El cuento de los medios

No hay, probablemente, rasgo más característico de la infancia y que mejor la defina que la ingenuidad, esa virginal y cándida inocencia que, precisamente, cuando la perdemos, nos condena a treinta años y un día de adultez.

Pero ocurre que, una triste mañana, en medio de un fragor de sueños rotos, acabamos descubriendo que los reyes, incluso los magos, son unos sinvergüenzas; que los siete enanitos eran antropófagos y la hermosa Blancanieves una madame de lujo; que la muerte nos ronda y nos sorprende tanto como la vida y que el temible hombre del saco era mi padre.

La cometa queda anclada en los cables, inalcanzable, y acabamos poniéndonos los pantalones largos para seguir matando las ilusiones que aún persistan porque, en lugar de abocarnos a la propia razón, la más imprescindible de todas las quimeras, huérfanos de ensueños, preferimos aferrarnos a alguna pesadilla que disimule ese desasosiego que queda en los espejos cuando los años, impasibles, se empecinen en contarnos los estragos.

Entre tanto criterio avergonzado, entre tanta fe desvanecida,  aceptamos que la única verdad de nuestras vidas, las únicas posibles certezas, siguen siendo esos cuentos que nos cuentan los grandes medios de comunicación para que todos tengamos puntual constancia de que somos y estamos.

En ellos, triste desagüe para sueños que pudieron tener mejor destino, depositamos la credulidad que ya no nos merece el flautista de Hamelín, la convicción que perdió La Cenicienta y, demasiado tarde, confirmamos que hubiéramos crecido mucho más de haber seguido siendo Peter Pan.

El triste caso y destino del flautista de Hamelín

(Tomado del libro en gestación “Los otros cuentos que no nos contaron” de Koldo Campos Sagaseta e Irene Campos Fernández)

(Dedicado a J.Kalvellido)

Una vez el flautista guardó en su mochila la escasa ropa de que disponía y su vieja flauta, salió de la pensión en la que había pasado los últimos veintidós años de su vida y se dirigió al ayuntamiento. En cuanto cobrara el dinero prometido por haber librado al pueblo de las ratas no tardaría ni minutos en abandonar para siempre aquel apestoso pueblo de Hamelín.

Había nacido allí, treinta años antes, en aquel pueblo que aborrecía desde niño, cuando huérfano se vio en la necesidad de mendigar para vivir. Lo único que le dejara su padre había sido la flauta que, a fuerza de soplar,  le había permitido convertirse en todo un virtuoso, el más grande entre los mendigos. Dotado de un natural talento para la música, sin haber estudiado  solfeo, podía reproducir con singular maestría cualquier melodía que oyera.

Como la esquina que eligiera de niño para apelar a la caridad del prójimo estaba al lado del teatro del pueblo, desde muy temprana edad se había familiarizado con todos los compositores clásicos. Mozart, Beethoven, Vivaldi… le habían acompañado toda su vida, cuando la gente se detenía frente a él, emocionada, disfrutando la música que su mágica flauta era capaz de crear, y le correspondía con monedas, que nunca le faltaron entonces,  con que ganarse el derecho de volver al día siguiente y pagar, incluso, la pensión. 

Pero pronto el progreso llegó a Hamelín y el teatro fue cerrado para abrir en su lugar un Burger King. La prisa se apoderó de la gente del pueblo que ya no tenía tiempo de detenerse a escuchar su flauta, tampoco de recompensarle su destreza, y así acabó trabajando de payaso en el Burger King para que los niños, entretenidos con sus gracias, permitieran a sus padres multiplicar su colesterol sin ser interrumpidos y, en cualquier caso, para no ganar más de lo que recaudaba disfrutando los clásicos cuando en lugar de su trabajo dependía de las limosnas.

Cada vez que podía repasaba en la calle y de memoria todas las melodías que sabía y algunas más que improvisaba pero ya nadie, a excepción de las ratas, lo acompañaba. Muy al contrario, si alguien se detenía junto a él no era para celebrar su talento y estimular su constancia, sino para reprocharle que perdiera su tiempo interpretando aquella aburrida  y soñolienta música de muertos. Hasta la policía lo desalojó de su vieja esquina cuando los vecinos lo denunciaron por importunarlos con su aflautado estruendo y no dejarles oír la televisión.

