Luis Almagro

Así como existe el Salón de la Fama como homenaje a aquellos beisbolistas destacados, yo dispongo de un Salón de la Inmundicia en el que nomino a políticos, evidentemente, inmundos.Algunos son elegidos una vez terminan su ejercicio político, como colofón a su carrera pero, hay otros, que ni siquiera necesitan jubilarse para obtener su merecido lugar en el citado salón. Este es el caso de Luis Almagro, secretario general de la OEA, y uno de los más ilustres sinvergüenzas del escaparate americano de la delincuencia y el crimen. Todo un “inmortal” del cabildeo y el lambonismo este pelotero que comenzó siendo abogado y tras algunos años de lucro como embajador uruguayo en China fue nombrado canciller por el presidente José Mujica. Almagro, sin embargo, aspiraba a más. No se había pasado la vida bajando la cerviz para conformarse con un simple ministerio. Sabía cómo cabildear favores y en qué embajada. Cinco años más tarde irrumpía en las Grandes Ligas como lanzador derecho para ganar recientemente su segundo “Cy Young” siendo renovado en el cargo. Nadie maneja la infamia como él. Luis Almagro sólo está a la espera de que se cree algún nuevo salón de desperdicios porque, en contra de lo que yo pensaba, todavía a su abdomen le caben más medallas, a sus bolsillos más prebendas y a su trasero más patadas. (Preso politikoak aske)

La transición a la democracia en EEUU

Urge que la comunidad internacional con Cuba a la cabeza organice la transición de ese manicomio llamado Estados Unidos hacia una sociedad democrática para que deje de ser el país que acumula la mayor deuda americana y el que derrocha la mitad de los recursos del planeta; el que más drogas consume y quien más vulnera los derechos humanos, mientras multiplica indigentes y analfabetos y mantiene al margen de cualquier seguro social a 50 millones de personas. Es Estados Unidos el país que más guerras ha provocado y más paces ha mentido, el que cuenta con más bases militares diseminadas por todo el mundo, el que más golpes de Estado ha urdido y más gobiernos democráticos ha tumbado. Es a ese país al que hay que ayudar para que sus candidatos a la presidencia no los elija el capital de entre los escaparates de la V Avenida, Beberly Hills o el circo, y para que sus ciudadanos, además de votar, puedan elegir. Es a esa nación a la que hay que ayudar porque es inaceptable la existencia de campos de concentración, y Guantánamo solo es el más conocido, o cárceles secretas; vergonzosa la construcción de gigantescos muros con los que aislar a sus vecinos; inadmisible que secuestren opositores por todo el mundo; que sean sus soldados los únicos que no están obligados a responder ante tribunales internacionales de justicia porque están por encima de cualquier ley; y que, asesinado su presidente en un encubierto golpe de estado en 1963, tenga la justicia que esperar 66 años para que ese pueblo conozca la verdad sobre el magnicidio del presidente Kennedy y el golpe de Estado encubierto que llevó a la presidencia a Lyndon Johnson.“Y la verdad os hará libres” proclama un enorme letrero a la entrada de las oficinas de la CIA en Virginia mientras se tiene presos o escondidos o asilados a sus propios conciudadanos como Manning, Snowdem y Assange, por haberse atrevido a decir la verdad. EEUU es ese “norte revuelto y brutal” del que hablara Martí y que como bien dijera Chávez sigue oliendo a azufre.

(Preso politikoak aske)

No sé…

Yo tenía nueve años y en el orfanato en el que crecía y me educaba, dirigido por curas salesianos en el barrio de Los Capuchinos, en Málaga, por ser uno de los más pequeños, disfrutaba el privilegio de vender los domingos, durante la función de cine, entre el resto de los internos y para beneficio del centro, unas tortas de harina.

Una vez ocurrió que, al hacer el habitual arqueo, había una torta de menos. La torta se la había comido mi hermano mayor y no la había pagado.

En prefectura y a solas frente al padre, yo me encomendé a todos los santos en la esperanza de que el dispendio pasara inadvertido, pero no iba a ser posible. El padre quería saber qué había pasado con la torta desaparecida. Parado en medio del despacho, yo guardaba silencio alegando no saber nada. El padre insistía en que me sincerase y le contara lo ocurrido. Una y otra vez sumaba y restaba tortas y pesetas, tratando de que yo entendiera sus muy atinados cálculos.

-No sé- respondía yo, con los ojos perdidos en el suelo.

Me amenazó entonces, ya un tanto alterado, con mantenerme de pie, sin cenar ni salir de su despacho, hasta que le dijera la verdad y, para demostrármelo, se ausentó durante casi dos horas. Cuando regresó me encontró en la misma posición.

-No sé- volví a repetir yo.

Si persistía en mi silencio nunca más volvería a vender tortas, ni a salir de paseo las mañanas de los domingos, ni a disfrutar del recreo de las tardes, ni iba a tener merienda durante un mes.

-No sé-.

