Eskerrik asko AEK

Ninguna lengua es fácil de aprender, tampoco el euskara. Especialmente, cuando siempre aparece algún pretexto, y ninguno más socorrido que el tiempo, que postergue su aprendizaje para un mejor momento que no va a llegar nunca. Al fin y al cabo, ningún euskaldun va a dejarte con la palabra en la boca, así sea francesa o castellana, aunque deba renunciar a hablar su propia lengua para responder a tu inquietud. Hasta el lehendakari puede darse el insólito lujo de no hablar euskara, hecho tan inaudito como suponer un presidente de un gobierno español que no hable castellano.

Otra de las excusas más comunes es que el euskara no sirve para nada, “ni siquiera para dar la hora en Alcobendas”, como afirmara no hace mucho Jon Juaristi, vocal de la Academia Vasca de la Lengua por gracia del okupa que preside el gobierno vasco.

Ignoro qué problemas tenga Jon Juaristi con el euskara, el tiempo y Alcobendas, pero que haya llegado a la conclusión citada o nos sitúa frente a un engreído o nos retrata a un necio, porque en el supuesto de que  paseando Juaristi por esa villa madrileña, un alcobendense le pidiera la hora en castellano, sólo a un engreído se le podía ocurrir dársela en vasco. Y si el azar, siempre veleidoso, hizo que quien le pidiera la hora fuera un vasco y, además, la exigiera en euskara, no se explica que un académico de la lengua vasca lo dejara sin respuesta, a no ser que el académico fuera un necio o, lo más probable, que ambas posibilidades se dieran la mano y la hora.

Tampoco es el único cretino que desbarra ni el único pretexto para condenar el euskara al ostracismo. “Con el euskara no vas a ninguna parte” he oído decir a más de uno. Y no es verdad. Los españoles, que yo sepa, no hablaban quechua, aimara, maya o guaraní y ello no fue obstáculo para que fueran a América. Tampoco hablaban tagalo ni cebuano y ello no impidió que se metieran en Filipinas, ni el desconocimiento del árabe los desanimó para desembarcar en el norte de África, como no evitó que ignorasen el euskara para ocupar Euskalherria. Los ingleses desconocían el hindú, el chino, el papuano, y no por ello dejaron de escrutar todos los rincones del mundo.

Claro que, los vascos nunca hemos demostrado especial interés en transformar nuestro país en un sacro imperio en el que nunca se pusiera el sol o en hacer de nuestra identidad una unidad de destino en lo universal. En nuestra aldeana e incorregible vocación, seguimos conformándonos con hablar euskara en nuestras casas, en nuestros pueblos, entre nosotros, con nuestros vecinos, con nuestros hijos e hijas, en vivir en euskara, y el único destino que se nos conoce, al único lugar al que pretendemos ir con el euskara, es al futuro, a ese infalible futuro que ha de sabernos libres y euskaldunes.

Por ello y porque el 3 de diciembre se celebra, precisamente, el Día del Euskara, es que quiero aprovechar la ocasión para agradecer los esfuerzos que se vienen haciendo desde AEK  en favor del euskara. Y muy especialmente, a su sede de Azkoitia, a Oihana eta Maite, nere andereñoak, por la dedicación y la paciencia que tienen conmigo, por más que sepan que nunca voy a pasar por la Lehendakaritza,  ni a negarle la hora a un alcobendense sea en erdera o en euskara.

 

Ni culpa ni vergüenza

Nada nubla tanto la razón ni desata la ira con mayor violencia que la impunidad.

Y, especialmente, cuando a salvo de tribunales y sentencias, quienes  sostuvieron la que todavía aplauden y bendicen como plácida existencia en que resumen cuarenta mal contados años de terror, de ejecuciones, de cárcel y de exilio, de ignominia, de saqueo y miseria, en lugar de acogerse, discretamente, al beneficio del silencio, de recurrir a la indulgencia de un prudente retiro y desaparecer, sin hacer ruido, donde nadie los advierta, ufanos exhiben sus viles desvergüenzas como si no hubiera memoria de sus actos y nombres.

