Dioses y satélites

Los dioses, desde inmemoriales tiempos, movidos por un aburrimiento que, también, supongo eterno, no encontraron más eficaz remedio contra tantos sopores y tedios que acechar desde el cielo las idas y venidas de los seres humanos por el mundo. De esa manera, argumentaban los dioses, se preservaba el libre albedrío de quienes, en cualquier caso, siempre habrían de ser responsables de sus actos.
Sin embargo, a pesar de sus inquisidoras miradas, nunca pudieron evitar que muchos descreídos hicieran de su capa un sayo y de la concupiscencia su mejor despendole.
Ni siquiera contribuyó a frenar tanto desbocado apetito la certeza de un postrero juicio que pusiera en su lugar a libertinos y castos.
Prueba del escaso éxito de tan divina labor es que, sin necesidad de ser omnipresente ni andar curioseando el proceder ajeno, cualquier mortal es hoy testigo de no pocas impías conductas que sonrojarían la pupila más perversa.
Tal vez a ello se deba que a los dioses, actualmente, les hayan nacido unos imprescindibles y valiosos aliados, llamados satélites, también omnipresentes, que desde el mismo cielo se dedican, con mayor eficacia que los dioses, a registrar nuestros más íntimos susurros y ademanes.
Dioses de carne y hueso urdidos que, en el empeño de seguir protegiendo nuestro libre albedrío, han decidido que nuestras conversaciones puedan ser grabadas, nuestras correspondencias abiertas, nuestros pasos vigilados, nuestros bienes contados, nuestras memorias corregidas, nuestras huellas registradas, nuestros rostros archivados y nuestras opiniones opinadas.

El Mundial de Fútbol también apesta

Pero la culpa no es de los árbitros como la mayoría de los medios se han apresurado a denunciar. Quien genera la pestilencia que envuelve al Mundial de Fútbol y al fútbol en general es la FIFA, esa Federación Internacional de Fútbol Asociado que rige los destinos del balón y que, desde hace demasiados años, entre otros graves desmanes que desvirtúan el que fuera el deporte más popular del mundo, (y uso el tiempo pasado no porque haya perdido popularidad sino porque cada vez se parece menos a un deporte) sigue cerrilmente empecinada en ignorar el uso de la imagen para ayudar al arbitraje y contribuir, en consecuencia, a la justicia de sus fallos.
Que un árbitro, sólo en un campo de juego de más de cien metros de largo y sesenta de ancho, rodeado de jugadores que, con frecuencia, le restan visión, atento siempre a lo que ocurre delante y a sus espaldas, y con la sola ayuda de dos jueces de banda sujetos a las mismos inconvenientes, no advierta que un balón bote dentro de una portería o que un jugador marque en fuera de juego, no será habitual pero si es comprensible.
Lo que resulta inadmisible es que disponiéndose de la tecnología capaz de aclarar si el balón botó dentro o fuera de la portería o el jugador estaba o no estaba en fuera de juego, entre otros casos, para ayudar al arbitraje, así sea en jugadas puntuales o en las competencias más importantes, la FIFA, siga negándose a contribuir con la justicia por la buena salud de ese deporte que dirige, preocupada, sobre todo, por la buena marcha del negocio que administra.
La desnaturalización del presente mundial comenzó antes de que en Sudáfrica echara a rodar el balón. Una selección, la francesa, que nunca debió estar por haber conseguido su clasificación por un gol, el logrado a última hora por los galos ante Irlanda y en el que se produjeron hasta tres irregularidades, no importa haberlo puesto de manifiesto las imágenes, pudo llegar a la fase final del mundial, sin que la FIFA respondiera a las lógicas demandas, para hacer el mayor ridículo de su historia. Irlanda lo disfrutó por televisión.
Ingleses y alemanes veían ayer, al igual que los miles de espectadores que asistieron al partido o los millones de aficionados que siguieron el juego por televisión, como la pelota botaba dentro de la portería alemana. Era el empate a dos y el comienzo de nuevo de un partido que, hasta entonces, había estado ganando Alemania. Sólo dos personas tenían prohibido verlo en pantalla gigante y hasta repetidamente: el árbitro y su juez de línea. El gol fue declarado inexistente. Horas más tarde se repetía la historia. Argentinos y mexicanos veían, al igual que miles de espectadores y millones de aficionados por televisión, como el primer gol de Argentina era conseguido en claro fuera de juego. Era el gol que rompía la igualada y que, además, sacó de quicio a México. Sólo dos personas, el árbitro y su asistente, seguían teniendo prohibido valerse de las imágenes para mejor hacer su labor: impartir justicia.
Y no han sido los únicos partidos en los que las imágenes han desmentido sus fallos. Tampoco el único mundial de fútbol, y lo cito por ser la competencia más importante en este deporte, en el que se han dado por buenos goles inexistentes o se han reenviado al limbo goles inobjetables.
Prácticamente en todas las disciplinas deportivas se han introducido los cambios que la tecnología audiovisual permite: el rugby estadounidense, el tenis, el baloncesto, el atletismo…
¿Por qué no en el fútbol? ¿Por qué ese empeño de la FIFA en recompensar errores tan groseros y tan fácilmente reparables? ¿Por qué esa obstinación de la FIFA en desalentar empeños y sacrificios de quienes constituyen el alma de este deporte, y hablo de los futbolistas? ¿Y es que no genera violencia en uno de los deportes que más la sufre, que pueda perpetrarse un atraco deportivo de semejante magnitud sin que su órgano rector haga nada por impedirlo y tanto por consentirlo?
Tampoco voy a molestarme en responder las objeciones, que las hay, a la imprescindible incorporación de la imagen al arbitraje de un partido de fútbol en cualquiera de las muchas formas en que puede hacerse, porque no hay una que resista el peso de una sola neurona. Cierto que, suele ocurrir, el mejor cerebro tampoco vale una chequera y la FIFA, si de algo sabe, es de eso.

