Cronología para el futuro

-Siglo XVI.- María Lejars publica “La igualdad de los hombres y las mujeres”.

-1789.- Decenas de miles de mujeres, al grito de “libertad, igualdad, fraternidad” marchan por París exigiendo el derecho de las mujeres a votar.
-1791.- Olimpia de Gouges, redacta y presenta ante la Asamblea Nacional francesa una declaración que postula la dignidad de las mujeres y el reconocimiento de sus derechos y libertades. A Olimpia de Gouges el intento le cuesta la vida en la guillotina. A sus compañeras les vale ser recluidas en hospicios para enfermas mentales.
-1792.- La inglesa Mary Wollstoncraft publica “Reivindicación de los derechos de la mujer” insistiendo en que la mujer no sólo existe para el placer del hombre y en que debe recibir el mismo trato en educación, derechos políticos y laborales.
-1866.- El primer congreso de la Asociación Internacional de Trabajadores aprueba la resolución relativa al trabajo profesional de una mujer desafiando la tradición de que el lugar de las mujeres es el hogar.
-1889.- La dirigente alemana Clara Zetkin defiende el derecho de la mujer al trabajo y su plena participación social, durante el congreso fundador de la II Internacional Socialista.
-1908.- En Nueva York más de 130 mujeres mueren luego de que, por orden de los patronos, “desconocidos” incendiaran la fábrica textil en la que se habían encerrado en reclamo de iguales derechos laborales que los hombres.
-1952.- Naciones Unidas instituye el 8 de marzo como Día internacional de la Mujer en recuerdo de las mujeres asesinadas en Nueva York en 1908.
-1979.- La Asamblea general de la ONU aprueba la “Convención sobre la eliminación de todas las formas de discriminación contra la mujer”, a la que se adhieren un largo centenar de países.
-1981.- Se celebra en Bogotá el Primer Encuentro Feminista Latinoamericano y del Caribe que elige el 25 de noviembre como fecha conmemorativa del Día Internacional de la No Violencia Contra la Mujer, en homenaje a las hermanas Mirabal, asesinadas en República Dominicana por esbirros trujillistas.
2014.Todos los días, en cualquier país, a cualquier hora, siguen siendo asesinadas mujeres por el delito de ser. Cuanto más es su empeño en tener vida propia más se empeña el macho en darle muerte ajena. Más que la carretera o el cáncer, a las mujeres las mata su condición. Ningún terrorismo es más mortífero que el que enluta la crónica diaria del mundo con mujeres a las que sólo su muerte convierte en noticia. Casi al mismo tiempo, en Turquía, el presidente Recep Erdogan asegura que la igualdad entre hombres y mujeres es contra natura; en el Estado español, AntonioReig Pla, obispo de Alcalá,  afirma que el feminismo ha infectado la sociedad y compara el aborto con el holocausto.

 

 
 

Nuestro progreso

No hay progreso que merezca tal nombre si no responde a la condición de procurar la felicidad de los seres humanos, si no sirve para conducir nuestras conductas y relaciones por caminos de respeto y dignidad.

Los tiempos que corren, sin embargo, son una patética demostración de que el progreso que disfrutamos no ha servido para transformarnos en personas más íntegras, más solidarias, más felices.

Muy al contrario, vivimos atrapados en el miedo, en un miedo que nos embosca de frente, descarnado y abierto, como se disfraza de cautela o se calza el respeto como excusa o la sensatez como pretexto. Y así aprendemos a callarnos para que otros hablen por nosotros, y resignamos la voz y la palabra para que puedan otros respirar con nuestro aliento.

Por eso cada día son más extremas las medidas de seguridad con las que nos aislamos; por ello la calle ha dejado de ser un lugar de encuentro para convertirse en un inevitable riesgo que hay que afrontar de la mejor manera; por ello multiplicamos candados, verjas y vigilantes.

Vivimos cautivos de nuestras supuestas libertades, presos de nuestras carencias, y esclavos de nuestros bienes, cada vez más solos y atrapados en el triste dispendio de una vida que nos ha ido dejando sin alas y sin sueños.

Corriendo siempre para llegar antes que el otro a ninguna parte. Sin tiempo ni espacios para vernos.

De tanto aparentar lo que no somos ya ni siquiera somos lo que aparentamos.

Gracias al progreso en que vivimos podemos matarnos antes y agonizar más tiempo.

Algún día, las ratas que nos sobrevivan, heredarán nuestro progreso.