Burla cruel, otra más, de quienes no conformes con acanallarse sin culpa, con pecar sin penitencia, con delinquir sin castigo y matar sin redención, orondos exhiben en todas las tribunas su impune condición.

Pero porque siempre, donde hubo vida, queda la memoria, tanto más cuando la vida se ha ejercido con respeto y dignidad, esa mendaz y plácida existencia con la que algunos insisten en negar su crimen, nos sigue revelando a cada rato en comunes fosas y perdidas cunetas los restos enterrados de su infamia, de su funesta historia.

Algunos dicen que los muertos fueron un millón, aunque persista el afán de la memoria por seguir desempolvando cráneos, contando huesos e indagando sus extraviados nombres, pero ¿quién es capaz de enumerar los vivos? ¿Quién nos va a compensar las telarañas, las escaleras a oscuras, los agujeros, los otros versos de detrás de los permisos, el centinela debajo del sombrero? ¿A cuántos muertos asciende el número de vivos?

El canon de Pachelbel

Tres siglos después de que el barroco músico alemán llevara al pentagrama la más bella memoria que sobre la paz se haya compuesto, el canon de Pachelbel, en su divina virtud,  sigue siendo un baluarte inexpugnable donde ponerse a salvo de alborotos.

El canon de Pachelbel todo lo calla, reduciendo al silencio el cotidiano oprobio del miserable ruido. Cuando sus cuerdas te rescatan del cerco que el estrépito impone al día que amanece, cesan las voces, los gritos del vecino, los golpes en la puerta, los llantos del bebé que aún no ha dormido, enmudecen los timbres y las lavadoras, amainan sus fragores las persianas al alza y pasan inadvertidos por la calle los urbanos estruendos que aturden los sentidos.

El canon de Pachelbel todo lo calla, remitiendo al olvido en la cocina el humeante zumbido de la cafetera y la insistente bulla de la olla. Basta que sus violines y sus bajos comiencen a sonar para que, de inmediato, la feliz armonía de sus mágicas notas silencien motores y bocinas,  clausuren las mentidas noticias de las nueve, aplacen las llamadas  y dejen sin efecto los avisos, para que ni siquiera los relojes interrumpan la paz.

El canon de Pachelbel todo lo calla… bueno, el canon de Pachelbel y los auriculares que tengo puestos. Supongo que a ello se ha debido el que vinieran los vecinos a tocarme la puerta, dado que yo no respondía al teléfono, y a pedirme que bajara la música, que todavía era muy temprano, que mi bebé seguía llorando, que algo se debía estar quemando en mi cocina… y que el canon de Pachelbel no les dejaba escuchar su ruido.

 

Día Internacional del Retrete

Quién iba a decirme a mi, tan descreído en aniversarios y conmemoraciones, que iba a encontrar, por fin, un feliz día internacional que valiera el agasajo.

De hecho, cada vez estoy más convencido de que esos días que, supuestamente, se han designado en el año en interés de que la memoria recupere algún imperdonable olvido, sólo sirven para todo lo contrario, para que la amnesia colectiva vuelva a enterrar la fecha  festejada debajo de un pesado calendario y, peor todavía, en atención al día señalado, acabemos pensando que guardamos memoria de un grano de arena.

Ni el día del padre, de la madre o el de la secretaria, me han merecido nunca respeto alguno, desnaturalizados hasta la náusea si  viniera empacada y pudiera etiquetarse.

Y la asignación de los últimos días que quedaban en el calendario, como el día del arbusto o del ornitorrinco, tampoco han conseguido interesarme, al margen del respeto que me merecen los animalitos y los vegetales que estén de cumpleaños.

Lo que de verdad me ha emocionado, y en lo que constituye un merecidísimo reconocimiento al más sublime y humano de los espacios, es ese Día Internacional del Retrete que el mundo se dispone a celebrar tal y como usted debe estar imaginando. Hasta es posible que se programen jubilosas manifestaciones al respecto para todos los gustos y posturas, festejos colectivos, desahogos grupales a través de las redes sociales que para algo es que deben servir, porque nada nos globaliza con más rigor y hondura que esos restos mortales que los días nos desprenden.