¿Angeles o demonios homosexuales?

Esa es la pregunta que perturbaba al sacerdote dominicano Johnny Durán desde que, al parecer, se percató de la diabólica y homosexual mirada de los ángeles pintados en la iglesia Nuestra Señora del Carmen, en Jarabacoa, pueblo dominicano situado en plena cordillera central.
Hace doce años que el mural “Alegoría a la Virgen del Carmen” del artista dominicano Roberto Flores, decora el interior del templo católico, casi tantos años como el reconocimiento de su obra como patrimonio municipal.
Claro que no hay mural que dure cien años ni cura que lo resista, y el sacerdote católico, quien sabe si guiado por algún divino designio celestial o tras una ingesta de alcohólico elixir, dio en concluir como diabólicas y homosexuales las miradas de los ángeles pintados. No había más que verlos.
Eso bastó, además de su denuncia por no estar claro el sexo de los ángeles del mural, para que el ayuntamiento retirase, haciendo causa común con el padre Durán, la condición de patrimonio municipal a la obra, a la espera de retirar también la obra.
Según reconoce la propia iglesia católica los ángeles no tienen sexo, pero una cosa es su carácter asexuado y otra, bien diferente, puntualizó el padre Durán, que se conviertan en demonios homosexuales. Tal vez hasta en pederastas. Quien sabe si, incluso, en sodomitas.
El que sólo el sacerdote haya sido capaz de advertir tan diabólico travestismo en ángeles que habían venido acompañando los rezos de los feligreses tantos años, sólo es prueba de hasta qué punto son también inescrutables los designios de Satanás y hasta qué grado ha sido proverbial la agudeza del cura para descubrir tan maligno contubernio y la pronta e inusual eficiencia demostrada por el ayuntamiento.
Por si no tuviera la iglesia bastantes problemas con la existencia de no pocos de sus representantes envueltos en turbios asuntos de este mundo, también Belcebú conspira desde las sombras desvirtuando las seráficas imágenes de los más castos altares para transformarlos en íconos siniestros dedicados a pervertir la virtud.
Acaso, cualquier día, la conspiración de Lucifer se extienda por otros templos y ciudades dominicanas y hasta la catedral primada de América sufra algún maligno sortilegio.
Suerte que si el padre Durán custodia en Jarabacoa, su eminencia reverendísima hace lo propio en Santo Domingo, y desde que advierta que la tabla de la Virgen de la Altagracia. también registra en sus inmaculadas pupilas signos pecaminosos, en divino exorcismo, hará tronar su santa ira hasta que Mefistófeles se bata en retirada, que en la casa de Dios y del cardenal, no hay competencia. .

