Yo también renuncio

 

Siguiendo el ejemplo de Cristina Cifuentes y en solidaridad con la todavía presidenta de la Comunidad de Madrid, que acaba de renunciar a su máster de la Universidad Rey Juan Carlos, por este medio declaro solemnemente renunciar a mi máster en Harvard University, máster semejante al de Pablo Casado; renuncio a mi Jaguar, similar al que tenía, sin saberlo, Ana Matos en su garaje; renuncio al ático de lujo que poseo en Marbella colindante con el del también presidente de la Comunidad de Madrid, Ignacio González, así como al millón de euros que tenía guardados en casa de mis suegros y al “volquete de putas” con los guardias civiles Talamino y Caro Vinagre; renuncio a mi vitalicia plaza de registrador en Santa Pola (Alicante) para que pueda seguir manteniéndola M.Rajoy, y también a los sobres en blanco y en negro; renuncio a mis títulos de Conde y Grande de España para que no vaya a quedarse sin ninguno Esperanza Aguirre; renuncio a mi tarjeta black; renuncio a mis safaris y a seguir matando elefantes en Botswana y osos en los Cárpatos; renuncio a mi mansión en Jbila (Tánger) vecina a la que disfruta Felipe González; renuncio a vender más viviendas públicas a fondos buitres para no interferir en los negocios de Ana Botella; renuncio a traficar con armas para que no sienta el rey de España que se le hace la competencia; renuncio a financiarme irregularmente; renuncio a desviar fondos públicos, a prevaricar, a nombrar a dedo, a cobrar comisiones, a destruir pruebas a martillazos, renuncio a seguir esquilmando la caja de pensiones; renuncio a los trajes de la Gürtel, renuncio a seguir mangoneando la justicia… renuncio.

(Euskal presoak-euskal herrira/ Llibertat presos politics)

¡Ay, si la hubiera abierto!

 

En tierras de conejos los campeadores siempre son montaraces y, lo que es peor, frecuentes. Basta que se mueva en el aire una brizna de juicio, un soplo de cordura, basta media neurona suelta para que vuelva a echarse a la mar la armada invencible y los tercios de Flandes a galope tendido hagan temblar de nuevo al mundo… “a por ellos oé… a por ellos oé”.

En el mercado de divisas nacional español solo el coraje está al alza y no hay página en su historia capaz de conmoverse ante otra virtud que no sea el valor. Pero no el valor de la palabra sino el del exabrupto, no el valor de la verdad sino el de la infamia, no el valor de la justicia sino el de “mis cojones”, sacrosanto argumento de quien nunca tuvo nada que aportar que no fueran sus mentados atributos. La bragueta convertida en estandarte, en enseña patria… “yo soy español, español, español… yo soy español, español, español”.

Los novios de la muerte, a mayor gloria de Dios y de España, sacuden sus mantillas y se arrancan por bulerías, que a “donde no llega un español con la punta de los dedos, llega con la punta de su acero… y Santiago y cierra España.”

¿Y si la hubiera abierto? ¡Ay, si la hubiera abierto! España no sería España.

(Euskal presoak-euskal herrira/ Llibertat presos politics)

Si uno no quiere…

Si yo te propongo vernos la semana que viene y tú me planteas que sea el lunes pero yo te respondo que el lunes no va a poder ser. Y entonces me sugieres que sea el martes pero ese día también lo tengo ocupado y me es imposible verte. Y cuando me propones el miércoles resulta que a mi tampoco me viene bien ese día y, además, el jueves no va a poder ser y, antes de que lo digas, el viernes voy a estar fuera. Y tú insistes en encontrarnos el fin de semana pero yo te cuento que esos días ya los tengo comprometidos con la familia. Y bien… ¿No sería mejor que sea yo quien ponga día a la cita? ¿No será que realmente yo no quiero encontrarme contigo?

Si Catalunya propone un presidente pero el gobierno español dice que no es posible porque está exiliado en Bélgica. Y Catalunya propone entonces a Jordi Sánchez, pero tampoco puede ser, insiste el Estado español, porque está en la cárcel. Y Junqueras no es viable porque también está preso. ¿Y Jordi Cuixart, Raül Romeva, Jordi Turull…? Tampoco porque están imputados. ¿Y Lluis Llach, Guardiola…? Tampoco porque son imputables. ¿No sería mejor que el gobierno español diga a quién quiere de presidente? ¿No será que realmente el Estado español no quiere encontrarse con Catalunya?