Alguna vez el flautista se había planteado marcharse de Hamelín, pero el moderno desarrollo también se había instalado en los pueblos vecinos y, fuera a donde fuese, sabía que estaba condenado a seguir haciendo payasadas en otros Burgers Kings o expuesto a ser detenido por alterar la convivencia ciudadana. Obviamente, su destino tenía que estar más lejos, allá donde todavía la música no fuera un delito.

Así había transcurrido su vida hasta que, de improviso, Hamelín se fue llenando de ratas atraídas por los tantos establecimientos de comida-chatarra que se deshacían de sus sobras en cualquier forma y sitio.

Si las ratas habían perdido el sentido del gusto en relación a la comida, que la necesidad tiene cara de hereje y los herejes tienen gusto de rata,  eran por otra parte los únicos animales que apreciaban la pericia que el flautista demostraba,  y cuando éste se enteró de que la alcaldía de Hamelín estaba dispuesta a pagar una millonaria suma a quien librara al pueblo de la plaga de roedores, supo que se encontraba frente a la oportunidad de su vida.

Aunque le dolía tener que renunciar a su único auditorio y era consciente de que el problema se habría resuelto, simplemente,  de haber obligado el ayuntamiento a cumplir a los negocios de alimentación las más elementales leyes sanitarias, una mañana se presentó en el despacho del alcalde dispuesto a resolver el caso.

Firmado el acuerdo,  el flautista, ya en la calle, comenzó a tocar  su amplio repertorio y las ratas a concentrarse a su alrededor. Cuando observó, porque las conocía, que no faltaba ninguna,  echó a andar muy despacio seguido de miles de ratas hasta perderse en la lejanía, camino del pueblo vecino que, a diferencia de Hamelín, además de un Burger King tenía un McDonald´s.

Cumplida su misión, lo único que le faltaba por hacer era cobrar la recompensa que el ayuntamiento le prometiera y marcharse todo lo lejos que el dinero le permitiera.

-Buenos días –saludó a la funcionaria que atendía el mostrador del ayuntamiento luego de esperar unos minutos a que despachara a otras personas- ¿Está el alcalde?

-Sí… -respondió la funcionaria- pero ahora mismo no puede atenderle, está en una reunión. ¿En qué puedo servirle?

-Bueno… soy el flautista de Hamelín y vengo a cobrar la recompensa por haberme llevado las ratas…

-Ya… un momento por favor.

La funcionaria desapareció por una puerta interior. Diez minutos después reapareció con unos impresos en las manos.

-Va a tener que rellenar estos impresos con los datos que se le solicitan –sonrió la funcionaria.

En el mismo mostrador, el flautista fue rellenando casilla por casilla todos los informes que se le pedían hasta completar todos los datos, quince minutos más tarde.

-Aquí tiene –entregó los impresos el flautista.

-Le falta el domicilio –objetó la funcionaria.

-Es que… me marcho del pueblo y todavía no sé a donde voy a ir.

-En ese caso, puede poner su antigua dirección… -sugirió la funcionaria- ¿Usted está empadronado en Hamelín, verdad?

-Sí, nací aquí y aquí he vivido… hasta el día de hoy –contestó el flautista mientras rellenaba la casilla del domicilio.

El flautista entregó de nuevo el impreso a la funcionaria y, satisfecho de haber dado por terminado el trámite, esbozó su mejor sonrisa a la espera de la entrega del dinero.

-Muy bien… ya está todo listo –anunció la funcionaria- venga por aquí dentro de tres días y le tendremos listo el cheque… o si lo prefiere llame primero para que no vaya a dar un viaje en vano.

-¿Y el dinero? –preguntó el flautista- ¿Cómo que dentro de tres días?

-Sí, mañana cerramos –aclaró la funcionaria- se celebra el Día Internacional del Funcionario y el ayuntamiento cierra. ¿No lo sabía?

-¿Y pasado mañana? –preguntó de nuevo el flautista- ¿No puedo volver pasado mañana?

-Es que también hay que remitir el cheque al banco para que lo compulse y, precisamente, pasado mañana cierra el banco. Se celebra el Día Internacional del Ahorro y no van a abrir.

-¿Y no es en efectivo que me van a pagar? –inquirió el flautista.

-¿En efectivo? –se sorprendió la funcionaria- No, aquí todos los pagos se hacen en cheques. Ya no existe el efectivo. Es la modernidad, el signo de los tiempos, y es más seguro para usted y para nosotros, que hay mucho delincuente suelto.