Respuesta de Koldo a Jon Darpón, Consejero de Salud del Gobierno Vasco

Si sorprendido he quedado yo por merecer su respuesta, la misma que no ha tenido su gobierno para documentadas denuncias de profesionales de la salud, más sorprendidos andan en el hospital de Zumárraga médicos, enfermeras, auxiliares y personal de limpieza con su alegato a mi breve columna de Gara. Y es que saben, porque lo viven, que sí se están cerrando salas buscando recortar gastos, sobre todo, en la contratación de personal sanitario y de limpieza. Me consta la sorpresa de estos profesionales que, en algunos casos, hasta me atrevería a calificar de indignación, porque ahora mismo estoy ingresado de nuevo en el hospital de Zumárraga, hablo con ellos, y estas consideraciones las escribo desde la 119 de… Medicina Interna. No, tranquilícese, esta vez no me han ingresado en Tocoginecología.

Decía usted que en el hospital de Zumárraga ha habido y sigue habiendo 126 camas. Yo, que ni siquiera las he contado, no dudo de que esa suma sea correcta. Creo en su palabra. El problema consiste en que con independencia del número de camas, quirófanos y otros recursos con que cuente un hospital, si no se mantienen abiertos y operativos es como si no estuvieran, su existencia sólo es “administrativa”, algo así como virtual. Nada que ver con una realidad que afecta a muchos hospitales vascos y que se refleja en todo el sistema de salud. Al margen de esa insistencia con que las autoridades de Salud niegan las evidencias o los eufemismos con que disimulan sus intenciones (“optimización de recursos” es el  más perverso) hace años que se vienen recortando los valores del sistema de salud vasco para que proyectos tan ruinosos como el TAV u otros semejantes puedan seguir enajenando presupuestos y multiplicando comisiones. Los grandes damnificados, además de los pacientes, son los profesionales de Osakidetza, forzados a trabajar en peores condiciones, durante más horas y con más pacientes, y todo ello deprime el servicio de salud, lo descompone.

Para que vea lo crédulo que ando, además del número de camas también le creo lo de las inversiones que desarrolla su departamento y que no sé si tendrán que ver con las ambulancias traídas de Guadalajara, dotaciones incluidas, en una de las cuales me trasladaron a Zumárraga y cuyo dueño, confidencias de ambulancia, es un congresista o alto cargo del Partido Popular. Donde ya no se invierte porque está en manos privadas es en la calidad y coste que tiene para pacientes y familiares el negocio con las televisiones que se ha montado en exclusiva desde hace más de diez años la empresa ISERN en los hospitales de Euskadi. Televisores, los de Zumárraga, viejos y pequeños, casi diminutos, a un precio carísimo, colocados en lo más alto de la pared, casi en el techo, y cuyo uso, porque además es común, ocasiona a veces inconvenientes a los pacientes que no siempre se ponen de acuerdo en la sintonía y el volumen. En el hospital Donosti, la empresa tiene hasta 5 máquinas para que los pacientes puedan comprar tarjetas pero ninguna para que cuando te vas del hospital te devuelvan el dinero que te sobra. La empresa, eso sí, te hace saber que si tienes la suerte de volver a ingresar en el plazo de 2 años, puedes seguir usando la tarjeta. Casi dan ganas de romperse la cabeza para aprovechar los tres euros pendientes.

Siguiendo con su nota, señor Darpón, le acepto que en el periodo estival disminuye la demanda pero mi ingreso en tocoginecología fue a mediados de octubre, y a no ser que además de la hora también se hayan atrasado las estaciones, octubre ya es otoño. En cualquier caso no tiene porqué disculparse conmigo porque me ingresaran en Tocoginecología y Pediatría. Puesto a disculparse mejor sería que lo hiciera con ellas, con esas madres cuya atención pediátrica usted tanto valora, por quedar expuestas al contagio de infecciones respiratorias. A mí, francamente, me es indiferente donde se me ingrese, y en Tocoginecología estuve tan encantado como en Medicina Interna. Mientras no se me pegue por un error administrativo la paternidad de algún bebé de la planta, yo le disculpo lo que quiera.

Y a propósito de errores, usted también calificaba como un “inexcusable error” mi ingreso en tocoginecología. Y ahí ya no me salen las cuentas. Error hubiera sido que el médico en urgencias equivocara en la orden de ingreso el destino de la camilla, o que el celador se confundiera de planta. Tres minutos más tarde el error habría sido corregido sin llegar a consumarse. Lo habría advertido una enfermera, una auxiliar, la de la limpieza… o el celador se habría dado cuenta al encontrarse de frente con otra camilla transportando a una señora embarazada.