Olores en primera plana

¿Existe alguna ley que regule y sancione la intromisión en el olor ajeno? ¿Es aceptable el olor en defensa propia? ¿Qué porcentaje del olor que percibimos es nuestro y qué porciento ajeno? ¿Existe la incompatibilidad de olores? ¿Los olores pagan impuestos? ¿Podría darse el caso de que un olor fuera condenado a prisión permanente y revisable? ¿Cuántos olores hacen falta para formar una turba? ¿Cuántos más para constituirse en tribunal? ¿Es posible reciclar los olores? ¿Qué olor está de moda? ¿Tendrán los olores derecho a pensión? ¿Será cierto que existen degustadores de olores, al menú y a la carta, para vegetarianos y celíacos? ¿Será verdad que hay olores para todas las edades, gustos y sobacos? ¿Qué nos revela el Zodiaco de los olores? ¿Cómo huele un sagitario? ¿Cómo hiede un aries? ¿Por qué los olores no compiten en las Olimpiadas junto a los demás sentidos? ¿Por qué tiene el olfato que erigirse en juez y parte ante cualquier olor? ¿Por qué en lugar de leerlos no se huelen los discursos? ¿En olor de santidad se huele menos? ¿En olor de multitud se huele más? ¿A cuánto se cotiza el olor a Jabugo? ¿Tienen derecho a voto los olores? ¿Por qué siempre que huele apesta?

Nunca más volveré a leer el periódico en el water.

(Euskal presoak-euskal herrira)

Modernizar la Justicia

 

Mientras sigamos pensando que la Justicia precisa de estudiosos magistrados versados en jurisprudencia y que apliquen la ley con arreglo a la razón y a la equidad, la Justicia va a seguir siendo una mierda.

Las modernas tendencias en la administración de la Justicia exigen más, mucho más que estudiar una carrera, cursar una especialidad y contar con un padrino que nos avale el cargo. Demandan jueces capaces de calibrar las intuiciones y evacuar sentencias sensoriales; que puedan servirse, no de códigos al alcance de cualquiera, sino de impresiones, de presentimientos. Jueces que se nieguen a cursar órdenes de detención si presagian que el delincuente desea ser detenido. Jueces capaces de oír a los oráculos cuando estos auguren la ocurrencia de hechos violentos, así no haya más indicios paranormales que los que propinan sus fuerzas del orden; o que apelen a místicos trances para desentenderse de la seguridad de sus presos preventivos…

Y donde esté una buena corazonada que se quite una experticia porque mejor que una prueba pericial es una feliz premonición.

Solo falta que cambien sus honorables togas, birretes y puñetas, por atuendos acordes a sus fallos, como cucuruchos y capirotes. Y que en lugar de testigos y ciencias se ayuden de videntes, de chamanes, de médiums, de bolas de cristal, de cartas del Tarot, de magia en blanco y en negro… para “afinar” los casos.

(Euskal presoak-euskal herrira)

“¿Cuánto falta…?”

Cuando mi hija Irene tenía 11 años pasamos unos meses en Iruña. Todas las mañanas íbamos andando desde la casa de mi madre en La Milagrosa hasta la Sociedad Anaitasuna en el barrio de San Juan. Por el camino, cada cinco minutos, Irene me repetía la misma pregunta: “¿Cuánto falta…?” La respuesta también era la misma. Había que seguir andando, a veces seis, siete, ocho preguntas más.

Han pasado los años y, no solo ella, también yo, seguimos haciéndonos la misma pregunta cada vez que nos encontramos, por ejemplo, con las declaraciones de un impresentable como Cayetano Polo, portavoz de Ciudadanos en Extremadura, que no quiso dejar sin respuesta a la periodista y afirmó: “No soy ni machista ni feminista porque yo creo en la igualdad”, o con noticias como que la Concejalía de la Mujer e Igualdad en el ayuntamiento de Blanca (Murcia) en manos del Partido Popular, por aquello del 8 de Marzo, ha organizado una “Semana de la Mujer” cuyas principales actividades, una vez termine la fiesta flamenca y se elija y corone a la Reina de la Semana, consisten en 2 misas, una romería, un par de campeonatos de chinchón y parchís, y una charla sobre los “placeres secretos de la menopausia.”

