1 de enero en Venezuela

Hoy, 1 de enero, Chávez no ha seguido desmontando el poder legislativo para construir una estructura legal que le permita gobernar a sus anchas; no ha vuelto a recortar los poderes y derechos de alcaldías y gobernaciones en manos de la oposición para que nadie estorbe sus delirios de grandeza; no ha insistido en intervenir las entidades bancarias so pretexto del interés de la nación; no ha mandado cerrar más canales de televisión y emisoras de radio que denuncien su déspota gobierno; no ha facilitado la fuga de etarras de Venezuela ni ha seguido brindando refugio a terroristas; no ha comprado lealtades en el seno del ejército de Bolivia; no ha urdido maquiavélicos planes con el régimen iraní; no ha seguido difundiendo por Latinoamérica su perniciosa ideología bolivariana; no ha consentido el libre tránsito por Venezuela de espías cubanos; no ha amenazado la paz en la región; no ha suministrado armas ni cobijo a la guerrilla de las FARC; no ha vuelto a ser descubierto traficando cocaína; no ha condenado a la lapidación a ningún opositor… y es que hoy, 1 de enero, ¡no ha habido periódicos!

Dar pasos

Declaraba días atrás el presidente del Gobierno Vasco que la izquierda abertzale “está dando pasos en la buena dirección” y que si su apuesta por la democracia es verdadera “eso nos acercaría a la paz”.
Pues bien, hora es que su gobierno también comience a dar pasos que nos acerquen a la paz, caso de que su apuesta por la democracia aspire a resultar creíble. Y no tendría, si fuera esa su voluntad, que negar su constitución, vulnerar sus leyes o, menos aún, ceder al “chantaje terrorista”.
Para erradicar la tortura, la más execrable y desalmada de todas las violencias, no es necesario aprobar nuevas leyes; para preservar la integridad de los presos no es preciso cambiar la ley penitenciaria; para garantizar a la ciudadanía sus derechos humanos tampoco es imprescindible reformar la constitución. Bastaría con que aplicaran sus propias leyes.
Se pregunta Patxi López: ¿Por qué tenemos que esperar a que haya un atentado para que la izquierda abertzale muestre claramente que rechaza la violencia?
Miles de personas en el País Vasco amanecemos todos los días entre nuevos casos de torturas, arbitrarias detenciones, esperpentos jurídicos y otras muestras de violencia tan habituales como usual es la hipocresía de sus responsables, y no por ello dejamos de preguntarnos: ¿Hasta cuándo la tortura? ¿Hasta cuándo la justicia seguirá creando nuevas imputaciones a presos que hayan cumplido sus condenas? ¿Hasta cuándo el fraude electoral que ha convertido a López en lehendakari negará sus derechos a cientos de miles de electores sin voto? ¿Hasta cuándo opinar seguirá siendo un delito? ¿Hasta cuándo la criminal política de la dispersión de presos? ¿Hasta cuándo “desaparecer” personas será un impune ejercicio del Estado? ¿Hasta cuándo la represión seguirá llenando las cárceles de jóvenes? ¿Hasta cuando la farsa de la ley de partidos? ¿Hasta cuando su violencia?
¿A qué espera Patxi López para dar pasos?

Templos y pesebres

Cuentan que, hace ya muchos años, Jesucristo le aseguró a Pedro: “sobre esta piedra edificaré mi iglesia”.
Ignoro de qué tamaño era aquella piedra porque los historiadores nunca han querido entrar en semejantes detalles, pero su lugar lo ocupa ahora el majestuoso Vaticano, con su impresionante Plaza de San Pedro incluida.
Recientemente, en Costa de Marfil, un dadivoso presidente llamado Félix Houphouët-Boigny, pagó de su “bolsillo” nacional alrededor de 300 millones de dólares para hacer posible sobre otra “piedra”, en este caso africana, la Basílica de Nuestra Señora de la Paz, réplica exacta de la vaticana y con capacidad para acoger a 18 mil personas.
Con el cambio de siglo comenzó a construirse en Guadalajara, México, un templo llamado a ser el mayor del mundo y capaz de albergar a 75 mil personas en las diez hectáreas que mide la “piedra”.
Son sólo algunas de las “piedras” que la Iglesia ha construido para honrar su memoria
Cuentan que, hace ya muchos años, el Mercado le aseguró a Jesucristo: “sobre este pesebre edificaré la Navidad”.
Tampoco sé de qué tamaño era aquel pesebre, pero si quiere una réplica exacta, árbol y belén incluido, con su correspondiente banda sonora, luces intermitentes, reyes magos, turrones, champañas, pavo asado, merluza, lotería y regalos para dar y tomar, pase cuanto antes por el Corte Inglés de su preferencia o encargue su compra por Internet.
Extraño destino el de un niño ilegal, inmigrante desprovisto de papeles, el más pobre entre los indigentes, amenazado de muerte por un Estado que nunca le perdonó su propuesta de paz y de justicia.
Tal vez a ello se deba que sea el único que nunca vuelve a casa por Navidad y a quien tampoco van a encontrar en esos fastuosos templos erigidos en su nombre. El sigue entretenido en los bateyes, en los cinturones de miseria que circundan sus templos y sus fiestas, allá donde nunca está su “iglesia” y en donde puede seguir siendo divino.