Ni siquiera la sospecha de que se vendan en el mundo algunos miles de inodoros y escobillas más que en cualquier otro día, mercurial contrapartida de la fecha, puede objetarse a tan sentido homenaje.

Tres veces al día, reconozco, le rindo pleitesía, no por sus haberes, que los tiene, sino por ser y haberlo sido siempre, ese único reducto amurallado, provisto de cerrojo, al que no llegan visitas indebidas; ese sagrado altar en el que entregarse a la lectura sin timbres ni llamadas que interrumpan.

Si no fuéramos hipócritas, tan esclavos de las dignas biografías que mentimos, reconoceríamos que en ningún otro trono hemos sido más propios y felices, sin un notario al lado que registre la cotidiana historia en la que estamos, ni magistrado que te censure el juicio, ni banco que gestione el desembolso; sin una cita previa, sin una firma debajo de un membrete, sin un reproche, sólo nosotros mismos y el retrete.

En él hemos soñado y descubierto los dos o tres pendejos enigmas de la vida, esos que son la esencia de todos los humanos afanes que nos traen y nos llevan de letrina en letrina, y en cuya concurrida soledad hemos urdido las historias que mejor sabemos y contamos.

Por todo ello, yo también me sumo al internacional aniversario y, como olvidé conmemorar el 12 de octubre, este próximo 19 de noviembre aunaré en un cálido y único homenaje los dos cumpleaños y, cumplido el expediente con gusto y con holgura, con copia a la corona, tiraré de la cadena y… hasta nunca.

 

La semana española

Casi cinco millones de parados por aquella inicial “desaceleración” de la economía que a los más pesimistas del patio hasta les deba por denunciar como “pasajera recesión”  y que sólo aceptaron llamar crisis cuando “ya lo peor ha pasado”.

Y ha pasado tantas veces desde entonces que, lo peor, ni siquiera se vislumbra en una sociedad aborregada, cautiva de una farsa electoral en la que a veces vota y en la que nunca elige, que todo lo ignora porque todo lo olvida, y que insiste en mirar para otro lado cuando, todos los días,  le llegan ramalazos del dispendio que en su nombre perpetran los gobiernos que nombra.

 

El lunes se despierta con el caso del millonario aeropuerto de Ciudad Real, una ciudad de apenas 75 mil habitantes que cuenta con una de las pistas más grandes de Europa y con el aeropuerto más caro del mundo. Alrededor de 700 millones de euros para dos vuelos a la semana de la compañía Ryanair y que, si despegan, es gracias a una subvención pública.

Muy cerca, en Levante, pierde aceite el Valencia Street Circuit, un costoso circuito de carreras para los Fórmula-1 y que, al margen de los millones extraviados, como si fuera una falla, sigue demandando más y más madera que quemar desde que Camps y Barberá abrieran el negocio

 

El martes se  levanta en las vías del más grande despilfarro que la impunidad consienta. Un tren de alta velocidad cuyo ruinoso precio se multiplica de estación en estación, que no va para ninguna parte y que, al igual que los demás faraónicos proyectos, no sólo se han hecho sin contar con la ciudadanía sino a pesar de ella, del sentido común y del medio ambiente. Millones de euros, entre los que se gastan y se embolsan,  que hasta nuestros nietos deberán seguir pagando.

 

El miércoles, noche de pesadilla,  los mismos actores retoman las noticias. Camps y Carlos Fabra inauguran el aeropuerto de Vilanova de Alcolea, en Castellón, y entran en competencia con el de Ciudad Real por ver cuál es más oneroso y grotesco. Pronto cumplirá un año desde que fuera inaugurado y, ya que no aviones que entren en servicio, se dispone a contratar “un servicio de halcones y hurones para eliminar la fauna”, otra fauna distinta a la que dirige un aeropuerto sin vuelos en el que el director percibe más de cien mil euros al año. Casi son 200 los millones entre los distraídos y los malversados.