-¿No podría hablar un momento con el alcalde? –insistió desolado el flautista.

-No… ya le digo que está reunido y hoy no puede atenderle.

Desolado, el flautista abandonó el ayuntamiento de vuelta a la pensión. La casera, sin embargo, ya había alquilado su habitación, la única disponible y, durante tres días, el flautista se instaló en su vieja esquina a aguantar el hambre, consciente de que como dice el dicho “hambre que espera hartura no es hambre”. De hecho, de no haber sido por el frío, ni se habría dado cuenta de lo rápido que pasa el tiempo.

Tres días más tarde,  muy cansado, regresó al ayuntamiento.

-Buenos días –saludó a la funcionaria- soy el flautista y vengo a por un cheque…

-Sí –le interrumpió la funcionaria- ya el cheque está aquí… El único problema es que le falta la firma del tesorero y la del alcalde… pero esta tarde o mañana, para más seguridad, ya estará firmado, así que vuelva entonces.

-¿Y el alcalde… puedo hablar con él aunque sea un minuto?

-Hoy es imposible –le aseguró la funcionaria- El alcalde está inaugurando un Burger King y hasta mañana no volverá al ayuntamiento… pero, si le parece, yo le dejo su recado.

El flautista no quiso agregar nada. Dio media vuelta y, tras despedirse,  regresó a su esquina en Hamelín, a seguir pasando hambre y calamidades, cada vez más cansado y harto.

Al día siguiente, casi a la misma hora en que abría el ayuntamiento, volvió el flautista. Parecía algo pálido, ojeroso, como si la espera lo estuviera consumiendo.

-Vengo a por el cheque…

-Ya está firmado –le saludó la funcionaria- De todas formas hay un leve inconveniente con el saldo estipulado ya que no se tuvo en cuenta el impuesto de Hacienda que había que deducirle y los descuentos correspondientes a la Seguridad Social…pero si vuelve dentro de dos días, le tendremos el saldo definitivo y podrá cobrarlo.

-¿Podría hablar con el alcalde hoy? –preguntó lacónico el flautista.

-Está de viaje –le respondió la funcionaria- y no regresa hasta el lunes, pero desde que vuelva yo le informo.

El flautista ni siquiera tuvo fuerzas para despedirse. Arrastrando las piernas se perdió de nuevo en la calle en dirección a su esquina.

Dos días habían pasado desde su última visita al ayuntamiento y el flautista ya no era el mismo.  Absolutamente enflaquecido y demacrado, tanto se había encorvado su cuerpo que hasta parecía haber menguado su tamaño. Cuando se acodó en el mostrador y esperó a que llegara su turno, ni siquiera fue capaz de decir nada. Tuvo que ser la funcionaria la que hiciera memoria y recordara el cheque pendiente.

-¿Cómo está usted? ¿Viene a por el cheque, verdad?

El flautista asintió con la cabeza.

-¡Aquí está…y, si quiere, se lo puedo entregar ya! –se lo enseñó la funcionaria-  Notará que también se le ha deducido la contribución por la ley 22/66 a la Asociación de Viudas de Hamelín, los gastos de compulsión instantánea que devenga el banco que lo autoriza y la erogación voluntaria a la Asociación Protectora de Animales, pero el resto es suyo y ya puede cobrarlo… eso sí, una vez se le selle.

-¿Y el sello? –preguntó el flautista con el último hilo de voz que le quedaba.

-El sello tendrá que ser mañana. Lamentablemente, el despacho en que se guarda está cerrado y el funcionario responsable ya no regresa hoy. Si viene mañana a eso de las 11 lo tendrá listo y sellado.

Muy despacio, un flautista cada vez más encogido y gris abandonó el ayuntamiento.

Al día siguiente, luego de haber pasado la que creía su última noche en la esquina hurgando en la basura alguna sobra que llevarse al estómago, volvió el flautista al ayuntamiento.  Aunque su cuerpo se había reducido a su mínima expresión, curiosamente, sus orejas daban la impresión de haber crecido. A cuatro patas llegó junto al mostrador moviendo el rabo.  Cuando intentó articular el saludo de rigor sólo agudos chillidos escaparon de su boca. La funcionaria hasta dudó si sería un cliente o  una rata, pero al advertir la flauta que llevaba a la espalda y confirmar su identidad, le entregó el cheque  firmado, compulsado y sellado.