Carta de un ex iluso a Joaquín Sabina

Hace un par de años, cuando advertí el nombre de Joaquín Sabina entre un grupo de infames arribistas hablando mierda sobre Cuba, pensé que se trataba de un error del responsable de redactar la nómina. Bertold Brech solía decir que quien ignora la verdad es un iluso pero quien conociéndola la llama mentira es un delincuente, y yo no tenía a Sabina ni por iluso ni por delincuente.

Resultó que la inclusión del cantautor no era un error y, dadas las circunstancias, preferí  pensar que, simplemente, había tenido un mal día. En atención a ello le escribí una carta pública recordando al Sabina que, años antes, me emocionara con su vigoroso repudio a la invasión de Iraq y que fui construyendo con ayuda de sus propios textos. 

La que sigue fue la carta que, con todo el afecto que se guarda a un artista querido, le escribí entonces:

“Si nosotros somos unos ilusos, ustedes son unos canallas”. De esta manera cerraba Joaquín Sabina un formidable artículo en rechazo a la primera invasión estadounidense a Iraq y al apoyo que aquella guerra de golfos había encontrado en el Estado español de principios de los noventa. Los que en la calle o en los medios expresaban su rechazo a la guerra eran acusados por el gobierno socialista de ser unos ilusos.

Joaquín Sabina, ni más listo ni tonto que cualquiera, igual seguía de flaco, igual de calavera, igual que antes de loco por cantar dando el cante hasta el día en que se muera.

Pero los tiempos cambian, el guión exigía cada vez más escenas de cama y, algunos años más tarde ya no era ayer sino mañana. Era la misma guerra, sí, y los mismos canallas pero, por el camino, se le quedaron largos los pantalones al viejo Peter Pan y, al final, hubo un iluso menos. Sé que no hay un canalla más.

Y lo sé porque al lugar donde se ha sido feliz siempre se puede tratar de volver, hacerse mayor con delicadeza y seguir deshojando la margarita que en el pasado fue la verdad primera.

Deja Sabina que esas mariposas que cazan en sueños los niños con granos se busquen otros perros que les ladren aplausos y adhesiones, que nada se te ha perdido a ti en las rebajas de enero. No permitas que labios sin ánima quieran quererte al contado, no te pases un pelo de listo, no inviertas en Cristo, no te hagas el tonto.

Sí, ya sé que, ahora, hasta las floristas te saludan, que has aprendido bailes de salón y te has vuelto un doctor en lencería, que suenan palmas por alegrías y que, tal vez, ya no te importa tanto salir con Simón de Cirene de tour por el monte Calvario, o que  sigan ladrando los perros a las puertas del cielo.

Ahora tienes un alma que no tenías, un carné exclusivo de socio del pingüe negocio de la primavera, pero tú mismo, alguna vez, reconociste no saber que la primavera duraba un segundo. Hablo de cuando querías escribir la canción más hermosa del mundo, libre de los tontos por ciento, del cuento del bisnes, gracias a las clases que dabas en una academia de cantos de cisne, cuando no habías arriado tu bandera frente al cabo de poca esperanza, a la vuelta de un coma profundo.

Ahora que está tan lejos el olvido, ahora que te perfumas cada día y has quedado absuelto de la pena de aquellos 19 días y 500 noches, todavía estás a tiempo de volver a ser el pirata cojo con pata de palo, con parche en el ojo, con cara de malo, el viejo truhán, capitán de un barco que tuviera por bandera un par de tibias y una calavera.