La bala de fogueo

En Estados Unidos, y con independencia de lo que representa la legalización del asesinato, hay varios aspectos, en verdad repugnantes, en relación a la hipócrita moral que rige la ejecución de un condenado a muerte. El fusilamiento recientemente de Ronnie Gardner en Utah, ha vuelto a ponerlos de manifiesto.
La posibilidad de que el condenado pueda votar por el tipo de muerte en que la justicia se cobrará venganza es el primer apunte de hasta qué grado el cinismo define a esa sociedad. Cierto que nadie vota más que los estadounidenses, acostumbrados desde niños a votar por todo, por el MVP de cualquier liga deportiva, por el mejor actor, por la miss más sensual, por la resurrección de Elvis… pero cierto es, también, que nadie elige menos que ellos, habituados desde adultos a no elegir nada, ni siquiera a sus presidentes, clonadas copias, matices de color al margen, de un mismo y omnipresente poder que no pasa por las urnas.
A Ronnie Gardner le dieron a elegir entre la inyección letal o el fusilamiento y, como buen estadounidense, Ronnie votó.
También le dieron la oportunidad de elegir la última cena que se le serviría. Condenados a muerte ha habido a quienes, segundos antes de ser asesinados, se les negó un último deseado cigarrillo por estar prohibido fumar en la cárcel ya que el tabaco afecta la salud, y nadie, como Estados Unidos, se preocupa tanto por la salud y tan poco por la vida. En el caso de Gardner no hubo necesidad de proteger su salud más allá de la perversa nicotina, dado que no fumaba. Sí lo resguardaron del alcohol que se le prohibió. Se conformó con una soda, un filete, langosta y pastel de manzana.
Tal vez, como tantos otros presos condenados a muerte, puesto a hacer realidad un último deseo, antes que elegir un menú, hubiera preferido un juicio justo, un buen abogado, una revisión del caso… pero ninguno de estos supuestos suelen ser considerados.
Miles de personas han sido ejecutadas en Estados Unidos mediante inyecciones letales, la silla eléctrica o el fusilamiento. En la mayoría de los casos, negros o hispanos pobres condenados a muerte por delitos que si hubieran sido blancos y ricos hubieran merecido un buen abogado y una mejor sentencia.
Karla Fayer, por ejemplo, fue ejecutada a pesar del clamor del mundo, incluyendo Pablo VI, porque se le respetara la vida luego de 15 años esperando la ejecución. En Estados Unidos han sido asesinados con licencia hombres de 40 años que fueron sentenciados sin cumplir los 18 y jóvenes con probado retraso mental. Nada ha importado, ni la condición de los presos condenados, ni los pedidos de clemencia, ni la rectificación de sus conductas, ni las sombras que en tantos casos acompañaron los fallos de los jurados, ni la minoría de edad de los ejecutados, ni su salud mental… nada.
En muchos casos, las pruebas de la inocencia, tantos años reclamada, llegaron a tiempo de restaurar el buen nombre del condenado a muerte pero no su cadáver.
Para quienes esperan en el llamado corredor de la muerte ni siquiera es posible un acto de piedad, ya que no de justicia, que sí se tiene para indultar todos los años un pavo con motivo del “thanksgiving day”. El propio presidente estadounidense goza del privilegio de salvar la vida del afortunado pavo que, aunque no se le permita elegir, termina su apacible vida en un zoológico.
Antes de proceder con la venganza, a Gardner, como es habitual, también se le permitió decir unas últimas palabras. No quiso decir nada.
Pero si algún aspecto retrata la hipocresía moral que envuelve el asesinato de un preso a manos de un Estado que lo ha reducido a la impotencia y para el que ya no representa peligro alguno, ese es la bala de fogueo que en el arma de uno de los ejecutores permitirá a todos sentirse inocentes del crimen cometido.
Cinco policías voluntarios que cualquier día serán sustituidos por familiares de las víctimas del reo o verán sus plazas subastadas al mejor postor, armados de fusiles y a apenas siete metros para no errar el tiro en la diana colocada sobre el corazón del condenado, disparan a la vez. Una de las cinco balas, sin embargo, es de fogueo. Ninguno de los tiradores sabrá si ha sido él quien limitó la ejecución al ruido.
Cualquier día, práctica semejante se implementará también en los bombardeos de la fuerza aérea estadounidense para que el piloto, por si acaso tiene dudas sobre la misión humanitaria encomendada o cargos de conciencia al respecto, pueda hallar consuelo en la confianza de que, tal vez, sus bombas eran de fogueo y fueron las otras, las de sus uniformados cómplices, las que allá abajo sembraron el terror

