Otra cumbre yanqui

A primeros de Junio se va a celebrar en Los Ángeles la IX Cumbre de las Américas a la que no asistirán Cuba, Venezuela y Nicaragua porque así lo ha decidido el presidente estadounidense y su gobierno contraviniendo toda razón y derecho.

Si el pasado año Estados Unidos organizó una cumbre por la democracia americana de la que excluyó, además de los citados países, a Bolivia, Haití, El Salvador, Guatemala y Honduras, en esta oportunidad el veto se ha centrado en el “eje del mal” americano que, como se sabe, aprovecha estas cumbres para armar alborotos de muy mal gusto llamando al comercio pillaje, a la cooperación chantaje, y al libre mercado expolio y saqueo.

Sin la presencia de estos países, los maleantes con licencia que sí acudan a la cita podrán exhibir su fecunda oratoria sin que nadie incomode a ese “norte revuelto y brutal”, mencione el olor a azufre o acabe mandando a Mr. President al carajo.

Se trata de una cumbre diseñada por el imperio a la que solo podrán asistir aquellas colonias americanas que hayan perdido la memoria y la vergüenza, o enclaves con rango de país suficientemente serviles y ambiciosos como para seguir doblando la cerviz y mostrarse, además, agradecidos. Tampoco faltará a la cita con las colonias americanas la monarquía española, aunque ya no haya nadie presente a quien mandar callar.

(Preso politikoak aske)

Demasiado tarde

No hay rasgo que mejor defina la infancia que la ingenuidad, esa cándida inocencia que, precisamente, cuando se pierde nos condena a treinta años y un día de adultez.

Una triste mañana, en medio de un fragor de sueños rotos, acabamos descubriendo que los reyes, incluso los magos, son unos sinvergüenzas; que los siete enanitos eran antropófagos y la hermosa Blancanieves una madame de lujo; que la muerte nos ronda y nos sorprende tanto como la vida y que el temible hombre del saco era mi padre.

La cometa queda anclada en los cables, inalcanzable, y acabamos poniéndonos los pantalones largos ya convertidos en “personas de bien y de provecho”. Los grandes medios de comunicación pasan entonces a ser los encargados de servirnos los cuentos a los que, poco a poco, llamaremos pensamiento.

Y pasarán también los años, entre tanta razón avergonzada y fe desvanecida, y seguiremos, “personas de bien envejecidas” confiando el criterio que aún nos queda a los cuentos de los grandes medios, los de todos los días, triste desagüe para sueños que pudieron tener mejor destino.

La credulidad que dejó de merecernos el flautista de Hamelín, la convicción que perdió la Cenicienta, la confianza que no nos da el gato con botas, ahora nos las brindan los medios.

Demasiado tarde confirmamos que debimos haber seguido siendo Peter Pan.

(Preso politikoak aske)