“Que nadie escupa sangre”

Un brote de humanismo recorre el mundo. También Euskalherria. “No estamos dispuestos a consentir que tenga que morir gente para que los demás puedan seguir haciendo su vida como si nada pasara”.

Lo decía la presidenta navarra. Su colega en Euskadi insistía en los mismos humanistas conceptos: “que nadie quede atrás”.

Y yo que comparto tan hermosos principios, salté alborozado de mi silla para abrazarme al televisor. ¡Bravo! ¡Bravo! Zoragarria! ¡Viva Chivite! ¡Viva Urkullu!

Decía Eduardo Galeano que “en este mundo sin alma que se nos obliga a aceptar como único posible, no hay pueblos, sino mercados; no hay ciudadanos, sino consumidores; no hay naciones, sino empresas; no hay relaciones humanas, sino competencias mercantiles” y así fuese porque, de improviso, Urkullu y Chivite se habían vuelto comunistas o cristianos coherentes, brindé junto a ellos por el fin de las residencias de mayores en manos de buitres, por el fin del lucro inmobiliario, por el cierre de las putas incineradoras y vertederos, porque ni la educación ni la salud vuelvan a ser nunca un maldito negocio, porque dejen de morir de hambre todos los días en el mundo 25 mil seres humanos, para que, como decía aquella vieja canción de Atahualpa Yupanqui en sus preguntas a Dios, “nadie escupa sangre para que otros vivan mejor.”

(Preso politikoak aske)

Agradecimientos

A la infinita torpeza del Estado español inhabilitando el derecho del pueblo catalán a elegir sus presidentes habrá que agradecer que la independencia a la que aspira ese pueblo recobre fuerzas y sentido, volviendo a aunar voluntades por encima de sus diferencias, porque la independencia, también en el País Vasco, no solo es necesaria sino imprescindible.

A la prevaricadora arrogancia de las cloacas supremas y generales del poder judicial español habrá que agradecer que termine de caerse la venda de los ojos de quienes, hasta ahora, todavía creían que justicia es un principio moral que sirve para dar a cada quien lo que le corresponda y pertenezca.

A la delictiva ambición de la patronal y sus representantes españoles o vascos, Garamendi o Zubiaurre, habrá que agradecer la toma de conciencia de una clase trabajadora a la que se propone la resignación de sus condiciones de vida, la reducción de sus derechos y salarios y que, además, aplauda agradecida.

A la congénita estupidez y codicia de la monarquía y sus Voxbones habrá que agradecer el auge republicano, al igual que a las grandes letrinas de desinformación agradecemos nuestra pasión por encontrar espacios que no nos avergüencen y medios honestos y veraces.

Y a la madre naturaleza, cómo no, también habrá que agradecerle que nos siga proveyendo de piedras.

(Preso politikoak aske)

Realismo

La falta de personal sanitario se cubre con militares y como tampoco los centros sanitarios dan abasto se montan hospitales militares. Si no hay bomberos suficientes para apagar incendios o desinfectar instalaciones se traen más militares, y como tampoco hay suficientes rastreadores de contagios el Estado ofrece rastreadores militares, y que sean militares quienes hagan cumplir el confinamiento en zonas sujetas a restricciones. Cualquier día tenemos a la legión, cabra incluida, impartiendo educación en escuelas e institutos.

La pregunta que nos hacemos tantos ¿No será que lo que falta es personal sanitario, docente, rastreadores, bomberos, científicos… y sobran militares? Que algo tan sensato y racional como abolir el ejército nos parezca una locura es otra manera de demostrar lo perdidos que estamos.

Se nos habla del inquietante futuro que se nos viene encima y de la necesidad de ser realistas. Y habrá que serlo para poder elegir entre cuarteles o centros médicos, entre submarinos o guarderías, entre tractores o tanques, entre bombarderos o escuelas, entre respiradores o lanzallamas, entre batas blancas o uniformes de camuflage, entre libros o granadas, entre educadores u hombres rana, entre enfermeras o paracaidistas, entre construir la paz o exacerbar la guerra, entre irnos a la mierda o reinventar la vida.

(Preso politikoak aske)

Amor en alpargatas

Y sí, se puede amar discretamente, sin mármol en las venas, sin arreglos florales, ni padrinos, ni alardes, sin testosteronas estridencias y lunas de papel, sin campanas al viento ni grandes titulares, sin cuentos de hadas, sin tanta pasarela, sin tanto escaparate…

Aunque el look en oferta que propone el amor para un otoño inglés de color y estampados se empeñe en negar las evidencias, la verdad es que también se puede amar sin hacer ruido, al paso y al detalle, a capela también, así como de lejos, a solas y a la sombra, como si amar no fuera una carrera o una cadena al cuello y una veintena de quilates de anillo con un nombre grabado, un viejo álbum de poses y sombreros, o los aniversarios que logren escapar indemnes al polvo o al incendio.

Lo cierto es que hay amores de rebajas, de parada de bus y fila de ambulatorio, que siguen respirando en el cajón de abajo del armario, detrás de la memoria, amores sexagenarios que suenan a tambor de lavadora, que con que solo timbre su nombre se emocionan, amores comunes, ordinarios, tan anodinos como pinzas en el tendedero sin ropa de un balcón, tan imaginarios como ciertos, y es que también se puede amar sin aspavientos, de puntillas, entre el duphalac de la mañana y el diazepam de la noche, amor de pensionista, amor en alpargatas.

(Preso politikoak aske)

La violencia del Estado

Para el estado español hubiera sido tan fácil como cumplir la ley, su propia ley, y el preso vasco Igor González habría estado en libertad, en su pueblo, con su familia, después de haber cumplido más de las tres cuartas partes de una condena de veinte años por colaboración con ETA y haber salido como cualquier otro preso porque así lo establece la ley, pero no la divina, ni la del talión, ni la de la gravedad, no, la ley española, esa que se estira y se encoge a conveniencia, la misma que te la “afina” un ministro si fuera necesario o, como declarase otro honorable, “se construyen nuevas imputaciones”, que para eso también hay ministros expertos en mirar para otro lado y no da réditos electorales cumplir la ley con los presos vascos. De hecho, Igor González no estaba preso, estaba secuestrado. Ya debía haber salido en libertad pero, por encima de sus propias leyes, el mismo Estado que se lo impedía ni siquiera ha sido capaz de velar por su seguridad como era su obligación. No recuerdo quién dijo una vez que el grado de desarrollo de una sociedad se mide por la forma en que trata a sus presos pero cada dos días muere uno en las cárceles españolas. Y son veinte los presos vascos muertos en prisión. Aunque no figure en el código penal, ser vasco sigue siendo un delito dentro y fuera de la cárcel.

(Preso politikoak aske)