Es verdad que el corazón, a veces, queda cerrado por derribo, pero no la memoria, amigo mío, y espero me disculpes la confianza y el haber apelado a tus textos en cursiva porque aquí, en la calle melancolía,  en una playa sin mar, donde la Magdalena, con tu primo Rosendo,  te seguimos queriendo y esperando todos los que siempre estuvimos contigo, tu hispano-olivetti con caries, tu tren con retraso, tu Cantinflas, tu Bola de Nieve, tus tres mosqueteros, tu Tintín, tu yo-yo, tu azulete, tu siete de copas…

Así que vuelve a poblar el zócalo de ojos, vuelve a sembrar de migas el pan caliente, ponle al sordo voz y alas al cojo, bendice nuestro arroz, nuestro minuto como si no fuéramos cómplices del luto que, como bien dijo el poeta: “la belleza es un ramo de nubes que sube de dos en dos las escaleras”.

Desgraciadamente, aquel desbarre sigue teniendo réplicas. La última nos muestra al cantautor abrazado a Esperanza Aguirre, bailando con ella, con una de las más repulsivas expresiones de la inmundicia que gobierna este país. A cualquiera, a ti también, puedo disculparle su silencio, su cómplice neutralidad, su ausentismo, su mirar para otro lado tras de cada vileza… lo que no puedo Sabina perdonarte, ni siquiera en atención a lo mucho que te disfrutara en el pasado, es tu palabra, es que cuando, finalmente, te decidieras a salir del anonimato en el que refugiabas tus rentas, lo hicieras para brindar a un personaje tan siniestro como Aguirre uno de los reconocimientos que, sospecho, más oronda va a dejarla. ¿Qué has hecho Sabina de aquel cantante que quería escribir la canción más hermosa del mundo, libre de los tontos por ciento, del cuento del bisnes… cuando no habías arriado tu bandera frente al cabo de poca Esperanza? ¿Por qué has permitido que esas mariposas que cazan en sueños los niños con granos, a falta de otros perros, encontraran en ti quien les ladre aplausos y adhesiones?

Sé que más de alguno pensará que tiempo me ha costado caerme de la higuera pero tu música se había ganado su espacio en mi cabeza y, no obstante tus desbarres, tus principescos compadreos, seguía confiando en un golpe de timón que rescatara al pirata cojo con pata de palo, con parche en el ojo… de su naufragio. No ha sido posible. Por ello, Sabina, es que no sé si debo agradecerte que hoy haya un iluso menos, pero tampoco voy a felicitarte porque hoy haya un canalla más.

El cigarrillo y el planeta

Si yo les contara que después de 35 años fumando alrededor de 40 cigarrillos diarios, he ido al médico para que confirmara la relación entre mis crónicas toses y mi adicción a esa droga, y él, por todo diagnóstico, se ha  limitado a sugerirme emitir menos cantidades de alquitrán a mis pulmones, ¿qué pensarían ustedes de  ese médico?

¿Qué credibilidad les merecería un médico que, frente a semejante cuadro clínico, le recetara a su paciente aminorar la emisión de nicotina a su cerebro?

Si resultara que su corazón ya padece las consecuencias de esos 80 cigarrillos de diaria dosis durante tantos años… ¿les parecería digno de respeto un médico que se conformara con aconsejarle reducir un 20 por ciento la emisión de alquitrán, nicotina y otros tóxicos a su cuerpo?

Tal parece que no, y todos conocemos no pocos casos de amigos y familiares víctimas de la misma mortal adicción a quienes médicos serios han puesto en la disyuntiva de dejar el tabaco antes de que la vida los abandone a ellos.

Si estamos envenenando nuestro organismo la única solución posible es dejar de hacerlo, frenar esa agonía que no por lenta deja de ser perceptible, recuperar nuestra calidad de vida, nuestros sentidos, nuestro gusto, nuestro olfato, nuestra salud.

Pues bien, ya para nadie debiera ser un secreto el grave  deterioro de la salud del planeta en que vivimos, la paulatina e incesante desaparición de sus fuentes de vida, la contaminación del aire, la desaparición de ríos y bosques, el deshielo de las zonas polares…

El calentamiento de la Tierra no será noticia de primera página, ni  va a competir en titulares con embarazos principescos, pero ya nadie lo puede negar, menos esconder. Por más que sigamos entretenidos con desarrollos sostenidos y sustentables y demás zarandajas  al uso, por supuesto globalizadas,  seguimos “fumando” un estilo de vida letal, depredador, cuyas consecuencias, al decir de muchos científicos, pueden ser ya  irreversibles.