-¡Ya está todo resuelto! –celebró la funcionaria la buena nueva- ¡Tenga usted su cheque!

El flautista agarró el cheque con los dientes dispuesto a salir del ayuntamiento antes de que surgiera algún nuevo imprevisto, pero tampoco iba a ser  aquel su día de suerte.

-Antes de que se vaya –aclaró la funcionaria- hay unas personas que quieren hablar con usted… y es muy importante. Un momento, por favor…

De detrás del mostrador, dos engominados y sonrientes personajes salieron al encuentro del flautista.

-Buenos días –dijo uno de ellos- Somos de la SGAE (Sociedad General de Autores y Editores) y vamos a tener que incautarle ese cheque porque tiene usted 22 años copiando y reproduciendo música registrada sin pagarnos nada… tampoco los arreglos que usted ha hecho. Nosotros cobramos por conciertos, tanto si es música sinfónica como si no, o espectáculos de variedades, que es lo que usted hacía y por lo que obtenía beneficios. Cualquier utilización de un repertorio musical está sujeto a pago.

-Ni siquiera nos ha abonado –agregó el otro engominado- el canon sobre la flauta. Y que conste que este cheque no cubre la mitad del dinero que nos debe. Aquí tiene las tarifas que rigen nuestro negocio y en esta factura el monto que adeuda a la SGAE…

-Pero… -preguntó desconcertada la funcionaria- ¿dónde se ha metido este hombre?

Por más vueltas que dieron al mostrador y rincones del ayuntamiento que revisaron, ni la funcionaria municipal ni los dos empleados de la SGAE pudieron encontrar al flautista. Lo único que dejó constancia de su visita fue el cheque en el suelo, roído, al igual que la flauta,  la puerta del ayuntamiento abierta, y el lejano eco de unos hirientes y asustados chillidos.

Esa noche, junto a la esquina en la que el flautista exhibiera su arte, sólo una enorme rata gris, de enormes orejas, paseaba su hambre y desesperación entre los restos de la basura del Burger King.

Buitres y cumbres

Una de las imágenes que mejor ha retratado nuestro demencial modelo de desarrollo tuvo como protagonistas a una niña, a un buitre y a un fotógrafo.

Hace ya unos cuantos años Kevin Carter tomaba la fotografía que lo llevaría a ganar el premio Pulitzer de fotoperiodismo cuando el objetivo de su cámara tropezó en Sudán con una niña reclinada sobre sus largos huesos, sola y desnuda, a punto de desplomarse. A escasos metros de ella, un buitre esperaba por el festín.

Al recibir Kevin Carter el premio maldijo la hora en que hizo aquella fotografía. Meses después se suicidaba. Nunca consiguió dejar de verla.

De los protagonistas de aquella historia sólo ha quedado uno con vida: el buitre.

En estos días concluía en Cancún otro de esos encuentros, cumbres les llaman, en las que los sordos exhiben su mejores retóricas y los mudos exponen sus calladas memorias. En esta ocasión se trataba del cambio climático y la cumbre ha tenido como protagonistas a un tercer mundo reclamando su derecho a existir, a un primer mundo festejando como nuevos sus mentidos compromisos pasados, y a Wikileaks revelando todas las infames maniobras del gobierno estadounidense para despojar de contenidos los escasos acuerdos que sobrevivieron a la penúltima farsa al respecto celebrada en Copenhague. “El cambio climático, como el hambre o la miseria, no es violencia ni terrorismo sino enfermedad o mala suerte” sentencia la lógica del mercado por boca de los medios que insisten en mirar para otro lado.

También de los protagonistas de esta historia sólo ha quedado uno con vida: el buitre.

 

La “otra camisa” del rey

(Tomado del libro en gestación “Cuentos que no nos contaron”, a medias entre Koldo Campos Sagaseta e Irene Campos Fernández)

Si aquel decrépito anciano se hubiera limitado a ser un cretino es posible que ninguna infeliz consecuencia se hubiera derivado de su triste condición, pero lo que hacía particularmente  grave su agudo cretinismo y ya no sólo para su familia y allegados sino para el resto del país, era que aquel idiota también era el rey. Y lo era desde hacía tantos años que, como verdolaga, a la sombra y amparo de aquella monarquía, la estupidez se había extendido por todo el reino y a casi nadie dejaba indiferente.

