Europa y los principios

“Estos son mis principios pero, si no le gustan, tengo otros”. Se atribuye a Groucho Marx este gracioso estriptis ético que, aunque tiene decenas de años, nos sigue retratando como sociedad.

La Comisión Europea ha sido la última en tomar el relevo del genial actor y escritor. Si en mayo del 2020 proponía una estrategia común sobre biodiversidad que hiciera frente al cambio climático, protegiera los recursos del planeta y beneficiara a la gente, refrendando tantas nobles intenciones con un pacto verde continental que, se supone, pusiera de manifiesto lo que es Europa capaz de hacer en su lucha contra el cambio climático y por un futuro sostenible, la Comisión Europea ha comenzado el año, al igual que Groucho pero sin ninguna gracia, recordándonos que esas eran sus propuestas pero, como no les gustaban a los lobbys nucleares, tiene otras. Por ejemplo: extender el certificado de energía verde a la nuclear y al gas natural. Problema resuelto. Se cambia la etiqueta y todos contentos. Seguimos defendiendo como el primer día el compromiso con la Europa verde solo que, a partir de ahora, será verde la energía nuclear, orgánico el cigarrillo, sostenibles los vuelos sin pasajeros, ecológicas las sodas con burbujas, complejos medioambientales los vertederos, y vegana la carne de vaca y cerdo de macrogranja.

(Preso politikoak aske)

Memorias de cualquier día

(Publicado en El Nacional el 25 de julio de 1994)

Y amanece.

Por un momento dudo si habré descendido a los infiernos. Mientras dormía, tal vez, a algún imprudente que no había atendido la advertencia del “doctor” de “no tocar esa tecla” se le había ido la mano abriéndose la tierra y tragándonos a todos.

Un caso simple, un breve juicio y el supremo y divino tribunal que resuelve, como ya lo auguraran mi madre y las encuestas, reenviar mi expediente a los infiernos. De ahí el calor sofocante y la almohada empapada en sudor.

Pero abro los ojos y descubro sobre la silla mis pantalones, y las medias durmiendo en los zapatos y al maldito abanico inmóvil en el techo, desplegando las alas pero sin batirlas. Entonces comprendo que no hay luz, tampoco hay luz, y me despierto.

Corro a la ducha, y aclaro que esta urgencia es más una figura literaria que un apunte para la historia, pero no habiendo luz tampoco hay agua y, consternado, vuelvo a reiniciar el día.

¿Dónde estábamos? ¡Ah sí… en el infierno! Y un poco más adentro está la calle. En cualquier esquina pero siempre bajo el sol uno aguarda impaciente su transporte. Un caos rodante que resopla y pita, sucio y oxidado, en el que precariamente nos amontonamos todos. La pericia del chófer nos permite asistir al derrumbe de la teoría de la relatividad, de la ley de la inercia y de la tercera ley de Newton,amén de otros principios físicos que también se derrumban en un concho.

– Donde van cinco, van seis -insiste el chófer mientras mastica el segundo guineo de la ruta. La calle es un estruendo de bocinas. Se hacen sonar para que aceleres, para que gires, para que arranques, para que te apartes, para llamarte imbécil en tres golpes de bocina… Y sobre el estruendo, el último adefesio musical en pagar payola, siempre mal sintonizado, con el que el chófer nos ameniza el viaje.

Quiero apearme. Ocupo la mitad del asiento del copiloto, exactamente, entre la puerta y un varón despatarrado pero, cuando el chófer logre detener el carro, yo debo resolver el enigma de la puerta. ¿Se abrirá por dentro o por fuera? ¿Tendrá pestillo? ¿Será el cierre de herradura? ¿Es jalando hacia arriba o hacia abajo? ¿Me abrirán desde la calle?

Solo había que empujarla. Y otra vez a empezar, a esperar otro concho que me lleve a tiempo a mi cita.

Ya no tengo monedas, únicamente un billete de cien pesos para pagar los 40 centavos de pasaje y no es prudente, si no quieres exponerte a la ira del chófer, un billete de ese tamaño así que, antes de abordar un concho, trato primero de cambiar el billete. El paletero no tiene cambios. Veinte metros más abajo tampoco tiene cambios el de la bomba. Tres intentos más lejos, finalmente, compro una pinta de leche en el colmado y, tras lamentar no tener menudo, le hago depositario al dependiente del billete de cien pesos. Comprueba las reservas en la caja mientras murmura alguna vaina y se ausenta un momento, al compás de la bachata, para cambiar el billete en la banca de apuestas de al lado.

Empiezo a estar harto y decido seguir a pie. Ya casi son las once cuando llego puntual a mi cita en la segunda planta del canal. La contraparte de la reunión no ha llegado. Me dice su secretaria que se le ha quedado el carro y no ha podido salir… que ya me llamará.

Le dejo a la secretaria el número de mi último teléfono y vuelvo a subirme y bajarme, a incrustarme y dividirme, hasta que varias esquinas más lejos, dos horas más tarde, otra secretaria de otro licenciado me deja dicho que el proyecto no va a darse por el momento, que podría ser el mes que viene, que aún no han tenido tiempo de estudiarlo.