La lengua de Sarkozy

Las declaraciones del presidente francés Nicolás Sarkozy con motivo de alargar dos años más a los trabajadores franceses su derecho a jubilarse: “si se vive más, pues se trabaja más”, me han traído a la memoria aquella escena de la película “Novecento” de Bernardo Bertolucci en la que un terrateniente italiano se acercaba a sus jornaleros a informarles que, lamentablemente, por culpa de las tormentas y las sequías,  no iba a pagarles lo convenido. Como la buena nueva no parecía suscitar el natural entusiasmo entre los silenciosos campesinos, el terrateniente reiteraba la explicación a voz en grito en el temor de que  se hubieran quedado sordos. Al no obtener mejores resultados, fuera de sí, viendo que se le negaban los aplausos en solidaridad con sus desgracias, gritaba desaforado su indignación al atajo de sordos que tenía delante. ¿De qué podían servirles las orejas si no le oían?

Sólo un sudoroso jornalero se dio por enterado, tomó de su cintura la afilada hoz y, de un  tajo, sin que mediara la ira, un grito o una duda, ofreció en su mano tendida la ensangrentada oreja al terrateniente.

Entonces yo no sabía que se puede abofetear al poder sin tocarle el rostro, que se puede decir la última palabra sin abrir la boca. Hoy, por un momento, yo también he sentido deseos de desprender de un tajo esa vida de más que ahora podemos trabajar y ofrecérsela a Sarkozy.

Pero mejor, y que me perdone Bertolucci, en lugar de la oreja o de la vida, casi estoy por entregarle la hoz a Sarkozy en la esperanza de que su lengua  quede a la altura de sus zapatos.

Diario íntimo de Jack el Destripador/31

Y bien, es verdad que cuando llegué a su lado él estaba vivo, hasta de buen humor, grabando con su cámara detalles de una noche que amenazaba tornarse más oscura; es verdad que, minutos más tarde, al alejarme, estaba a punto de expirar; es verdad que, obviamente, alguien tuvo que destriparlo, que yo sigo siendo conocido por el sobrenombre de “El Destripador” y que, aparentemente, el difunto pronunció mi nombre antes de su último estertor; es verdad que yo nunca me separo de mis filosos cuchillos, que en mi traje y mis zapatos había restos de sangre y que su ADN coincidía con el de la víctima…y ni siquiera voy a molestarme en negar que, efectivamente, su cámara, su cartera y algunas otras de sus pertenencias han aparecido entre mis bienes… pero pretender que a partir de esa serie de coincidencias, tan frecuentes como insustanciales, pueda derivarse, incluso, suponerse, mi responsabilidad en semejante crimen, es una infamia que no puedo y no voy a tolerar.

Soy consciente de que, arteros y mendaces, mis enemigos buscan empañar mi reputación,  cuestionar con su habitual maledicencia mi ejemplar e inmaculada trayectoria, pero así se sumen a esa insidiosa campaña de descrédito internacional ciertos organismos e instituciones en el común afán de calumniar mi fama y mi buen nombre, sepan que no podrán conmigo.

En el colmo de la desvergüenza, como si no les bastara mi palabra o pudieran los hechos motivar alguna duda, hasta han llegado a exigir una investigación del incidente.

Pues bien, que sea, que no voy a ser yo quien la rechace. Muy al contrario, yo mismo voy a constituir una comisión conformada por mi propia persona pero que contará con mi propia asesoría,  para dar curso de inmediato a una profunda investigación por mi mismo dirigida y ejecutada, y que con independencia de las conclusiones a las que llegue, me comprometo, personalmente,  a hacérselas saber porque yo mismo asumiré las mismas.