Si como usted dice fue un error mi ingreso, también debió serlo el de José Mari, mi compañero de habitación, un simpático azpeitiarra de 70 años del que me cuesta creer tuviera problemas menstruales. Y ya tenemos dos errores, y si los multiplicamos por cada día de ingreso de los dos pacientes hasta que ambos errores fueron dados de alta seis días más tarde sin que nadie los advirtiera o reparase en ellos, sumamos 6 para José Mari y otros 6 a mi cuenta… ¡12 errores! Y ocurre que en otra habitación próxima a la nuestra, o dos abuelos no lograban identificar las contracciones o no estaban en ello… y ya son: ¡24 errores!

Sabiendo, los dos lo sabemos, que los errores son muchos más y que vienen de atrás y que van para largo, mejor no seguir buscando errores. Luego de comprobar lo mal que se le dan las cuentas no voy a tener más remedio que contar yo las camas del hospital.

Y bien, no lo distraigo más. Sólo darle las gracias por sus deseos de que me recupere cuanto antes, deseos que conocí en mi casa a través de la prensa y que, casualidades de la vida, se los vengo a agradecer, por el mismo medio, ingresado de nuevo en el hospital. Pero ando bien, recuperándome y en un par de días espero estar de vuelta en casa y en el trabajo… a la espera de una sencilla operación de próstata (me apunto a todas) que ya tiene siete meses de espera y que por lo que parece tampoco será en diciembre. En enero cumpliré los nueve meses de esta prostática espera, lejos de esos tres meses de promedio que usted celebra para Euskadi, pero que si los comparo con los de Burkina Faso pues igual hasta encuentro motivos para alegrarme. Y la espera, la verdad, así sea dentro de un año la operación, ya no me preocupa lo más mínimo porque mi próstata ha superado 3 biopsias y 2 tactos rectales y sigue sin tumores y pequeña. Mi problema, sobre todo, era la sonda pero ya salió de mi vida. Cuando estuve ingresado en abril por un problema pulmonar, una retención de orina fue premiada con una sonda con la que compartir mi vida hasta que me operasen, y  no fue una buena noticia. A los cuatro meses de cargar sonda y bolsa, ya desesperado, entendí que había que devolverle la visibilidad a la bolsa escondida bajo el pantalón y sacarla a la luz, sí, hacerla transparente, y pintarla de colores y dibujarle flores y pajaritos, y buscar a otros pacientes en mi estado con sus correspondientes sondas en lista de espera, y hablar y organizarnos y salir a la calle con nuestras bolsas a la vista, en bandolera, por sombrero, e ir a los teatros, entrar en las iglesias y en las cafeterías, no perdernos ninguno de los actos públicos de Osakidetza donde su consejero de salud proclame que son 3 meses de espera los que en el País Vasco se acostumbra, y agitar nuestras bolsas al viento como bufandas de fútbol sobre las gradas.

Un amigo médico de Azkoitia intervino en el caso y ahí sigo yo, ya sin la bolsa, orinando a mi cuenta y a la espera de mi feliz resección transuretral. Pena de análisis preoperatorios y consulta con la anestesista del hospital, allá por julio, porque cuando venga a ser la operación tal vez ya hayamos caducado los tres. A seguir bien.

 

 

Gureak

Gureak nació como empresa con un “objetivo prioritario: la plena integración social de las personas con discapacidad a través de la inserción laboral”. En ese afán va a cumplir 40 años.

Todas las personas que trabajamos en Gureak tenemos algo en común: tener una discapacidad y que se nos haya reconocido. Y aclaro lo de la acreditación porque la mayoría de los “capacitados”, eso que algunos tienen por la gente “normal”, entre otras muchas carencias ni siquiera ejercen las neuronas que se les suponen. A ello se debe que estemos como estamos. Simplemente, son discapacitados a la espera de ser homologados. Bastaría una simple mirada al panorama político del Estado español para advertir cuantos discapacitados sinvergüenzas gobiernan nuestras vidas. Para nuestra fortuna, al no habérseles reconocido todavía sus manifiestas incapacidades, en lugar de trabajar en Gureak, son presidentes, congresistas, ministros, jueces, periodistas… Y sí,  es terrible padecerlos en el gobierno pero no quiero ni imaginar lo que sería aguantar a la Cospedal en el trabajo, todo el día a tu alrededor, y compartir mesa en el comedor de la empresa con Fátima Bañez y Ana Mato, y encontrarte a Marhuenda en la fila del café, y en el autobús de vuelta a Azkoitia acabar sentado al lado de Montoro.