Aunque a favor del monarca pudiera decirse que si bien como cretino no tenía competencia no era un cretino ocioso, semejante virtud más que a la disculpa emplazaba a la alarma. Por quién sabe que extraños designios, aquel regio cretino, desde que amanecía, no tenía otro empeño que urdir planes de desarrollo, tan fastuosos como infalibles, para su cada vez más empobrecido reino.

Acaso porque se tenía por un consagrado estadista y presumía de sus habilidades como  economista, en absoluto lo desalentaban sus reiterados fracasos y, tras cada debacle, volvía a urdir un nuevo plan de desarrollo del que pavonearse entre los aplausos de su corte de sirvientes, hasta que los hechos lo remitían a discurrir otro mejor proyecto que correría, horas después, la misma suerte.

Un día, a su reino llegaron dos extraños truhanes que se hacían pasar por economistas y que, incluso, alardeaban de la bondad de sus proyectos, decididos a ofrecer al rey el mejor plan de desarrollo que la humanidad hubiera conocido. Era tan extraordinario el plan que proponían que nunca sería posible encontrar otro más útil y justo; tan singular, que nadie lo olvidaría jamás en aquel reino; tan sublime,  que quedarían erradicas para siempre todas las miserias y desgracias humanas para mayor gloria del rey que lo llevara a cabo.

Lamentablemente, tenía un inconveniente: sólo podrían apreciarlo aquellas personas dotadas de proverbial inteligencia y honda sabiduría. Todas las medidas y directrices de aquel extraordinario plan de desarrollo poseían la milagrosa virtud de transformarse en invisibles para quienes no fueran merecedores de su cargo o resultasen irremediablemente cretinos.

-¡Debe ser un plan maravilloso! –pensó el rey-. Y si lo implementase, además de su éxito, que también sería el mío, podría averiguar qué funcionarios de mi corte son indignos del cargo que desempeñan y distinguir los cretinos simples de los excelsos. Debo encargar inmediatamente que me hagan un plan.

Una vez convocó el rey a los dos bandidos, que se llamaban Fondo Monetario y Banco Mundial, pactó con ellos la confección y entrega del plan de desarrollo anhelado a cambio de todo el tesoro que había sobrevivido a sus desmanes.

Fondo y Banco instalaron su oficina frente al palacio del rey y comenzaron a dar forma al plan.

Ansioso el rey por conocer cómo iba ejecutándose el proyecto, decidió enviar a su primer ministro, el más honrado y juicioso de su corte, para que le informase.

Cuando el primer ministro llegó a la oficina en la que Fondo y Banco trabajaban, sorprendido descubrió que allá no había nada, ni bocetos, ni diseños, ni libros, ni papeles, ni siquiera una silla en la que esperar, que hasta los muebles se habían llevado ya los dos estafadores, pero recordando el único inconveniente que el plan tenía, optó por disimular su estupor y fingir lo mucho que le admiraba el plan.

-¡En esta gráfica podéis admirar –dijo uno de los salteadores- la aceleración incentivada y sistemática que el desarrollo sostenido y sustentable establecerá como su dinámica operativa!

-¡Y por supuesto que balanceada! –corroboró el otro rufián.

-¡Y además se garantiza la flexibilidad estructural paralela –insistió el primer bandolero- que nos permita una coordinación direccional, sin importar la retroacción que conlleve  la estrategia alternativa a implementar!

-¡De modo tal que, concomitantemente la presión fiscal articule respuestas estabilizadas –agregó el otro  mangante- se pueda moderar la disminución del incremento a través de gestores de fondos habilitados y no vayan los titulares de bonos a afrontar ningún recorte de valor en el marco de la legislación adecuada, al margen de las fórmulas de satisfacción que se deriven de las ejecuciones hipotecarias, ya regulados los tipos de interés.

-¡Oh… -volvió admirarse el primer ministro-  corro a informárselo al rey. En verdad el plan es maravilloso!

Sin embargo,  quizás porque alguna duda todavía se resistía a aceptar la idoneidad del plan expuesto, quiso el primer ministro preguntar:

-Antes de irme, sólo por curiosidad… y que conste que únicamente es una suposición porque les reitero que el plan es indefectible…es más, lo único que lamento es que no nos hubieran visitado años atrás para haber podido disfrutar entonces de tan sobresaliente proyecto de desarrollo… ¿y si les dijera, que no lo estoy diciendo, que no veo ningún plan de desarrollo, que no veo absolutamente nada… excepto dos avispados sin escrúpulos decididos a lucrarse a costa de este reino?