Pero  porque sólo la maldita ambición humana es mayor que su estupidez, los “doctores” que rigen los destinos del mundo, ante la gravedad de la situación, además de poner al paciente en manos de su enfermedad, que sólo así se entiende que el Banco Mundial vaya a hacerse cargo del problema, han resuelto seguir reduciendo la emisión de gases a la atmósfera. No pensaron en otra clase de mundo posible, en otro imprescindible estilo de vida, cuando los más optimistas de los científicos calculan que para el 2070  habrán desaparecido los continentes helados; no propusieron otros modelos de desarrollo alternativos que no nos conduzcan al juicio final antes de lo que Dios haya dispuesto, si es que ya le ha puesto fecha. Lo que recomendaron al intoxicado paciente fue envenenarse un poquito menos,  morirse más despacio, agonizar más tiempo, “fumarse” sólo una cajetilla diaria.

Y el planeta cruje entre vacas locas y pollos con gripe, para que el cáncer se vuelva tan cotidiano como el automóvil y el automóvil tan imprescindible como el plástico. Y las bombas de hidrógeno y nitrógeno son ya juegos de niños para lo que, actualmente,  se urde y se produce. Y el hambre en el mundo se convierte en la medieval referencia de nuestro pretendido desarrollo, mientras el analfabetismo sigue censurando y suprimiendo, curiosamente, las libertades de que alardean las llamadas democracias; la salud es un derecho virtual que se acaba cuando se pierde; el crimen, un negocio que ya cotiza en Bolsa; y la miseria, otro daño más colateral.

Pero hay en este símil entre doctores y pacientes, entre el cigarrillo y el planeta, un consuelo pendejo, si se quiere, aunque consuelo al fin, que si no va a hacernos más felices, al menos reconforta, y es que cuando los pulmones del planeta finalmente colapsen y el mundo se haga mierda y la mierda habite entre nosotros,  nadie, absolutamente nadie, va a quedar para contarlo, ni siquiera el imbécil del “doctor” que para no renunciar a su “progreso” renunció a la vida, a la suya y a la nuestra.

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El cuento de los medios

No hay, probablemente, rasgo más característico de la infancia y que mejor la defina que la ingenuidad, esa virginal y cándida inocencia que, precisamente, cuando la perdemos, nos condena a treinta años y un día de adultez.

Pero ocurre que, una triste mañana, en medio de un fragor de sueños rotos, acabamos descubriendo que los reyes, incluso los magos, son unos sinvergüenzas; que los siete enanitos eran antropófagos y la hermosa Blancanieves una madame de lujo; que la muerte nos ronda y nos sorprende tanto como la vida y que el temible hombre del saco era mi padre.

La cometa queda anclada en los cables, inalcanzable, y acabamos poniéndonos los pantalones largos para seguir matando las ilusiones que aún persistan porque, en lugar de abocarnos a la propia razón, la más imprescindible de todas las quimeras, huérfanos de ensueños, preferimos aferrarnos a alguna pesadilla que disimule ese desasosiego que queda en los espejos cuando los años, impasibles, se empecinen en contarnos los estragos.

Entre tanto criterio avergonzado, entre tanta fe desvanecida,  aceptamos que la única verdad de nuestras vidas, las únicas posibles certezas, siguen siendo esos cuentos que nos cuentan los grandes medios de comunicación para que todos tengamos puntual constancia de que somos y estamos.

En ellos, triste desagüe para sueños que pudieron tener mejor destino, depositamos la credulidad que ya no nos merece el flautista de Hamelín, la convicción que perdió La Cenicienta y, demasiado tarde, confirmamos que hubiéramos crecido mucho más de haber seguido siendo Peter Pan.

El triste caso y destino del flautista de Hamelín

(Tomado del libro en gestación “Los otros cuentos que no nos contaron” de Koldo Campos Sagaseta e Irene Campos Fernández)

(Dedicado a J.Kalvellido)

Una vez el flautista guardó en su mochila la escasa ropa de que disponía y su vieja flauta, salió de la pensión en la que había pasado los últimos veintidós años de su vida y se dirigió al ayuntamiento. En cuanto cobrara el dinero prometido por haber librado al pueblo de las ratas no tardaría ni minutos en abandonar para siempre aquel apestoso pueblo de Hamelín.