¿Cuánto falta…? La respuesta sigue siendo la misma: andar.

(Euskal presoak-euskal herrira)

El país más pobre del mundo

 

Si es cierto, que lo es, aquel viejo pensamiento que cifra la riqueza individual o colectiva en la carencia de necesidades, Estados Unidos es, obviamente, el país más pobre del mundo. Necesita de todo, más vehículos, más drogas, más armas, más televisores, más patatas fritas, más medallas, más analgésicos, más petróleo, más agua, más muros, más records, más pavos, más anuncios, más estadísticas…

Hace algunos años Bill Gates reconocía durante un viaje por India que su país necesitaba inmigrantes pero, eso sí, inteligentes. Y en estos días, Donald Trump hasta matizaba el deseo de Gates y ponía apellido a la inteligencia: inmigrantes noruegos.

De lo que a nadie debe caber duda es que Estados Unidos necesita psiquiatras.

En 1999, un estudio efectuado por la Conferencia de la Casa Blanca sobre Salud Mental y que recogía alrededor de tres mil investigaciones, concluía que uno de cada cinco estadounidenses padecía trastornos mentales y que estas enfermedades eran la segunda causa de muerte en el país. O lo que es lo mismo, que 20 de sus cien senadores y 100 de sus 500 congresistas tienen trastornos mentales, a los que habría que sumar un 20% de militares lunáticos. Apunto un dato: entre el 2001 y el 2009 su ejército había sufrido en Afganistán 761 bajas en combate y 817 por suicidio, demostrando que por mucho que se esmerasen los talibanes las tropas estadounidenses se mataban más y mejor.

Tampoco son los únicos datos inquietantes que explican las características de una sociedad que ha convertido su “american way of life” en su única religión posible.

En Estados Unidos, según estimaciones de diversas fuentes, mueren por arma de fuego cada año más de 30 mil personas, algo así como diez torres gemelas. Curiosamente, casi veinte mil de esas muertes son suicidios.

Estados Unidos necesita psiquiatras. Y los necesita no sólo para tratar a sus soldados sino para ayudar a sus ciudadanos a superar psicopatías y paranoias diversas en una sociedad cuyas conversaciones telefónicas son grabadas, sus mensajes electrónicos registrados, sus correos revisados, sus vidas controladas y que, en defensa propia, se vigila y se delata a sí misma, y todo ello para evitar que alguien llegue de afuera a escucharles sus conversaciones, registrar sus correos o imponerles la censura.

La guerra como prevención de la guerra es, sin duda, el más avanzado soporte conceptual de la obsesión por defenderse. Y se aplica tanto a nivel nacional como internacional.

La autorización en el Estado de La Florida para que cualquier ciudadano armado que se sienta amenazado pueda abrir fuego en plena calle contra el motivo de su alarma, si no es una medida demencial, se le parece mucho, se le parece tanto como se parecían los dos hermanos Bush, el ex presidente del país y el ex gobernador de la Florida, que engendraron ambas medidas.

George Bush y su gobierno decidieron que el ejército de Estados Unidos tenía derecho a disparar sobre cualquier nación que amenazara su seguridad, su paz y su progreso. Jeb Bush y su gobernación decidieron que la ciudadanía de la Florida tenía derecho a disparar sobre cualquier individuo que amenazara su seguridad, su paz y su progreso. Obama defendía el derecho de su país a “torcer el brazo” a aquellos países que se negaran a aceptar sus “sugerencias” y Trump ha seguido insistiendo en el mismo derecho a “defenderse”.

Es tan grave esa obsesión por defenderse que, en ocasiones, puede conducir a otra enfermedad no menos insólita y peligrosa para la humanidad: su fobia contra extranjeros de mierda, que diría Trump, en el entendido de que amenazas y atentados sólo pueden llegarles del espacio o del llamado tercer mundo que, casi viene a ser lo mismo. Lo piensa la sociedad con más etnias, que compra más de la mitad de los 8 millones de armas que se fabrican anualmente en el mundo y en la que, según sus propios datos, hay 90 armas por cada cien ciudadanos.

Estados Unidos necesita psiquiatras que trabajen esa doble patología de la mentira y la credulidad extremas que puede resultar demoledora en una sociedad tan narcisista.