 

El jueves, muy temprano, esta sociedad se encuentra con otro elefante blanco. A diferencia de algunos paquidermos, el Estadio Olímpico de Sevilla, sí ha sido inaugurado. Desde hace 12 años, cuando Sevilla iba a ganar la candidatura de los Juegos Olímpicos, el  coloso deportivo ha sido testigo de la beatificación de una monja, de un concierto de Madonna y de una asamblea de los testigos de Jehová, entre otros variopintos espectáculos. Al largo centenar de millones de euros que supuso la obra hay que agregar las pérdidas anuales por su mantenimiento.

¿Y qué decir del circuito de Los Arcos, en la Navarra foral y española? Más de 60 millones que deberemos seguir pagando hasta el 2024, para sostener un improcedente y ruinoso circuito de carreras de coches que por cada euro que ingresa consume cuatro según sus propias cuentas.

 

El viernes la sociedad se da por enterada de la existencia en la Caja de Ahorros de Navarra de una “Comisión Ejecutiva de la Junta de Entidades Fundadoras”, pomposa denominación con que fuera designado un organismo tan de suma importancia en el organigrama de la Caja que, un día más tarde de que fuera descubierto, fue dejado sin causa y sin efecto. Cuatro eméritos cargos del Reino de Navarra, los más ilustres, por cierto, apandillados en fundadora comisión y ejecutando sus habituales comisiones: 60 mil al año, más lo que se ignora y tiro porque me toca.

La presidenta del reino, la Barcina,  la más ilustre de las comisionadas, sale al paso de infundados rumores y pone las cosas en su sitio: “Hay que olvidar el pasado y mirar el futuro”.

Y a las cuentas y cuentos de la caja navarra, siguen las de la mediterránea, las cantábricas, las atlánticas, las de los cuatro puntos cardinales de una ruina de estado.

 

El sábado se descubre la laboriosa entrega de un funcionario extraordinario al que el periódico Insurgente. Org postulaba como plusmarquista nacional del trabajo. Por fin un funcionario entregado a la causa de la pública gestión que, en lugar de entretener el tedio fingiendo que resuelve crucigramas, trabaja lo indecible por mejorar las condiciones de su pueblo.

Se llama Agustín González y es alcalde de El Barco de Ávila y  presidente de la diputación de la misma ciudad. Pero también es presidente de la Caja de Ávila, en la que preside el consejo de administración y la comisión ejecutiva, así como preside la comisión de retribuciones que decide los salarios y la comisión de obra social que determina los proyectos. Es, igualmente, presidente de ASIDER, la asociación que gestiona la zona de los fondos europeos. Y por si no bastara tanto empeño, también es presidente de la mancomunidad de servicios de Barco y Piedrahita y presidente de la fundación cultural Santa Teresa y, aún tiene tiempo de servir de consejero al Banco Financiero de Ahorros. Desgraciadamente, meses atrás, tuvo que desentenderse de la presidencia de la Federación de Cajas de Ahorro de Castilla y León, de la presidencia de Madrigal Participaciones y del Consejo de Administración del grupo de supermercados El Árbol que también presidía, porque no le alcanzaba el tiempo.

“No hay pan para tanto chorizo” recuerda la memoria. Tampoco días para tantos casos remitidos al limbo de la impunidad: Caso Gürtel, Caso Filesa, Caso Palau, Caso Matas, Caso Pretoria, Caso Malaya, Caso Naseiro, Caso Sofico, Caso Marbella…casos que van y vienen, pasan por los juzgados, entran y salen algunos pringados, y ejercen de padres de la patria los demás impunes, exhibiendo sus acrisoladas reputaciones e irreprochables conductas.

 

Pero llega el domingo, que todo lo compensa para esa sociedad que “quiere sumarse a la pelea por el cambio”,  y la España inmortal de mantilla y pandereta, del Jesulín y el Pocero, del Bigotes y la Esteva, del Pachuli y la Pantoja, de las duquesas del alba y de los reyes de copas, emerge alborozada de su leyenda negra, se ajusta la corbata y, entre las bicicletas de Ronaldo y la bendición del Papa, deposita en las urnas su esperanza que es, también, su condena: ¡Marchando otra semana!

