Noticias que arden

Dos noticias que llegaron juntas, casi de la mano, con sus correspondientes imágenes, y que vinieron a coincidir en el tiempo, allá por mediados de septiembre del 2011. Las dos reflejaban entonces el mismo mundo que hoy nos sigue asqueando cuando asistimos impotentes a los asaltos que los bancos perpetran contra nuestras pobres y tristes cuentas y sin que nos quepa el recurso de percibir nuestras pensiones o salarios por otro medio que no sea un maldito banco. En este mundo libre, `paradojas de de este mafioso orden, estás obligado a someterte a la estafa bancaria.

La primera de aquellas dos noticias llegaba de Grecia. Un modesto comerciante, megáfono en mano, denunciaba su desesperación a las puertas de un banco e, inmediatamente, se rociaba gasolina y se prendía fuego.

La segunda noticia nos hablaba de un pintor estadounidense llamado Alex Schaefer que no pintaba bodegones ni marinas, sino bancos ardiendo. Le llegaban pedidos de todas partes y ya había montado la primera exposición de bancos en llamas. Le llovían los encargos. Todo el mundo quería tener en su casa (si el banco no se la quitaba antes) un cuadro con la sucursal más próxima a su casa ardiendo. Desde aquí le pido, por si aún sigue pintando, un cuadro de la Kutxa de Azkoita.

(Preso politikoak aske)

La cuarta letrina

La cuarta letrina

Declaraba Joe Biden en la Asamblea General de la ONU que “no hay principio más importante en la carta de esa institución que la prohibición de los países a tomar por la fuerza los territorios de sus vecinos”, y hace falta cinismo y desvergüenza para expresarse en estos términos por quien preside el gobierno que más vulnera ese y cualquier otro principio de la ONU, no obstante la competencia de Israel, del imperio británico y de Europa en tan criminal historial de violaciones. La cómplice cobertura de los grandes medios a tanta hipocresía convierte a sus consumidores, como dijera Bertolt Brecht, en ilusos o en delincuentes.

En ilusos, por carecer de esa criticidad que permita generar reflexiones y pensamientos en un mundo en el que cada día son menos los que disfrutan de esas capacidades. De ahí que el iluso no tenga objeciones que hacer a las mentiras difundidas por los grandes medios y las haga suyas.

Y en delincuentes porque, aún conociendo la verdad, prefieren llamarla mentira y defender lo indefendible a cambio de la indigna recompensa que el poder ofrece a quienes, serviles hasta la náusea, reiteran sin sonrojarse que para Joe Biden no hay principio más importante que “no tomar por la fuerza los territorios de sus vecinos”.

(Preso politikoak aske)

«Navarra siempre p´alante»

Si el cambio climático importara realmente a quienes tienen en sus manos el gobierno de las medidas que podrían paliar sus efectos antes de que sea demasiado tarde, no estaríamos asistiendo todos los días al entusiasmo de políticos y medios ante el récord de llegadas de aviones a los aeropuertos, ni tampoco aplaudiendo el lanzamiento de cohetes espaciales, ni celebrando la apertura de nuevas rutas comerciales en el Ártico gracias al deshielo que provoca el cambio climático, pero los delincuentes a cargo del negocio siguen adelante, como si nada, reconvirtiendo la energía nuclear en verde, multiplicando los vertederos y vertiendo en los ríos toda clase de residuos tóxicos. En cualquier caso, que nadie se preocupe, todo va bien y está en buenas manos, las mismas, por cierto, que han provocado el desastre que se avecina. “¡Se recupera el turismo, se recupera la economía, se recupera el crecimiento!” grita el televisor. “¡Volvemos a la normalidad!”

También la navarra profunda festeja la recuperación y rechaza la propuesta de “repensar el Tren de Alta Velocidad” porque el “pensamiento navarro” sigue siendo un oxímoron. Como decía aquella vieja máxima que tanto escuché en mi infancia: “Si se hunde el mundo que se hunda, Navarra siempre p´alante”.

(Preso politikoak aske)

Hasta las pelucas

Hasta es posible que los honorables jueces del Tribunal Superior del Reino Unido volvieran a ponerse las tradicionales pelucas blancas, pulcras y repeinadas, para que no faltara solemnidad a la sentencia que se disponían a perpetrar. Y la sentencia dictaba que los lingotes de oro (dos mil millones de euros) que el Banco Central de Venezuela tiene depositados en el Banco de Inglaterra y cuya devolución viene reclamando desde hace años, se quedan en Inglaterra debido a que las instituciones venezolanas no son reconocidas por el Reino Unido que, como se sabe, sí reconoce a Guaidó, como el mamarracho elegido y nombrado presidente interino de Venezuela por Estados Unidos, el Reino Unido, y algunos satélites europeos entre los que se encuentra el “gobierno más progresista de la historia de España”. Ni siquiera en lo peor de la pandemia aceptaron los empelucados jueces devolver el oro a Venezuela.

Tan gentlemanes como son los británicos, tan sires ellos, tan lores, tan piratas, ahí siguen quinientos años después Sir Francis Drake, Sir Henry Morgan y demás Barbanegras del imperio saqueando América y el mundo, colonia por colonia, por la cara, digo… por la flema. Tal vez, como dicen, haya caído el puente de Londres, pero la desvergüenza de sus instituciones y su corona no.

Y a propósito de cleptómanos y palacios, dicen los informativos que el mundo está conmocionado y que cientos de miles de personas prenden velas alrededor de Buckingham. ¡God save the godmather! ¡Long live the godfather!

¡Hasta las pelucas…!

(Preso politikoak aske)

«No podemos volver a las cavernas»

Koldo Campos Sagaseta

Cada vez que la ambición y el lucro especula algún nuevo y fantástico proyecto construyendo trenes de alta velocidad o metros sumergibles e innecesarios; cada vez que tras millonarias comisiones se aprueban inocuas prospecciones en el mar o se otorgan licencias para el seguro almacenamiento de residuos nucleares, siempre hay un coro de políticos y contertulios que, por si acaso no se entiende el costo que el progreso y el desarrollo exigen, insiste: “No podemos volver a las cavernas”.

¡Por supuesto que no! ¿A quién se le va a ocurrir volver a las cavernas?

Es mucho más reconfortante vivir debajo de un puente, dormir en el cajero de un banco, en el banco de un parque o en los portales de las cuevas. ¿Para qué una piel de oso con la que arroparse en las noches de invierno cuando disponemos en la calle de toda clase de cartones con los que protegernos de las inclemencias del tiempo? ¿Para qué salir de caza por el bosque o la selva, lejos de la cueva, cuando podemos en la misma calle rebuscar alimentos en los contenedores de los supermercados? No podemos volver a las cuevas. Nos pasaríamos el día pintando bisontes en las paredes, en lugar de estar en las esquinas pintando retratos a los turistas.

Millones de personas en todo el mundo han salido de las cuevas para no volver y disfrutan la vida entre los escombros de Alepo y las ruinas de Aden, en las minas de Katanga, en las cárceles de Jartum, en los cementerios de Ciudad Juarez, en los basureros de Cap Haïtien, en el fondo del Mediterráneo, en la Cañada Real de Madrid.

No, a las cavernas no vamos a volver porque hasta las cavernas son un destino y nosotros no vamos a ninguna parte.

(Preso politikoak aske)