De Gureak no puedo decir que como empresa pague buenos salarios. De hecho, ninguna empresa los paga, pero hay algo, sin embargo, que distingue a Gureak, que la hace especial, y ese algo es su personal, ese conjunto de personas afectadas por distintas discapacidades y que somos su mejor activo, su mayor capital.

Y a quien lo dude le propongo que elija, entre las tantas formas de darte unos buenos días, si prefiere intercambiar informes meteorológicos con su compañero de trabajo, a la posibilidad de que venga Joaquín, colgado de una sonrisa incombustible y eufórico te abrace y cuente que esa noche ha dormido con pijama y que mañana es viernes.

¿Verdad que se agradece la diferencia? Sólo en Gureak vas a encontrar a Ander, cantando por encima de sus gafas a las petacas de paso por su puesto en la línea; sólo en Gureak puede ocurrir que Xabier, aprovechando los minutos de descanso, se marche al pequeño monte próximo al taller, allá a donde no llega la sirena ordenando la vuelta, a buscarle flores a Amparitxu.

Joaquín, Ander, Xabier, Amparitxu… son la diferencia, la deben seguir siendo.

Osakidetza ayer, hoy y mañana

Hace tres años un problema con mis pulmones provocó mi ingreso en el hospital de Zumárraga. No era la primera vez y tampoco iba a ser la última. Tenía tres días hospitalizado en el área de neumología cuando supe de una vecina que acababa de parir y no se me ocurrió mejor idea que pasar por maternidad para felicitarla. Apenas había puesto un pie en esa área cuando dos enfermeras me salieron al paso para hacerme saber que estaba terminantemente prohibida la presencia en esa planta de pacientes en mi estado por el riesgo de contagios. Abochornado por mi ignorancia, pedí disculpas y regresé de inmediato a mi habitación. El resto de los días en que estuve ingresado no me atreví a salir ni a tomar café.

Hace apenas un mes regresé al hospital de Zumárraga por los mismos motivos y pulmones pero, para mi sorpresa, descubro que me han ingresado en ¡maternidad!

Las mismas enfermeras, por cierto, maravillosas, que me prohibieran una visita de un par de minutos tres años antes a esa área, cuidaron de mi estado durante los cinco días en que compartí planta con parturientas y recién nacidos. Tampoco eran mis pulmones  los únicos ingresados en maternidad. Según supe, media planta de neumología había sido cerrada para ahorrar recursos y reducir el personal.

Posiblemente, cuando un día de estos vuelva a ingresar,  además de la misma planta compartamos las mismas habitaciones, tal vez hasta las mismas camas, para que mientras ella celebra conmigo las flores por el parto que será, yo le ayude en el conteo de las dilataciones y las pujas. Y sí, es verdad que existe el riesgo de que un error acabe practicando una cesárea a mi enfisema y aparezcan neumococos en el cordón umbilical del bebé de la cama de al lado pero, afortunadamente, contamos con Jon Arpón, consejero de Salud, que sigue reiterando su propósito de “salvaguardar el sistema sanitario como público, universal y de calidad.”

 

 

 

 

Infancia que nos delata

Nos preocupa la infancia, esa que, cada día que pasa, es menos ingenua y soñadora y más parecida a nosotros mismos. Algo hay, sin embargo, de hipócrita virtud en nuestra inquietud porque esa infancia sólo es el reflejo de lo que nosotros somos, de la sociedad que hemos construido o a la que nos hemos adaptado. Una sociedad que nos enseña a simular, no a ser; que nos instruye para que acumulemos, no para que compartamos; que nos entrena para que compitamos, no para que participemos; que nos adiestra para el triunfo, no para la vida.

Quienes comenzaron poniéndose nuestros zapatos para jugar y terminaron calzándose nuestras ideas para vivir, son la mejor referencia de una familia, de una escuela y de una sociedad que en lugar de educar, adoctrina; que en vez de sugerir, ordena; y que, incapaz de corregir, castiga.

Por ello nuestro asombro cuando advertimos que los resultados de tanta incapacidad se vuelven contra nosotros y nos cuestionan su fracaso que es, sobre todo, el nuestro.

Por ello nuestro pesar cuando advertimos que las consecuencias de tanta severidad acaban por reprocharnos su soledad, que es también la propia.

Necesitaban cómplices para naufragar y nosotros, expertos en siniestros, nos prestamos a la labor de ahogarlos.

Es por ello que los educamos en el miedo y nos sobresalta su timidez; que los educamos en el desorden y nos alarma su dispersión; que los educamos en la desconfianza y nos sorprenden sus dudas; que los educamos en el engaño y nos asombran sus mentiras; que los educamos en la intolerancia y nos desconcierta su violencia.