Ese creerse centro del universo que les permite a sus soldados estar exentos de responder ante tribunales internacionales; que hace que a su campeonato nacional de baloncesto lo llamen “Serie Mundial” y, en consecuencia, “campeones mundiales” a los ganadores; que celebran el “Juego de Estrellas”; que buscando nombres para sus equipos deportivos encontraron los Astros de Houston, el Cosmos de Nueva York, los Gigantes de San Francisco o los Supersónicos de Seattle, necesita psiquiatras. Esa sociedad capaz de ejecutar a menores de edad y retrasados mentales y dar clases de ética y moral; que todo lo reduce al oro, incluyendo el tiempo; que derrocha la luz para evitar mirarse y se vanagloria de su infame despilfarro como expresión del desarrollo que no paga; que siendo el país más endeudado del mundo dicta las pautas económicas al resto, necesita ayuda.

La locura explica su razón como la mentira confiesa su verdad. Y verdad y razón son dos de los conceptos más vapuleados por los gobiernos estadounidenses.

“Y la verdad os hará libres” repite la cita bíblica un enorme letrero colgado en la oficina principal del FBI. A algunos, además de libres los ha hecho millonarios. El ex vicepresidente Dick Cheney es uno de ellos. Mientras en Iraq los soldados perdían la vida, los gobiernos perdían la vergüenza y los ciudadanos la memoria, Dick Cheney anunciaba al mundo estar ganando la guerra.

Prueba de la pobre salud mental en Estados Unidos la constituye el hecho de que sus presidentes asesinados siempre lo han sido por “hombres perturbados que actuaban solos y al servicio de nadie”.

Abraham Lincoln fue asesinado en 1865 por John Wilkes, un “hombre perturbado, que actuaba solo, al servicio de nadie. James Garfield fue asesinado en 1881 por Charles Guiteau, un “hombre perturbado, que actuaba solo, al servicio de nadie”. William McKinley fue asesinado en 1901 por León Czolgosz, un “hombre perturbado, que actuaba solo, al servicio de nadie”. John F. Kennedy fue asesinado en 1963 por Harvey Oswald, un “hombre perturbado que actuaba solo, al servicio de nadie”.

Otros presidentes, como Andrew Jackson en 1835; Franklin Delano Roosevelt, en 1933; Harry Truman, en 1950; Gerald Ford, en 1975; y Ronald Reagan en 1981, sobrevivieron a atentados contra sus vidas, siempre a manos de “hombres perturbados, que actuaban solos, al servicio de nadie”.

Políticos como Robert Kennedy, líderes como Martin L. King, artistas como John Lennon, fueron asesinados por “hombres perturbados, que actuaban solos, al servicio de nadie”.

Estados Unidos, porque no todo han de ser carencias, dispone del mayor arsenal en la historia de la humanidad de “asesinos perturbados, que actúan solos y al servicio de nadie”.

A los escolares que, cada cierto tiempo, compiten por ver quien asesina más compañeros de clase y profesores en escuelas e institutos de Estados Unidos, probablemente, Santa Claus les dejaba por Navidad uniformes de combate y rifles automáticos para que aprendieran a disparar. Y antes de aprender a hablar ya había visto en televisión toda clase de guerras, con sus correspondientes e intrépidos comandos que siempre llegan a tiempo de salvarnos. Sus habitaciones estaban decoradas con gigantescos afiches de soldados de gélida mirada exhibiendo bíceps y pesadas cartucheras alrededor del torso. Y sus padres los habían educado con arreglo a los más sólidos valores patrios y familiares. Para protegerlos, por supuesto, les habían enseñado desde muy temprana edad a manejar armas para que ningún otro niño fuera a abusar de ellos: “No permitan que les peguen”, les habían enseñado. También habían sido instruidos, como la mayoría de los niños, en su natural supremacía sobre las niñas para que no fueran a tolerarle a ninguna que cometiera la equivocación de rechazarlos: “No permitan que les digan que no” les habían enseñado. Como buenos estadounidenses también se habían preocupado porque los pequeños aprendieran a honrar país y bandera y a defenderse de toda clase de amenaza extranjera: “No permitan que los amenacen” les habían enseñado.

Obviamente, Estados Unidos también necesita psiquiatras. El propio Trump aludía a esa necesidad cuando advertía en los trastornos de salud la causa de tanto pistolero suelto, y es que no hay país ni presidente que se preocupe tanto por la salud y tan poco por la vida.

(Euskal presoak-euskal herrira)