Se come donde agarre y si se puede para estar a tiempo en la siguiente reunión. Cuando pasas de la calle a una oficina con aire acondicionado y son las tres de la tarde en medio del verano y en Santo Domingo, puedes quedar traspuesto. Hay que llevarlo al paso. Me senté en la única silla y cerré los ojos. Tras la mesa, al otro lado de mis ojos, una secretaria tecleaba con vertiginosa eficiencia su máquina de escribir. Por no interrumpirla ni siquiera saludé. De vez en cuando atendía una llamada, dejaba mensajes, se citaba con tres amigas y cuatro pretendientes (yo casi estaba por abrir los ojos y sumarme al coro) iba y venía del baño… hasta que una hora más tarde reparó en mi persona o quiso despertarme.

– ¡Oh, pero es usted! ¡Usted como que no para en su casa porque lo he estado llamando pero ha sido imposible comunicarme!

La reunión se había dejado para el viernes. Ella me confirmaría la hora.

De nuevo en tránsito por el infierno. Van a ser las 7 y a esa hora es el ensayo. Angel Haché y yo somos los primeros en llegar. La luz viene y va hasta que, finalmente, decide no regresar. Aún vamos por el cuarto parlamento. Tras las maldiciones habituales, el recurso de las velas. El drama clásico se convierte en teatro chinesco.

Otra vez a sudar, a la calle, a empotrarse y repartirse.

Por fin en casa. ¡Hay luz! Me meto en la cocina a descubrir tesoros pero ¿y si se va la luz y yo sin bañarme? Me desnudo y corro al baño mientras me comprometo a no volver a usar esta licencia literaria. Ya bajo la ducha y con la mano en la llave del agua suena el teléfono.

-¿Y por qué no me esperaste? Le dije a mi secretaria que ya había arreglado el carro y que iba en camino…

Cuelgo y lo intento de nuevo. Apenas son tres gotas. Cinco si sacudo la cañería. Me visto y paso a ver a la vecina. Me cuenta que, de nuevo, se ha dañado la cisterna. Decido perder el apetito y, mientras me espanto los mosquitos de la cara, ojeo el periódico

Narcisazo sigue desaparecido y alguien especula con que, tal vez, él mismo se secuestrara y diera muerte para inculpar al gobierno de Balaguer que acusaba a Peña de “haber hecho pupú fuera del cajón”. Mientras unos acechan los pupús y los cajones, el canciller prefiere disfrazarse de señora y asistir a los mítines de los opositores. Una comisión investiga si el fraude fue fraudulento. Además del `padrón también se pierde la vergüenza. Otro cable se desprende y electrocuta a siete niños que se bañaban en un río. Cuatro presos esposados se enfrentan a tiros a la policía en Puerto Plata resultando muertos. La policía no entrega los cadáveres de los 4 presos muertos a sus familias. Se venden las pruebas nacionales de educación. Se incendia Dajabón. Más de un centenar de opositores al gobierno siguen presos en La Victoria. Pistoleros civiles, provistos de armas largas, reprimen protestas mano a mano con la policía. Siguen los desacatos…

Estoy rendido. El sueño va venciéndome. Me acomodo en la cama disfrutando la bondad del abanico. Hasta Vivaldi hace su aporte al día.

La luz se vuelve a ir y se lleva con ella el abanico y a Vivaldi dejándome a solas con los mosquitos. Solo nosotros podemos aguantarlo.

(25-7-94)

El amor en la Bolsa

El amor se desploma también por Navidad sin que puedan remontar las emociones su caída bursátil y se recuperen los abrazos de su tendencia a la baja.

Las elevadas tasas de interés han sumido al amor en una severa crisis que amenaza, incluso, con la quiebra general de afectos, mientras el valor nominal de sentimientos evidencia una marcada desaceleración que podría dejar la primavera sin depósitos.

No hay tiempo para el encuentro. Las almas que ayer se acompañaban hoy amplían sus capitales e incrementan la cifra de negocio para que pueda el beso enamorado cotizar la saliva arancelaria sin el componente del valor agregado. Por si acaso ocurriera un encuentro repentino, la ponderación del gasto dinamiza las toses y estudia la adopción de emociones variables y posibles emisiones de abrazos.

La Bolsa del amor vuelve a cerrar actividades con una nueva caída de acciones no habiendo por el momento indicios de que vaya a ampliar sus operaciones.

Pero no hay razón para alarmarse. El desarrollo sostenido y sustentable ha hecho virales mascarillas y olvidos para evitarnos el tiempo que perdemos soñando amores viejos. Lo oportuno es rendirse a la evidencia, archivar todos los abrazos retenidos en un e-mail sin manos ni destino, y transferir a un banco de silencio aquel beso entrañable que se quedó sin labios.

(Preso politikoak aske)

los «alibabás» eran los lores

Corrían los primeros días de la ocupación de Iraq por las fuerzas invasoras cuando los medios de comunicación, como puestos de acuerdo, acuñaron una infeliz expresión para referirse a los iraquíes entretenidos en saquear tiendas y establecimientos y llevarse todo lo que sus manos les permitieran. Esos iraquíes se convirtieron para los grandes medios y, en consecuencia, para la opinión pública, en los “alibabás” del nuevo siglo.

