Korosagasti

Pronto se cumplirán cien años del suceso y, sin embargo, todavía perdura en la memoria de muchos habitantes del valle del Urola el llamado “crimen de Beizama”, brutal asesinato de dos mujeres, madre e hija, en el caserío Korosagasti que tenían arrendado.

Será, supongo, porque a la truculencia del hecho hubo que agregar la impunidad de la costumbre que, aunque hayan pasado tantos años, cuando el crimen no paga, como fue el caso, quedando la justicia en evidencia y con la Iglesia al quite para que no se desbocara la indignación popular, hasta las piedras terminan murmurando la historia confinada al silencio.

Cuando las oyó, Asier Sustaeta también quiso contarla y hace años que se entregó a ese afán documentándose, concibiendo la película, recabando apoyos, formando los equipos de trabajo para encarar un proyecto complicado como lo son todas las películas de época, hasta que, felizmente, “Korosagasti” vio la luz el pasado mes en Azpeitia.

Esperaba que iba a encontrarme con una buena película y me encontré con una joya. En primer lugar por las escrupulosidad con que Sustaeta se atiene a los hechos sin que por ello renuncie a su criterio (ningún narrador lo hace) dando voz a las piedras; y en segundo lugar por el afortunado concurso a la hora de plasmar su historia de todas las habilidades que hacen del cine un arte.

(Preso politikoak aske)

La mascarilla

Como una “aberración” consideraba ayer la consejera vasca de salud Nekane Murga el que se invite a personas que padecen insuficiencias respiratorias o patologías similares a no usar mascarilla “porque las consecuencias si contraen el Covid serían muy graves”.

Ignoro si la señora Murga lo desconoce pero es la propia ley la que recomienda e invita a personas con esas insuficiencias a no usar la mascarilla. Es la propia ley la que exime de su uso a personas como yo (enfisema pulmonar severo) por lo que la única “aberración” posible debe imputarse a la propia ley.

Y sí, estoy de acuerdo con ella, las consecuencias serían muy graves y por ello asumo tomar precauciones y cuidarme no solo de este virus, también de los demás. Pero esas precauciones las tomo para seguir viviendo, además de respirando. Aunque son dos verbos que pueden parecer sinónimos, no es lo mismo vivir que respirar. No se vive en los armarios.

También afirma la señora Murga que las personas con enfermedades respiratorias debemos aguantar las “molestias” que nos supone la mascarilla.

Molestias sufren las personas que no tienen problema respiratorio alguno y que deben usar mascarilla en todo momento. A los que no nos basta con abrir la boca para respirar, la mascarilla nos supone un problema mucho más jodido que una “molestia”.

Hasta hace unos días yo usaba la mascarilla en establecimientos cerrados y públicos, en parte por respeto a quienes la utilizan; también porque valoro positivamente su uso aplicado con menos mercurial rigidez; y en tercer lugar por lo insoportable que se me hacían ciertas miradas inquisidoras de ser sorprendido en la acera de enfrente y sin mascarilla, boqueando desesperado en busca de aire.

Mientras podías quitártela por la calle, yendo solo y guardando las distancias,que en un pueblo pueden ser hasta cien metros, el uso de la mascarilla era soportable. Ahora ya no lo es. Y como ni se trata de salir a la calle para pasarte el día tomando café por las terrazas ni estoy convencido de la conveniencia de volver a fumar para no tener que usar la mascarilla, he decidido autoconfinarme.

A mi no me hace falta que me metan en el armario como la ropa vieja, que esa es la política que sigue el gobierno de la señora Murga para los que llaman “mayores”, especialmente si estamos en residencias, porque creo que voy a entrar solo, sin que me empujen. El problema es que no puedo vivir con la mascarilla puesta. Cuando pongan un carril para mayores, salgo.