Y si alguien no me cree lo suficientemente ecuánime como para investigar, con la objetividad que me caracteriza, el incidente al que se me vincula, de más está decir hasta qué punto estados como el israelí han demostrado su pericia y equidad para investigar sus propias matanzas y evacuar cargos y culpas.

En cualquier caso, lamento que aquel infeliz cuya muerte pretenden achacarme y que yo mismo me propongo investigar, no tuviera empacho en llevar su provocación hasta el suicidio, pero tengo derecho a protegerme y licencia para destripar en defensa propia.

Entre el mundial de fútbol y la vida

El juego es una de las actividades que, desde niños, más nos ayuda a entender la necesidad de establecer y respetar normas. De hecho, todo juego colectivo, la mayoría lo son, perdería su esencia si no estuviera sujeto a reglas y si los jugadores no las respetáramos.

Así sean juegos de mesa o de calle, no importa que sean conocidos o los improvisemos, para dar inicio al juego el primer paso consiste en establecer y aceptar las pautas por las que debe regirse. Obviamente, esas reglas tienen que ser las mismas para todos. Nadie aceptaría jugando al parchís que uno de los jugadores, dependiendo de lo que le convenga,  cuente de más o de menos, o  que pretenda tirar dos veces el dado en atención, por ejemplo, a que es el dueño del tablero.    

El fútbol, uno de los deportes en los que más pesa el factor colectivo, también está sujeto a reglas. Cuando niños, antes de dar inicio al partido en la calle o en la escuela, los dos jugadores más cotizados se encargaban, tras  escrupuloso sorteo, de ir eligiendo alternativamente a los componentes de los dos equipos hasta que en igualdad de condiciones comenzaba a rodar la pelota.

Como niños exigíamos que el juego dispusiera de normas, y hasta en nuestro modesto partido de fútbol, a pesar de no disponer de árbitro que decidiera qué era y no era falta, discusiones al margen, el juego transcurría sujeto al respeto que debíamos a esas reglas establecidas y que buscaban la mayor equidad posible.

Nadie hubiera consentido que una de las porterías fuera más grande que la otra o que un equipo contara con más jugadores que el rival. Si alguien hubiera pretendido entonces jugar al fútbol en esas condiciones, sin normas generales de común y obligado cumplimiento,  no habría habido juego.

Curiosamente, lo que como niños nos resultara inaceptable, lo que como niños nunca permitíamos, como adultos, más tarde, hemos ido olvidando o disculpando, y ya no sólo en relación al juego.

¿Se imaginan, por ejemplo, que el equipo palestino en un mundial de fútbol le marcara un gol inobjetable a Israel y el gol no subiera al marcador porque un hipotético Consejo de Seguridad del Arbitraje lo vetara? ¿Imaginan que en cada partido, anexo al campo, tuviéramos sentados a los 5 representantes del Consejo de Seguridad del Arbitraje con derecho a vetar cualquier resolución que terminara en gol si éste les afectara?

Ningún niño aceptaría jugar un partido en esas condiciones.

De más está recordar cuantos millones de adultos ciudadanos en absoluto cuestionan que el organismo que en Naciones Unidas se ocupa de mantener “la paz y la seguridad de los países” compuesto por cinco naciones permanentes: Estados Unidos, Francia, Reino Unido, China y Rusia, pueda usar el veto en contra, incluso, del sentir general de la humanidad. No hay más que repasar las últimas votaciones de ese organismo con respecto al bloqueo a Cuba. En patética demostración de hasta qué punto derecho y justicia se han hecho adultas, Estados Unidos, Israel y las islas Marshall pesan más que el resto de las naciones del planeta.

¿Alguien concebiría que en un partido de fútbol una decisión arbitral quedara sin castigo? ¿Es posible imaginar un partido en el que el árbitro le sacara la tarjeta roja a un jugador y éste, haciendo caso omiso de la decisión arbitral, siguiera jugando como si nada y hasta reiterando las faltas por las que fuera expulsado?

Ningún niño aceptaría, dado el caso, que el partido pudiera continuar mientras no saliera del terreno de juego el sancionado.