-Entonces, hijo de la gran puta… -dijo uno de los canallas- te reventamos.

-A ti y a este reino –concluyó el otro mafioso- que nosotros sólo somos embajadores del gran emperador, y si no nos aprueban este plan por las buenas, el Dios Mercado dispone de otros argumentos con los que hacerse obedecer. Así que ve a decirle al rey lo que él espera y atente al cuento en el que estamos.

-¡Por cierto –agregó el malandrín que hablara antes- vamos a necesitar un mayor desembolso de este reino para poder estabilizar la proyección transicional integrada de manera que se flexibilice la cuantificación financiera retroactiva!

-Es que ya las arcas nacionales están exhaustas –se excusó el primer ministro.

-¡Pues que aumente los impuestos… -respondió el otro ladrón- que despida más empleados, que suspenda los programas sociales, si es que todavía queda alguno…! Todo sea por reducir sustancialmente la recesión indefinida no vaya a ser que reste credibilidad a la dinámica funcional regulada.

-Y no te preocupes –añadió el primer atracador- que para vuestra majestad y para ti también, se han dispuesto algunas jugosas comisiones adicionales. Sólo tienes que mantener los ojos cerrados y seguir al pie de la letra el cuento en el que estamos.

Cuando el primer ministro informó al rey de la magnificencia del plan de desarrollo confeccionado, ambos se aprestaron a organizar para el día siguiente, declarado fiesta nacional, la presentación del mismo.

Durante toda la noche los dos embaucadores estuvieron trabajando en su oficina coordinando estrategias  operacionales combinadas y redefiniendo proyecciones opcionales sistemáticas, hasta dar el plan por terminado. La gente se arremolinaba en torno a la oficina observando maravillada cómo trabajaban Fondo y Banco  en la confección del plan del rey. Por la mañana, los dos maleantes, seguidos por la multitud,  entraron en palacio a los acordes del himno nacional.

Ya delante del rey y de su corte, Banco y Fondo simularon desplegar una enorme gráfica y, auxiliándose de inexistentes bocetos y croquis, fueron explicando el plan.

-¡Aquí está el plan, majestad –aseguró el primer chorizo-  y quiero llamar su atención para que advierta como la rentabilidad de una tendencia alcista no sólo alivia los indicadores de riesgo sino que atenúa la caída del diferencial!

-¡Tanto más así –enfatizó el segundo malhechor- en cuanto la prima de riesgo, al margen de los recelos a la emisión de letras inorgánicas que ocasionalmente subyacen en operaciones yuxtapuestas, no contravienen, menos niegan, las reformas fiscales estructurales!

-¡Por ello, y en consecuencia –insistió el primer expoliador- la renta variable no va a mostrar inestabilidad a corto plazo…!

-¡A no ser –interrumpió el segundo saqueador- que la dinámica global y sustentable priorice la zona euro como concesión al diferencial balanceado y no rebaje la perspectiva negativa más allá de las  privatizaciones fiscales a pymes…!

-¡Supuesto –aclaró el primer caco- que ni siquiera una desaceleración repentina del índice de interés prorrogado podría, en el peor de los casos, retribuir en una parcial implementación de carácter indefinido!

-¡Y para ello contamos –terminó la explicación el segundo delincuente- con una instrumentación transicional y equilibrada que ya la agencia de calificación de riesgos Standard & Poor´s ha rebajado a mínimos tolerables.

Terminada la presentación, el rey rompió a aplaudir con entusiasmo secundado por su corte y el público. Sólo un niño que incrédulo asistía a aquella farsa, con la ingenuidad que los caracteriza, se atrevió entre los aplausos y vítores de todos a levantar su voz:

-¡Pero ahí no hay ningún plan…sólo palabras huecas, vacías…! ¡El plan sólo es un cuento… y un cuento, además, muy malo!

Pero antes de que el niño pudiera seguir gritando su indignación por el fraude al que se le invitaba, la propia Ministra de Cultura de aquel reino lo tomó del brazo sacándolo del salón, en el entendido de que el niño no sabía lo que decía, que es lo que ocurre, aclaró la ministra, cuando la gente ignorante se dedica a opinar de lo que no sabe.

Después siguió la fiesta, ya sin la presencia de Fondo Monetario y Banco Mundial, hasta que, apagadas las luces y consumido el vino, terminó el cuento y comenzó la noche, la más negra e interminable de todas las noches.