 

 

 

Visita al Museo del Hogar

 

Bienvenidos al Museo del Hogar. Como probablemente algunos ya sepan, su existencia, y no me refiero al museo sino al hogar, es antiquísima, tanto como la vida humana. Y es que son dos conceptos que siempre han ido de la mano y sería inimaginable suponer a los seres humanos conviviendo al margen de un hogar. Claro que, así como hay muy diversas formas de ser humano, también de no serlo, hogares los hay, y los ha habido, de muy diversas clases. El que nos ocupa y que en los próximos minutos vamos a ir recorriendo para mejor conocer sus instalaciones, dependencias, utensilios, su historia en definitiva, durante muchos siglos fue el más común en Occidente aunque, en la actualidad, sea el único que necesita un museo.

Iniciaremos el recorrido por el Museo del Hogar en su puerta de entrada, en la que también concluiremos la visita, y que no siempre fue también la puerta de salida. Son incontables las personas que una vez dentro del hogar, fuese por miedo o por resignación, nunca llegaron a encontrarla. A otras les sobrevino la muerte, no siempre natural, en el interior de la vivienda. Como pueden advertir en la puerta, tanto su acceso como la huida de la casa dependía de una cerradura para la que, aún en el caso de que todos tuvieran llave, no todos tuvieron hora.

Síganme, por favor.

Nos encontramos ahora en la cocina, espacio en el que una de las personas que integraba el hogar, que acostumbraba a ser la misma, se ocupaba de comprar, almacenar y cocinar los alimentos, así como otras labores domésticas entre las que podrían resaltarse: limpiar, tender la ropa, retirarla y plancharla, recoger, barrer, fregar el suelo, volver a recoger, poner la lavadora, atender el teléfono, seguir recogiendo… y estar en la noche en  perfectas condiciones para sobrellevar el sexo.

A nuestra derecha podemos admirar una hermosa colección de instrumentos de cocina. Obsérvese con detenimiento como, a pesar del uso, algunos de los artefactos todavía conservan su brillo natural como consecuencia de la limpieza a que eran sometidos para no exponerse a insultos y recriminaciones, y no me refiero al utensilio sino a la operaria. Nótese, igualmente, además del hermoso diseño de los platos y  los bellos adornos florales que coronan la mesa, posiblemente, de un reciente aniversario, algunos restos de piel humana sobre el estropajo.

Situada cerca de la cocina se encontraba la llamada sala de estar, que ocasionalmente hacía las veces de comedor,  en la que puede apreciarse, en medio del armario adosado a la pared y como si presidiera la estancia, el objeto de mayor veneración y uso en el hogar: el televisor. Gracias a él se mantenían los hogares a salvo de la lectura y de otras consideradas entonces actividades perniciosas, y evitaban los miembros del hogar el riesgo de encontrarse e, incluso, dialogar, caso de que coincidieran en la sala. Se puede apreciar sobre la pequeña mesita situada entre el televisor y el sofá, el mando a distancia, un periódico y un cenicero, así como un par de chancletas de hombre junto al sofá.

Vamos a entrar ahora en uno de los aposentos más importantes del hogar: la alcoba. Justo en el medio podemos advertir una artística pieza llamada cama. Conocida también como lecho, la cama estaba dedicada a la procreación, el divertimento y el descanso por ese orden. La aparente suciedad de las sábanas se debe, realmente, a restos de sangre y lágrimas debido a que no siempre existía, al parecer, común acuerdo entre los miembros del hogar en lo que se refiere a las dos primeras funciones del mueble.

