La verdadera historia de la Nochebuena

 

Felices de encontrar refugio en un humilde pesebre a las afueras de Belén, María y José jugaban con su recién nacido en una estrellada noche de diciembre. Para salvar la vida habían tenido que emigrar lejos del alcance de Herodes y, tras una larga travesía, por fin estaban José y María disfrutando de un momento de calma, el primero en mucho tiempo. Ella amamantaba al niño, José musitaba una canción de cuna, la baca y el buey ya se habían dormido, y entonces, en medio de esa divina paz, de improviso ¡tres estruendos!

Uno detrás de otro, los tres Reyes Magos: Petardo, Traca y Bengala cargando en sus camellos regalos para el niño. Muchos buscapiés, torpedos, tracas, retracas, y los pajes que empiezan a lanzar barrenos y vienen y van las explosiones. Y aparece Papa Nöel con más metralla que hacer explotar y los renos tirando papeletas y chiquitruenos… Y en medio de la fiesta el niño que se ha quedado sordo, que no oye nada, ni siquiera las nanas de su padre. El buey y la vaca se despiertan y huyen. José y María recogen sobre la marcha un hatillo de ropa y, perseguidos por camellos y trineos, se dan a la fuga a la carrera con el niño en brazos, de regreso al reino de Herodes.

Hemeroteca clientelar

 

 

Suele ser la experiencia uno de los más socorridos argumentos del PNV cada vez que insiste en mostrarnos sus virtudes. José Luis Bilbao es uno de los mejores ejemplos al respecto. La ejerció durante doce años al frente de la Diputación General de Bizkaia. En su último discurso como diputado general, José Luis Bilbao, ya que no de memoria tiró de experiencia: “Pueden estar tranquilos porque nunca escribiré mis memorias en las que podrían aparecer personas con sus grandezas y sus miserias. Desgraciadamente, habría muchas miserias; los que decían una cosa en privado y la contraria en público, los que mentían sabiendo que mentían, los que sabían que nosotros teníamos información que luego podríamos utilizar y jugaban con ello, los que decían una cosa y la contraria sin pestañear, los que hacían pagos con fajos de billetes sin demostrar su origen, los que tenían grandes sumas de dinero en paraísos fiscales y cuyos nombres no salen a la luz…”

En atención a su discreción José Luis Bilbao era nombrado poco después presidente del Tribunal de Cuentas, cargo en el que sigue y, por cierto, hombre de palabra y de experiencia, sin haber escrito sus memorias. El Caso De Miguel es el caso PNV. Y es que la experiencia no siempre es un grado. También puede ser un antecedente y, a veces, penal.

(Preso politikoak aske)

La furgoneta amarilla

Conmigo esperando en la estación, el tren en el que venían María y Xara desde Madrid llegó con una hora de retraso a Zumarraga y la demora provocó que perdiéramos el autobús que nos traería a los tres a Azkoitia, a casi media hora de distancia en coche. María y Xara son dos entrañables amigas y, entre esperar hora y media a otro autobús y coger un taxi, optamos por hacer autostop. Tres minutos bastaron para que una furgoneta amarilla se detuviera.

-¿A dónde vais? Era una joven pareja a cuatro meses de cuentas para ser un trío y que nos invitó a sentarnos en la cautivadora sala de estar en que habían convertido la furgoneta. Nunca se me había hecho tan corto el trayecto. La pareja aún era más encantadora que la hippiesca furgoneta amarilla. Hablamos de la vida, del mundo, de lo poco que se hace dedo y de lo insólito que resulta que una pareja de Zumarraga que volvía a su pueblo tras visitar a un familiar en un caserío vecino, recoja a tres desconocidos y, sin más, se decida a llevarlos hasta su destino, porque sí, porque estamos vivos.

Tanto se habló que ni tiempo quedó para los nombres. Sé que él producía un CD “A Fuego lento”, que en la sala de estar de la furgoneta amarilla ya debe haber una cuna, y que si no conté antes esta entrañable crónica fue porque temía que nadie me creyera.

(Preso politikoak aske)

Paradojas verdes

 

La de Fede de los Ríos es una columna que me encanta y que nunca me pierdo el domingo (gracias Fede por mandármela el sábado). Con su habitual humor y precisión llamaba la atención el pasado 8 sobre la COP25 y las paradojas de encontrarse de verde a ENDESA, la empresa que más contamina, patrocinando al mismo tiempo la cumbre climática y la opinión de los grandes medios a su gestión; o la reconversión a verdes en dos horas y un laxante del alcalde y la presidenta de Madrid; o la Iglesia que, de improviso, observa alucinada que la fumata no es blanca ni negra sino verde, y descubre la naturaleza y anima a descubrirla, o sea, a destaparla… (miedo me dan como la abran). Iberdrola es verde como son verdes las cloacas del Estado y los Borbones. Y días antes de que los monumentos de Madrid se vistieran de verde, también lo hicieron el Tren de Alta Velocidad y la incineradora de Zubieta, más conocida como Complejo Sostenible Medioambiental y Sustentable de Zubieta Verde. Quedaba por vestirse de verde el Real Madrid. Todo un detalle de Florentino, el mismo que tiene a sus hidroeléctricas en guerra contra decenas de comunidades indígenas de Guatemala empeñadas en salvar el río Caabón y preservar el medio ambiente.

