Valdrá la pena

 

Lo he oído en estos últimos días en boca de algunos contertulios y ministros: “El fin de ETA llega tarde… el desarme de ETA llega tarde…” ¿Y la disolución de ETA? No sé porqué pero tengo la impresión de que para los mismos también llegará tarde. Y es verdad que bien pudo llegar antes como pudo llegar después o, simplemente, no haber llegado nunca, pero lo que sin duda importa es que estamos donde estamos y que parte de la violencia en nuestra sociedad ha llegado a su fin.

Lamentar que no hubiera llegado antes y anteponer ese lamento al hecho de que, al fin, haya llegado, se parece mucho a otro lamento en forma de pregunta, que también vamos a oír. De hecho, hace tiempo que lo venimos oyendo. Fue la última pregunta que el periodista Jordi Évole le hiciera a Arnaldo Otegi en su programa “Salvados” del pasado año: “¿Valió la pena?” Detesto la pregunta porque conjugada en tiempo futuro (¿Valdrá la pena?) me parece oportuna y útil pero, conjugada en pasado no tiene sentido. Juzgar la conveniencia de un hecho después de sucedido y hacerlo, además, en función de su supuesto resultado, es una estupidez. ¿Valió la pena que en el Estado español la mayoría decidiera en las urnas el triunfo de la República y los derechos y libertades que esta suponía para que un golpe de Estado del ejército la asesinara? ¿Valió la pena, después de cientos de miles de muertos y exiliados, selladas las urnas cuarenta años y coronada de nuevo la monarquía? ¿Valió la pena cuando después de 80 años todo está por hacerse incluyendo la República? ¿Vale la pena plantar un árbol para que un día más tarde llegue la empresa maderera y arrase el bosque? ¿Vale la pena reciclar para que un día después vengan unos cuantos mangantes y nos impongan el sucio negocio de la incineradora? ¿Vale la pena educar a nuestros hijos en los más hermosos valores humanos para que tengan que desenvolverse en una sociedad caracterizada por el lucro, la ambición, el individualismo, la falta de escrúpulos y la violencia?

Y la respuesta es sí, valió la pena si obramos en conciencia y adoptamos la decisión que consideramos correcta, así fuera tarde o estuviéramos solos. Valió la pena si hicimos lo que creíamos justo, lo que nos sentimos obligados a hacer porque con independencia de su resultado vale la pena hacer lo que pensamos debido. Eso es lo único que vale la pena.

Y por ello carece de sentido lamentar que haya llegado tarde el fin de ETA o que haya llegado pronto, porque al día siguiente cualquiera sabe el tiempo que hizo en la víspera, si fue acertado no sacar el paraguas o si debimos llevar el chubasquero. Cualquiera corrige una página al día siguiente de escribirla.

En cualquier caso, tampoco ha sido el único tren que llega tarde a la estación de la paz y de la convivencia ni los que se quejan de las demoras los únicos afectados por las mismas. Muchos otros tenemos callos en la memoria de tanta espera. La dictadura franquista tardó 40 años en llegar a su fin y lleva otros 40 sin bajarse del tren, sin arrepentirse ni desarmarse. El fin de la dispersión de los presos vascos no es que llegue demasiado tarde, es que ni siquiera llega, como tampoco llega el fin de la tortura y el fin de la impunidad. “O bombas o votos” planteaba el Estado español. “Sin violencia todo es posible” han repetido todos los presidentes españoles desde 1978. En Catalunya aún esperan las urnas. También en Euskadi las esperamos. ¿Llegarán tarde? Lo que celebro es que llegarán y que valdrá la pena.

(euskal presoak-euskal herrira)

Un estado delincuente

 

Todos los días algún representante del estado español insiste en que vivimos en un Estado de derecho en el que impera la ley y en el que la ley es igual para todos.

Sin embargo, el Estado español incumple la ley orgánica por la que se aprobaron las autonomías. El País Vasco lleva esperando 39 años que se hagan efectivas 37 transferencias. El Estado español incumple una decena larga de los derechos recogidos en la Declaración Universal de los Derechos Humanos como el derecho al trabajo, a igual salario por igual labor, a no ser arbitrariamente detenido, a asistencia legal, a no ser torturado ni sometido a malos tratos… El Estado español también incumple 23 artículos de su propia constitución; incumple la Ley de Memoria Histórica, incumple la Ley de Asilo, incumple la Ley de Discapacidad, incumple la Ley de Comercio de Armas, incumple la Ley de Morosidad, incumple la Ley de Estabilidad Presupuestaria, incumple la Ley de Costas, incumple la Ley Penitenciaria, la ley de la Unión Europea en materia de contratos temporales, la ley en materia de desahucios…

El parlamento europeo ha señalado reiteradamente al Estado español como uno de los países que más incumple las normativas europeas. El Estado español es un estado delincuente.

(Euskal presoak-euskal herrira)