Junto a la cama, obsérvese el armario en el que se guardaba la ropa y otros útiles del vestuario. En sus correspondientes perchas podemos admirar dos elegantes trajes de noche, así llamados dado que su uso se correspondía con fiestas o salidas nocturnas, en general, muy poco frecuentes, razón por la que el vestido femenino casi parece nuevo, como si nunca se hubiera estrenado. Según otros expertos, sin embargo, las fiestas nocturnas sí llegaban a ser habituales lo que desmentiría el anterior juicio y explicaría, además, el evidente deterioro del traje masculino. Quisiera también llamar su atención sobre esos extraños artefactos, al pie del armario, destinados a calzar los pies. Semejante invención se atribuye a Roger Vivier, un empedernido misógino francés que dedicó parte de su dilatada existencia a idear un método de tortura contra las mujeres hasta dar, finalmente, con el más sutil y eficaz de todos: los tacones. Desde entonces, millones de mujeres se vieron condenadas por modas, circunstancias y vanidades propias a tener que desplazarse sobre estos dos artísticos zancos, sacrificando su movilidad y su salud para mayor regocijo de hombres que, como el propio Vivier, nunca tuvieron que ponérselos. El torturador francés, también considerado diseñador, no conforme con su invención, siguió investigando posibles variaciones, aportando al tacón, años más tarde, un diseño curvo que elevaba su altura y acentuaba el desnivel. Aunque hubo quienes celebraron los aportes de Roger Vivier y que, gracias a ellos, los tacones permitieran a las mujeres realzar sus atractivos contoneos y figuras, otras corrientes de opinión censuraron el hecho de que mujeres de todas las edades y culturas sufrieran inclementes dolores de espalda, padecieran roturas de huesos, desgarros musculares, lesiones renales y varices, así como que, por culpa de los tacones, las mujeres estuvieran inhabilitadas para llegar a tiempo a ninguna parte o poder subir y bajar solas las escaleras sin el auxilio del brazo de un gentil caballero. Si bien es cierto que en la historia del cine los tacones también han sido responsables de que todas las mujeres que huían de algún maníaco, asesino o delincuente acabaran cayendo al suelo al rompérseles un tacón, tanto infortunio, en cualquier caso, nunca tuvo mayor trascendencia ya que el varonil protagonista de la trama, siempre llegaba a tiempo de salvarlas de su proverbial torpeza.

Nos encontramos ahora frente a una ventana desde la que se atisbaba la vida a su paso por la calle. Las marcas que se aprecian a ambos lados del marco corresponden a uñas de mujer, posiblemente, desesperada.

La mecedora que tenemos delante constituye una de las piezas más importantes de este museo. Si observan detenidamente percibirán como la mecedora desarrollaba, todavía lo hace, un agradable vaivén, hacia delante y hacia atrás, que permitía la relajación de su ocupante, generalmente una mujer. Sus múltiples usos hacían de la mecedora uno de los muebles de mayor uso en el hogar. En ella se dormía y se amamantaba a los hijos, se esperaba al esposo, se contenía el llanto, se controlaban los impulsos, se resignaban los ánimos, se cosía la ropa, se penaban las culpas, se oía la radio, se envejecía y, especialmente, se disipaban las lágrimas y dudas que suscitara la ventana.

Sobre el tocador, coronado por un espejo desprovisto de cualquier magia, llamo su atención sobre algunas diversas joyas entre las cuales debe destacarse la pieza más importante de la colección: el anillo de desposada, vínculo de fidelidad y obediencia por el cual la mujer, siempre que guardara la oportuna discreción y recato, era autorizada ocasionalmente a asomarse a la ventana y saludar la vida, tras los cristales.

La habitación de los hijos, también hijas, que pudieran conformar el hogar, en contra de lo que ciertos rumores muy extendidos en aquellos tiempos sugerían, no estaba prohibida al padre ni por credo religioso ni por imperativo legal alguno. Cierto es que no era una habitación que frecuentara como lo prueba, precisamente, la fotografía del padre sobre la mesita de noche,  cuya razón de ser no era otra que recordar a los hijos el rostro de quien sólo conocían de espaldas pero, en cualquier caso, lo que estamos en condiciones de afirmar es que nunca le fue prohibido el acceso a una habitación que, a un tiempo, servía a sus hijos de descanso, juego y estudio. Sobre las razones que explicaran semejante conducta paterna hubo muy diversas investigaciones. Algunas determinaron que la inasistencia del hombre a esta habitación se debía al hecho de que no estuviese dotada de televisor. Otros situaron la causa en la falta de una nevera y hasta hubo quien situó en la ley antitabaco la razón por la que el padre casi pasara desapercibido por esta dependencia pero todas coincidieron en descartar la prohibición como causa.