Había nacido allí, treinta años antes, en aquel pueblo que aborrecía desde niño, cuando huérfano se vio en la necesidad de mendigar para vivir. Lo único que le dejara su padre había sido la flauta que, a fuerza de soplar,  le había permitido convertirse en todo un virtuoso, el más grande entre los mendigos. Dotado de un natural talento para la música, sin haber estudiado  solfeo, podía reproducir con singular maestría cualquier melodía que oyera.

Como la esquina que eligiera de niño para apelar a la caridad del prójimo estaba al lado del teatro del pueblo, desde muy temprana edad se había familiarizado con todos los compositores clásicos. Mozart, Beethoven, Vivaldi… le habían acompañado toda su vida, cuando la gente se detenía frente a él, emocionada, disfrutando la música que su mágica flauta era capaz de crear, y le correspondía con monedas, que nunca le faltaron entonces,  con que ganarse el derecho de volver al día siguiente y pagar, incluso, la pensión. 

Pero pronto el progreso llegó a Hamelín y el teatro fue cerrado para abrir en su lugar un Burger King. La prisa se apoderó de la gente del pueblo que ya no tenía tiempo de detenerse a escuchar su flauta, tampoco de recompensarle su destreza, y así acabó trabajando de payaso en el Burger King para que los niños, entretenidos con sus gracias, permitieran a sus padres multiplicar su colesterol sin ser interrumpidos y, en cualquier caso, para no ganar más de lo que recaudaba disfrutando los clásicos cuando en lugar de su trabajo dependía de las limosnas.

Cada vez que podía repasaba en la calle y de memoria todas las melodías que sabía y algunas más que improvisaba pero ya nadie, a excepción de las ratas, lo acompañaba. Muy al contrario, si alguien se detenía junto a él no era para celebrar su talento y estimular su constancia, sino para reprocharle que perdiera su tiempo interpretando aquella aburrida  y soñolienta música de muertos. Hasta la policía lo desalojó de su vieja esquina cuando los vecinos lo denunciaron por importunarlos con su aflautado estruendo y no dejarles oír la televisión.

Alguna vez el flautista se había planteado marcharse de Hamelín, pero el moderno desarrollo también se había instalado en los pueblos vecinos y, fuera a donde fuese, sabía que estaba condenado a seguir haciendo payasadas en otros Burgers Kings o expuesto a ser detenido por alterar la convivencia ciudadana. Obviamente, su destino tenía que estar más lejos, allá donde todavía la música no fuera un delito.

Así había transcurrido su vida hasta que, de improviso, Hamelín se fue llenando de ratas atraídas por los tantos establecimientos de comida-chatarra que se deshacían de sus sobras en cualquier forma y sitio.

Si las ratas habían perdido el sentido del gusto en relación a la comida, que la necesidad tiene cara de hereje y los herejes tienen gusto de rata,  eran por otra parte los únicos animales que apreciaban la pericia que el flautista demostraba,  y cuando éste se enteró de que la alcaldía de Hamelín estaba dispuesta a pagar una millonaria suma a quien librara al pueblo de la plaga de roedores, supo que se encontraba frente a la oportunidad de su vida.

Aunque le dolía tener que renunciar a su único auditorio y era consciente de que el problema se habría resuelto, simplemente,  de haber obligado el ayuntamiento a cumplir a los negocios de alimentación las más elementales leyes sanitarias, una mañana se presentó en el despacho del alcalde dispuesto a resolver el caso.

Firmado el acuerdo,  el flautista, ya en la calle, comenzó a tocar  su amplio repertorio y las ratas a concentrarse a su alrededor. Cuando observó, porque las conocía, que no faltaba ninguna,  echó a andar muy despacio seguido de miles de ratas hasta perderse en la lejanía, camino del pueblo vecino que, a diferencia de Hamelín, además de un Burger King tenía un McDonald´s.

Cumplida su misión, lo único que le faltaba por hacer era cobrar la recompensa que el ayuntamiento le prometiera y marcharse todo lo lejos que el dinero le permitiera.

-Buenos días –saludó a la funcionaria que atendía el mostrador del ayuntamiento luego de esperar unos minutos a que despachara a otras personas- ¿Está el alcalde?

