¡Son humanos!

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Siempre he tenido la duda de si allá arriba… y no estoy hablando del cielo sino de más arriba aún, de más arriba, de aquellos despachos en los que los visionarios que gobiernan el mundo revisan las agendas de la paz y la guerra y ponen hora a la vida y a la muerte…siempre he tenido la duda de si allá arriba hay todavía un rasgo, un apunte, un vestigio de humanidad.

Cada vez que, pulcros e impecables, me los encuentro en los grandes medios de comunicación, tan dueños de sí mismos, tan fríos y distantes, sin un asombro, sin un solo gesto que revele vida, como máquinas infalibles y capacitadas para responder a cualquier inquietud, me pregunto ¿serán humanos? ¿Quedará vida humana en su interior?

¡Y sí, lo son! ¡Todavía están expuestos a dejar a un lado el guión, a un repentino ramalazo de humana gloria que los vuelva creíbles, que los haga cercanos! ¡Todavía son humanos!

Y el último ejemplo de que aún hay vida humana flameando por esas altas instancias del mundo del negocio es Marijn Dekkers, consejero delegado de la multinacional farmacéutica Bayer.

Frustrado Marijn Dekkers (primer síntoma de vida humana) por la decisión del gobierno hindú de negarse a proteger el negocio farmacéutico que él representa, ha dado rienda suelta a su segundo y definitivo síntoma: “No creamos este medicamento para los indios, sino para los occidentales que puedan pagarlo”.

¿Cabe mayor franqueza? ¿Es posible una demostración más cabal y sentida de su naturaleza humana?

¡Son humanos, sí, son humanos! ¡Son humanos los cabrones!

Gobierno en crisis

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Y es que nadie se pone de acuerdo en el gobierno español. Eso es lo que parece deducirse tras los últimos encontronazos habidos entre los propios ministros.

Hace casi dos años Fátima Báñez, ministra de Trabajo, apelaba a la Virgen del Rocío para que fuera la “Blanca Paloma” la delegada responsable de crear puestos de trabajo. Más de un millón de nuevos parados se han incorporado desde entonces a los cinco ya existentes no obstante el desempeño de una virgen de cuyas políticas de empleo nadie parecía dudar.

Sin embargo, días atrás, el ministro del Interior Fernández Díaz desautorizaba a Báñez y delegaba en Santa Teresa de Jesús la encomienda de enfrentar “estos tiempos tan recios que España está atravesando”, en la certeza de que ella es la santa idónea porque “estoy seguro de que el esfuerzo de ella desde arriba, que manda mucho, hará que sea un éxito, porque por encima de diferencias políticas, ideológicas o geográficas, la huella de Santa Teresa es demasiado profunda como para que nos perdamos en minucias”.

Nada ha dicho en referencia a esta agria polémica el presidente Rajoy aunque, se cree, sería partidario de mantener la confianza en los buenos oficios del Apostol Santiago a quien ya ha pedido “ayuda para no desfallecer en nuestra tarea” y por ser “depositario de las esperanzas de muchas generaciones que han visto en él un faro que iluminaba sus vidas”.

La controversia se complica por el respaldo de Dolores de Cospedal a la Virgen de los Llanos y de Ana Botella a la Virgen de la Almudena.

Visto lo visto, yo me encomiendo al Infierno y a todos sus demonios.

 

España y el perdón

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Sorprende que un pueblo como el español, tan devoto de la religión que profesa y practica y habituado a comulgar con el perdón y a recitarlo a coro, aún siga empecinado en la creencia de que el perdón no es virtud de ida y vuelta sino una impagable deuda que Dios y el mundo tienen contraída con España.

En consecuencia, sigue creyendo España que ella es la única merecedora de otorgar perdón a los demás y la única agraviada y en derecho a demandarlo.

Quienes celebran haber llevado la lengua castellana a un continente americano mudo y haber provisto del único Dios verdadero a millones de gentiles, hoy todavía festejan el continental genocidio y despojo que, cinco siglos más tarde, siguen trajinando a bordo de sus nuevas empresas y embajadas. Quienes siempre se reservaron la primera y la última palabra, hoy mandan a callar las voces inconformes con la historia que han urdido del perdón. Algunos, como Aznar, hasta se han permitido exigir la súplica del perdón al mundo musulmán por haberle invadido su país algunos siglos más de los que cree tener de vida.