Tampoco hace falta recordar cuantos estados han preferido mirar para otro lado ante el centenar de resoluciones y condenas que Israel acumula en su larga trayectoria al margen de la ley y el derecho.

¿Es admisible figurarse un partido de fútbol en el que un equipo, a diferencia de los demás, no esté sujeto a ser penalizado por el árbitro? ¿Es imaginable suponer que en un mundial, los jugadores de los Estados Unidos gozaran del privilegio de no ser sancionados con tarjetas amarillas o rojas no importa cuantas piernas y cabezas rompieran?

Ningún niño toleraría semejante desacato. Sin embargo, eso que llaman comunidad internacional acepta que ningún militar estadounidense pueda ser traducido por crímenes de guerra ante una Corte Penal Internacional que sí puede juzgar serbios, africanos o jugadores de equipos del tercer mundo, pero no de los Estados Unidos.

Tampoco es comprensible para la lógica de un niño que el entrenador del equipo contrario sancione o elimine a su rival en el entendido de que sus jugadores se aprestan a dar patadas,  o de que dispongan de un masivo arsenal de artimañas para causar estragos antideportivos en los jugadores contrarios. En primer lugar porque ese entrenador no tendría autoridad para hacerlo, y en segundo lugar porque mientras no se produjera la falta no cabría la sanción. Resultaría inadmisible que en un mundial de fútbol, un árbitro castigara a un equipo con un penalti preventivo o les señalara faltas de rutina.

La dialéctica adulta sí concibe tales dislates. Por ello es que sobre Iraq, Afganistán y otros países ocupados, sometidos a guerras preventivas, se llevan a cabo bombardeos de rutina o se invaden pretextando armas inexistentes. Por ello es que resultan más peligrosas las armas nucleares que Irán no tiene que los arsenales nucleares de los que Israel dispone.

Impensable sería que en un mundial de fútbol fuese el entrenador de un equipo el que, por propia decisión, se ocupara de realizar los exámenes antidoping a los jugadores de los equipos contrarios, extendiendo certificaciones según su parecer, y hasta sancionando

a conveniencia supuestos positivos.

Pero otra vez semejante desatino traspasa las fronteras del juego para hacerse mayor. Así es que Estados Unidos, el país que más drogas consume y demanda, y en donde, al parecer, nunca ha existido un solo cartel del narcotráfico, se atribuye el derecho de homologar qué países cumplen sus disposiciones al respecto y cuales, Panamá por ejemplo, pueden ser bombardeados e invadidos. El que en plena era de Ronald Reagan  y Oliver North, Estados Unidos traficara con cocaína y con armas, a espaldas de su propio Congreso, para asfixiar la revolución popular sandinista, todavía espera su imposible sanción.

Figurarse que en un mundial de fútbol ciertas selecciones que ganado su derecho a participar no puedan hacerlo por no haber la Federación Internacional validado su propia acreditación, también parecería inconcebible. En el peor de los casos, esa federación ya habría sido destituida  por inoperante, por inepta o por ambas razones. Se le habría acusado de atentar contra el espíritu olímpico y habría sido disuelta de inmediato.

Pero lo que en el juego parece evidente en la vida no lo es. Países como Palestina o la República Árabe Saharaui tienen largas decenas de años esperando el permiso para saltar al campo y  Naciones Unidas todavía les sigue reclamando más tiempo y más paciencia.

Y ello para no hablar de la posibilidad de que ciertos equipos fueran bloqueados, confinados dentro de su área, impedidos de salir de ella, de elegir sus propios capitanes, de poder hacer cambios; o de que se autorizara para algunos jugadores la sanción de la bolsa en la cabeza o la picana; o de que pudieran desaparecerse jugadores contarios o disparar impunemente contra los aficionados que desde las gradas animen a los equipos del eje del mal.

El campeonato del mundo de fútbol es, sin duda, un buen escenario para entender hasta qué punto la vida carece de normas, de reglas básicas que no desvirtúen los resultados.

Pero frente a aquella indignación infantil que no habría tolerado el irrespeto, se impone la madura indiferencia de quienes aceptan que podamos jugar con normas pero vivir sin ellas.