-Sí… -respondió la funcionaria- pero ahora mismo no puede atenderle, está en una reunión. ¿En qué puedo servirle?

-Bueno… soy el flautista de Hamelín y vengo a cobrar la recompensa por haberme llevado las ratas…

-Ya… un momento por favor.

La funcionaria desapareció por una puerta interior. Diez minutos después reapareció con unos impresos en las manos.

-Va a tener que rellenar estos impresos con los datos que se le solicitan –sonrió la funcionaria.

En el mismo mostrador, el flautista fue rellenando casilla por casilla todos los informes que se le pedían hasta completar todos los datos, quince minutos más tarde.

-Aquí tiene –entregó los impresos el flautista.

-Le falta el domicilio –objetó la funcionaria.

-Es que… me marcho del pueblo y todavía no sé a donde voy a ir.

-En ese caso, puede poner su antigua dirección… -sugirió la funcionaria- ¿Usted está empadronado en Hamelín, verdad?

-Sí, nací aquí y aquí he vivido… hasta el día de hoy –contestó el flautista mientras rellenaba la casilla del domicilio.

El flautista entregó de nuevo el impreso a la funcionaria y, satisfecho de haber dado por terminado el trámite, esbozó su mejor sonrisa a la espera de la entrega del dinero.

-Muy bien… ya está todo listo –anunció la funcionaria- venga por aquí dentro de tres días y le tendremos listo el cheque… o si lo prefiere llame primero para que no vaya a dar un viaje en vano.

-¿Y el dinero? –preguntó el flautista- ¿Cómo que dentro de tres días?

-Sí, mañana cerramos –aclaró la funcionaria- se celebra el Día Internacional del Funcionario y el ayuntamiento cierra. ¿No lo sabía?

-¿Y pasado mañana? –preguntó de nuevo el flautista- ¿No puedo volver pasado mañana?

-Es que también hay que remitir el cheque al banco para que lo compulse y, precisamente, pasado mañana cierra el banco. Se celebra el Día Internacional del Ahorro y no van a abrir.

-¿Y no es en efectivo que me van a pagar? –inquirió el flautista.

-¿En efectivo? –se sorprendió la funcionaria- No, aquí todos los pagos se hacen en cheques. Ya no existe el efectivo. Es la modernidad, el signo de los tiempos, y es más seguro para usted y para nosotros, que hay mucho delincuente suelto.

-¿No podría hablar un momento con el alcalde? –insistió desolado el flautista.

-No… ya le digo que está reunido y hoy no puede atenderle.

Desolado, el flautista abandonó el ayuntamiento de vuelta a la pensión. La casera, sin embargo, ya había alquilado su habitación, la única disponible y, durante tres días, el flautista se instaló en su vieja esquina a aguantar el hambre, consciente de que como dice el dicho “hambre que espera hartura no es hambre”. De hecho, de no haber sido por el frío, ni se habría dado cuenta de lo rápido que pasa el tiempo.

Tres días más tarde,  muy cansado, regresó al ayuntamiento.

-Buenos días –saludó a la funcionaria- soy el flautista y vengo a por un cheque…

-Sí –le interrumpió la funcionaria- ya el cheque está aquí… El único problema es que le falta la firma del tesorero y la del alcalde… pero esta tarde o mañana, para más seguridad, ya estará firmado, así que vuelva entonces.

-¿Y el alcalde… puedo hablar con él aunque sea un minuto?

-Hoy es imposible –le aseguró la funcionaria- El alcalde está inaugurando un Burger King y hasta mañana no volverá al ayuntamiento… pero, si le parece, yo le dejo su recado.

El flautista no quiso agregar nada. Dio media vuelta y, tras despedirse,  regresó a su esquina en Hamelín, a seguir pasando hambre y calamidades, cada vez más cansado y harto.

Al día siguiente, casi a la misma hora en que abría el ayuntamiento, volvió el flautista. Parecía algo pálido, ojeroso, como si la espera lo estuviera consumiendo.

-Vengo a por el cheque…

-Ya está firmado –le saludó la funcionaria- De todas formas hay un leve inconveniente con el saldo estipulado ya que no se tuvo en cuenta el impuesto de Hacienda que había que deducirle y los descuentos correspondientes a la Seguridad Social…pero si vuelve dentro de dos días, le tendremos el saldo definitivo y podrá cobrarlo.