En fin que, como dijera Fede, “ojalá pete el planeta y todos a tomar por culo, por bobos”.

(Preso politikoak aske)

¿Dónde está Aurora Wiwonska?

El 7 de diciembre del 2001 la dominicana Aurora Wiwonska Marmolejos, de 22 años y madre de una niña de año y medio, en un arranque inesperado y a las puertas de un club de la capital dominicana en el que la empresa para la que trabajaba ofrecía una fiesta navideña a sus empleados, se quitó los zapatos y echó a correr por las proximidades de la Universidad Autónoma de Santo Domingo. Momentos antes había sostenido una discusión con su marido que, aunque no trabajaba en esa empresa, había sido invitado por ella. A la salida del local, él se dispuso a llamar por su celular a un taxi para regresar a casa, eran más de las diez de la noche, cuando Aurora Wiwonska, según declaró el esposo, se quitó los zapatos y echó a correr. Desde entonces, y ya han pasado 18 años, nadie ha vuelto a ver a Aurora Wiwonska Marmolejos. Tal vez porque, discreta, corría descalza para no hacer ruido. Una carrera urdida de improviso, como si fuera a detenerse a los tres pasos y no tuviera intención de prolongarla todos estos años. Nada se llevó en su frenética carrera, ni un pasaporte, ni dinero, ni una maleta con ropa, ni una fotografía de su hija, nada. Tampoco se despidió de nadie, ni siquiera de su marido. Simplemente, se quitó los zapatos y echó a correr cuesta abajo, por una calle a oscuras y vistiendo una elegante falda tubo, una de esas faldas que apenas sí te permiten mover los pies. Y corriendo ha cruzado, desde entonces, su menuda figura frente a todas las comisarías de policía de la ciudad que no la vieron nunca, que nunca la han sabido; corriendo ha ido dejando atrás pesquisas inconclusas y reportes a doble espacio; siempre corriendo, Aurora Wiwonska atravesó un original y tres copias, dio la vuelta a un formulario verde, recorrió sin detenerse cuatro informes anexos, dos sellos gomígrafos y algunas presunciones, incansable al desaliento, sin que la detuvieran los indicios, ni las legítimas sospechas. Corriendo le ha pasado por el lado a tres pruebas periciales, ha dejado atrás los esperticios, ha cruzado indagatorias y testigos que sirvieron, al menos, para saber que aún corre, que Aurora Wiwonska tiene 18 años corriendo. No la ha visto la jueza que dictaminó su olímpica odisea por calles y avenidas de Santo Domingo, como si desaparecer en la República Dominicana fuera un ejercicio común e impune que no requiere más averiguaciones. No la ha visto la Policía, nadie la ha vuelto a ver, ni siquiera su hija, 18 años después. Súbitamente, sin tiempo ni para despedirse, Aurora Wiwonska decidió emprender esa carrera en la que todavía persiste y de la que nadie es responsable, como si fuera una fatal ocurrencia de medianoche, como si súbitamente le asaltaran las ganas de correr el resto de sus días y se lanzara a tumba abierta por las calles de la ciudad, hasta ella misma olvidarse de sus pasos. Y me pregunto si esa impune carrera no altera, también, la paz ciudadana, si no pone en peligro la convivencia de la familia dominicana o si es que, en esta sociedad, ser mujer no vale absolutamente nada cuando, además, se carece de recursos y apellidos.

(Preso politikoak aske)

San Andrés en Azkoitia

En Azkoitia, por San Andrés, entre otras actividades hay una que concita el interés de todos los niños y niñas del pueblo: la pintura. Se trata de distribuirse por el pueblo desde primeras horas de la mañana para, a partir de unas pautas que casi siempre son las mismas, pintar o dibujar la torre de San Martín, la Casa Negra, la plaza, el Ayuntamiento, las fuentes, el mercado, la iglesia… Casi imposible encontrar un edificio en el pueblo que no tenga delante a algunos escolares tratando de que sus pinturas sean fieles al modelo escogido. Y si digo casi es porque hay un edificio que no concursa: San Jose Egoitza. Frente a la residencia de ancianos de Azkoitia nunca vamos a encontrar a niños y niñas pintando por San Andrés. La razón es que la residencia, situada sobre un pequeño cerro a las afueras, aunque esté matriculada en Azkoitia, no está en el pueblo. Lo saben los más de tres mil vecinos que han firmado una petición entregada al ayuntamiento para que la residencia vuelva a ser parte del pueblo y que a la alcaldía un poco se la pela y un poco se la suda.

Curiosamente, la empresa a cargo de la residencia, sí la está pintando. El bueno de Eneko se ocupa de ello cuando no anda transportando residentes. Los pasillos, las barandillas… Lo que Biharko sigue sin pintar es el personal que falta.

(Preso politikoak aske)