En ese afán por responder a todo y, como siempre, solos, el Gobierno Vasco y el Estado han pasado de considerar innecesarias las mascarillas que, por cierto, no había, a declararlas imprescindibles; de recomendarlas en espacios cerrados a exigirlas, como sugería el presidente aragonés, hasta en la propia casa y con los tuyos. Ahora deciden que deben ser diez (10) los invitados a la comida familiar y me pregunto ¿qué hacemos con la abuela si excede el número? ¿A quién dejamos fuera? ¿Es igual una casa urbana que una rural? ¿Por qué pueden ser 10 personas en una casa de 60 metros cuadradados y no 12 en otra de 200 metros? ¿No tendrá importancia el tamaño de la casa? ¿Van a volver a discutir en el Congreso si debemos estar a dos metros, a un metro o a medio? ¿Y ese afán por querer legislarlo todo?

No les censuro que se equivoquen tanto, que de un día para otro cambien las normas al albur de una última ocurrencia hasta el punto de que uno ya no sabe si es conveniente dormir con la mascarilla puesta o sustituirla por un burka y que, además, le echen la culpa al virus.

Lo que sí les critico es que después de tantos errores, indicaciones y contraindicaciones, cada vez que se les ocurre algo lo presenten como si fuera fruto de su divina clarividencia, con una absoluta certeza de que están en lo correcto, de que lo correcto no es discutible y, encima, se sorprendan del mosqueo de la gente. De una gente, por cierto, con la que nunca cuentan.

Lo que sí les critico es que después de haber reconsiderado, meses atrás, al calor del confinamiento general, la necesidad de políticas de cambio en materia de sanidad, de residencias de mayores, en esta casi tregua que ha sido junio y julio, no hayan hecho absolutamente nada, y ahora salga la señora Murga diciendo que los sanitarios se van de vacaciones. (Iba a decir que nadie se las merece más pero es que las vacaciones no son un mérito sino un derecho) ¿Y eso no lo sabía? ¿No hay reemplazos, no hay sustituciones?

Y como todos los veranos, ahora que ya no hay riesgo de segunda oleada, lógicamente, cerramos el 20% de las camas de Osakidetza y eso si que empieza a sonar “aberrante” ¿verdad, señora Murga?

En las residencias, otra vez confinados los mayores a la espera de que entre el virus 19 y el 20 haya un espacio para sacar la cabeza quien no la haya perdido en el armario.

Y viene la señora Tapia, otra consejera nacionalista vasca en el Gobierno Vasco, y pide a vascos y vascas que nos convirtamos en kirguís. También podría ser en congoleños. Y es que ganamos por encima de nuestras posibilidades y estamos muy mal acostumbrados. Garamendi (bendita sintonía) ya lo sugería hace muy poco cuando hablaba de buscar en Portugal mano de obra más dócil. Otro ilustre jefe de los empresarios, Díaz Ferrán, antes de ir a parar a la cárcel por ladrón, era más claro y preciso: “Hay que trabajar más y cobrar menos”. ¿Verdad que apesta? La mascarilla llegó para quedarse. Hasta para oír el informativo hay que ponérsela.

(Preso politikoak aske)

 

 

No es nada personal

Me es indiferente que el emérito rey matara a su hermano, pasara por encima de su padre camino del trono, y acabara siendo puesto en evidencia por su hijo en una borbónica trinidad de cuya pestilencia paso por prescripción médica, y porque el problema no es que el rey sea un villano o no lo sea, el problema es que es el rey.

Y me es indiferente si es el primero o el décimo; si se llama Fernando, Manolo o Valeriano, porque el problema sigue siendo que es el rey. Así fuera un ejemplar esposo y un amoroso padre, un hombre trabajador y honesto, virtuoso cristiano, persona recatada y sobria, muy sobria, de incontables habilidades y talentos; así fuera un feminista declarado y un rey comprometido con el medio ambiente, incluyendo los osos y los elefantes, el problema seguiría siendo que es el rey o, lo que es lo mismo, la monarquía. Y no hay forma de encajar la monarquía en el calendario del siglo XXI que no sea como disfraz de carnaval o corona navideña.