-¿Podría hablar con el alcalde hoy? –preguntó lacónico el flautista.

-Está de viaje –le respondió la funcionaria- y no regresa hasta el lunes, pero desde que vuelva yo le informo.

El flautista ni siquiera tuvo fuerzas para despedirse. Arrastrando las piernas se perdió de nuevo en la calle en dirección a su esquina.

Dos días habían pasado desde su última visita al ayuntamiento y el flautista ya no era el mismo.  Absolutamente enflaquecido y demacrado, tanto se había encorvado su cuerpo que hasta parecía haber menguado su tamaño. Cuando se acodó en el mostrador y esperó a que llegara su turno, ni siquiera fue capaz de decir nada. Tuvo que ser la funcionaria la que hiciera memoria y recordara el cheque pendiente.

-¿Cómo está usted? ¿Viene a por el cheque, verdad?

El flautista asintió con la cabeza.

-¡Aquí está…y, si quiere, se lo puedo entregar ya! –se lo enseñó la funcionaria-  Notará que también se le ha deducido la contribución por la ley 22/66 a la Asociación de Viudas de Hamelín, los gastos de compulsión instantánea que devenga el banco que lo autoriza y la erogación voluntaria a la Asociación Protectora de Animales, pero el resto es suyo y ya puede cobrarlo… eso sí, una vez se le selle.

-¿Y el sello? –preguntó el flautista con el último hilo de voz que le quedaba.

-El sello tendrá que ser mañana. Lamentablemente, el despacho en que se guarda está cerrado y el funcionario responsable ya no regresa hoy. Si viene mañana a eso de las 11 lo tendrá listo y sellado.

Muy despacio, un flautista cada vez más encogido y gris abandonó el ayuntamiento.

Al día siguiente, luego de haber pasado la que creía su última noche en la esquina hurgando en la basura alguna sobra que llevarse al estómago, volvió el flautista al ayuntamiento.  Aunque su cuerpo se había reducido a su mínima expresión, curiosamente, sus orejas daban la impresión de haber crecido. A cuatro patas llegó junto al mostrador moviendo el rabo.  Cuando intentó articular el saludo de rigor sólo agudos chillidos escaparon de su boca. La funcionaria hasta dudó si sería un cliente o  una rata, pero al advertir la flauta que llevaba a la espalda y confirmar su identidad, le entregó el cheque  firmado, compulsado y sellado.

-¡Ya está todo resuelto! –celebró la funcionaria la buena nueva- ¡Tenga usted su cheque!

El flautista agarró el cheque con los dientes dispuesto a salir del ayuntamiento antes de que surgiera algún nuevo imprevisto, pero tampoco iba a ser  aquel su día de suerte.

-Antes de que se vaya –aclaró la funcionaria- hay unas personas que quieren hablar con usted… y es muy importante. Un momento, por favor…

De detrás del mostrador, dos engominados y sonrientes personajes salieron al encuentro del flautista.

-Buenos días –dijo uno de ellos- Somos de la SGAE (Sociedad General de Autores y Editores) y vamos a tener que incautarle ese cheque porque tiene usted 22 años copiando y reproduciendo música registrada sin pagarnos nada… tampoco los arreglos que usted ha hecho. Nosotros cobramos por conciertos, tanto si es música sinfónica como si no, o espectáculos de variedades, que es lo que usted hacía y por lo que obtenía beneficios. Cualquier utilización de un repertorio musical está sujeto a pago.

-Ni siquiera nos ha abonado –agregó el otro engominado- el canon sobre la flauta. Y que conste que este cheque no cubre la mitad del dinero que nos debe. Aquí tiene las tarifas que rigen nuestro negocio y en esta factura el monto que adeuda a la SGAE…

-Pero… -preguntó desconcertada la funcionaria- ¿dónde se ha metido este hombre?

Por más vueltas que dieron al mostrador y rincones del ayuntamiento que revisaron, ni la funcionaria municipal ni los dos empleados de la SGAE pudieron encontrar al flautista. Lo único que dejó constancia de su visita fue el cheque en el suelo, roído, al igual que la flauta,  la puerta del ayuntamiento abierta, y el lejano eco de unos hirientes y asustados chillidos.

Esa noche, junto a la esquina en la que el flautista exhibiera su arte, sólo una enorme rata gris, de enormes orejas, paseaba su hambre y desesperación entre los restos de la basura del Burger King.