Más de 40º y subiendo

Nadie en sus cabales aceptaría que un niño con evidentes señales de maltrato, abusos sexuales, desnutrido y enfermo, siguiera bajo la custodia de sus padres. Por más progenitores que se digan o arrepentidos que se muestren, nadie que no fuera un canalla permitiría que ese niño o niña volviera con ellos.

Esa general repulsa no se expresa, sin embargo, con la misma lógica y contundencia, respecto a otras violaciones y maltratos.

En relación al cambio climático, por ejemplo, no hay cabales que valgan, ni justicia que intervenga, ni sensatez que imponga su sentido.

Los mismos responsables de haber conducido al planeta al calamitoso estado en que se encuentra, de haber generado el cambio climático que hasta ayer negaban y hoy achacan a la veleidad del clima para, en cualquier caso, seguir apretando el acelerador del “progreso”, se arrogan el deber y el derecho de reconducir los pasos de ese maltratado, hambriento y enfermo niño. Los mismos intereses que han convertido la vida en un mercado, que han secuestrado todos los conceptos, torturadores con licencia, que han precintado sueños y prostituido conciencias, que han desatado hambrunas y matanzas que son, al mismo tiempo, oráculos de Dios y del Infierno, se otorgan el deber y el derecho de seguir conduciendo los pasos de ese maltratado, abusado y hambriento niño.

(Preso politikoak aske)

Infancia que nos delata

Tema recurrente el de la infancia, tanto como la preocupación que todo el mundo manifiesta al respecto de una infancia que, cada día que pasa, es menos ingenua y soñadora y más parecida a nosotros mismos. Algo hay, sin embargo, de hipócrita virtud en nuestra inquietud porque esa infancia sólo es el reflejo de lo que nosotros somos, de la sociedad que hemos construido o a la que nos hemos adaptado. Una sociedad que nos enseña a simular, no a ser; que nos instruye para que acumulemos, no para que compartamos; que nos entrena para que compitamos, no para que participemos; que nos adiestra para el triunfo, no para la vida.

Quienes comenzaron poniéndose nuestros zapatos para jugar y terminaron calzándose nuestras ideas para vivir, son la mejor referencia de una familia, de una escuela y de una sociedad que en lugar de educar, adoctrina; en vez de sugerir, ordena; e incapaz de corregir, castiga.

Por ello nuestro asombro cuando advertimos que los resultados de tanta incapacidad se vuelven contra nosotros y nos cuestionan su fracaso que es, sobre todo, el nuestro.

Los educamos en el miedo y nos sobresalta su timidez; los educamos en el desorden y nos alarma su dispersión; los educamos en el engaño y nos asombran sus mentiras; los educamos en la intolerancia y nos desconcierta su violencia.

(Preso politikoak aske)

Yo no bailo ese juego

El no a la guerra no puede ser selectivo, de temporada. El no a la guerra también implica el no a la industria militar, a la OTAN, al ejército, al servicio militar, a la cultura militar, al asesinato al por mayor, a la violencia como negocio, al crimen «profesional».

Y en Eroski no se recoge dinero para la Palestina invadida y ocupada, o para la República Saharaui en las mismas circunstancias u otros conflictos. Ni siquiera para la guerra del régimen ucraniano contra las provincias del Este, los más de 14 mil muertos reconocidos por la ONU durante ocho años en los que la guerra no existió para los medios.

Estados Unidos y su criminal ambición mueve las fichas en la partida más insensata jugada en el tablero de las hegemonías. Y lo hace con la complicidad de una Europa reducida a su más hipócrita y servil versión, mientras se cierran medios en nombre de la libertad de expresión, se secuestran periodistas, se uniforma la opinión hasta la náusea, hasta la náusea, hasta la náusea, y en lugar de sentarse a hablar y ver cómo se puede detener ahora lo que no se quiso parar entonces mientras crecía la provocación a Rusia reconocida hasta por el Papa, se alimenta la guerra con más armas y se blanquea el fascismo. “¡Más madera!” grita el pobre idiota del maquinista que no es Groucho sino Zelenski. Yo no bailo ese juego.

(Preso politikoak aske)

¡Mabppé, oh Mabppé!

Años interminables en los que los medios se la han pasado dando la tabarra con el que habría de ser el fichaje más caro de la historia y próxima estrella de la Casa Blanca, Mbappé, oh Mbappé. El interminable culebrón, apenas unas horas antes de que se confirmara, se asegurase y se diera por hecho, concluía con Mbappé, oh Mbabbé en su casa. Vaya, que renueva con el París Saint-Germain, que no se mueve de París.

Chascarrillos al margen, la reacción emocional del madridismo a tono con la más castiza idiosincrasia española ha pasado de la incredulidad y el asombro a la irritación y el desprecio en apenas unos días. ¡Mbappé, oh Mbappé! ¿Qué fue de la matraca por el inminente fichaje del jugador más fichado del mundo? ¿Qué fue de aquella euforia? ¿Qué fue de aquel amor?

Lo peor, constatan los medios, es que el irrespeto del jugador al Real Madrid y, en consecuencia, a España no ha sido por dinero. Asombra lo que duele eso. Florentino pagaba más, su proyecto deportivo era mejor y, además, era el Real Madrid… ¿por qué entonces no ha podido ser? ¿Va encontrar Mbappé, oh Mbappé en París el relaxing cup of café con leche in Plaza Mayor? ¿Tiene París más terrazas y atascos que Madrid?

Y el ingrato jugador que alega razones inverosímiles como, por ejemplo, su entorno, su ciudad, su país, la opinión de su familia y hasta termina pidiendo disculpas.

(Preso politikoak aske)

Amnesia

Lamentaba hace algunos años, y lo sigo haciendo ahora, que haya quienes insistan en creer que la amnesia es una enfermedad mental, una grave dolencia que, como consecuencia de lesiones patológicas o seniles, afecta la corteza cerebral de las personas provocando la pérdida de su memoria. Así de errático es el juicio de la gente y de equívoco el diccionario.

La amnesia, y cualquiera que la disfrute me dará la razón, es una de las más gratas facultades que adornan nuestra existencia, una inseparable compañía de las almas puras que aspiran a una vida sin sobresaltos ni vergüenzas. Al ser muy contagiosa, una sociedad agraciada con el preciado don de la amnesia puede, al conjuro de los grandes medios de comunicación, poner su beatífica existencia a buen resguardo de togas y puñetas, también de las esquinas.

Gracias a la amnesia quedan los delitos relegados al olvido recuperando los imputados sus blanqueados expedientes y cristianas maneras. No hay robo, por más evidencias que lo delaten, que no deba la amnesia convertir en honesto y laborioso patrimonio, como tampoco hay crimen, por más execrable que parezca, que no pueda la amnesia convertir en piadosa virtud.

La amnesia siempre obra milagros transformando al ladrón en diputado, al canalla en benemérito, al mentiroso en periodista y al putero en graciosa majestad.

(Preso politikoak aske)