: “¿Valió la pena?” Detesto la pregunta porque conjugada en tiempo futuro (¿Valdrá la pena?) me parece oportuna y útil pero, conjugada en pasado no tiene sentido. Juzgar la conveniencia de un hecho después de sucedido y hacerlo, además, en función de su supuesto resultado, es una estupidez. ¿Valió la pena que en el Estado español la mayoría decidiera en las urnas el triunfo de la República y los derechos y libertades que esta suponía para que un golpe de Estado del ejército la asesinara? ¿Valió la pena, después de cientos de miles de muertos y exiliados, selladas las urnas cuarenta años y coronada de nuevo la monarquía? ¿Valió la pena cuando después de 80 años todo está por hacerse incluyendo la República? ¿Vale la pena plantar un árbol para que un día más tarde llegue la empresa maderera y arrase el bosque? ¿Vale la pena reciclar para que un día después vengan unos cuantos mangantes y nos impongan el sucio negocio de la incineradora? ¿Vale la pena educar a nuestros hijos en los más hermosos valores humanos para que tengan que desenvolverse en una sociedad caracterizada por el lucro, la ambición, el individualismo, la falta de escrúpulos y la violencia?

Y la respuesta es sí, valió la pena si obramos en conciencia y adoptamos la decisión que consideramos correcta, así fuera tarde o estuviéramos solos. Valió la pena si hicimos lo que creíamos justo, lo que nos sentimos obligados a hacer porque con independencia de su resultado vale la pena hacer lo que pensamos debido. Eso es lo único que vale la pena.

Y por ello carece de sentido lamentar que haya llegado tarde el fin de ETA o que haya llegado pronto, porque al día siguiente cualquiera sabe el tiempo que hizo en la víspera, si fue acertado no sacar el paraguas o si debimos llevar el chubasquero. Cualquiera corrige una página al día siguiente de escribirla.

En cualquier caso, tampoco ha sido el único tren que llega tarde a la estación de la paz y de la convivencia ni los que se quejan de las demoras los únicos afectados por las mismas. Muchos otros tenemos callos en la memoria de tanta espera. La dictadura franquista tardó 40 años en llegar a su fin y lleva otros 40 sin bajarse del tren, sin arrepentirse ni desarmarse. El fin de la dispersión de los presos vascos no es que llegue demasiado tarde, es que ni siquiera llega, como tampoco llega el fin de la tortura y el fin de la impunidad. “O bombas o votos” planteaba el Estado español. “Sin violencia todo es posible” han repetido todos los presidentes españoles desde 1978. En Catalunya aún esperan las urnas. También en Euskadi las esperamos. ¿Llegarán tarde? Lo que celebro es que llegarán y que valdrá la pena.

(euskal presoak-euskal herrira)

Un estado delincuente

 

Todos los días algún representante del estado español insiste en que vivimos en un Estado de derecho en el que impera la ley y en el que la ley es igual para todos.

Sin embargo, el Estado español incumple la ley orgánica por la que se aprobaron las autonomías. El País Vasco lleva esperando 39 años que se hagan efectivas 37 transferencias. El Estado español incumple una decena larga de los derechos recogidos en la Declaración Universal de los Derechos Humanos como el derecho al trabajo, a igual salario por igual labor, a no ser arbitrariamente detenido, a asistencia legal, a no ser torturado ni sometido a malos tratos… El Estado español también incumple 23 artículos de su propia constitución; incumple la Ley de Memoria Histórica, incumple la Ley de Asilo, incumple la Ley de Discapacidad, incumple la Ley de Comercio de Armas, incumple la Ley de Morosidad, incumple la Ley de Estabilidad Presupuestaria, incumple la Ley de Costas, incumple la Ley Penitenciaria, la ley de la Unión Europea en materia de contratos temporales, la ley en materia de desahucios…

El parlamento europeo ha señalado reiteradamente al Estado español como uno de los países que más incumple las normativas europeas. El Estado español es un estado delincuente.

(Euskal presoak-euskal herrira)