No había informativo, a cualquier hora del día o de la noche, que no tuviera a mano imágenes de un iraquí llevándose alimentos, una lámpara, un cuadro, cualquier cosa, aunque el acarreo de computadoras fuera el saqueo con mayor cota de audiencia. Eran los nuevos “alibabás” que los medios habían descubierto, demostrando, además de su ignorancia sobre el relato del que tomaban el nombre, una lamentable falta de vista, cuando no de pudor, porque ni Alí Babá fue el jefe de los 40 ladrones, apenas un leñador afortunado dueño de tres asnos y una sabia prudencia, ni eran los iraquíes los únicos saqueadores. Tampoco los más importantes. Parecía muy cínico llamar saqueos a esas acciones en medio de lo que estaba ocurriendo.

Cierto que, para la lógica occidental, saquear una tienda es un delito y saquear un país es un negocio pero, lógicas al margen, no eran los iraquíes quienes mejor podían hablar sobre las ganancias que dejaba, que sigue procurando, la devastación de su país.

A primera vista, como botín de guerra, un juego de sillas no es tan buen botín como 900 pozos de petróleo. Y un ordenador, no obstante su precio, tampoco parece superar los beneficios de cien millones de barriles de crudo.

Puesto a elegir un buen botín, el contrato de administrar un puerto no parece menos gratificante que robarse un inodoro.

A pesar de ello, los saqueadores, los pillos, los ladrones, los «alibabás», eran los iraquíes.

Caso insólito en la historia de la humanidad en el que los vencidos, que no los vencedores, además de las libertades conquistadas se repartían el botín.

Para las audiencias de esos medios, los “alibabás” justificaban la necesidad de que sus tropas impusieran el orden y la paz en tan remotos parajes. El televisado pillaje demostraba la barbarie de un pueblo de ladrones necesitado de la tutela civilizadora occidental.

Yo no sé qué vida habrá llevado la computadora que aquel “alibabá” cargara apresurado por una calle de la Bagdad ocupada, si ya será chatarra o si volvió a cambiar de manos, pero entonces, como ahora, lo que sí tengo claro es a qué manos y cuentas han ido a parar los millonarios beneficios que dejó el genocidio.

Tampoco tengo la menor idea del destino que haya corrido aquel “alibabá” al que las cámaras de televisión sorprendieron huyendo con un cuadro bajo el brazo, pero ninguna duda me queda del camino que siguieron las miles de piezas saqueadas, no precisamente por “alibabás”, del Museo Nacional de Bagdad.

A cada guerra sucede un despojo. Hace algunos años Perú emprendía acciones legales contra la universidad de Yale, para que se le devolvieran las alrededor de 46.000 piezas arqueológicas del

Machu Picchu que siguen estando en las vitrinas de esa universidad estadounidense.

En estos días, lo contaba Gara, Mitsotakis, primer ministro griego, pedía la devolución de todas las piezas del Partenón en poder del Museo Británico. Hace 200 años el embajador británico en el Imperio Otomano, Lord Elgin, se llevó, con permiso del sultán a cargo, valiosas piezas del Partenón para ponerlas a buen recaudo de cualquier peligro y cuidar de las mismas, piezas que vendió al gobierno británico en cuanto regresó y que se siguen exhibiendo en el Museo Británico.

Los alibabás siempre han sido los mismos, los lores, los sires y demás ladrones reales o universitarios con asiento en Europa y Estados Unidos.

(Preso politikoak aske)

En la luna

Lo admito, sí, es verdad, vivo en la luna, que la tierra me pesa hasta negarme esas cuantas palabras que no acabo de aprender y nombrar. Por más que las invoque o que demande un vestigio de luz en mi memoria, hay palabras que siempre se me pierden, palabras movedizas de sílabas fugaces que se cierran y abren, palabras como… hay palabras que siempre se me pierden.

Cualquier cosa que piense, antes de expresarla, comienza a segregar puntos suspensivos y, enredado en ellos, me rindo a la evidencia incapaz de articular una simple palabra. Cada vez que estoy a punto de arribar a alguna inobjetable conjetura, los puntos suspensivos la dejan en el aire y yo me acabo yendo de punto en punto, muy despacio, camino de la luna, sin nada que alegar en mi defensa que no sean mis puntos suspensivos.

Viene entonces la queja de un locuaz universo que se niega a aceptar por descreído el secular cortejo de mis siempre suspensivos titubeos, y yo acabo alegando mis puntos suspensivos para dejar a Dios a la intemperie y ponerme la duda por sombrero.

Lo admito, sí, es verdad, vivo en la luna, aunque no he terminado de mudarme. Me falta recoger una sonrisa que haga más dulces las noches en menguante y una lágrima grave que compense la desmedida holganza del creciente para contar estrellas a tu lado como gatos arriba de un tejado.

(Preso politikoak aske)