A nuestra derecha tenemos el baño o servicio de la casa. Provisto de un inodoro, una bañera y un lavamanos, satisfacía las necesidades fisiológicas de sus usuarios siempre y cuando no estuviera ocupado y, de estarlo, desde que saliera el marido. Aunque existe la leyenda de que era la mujer quien más hacía uso de esta instalación, existe la creencia de que ello era debido al hecho de que también era la mujer la que más tiempo permanecía en la casa y de que era la única habitación provista de pistillo, lo que podía permitirle, una vez aislada en su interior, llorar sin testigos.

El pequeño armario del baño escondía, igualmente, un amplio arsenal de productos de belleza e higiene para la mujer,  que así fueran aceptados por ella o impuestos por el entorno, de su uso y resultados dependía su estima y el respeto del medio. Ungüentos milagrosos que aseguraban la conservación de rostros juveniles a mujeres maduras, cremas suavizantes capaces de erradicar ojeras y disimular arrugas, pastillas para adelgazar,  pomadas para depilarse sin dolor, tintes para transformar aspectos que nunca podían ser definitivos,  junto a los inevitables analgésicos que aliviaran sus tantos afanes.

Y bien, llegados a la puerta de este hogar damos por terminado nuestro recorrido por lo que años atrás fuera un hogar llamado humano. La dirección de este museo, a la vez que les agradece su visita, también quiere anunciarles el próximo y definitivo cierre de la presente exposición a causa del deterioro de la misma.

 

 

La memoria de Haizea

Los cuatro años de Haizea se habían cargado de reproches hacia su hermana Itxaso, dos años mayor, por no aceptar sus demandas y negarse a compartir la gloria con ella.

Itxaso respondía que la gloria era suya y que, además, ya se la había comido, como atestiguaban las dos patatas fritas que, inadvertidas, aún seguían en la bolsa.

Fue entonces que Haizea enarboló su amenaza: “Mañana no te dejaré mi vestido rojo”, y que Itxaso se encomendó a la amnesia: “Mañana… ya te habrás olvidado”.

Yo, más como testigo que como mediador, consternado, me limité a tomar nota. Itxaso ya lo sabe, ya ha descubierto que el olvido es un signo de los tiempos y que hasta las palabras que enunciamos eternas al cabo de las vueltas desmienten su memoria. Ya Itxaso sabe que el futuro pinta amnesia y que, gracias a ella, se transforma el ladrón en honesto, el canalla en benemérito, el pecador en santo y el mentiroso en historiador; que no hay robo, por más evidencias que lo delaten, que no sepa la amnesia convertir en honesto patrimonio; ni patraña, por más burda que resulte, que no vaya la amnesia a transformar en patria historia.

Por cada revés de amnesia se extravía una sonrisa, por cada golpe de olvido se pierde una palabra. Hemos ido dejando que el camino sirviera de pretexto para olvidar los pasos y que los pasos no se encontraran nunca, para acabar varados, meciendo los olvidos que habrán de sepultar nuestra memoria. ¿Será el obituario de los seres humanos la crónica de sus olvidos?

No es lo peor lo poco que aprendemos, más daño hace lo mucho que olvidamos. De que así sea se ocupan como nadie aquellos que administran la amnesia colectiva,  avezados gestores en las artes de seguir reproduciendo despistados y lerdos que teniendo memoria no la sepan usar, o en seguir multiplicando necios y distraídos que pudiendo emplearla carezcan de memoria. Entre unos y otros, además de paraguas y vergüenzas, se pierde la memoria y la cordura. Es por ello que asistimos a presidentes que decretan olvidos, a jueces que evacuan olvidos, a curas que bendicen olvidos, a periodistas que mienten olvidos… ¡Y si te llevas un olvido te regalamos otro! ¡Olvidos de oro, plata y bronce… campeonato de olvidos! ¡Olvidos matutinos, vespertinos, a la carta! ¡En onda corta y en frecuencia modulada! ¡Olvidos en directo y diferido! ¡Olvidos a color y en blanco y negro! ¡Olvidos con sabor a chocolate!

Y bien, que casi se me olvida, un día más tarde de que Haizea sellara su amenaza y de que Itxaso se confiara al olvido, Haizea recordaba afrenta y compromiso… pero Itxaso, tal vez por ser su hermana y porque Haizea lo sabe y tampoco lo olvida,  se puso su vestido rojo.