De ahí que España siga a la espera de que los vascos pidan perdón por ese irracional empeño en seguir siendo vascos, absurdo semejante al de catalanes y gallegos de quienes también España aguarda sus disculpas; de que los torturados pidan perdón por su denuncia y los asesinados por negarse a delatar su vida; de que los republicanos pidan perdón por ejercer el voto, y las cunetas perdón por su memoria; de que los emigrantes pidan perdón por serlo, las mujeres por pretenderlo y los ateos por practicarlo; de que los accidentes laborales pidan perdón por sus mortales imprudencias, y los cinco millones de parados por su notoria afición a la indolencia y la aventura; de que pidan perdón los jubilados por evadir sus años de trabajo, los desahuciados por ocupar esquinas y portales, y los jóvenes por su notoria desconfianza en las promesas del futuro que se les miente y niega; de que pida perdón el clima por sus veleidosos cambios,  las vacas por sus locuras, las aves por sus gripes, los cerdos por sus fiebres, los elefantes por extinguirse y los toros por los toreros muertos.

En fin que, me temo, hasta yo voy a tener que pedir perdón por esta imperdonable columna.

Canción de cuna

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La Iglesia Católica tiene siglos convirtiendo el gozo de la sexualidad en una indecente perversión que ni el fuego eterno purifica, pero si algún pecado existe en relación a la sexualidad ese debe ser, en todo caso, abstenerse en este valle de lágrimas, que diría la Iglesia, de uno de los disfrutes más humanos. Y bien lo sabe el Vaticano que, contraviniendo la voluntad de Dios de crecer y multiplicarse, dice hacer virtud de la infame castidad mientras puebla el calendario de cumpleaños sin padre.

Si la juventud tuviera acceso a la educación sexual que la Iglesia le niega en las escuelas y dispusiera de los métodos anticonceptivos que la Iglesia le prohíbe, el número de abortos se reduciría considerablemente.

Sea porque tengo dos hijas que no quisiera nunca sean protagonistas de esta canción de cuna, o porque me indigna la hipocresía y la intolerancia de quienes se arrogan el derecho de decidir por los demás, es que les propongo esta tierna nana a la que ustedes deberán agregar las campanillas:

                                                        Canción de Cuna

Mi mamá me mima, mi papá me ama y el niño Jesús me espera en la cama.

Din don din don din don din don din…Din don.

Que me hablen del sexo el cura no deja, en casa mis padres, tampoco en la escuela.

Din don din don din don din don din…Din don.

Condones, pastillas, no quiere la Iglesia, y el niño Jesús en la cama espera.

Din don din don din don din don din…Din don.

Mi mamá me mima, mi papá me ama, jugando jugando, hoy estoy preñada.

Din don din don din don din don din…Din don.

Mi mamá me grita, mi papá me pega, me echaron de casa y he acabado presa.

Din don din don din don din don din… Din don.

 

 

La memoria de Haizea

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A sus seis años Haizea reprochaba a gritos a su hermana Itxaso, dos años mayor, que siguiera negándose a compartir la gloria con ella.

Itxaso, imperturbable, respondía que la gloria era suya y que, además, ya se la había comido. Lo atestiguaba el polvillo de patata frita que, como único vestigio, quedaba en el fondo de la bolsa.

Fue entonces que Haizea, harta de que sus demandas no fueran satisfechas por su hermana, enarboló su peor amenaza: “Mañana no te dejaré mi vestido rojo”, y que Itxaso, socarrona, se encomendó a la amnesia: “Mañana… ya te habrás olvidado”.

Testigo consternado del fratricida pleito, yo me limité, simplemente, a tomar nota de la querella.

A sus ocho años Itxaso ya lo sabía, ya había descubierto que el olvido es uno de los rasgos más sobresalientes de los tiempos que andamos y que hasta las palabras que enunciamos eternas al cabo de una vuelta terminan desmintiendo su memoria.

Y no es lo peor lo poco que aprendemos, que más daño hace lo mucho que olvidamos. De que así sea se ocupan como nadie presidentes que decretan olvidos, jueces que evacuan olvidos, curas que bendicen olvidos, periodistas que mienten olvidos… Disponemos de olvidos de oro, plata y bronce… ¡Campeonato de olvidos! ¡Olvidos a la carta, al derecho y al revés, en blanco y en negro, en directo y diferido!  

Y bien, que casi se me olvida, Haizea, un día más tarde, no se había olvidado ni de la afrenta ni de la amenaza pero, sobre todo, recordaba quien era su hermana. A ello, supongo, se debió que Itxaso pudiera volver a ponerse al día siguiente el vestido rojo.