Yo no quiero ser súbdito de un espermatozoide, por más azul que sea, convertido en Jefe del Estado y símbolo de la sacra unidad de la patria, cuya impuesta autoridad se considera inviolable. Yo no quiero reyes, ni príncesas, ni infantas, ni nobles de cuna, ni cuentos de hadas, ni tronos de mugre. Me conformo con algo más común y también menos grotesco.

(Preso politikoak aske)

Distancias

Se debate en el Congreso a qué distancia se debe vivir, a qué distancia te miro a los ojos, a cuántos metros podemos abrazarnos. Unos proponen dos. Otros uno y medio. Secunda un tercero la moción a la vez que introduce la posibilidad de una desescalada centesimal del metro y medio al metro a razón de cinco centímetros diarios. Se abren los turnos de exabruptos. Una señoría propone de distancia un brazo o un codo en vez de un metro o medio metro. Otra señoría rechaza que sea el abdomen la marca de la distancia cuando podrían serlo las narices, alusión que no pasó desapercibida para quien había sugerido que la distancia la decidiera el cinturón de cada quien, no obstante saber que la mitad del hemiciclo no usaba cinturones. La mayoría usa correas pero nadie las propuso como medida. Se recrudecen los halagos. Sus señorías se aprestan a votar.

¿Y no es ridículo, entre otros cargos, debatir en el Congreso Nacional con esa precisión centesimal y sin atender más circunstancias, a qué distancia nos debe quedar el otro? ¿Hay alguna medida para el miedo, para la insensatez, para la prudencia? Y total para que, finalmente, la distancia la determine el sentido común y las compañías aéreas.

(Los miles de kilómetros de distancia en la que sigue la población vasca presa y sus familias la decide la venganza y la provocación) (Preso politikoak aske)

“Que nadie se quede atrás”

Seguimos confinados en las residencias de mayores. Hasta el 8 de junio no habrá visitas. Así lo han decidido Gobierno Vasco, Diputaciones y las empresas que gestionan el negocio de las residencias.

Y las visitas serán de una hora y de un solo pariente que deberá ser el mismo y en medio de unas ridículas medidas más propias de una cárcel. De salir nada. Si acaso en julio y a votar ¿verdad Urkullu?

¿Cómo explicarles que no pretendemos ir a la playa a coger sol y bañarnos, que tampoco estamos pensando en hacer un botellón, ni en ocupar las terrazas y acaparar sillas y rabas? ¿Es tan difícil entender que, tal vez, lo único a lo que aspiren los residentes es a que vengan sus familias para llevarlos a comer, a pasear, a compartir unas horas en casa de las hijas, a eso simplemente?

¿No están apelando a la responsabilidad ciudadana para rehabilitar los espacios sociales, las actividades? ¿Por qué no las residencias? ¿No son ciudadanos los residentes? ¿No podría apelarse a la responsabilidad de la familia para que puedan rescatar a sus parientes de la residencia así sea por unas horas?

Somos los residentes eso que llaman “población de riesgo”, por supuesto, con todo y lo relativo que es el riesgo, pero lo somos siempre, antes y después de cualquier pandemia, gripe, derrame… Y entre adoptar y extremar todas las precauciones posibles y que te tiren dentro de un armario como ropa vieja a esperar que todo pase, hay una dolorosa diferencia que los residentes apreciamos. Comparto la necesidad del confinamiento pero no como un recurso que manejar alegremente y extenderlo en el tiempo sin valorar las consecuencias. Y me parece oportuno recordar que la libertad de movimiento ya se ha restablecido a toda la ciudadanía, a todas las personas, incluyendo las ancianas que no están encerradas en las residencias.

¡Estamos vivos!

¿Cómo es eso que tanto les encanta repetir… eh, cómo es? ¡Ah si… “que nadie se quede atrás”.

¡Váyanse a la mierda!