Cambió entonces de estrategia y en un tono paternal, mientras me acariciaba la cabeza, comenzó a hablarme de la importancia de ser siempre sincero, de lo mucho que Dios valora la verdad, de cómo la virtud de un ser humano la determina su capacidad para encarar sus actos, de la importancia de ser responsable. Me habló del infierno en que se abrasa el mentiroso, de lo orgulloso que se sentiría mi padre, de estar con vida, si yo decía la verdad…

Y entonces, rompí a llorar y delaté a mi hermano.

De la primera bofetada del padre prefecto fui a parar a los pies de su surtida biblioteca donde desahogó su ira. Me consta que uno de los voluminosos volúmenes de su biblioteca después de desencuadernarse contra mi cabeza ya no volvió a ser el mismo.

Nunca lo olvidé. Por ello cuando escucho a los padres de la patria en funciones ponderar las virtudes de la sinceridad, ellos que tanto mienten; elogiar la tolerancia y el respeto, ellos que tanto atropellan; significar la importancia del diálogo, ellos que nunca escuchan; demandar sacrificios, ellos que a nada renuncian; o solicitar la necesaria comprensión, ellos que nunca entienden…yo sólo recuerdo a aquel padre prefecto y su inolvidable lección, y me repito…»No sé».

(Preso politikoak aske)

El abrigo

Para que Pinocho fuera a la escuela, Gepeto vendió su abrigo. Pinocho, agradecido, estudió con empeño para así tener trabajo, ganar dinero y comprarle un abrigo a Gepeto. Por si acaso la espera resultaba muy larga y fría, el Hada Azul recuperó el abrigo de Gepeto y hasta comieron perdices. Aquí termina el cuento. Lo que su autor, Carlo Collodi, no contó es que, años después, Gepeto volvió a vender su abrigo para que Pinocho fuera a la universidad y que Pinocho, agradecido, se esforzó al máximo en los estudios para así tener trabajo, ganar dinero y poder comprarle un abrigo a Gepeto y que, con el amparo del Hada Azul, Gepeto siguió vendiendo y recuperando su abrigo para que Pinocho hiciera un postgrado, un máster, se presentara a oposiciones, consiguiera plaza… y así tener trabajo, ganar dinero y poder comprarle un abrigo a Gepeto.

Gepeto, viejo y enfermo, está desesperado. Con la pensión recortada y la hipoteca vencida, al borde del desahucio, ya ni el Hada Azul, trasladada a otro cuento, le hace maldito caso. Después del abrigo Gepeto también vendió el sombrero, la camisa, los pantalones, los zapatos…

Pinocho, casado y con un hijo, vive junto a su mujer, también desempleada, en casa de Gepeto. Hoy se disponía a vender su abrigo para que su hijo pudiera ir a la escuela cuando, desolado, advirtió que no tenía abrigo.

(Preso politikoak aske)

El machismo es eucalíptico

Me lo contaba Patrick Welsh, un irlandés dedicado en Nicaragua a ayudar a los hombres a desarmar el machismo y que recorría el país, de pueblo en pueblo, organizando encuentros e impartiendo talleres.En su empeño de que los hombres reflexionaran sobre su pretendida masculinidad y descubrieran y respetaran otras maneras más felices de ser y relacionarse, llegó Patrick a una perdida aldea nicaragüense dispuesto a hablar con los vecinos. Sabía que lo más oportuno era empezar por el patriarca de la aldea, ese a quien se tiene por razones de edad y de respeto como al representante de la autoridad moral. De que diera su aprobación dependía en buena medida el éxito de su propuesta.Cuando Patrick terminó de argumentar la conveniencia de un encuentro con los vecinos para abordar la violencia que resume el machismo, el patriarca, sin permitirse un gesto, aún más parco de palabras, se limitó a asentir con la cabeza.Por la tarde, sesenta vecinos de la aldea entre los que también se encontraba el patriarca, se reunieron a la sombra de una ceiba. Los asistentes, una vez superados los iniciales y comprensibles temores entre quienes no están acostumbrados a hablar en público y, menos aún, de sí mismos, fueron entre bromas y risas, con el pasar de la tarde, desenredando dogmas y desnudando espantos. Al grupo se fueron agregando algunas mujeres, algunos niños y niñas que también se animaron a participar contribuyendo con sus vivencias y sus historias a ese común empeño de aprender a ver la vida con otros ojos, de suerte que ninguna mirada, no importa quién la sostenga, sea prohibida o esté subordinada. Solo el patriarca permanecía callado.Cuando ya entrada la noche el encuentro concluía, sin embargo, el patriarca levantó una mano y pidió la palabra. Todos volvieron a sentarse y, hecho el silencio, el patriarca habló: ¡El machismo es eucalíptico! Patrick, superado el estupor, se atrevió a preguntar: ¿Quizás quiso decir… apocalíptico?

-No… – respondió tajante el patriarca- el machismo es eucalíptico porque el machismo, como el eucalipto, también necesita secar la vida que lo rodea para existir, porque se nutre de la vida de los demás, porque mata todo lo que crece a su alrededor.

Esa podría haber sido la mejor definición sobre el machismo si no fuera porque hasta el eucalipto aporta algo.(Preso politikoak aske)