España y el perdón

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Sorprende que un pueblo como el español, tan devoto de la religión que profesa y practica y habituado a comulgar con el perdón y a recitarlo a coro, aún siga empecinado en la creencia de que el perdón no es virtud de ida y vuelta sino una impagable deuda que Dios y el mundo tienen contraída con España.

En consecuencia, sigue creyendo España que ella es la única merecedora de otorgar perdón a los demás y la única agraviada y en derecho a demandarlo.

Quienes celebran haber llevado la lengua castellana a un continente americano mudo y haber provisto del único Dios verdadero a millones de gentiles, hoy todavía festejan el continental genocidio y despojo que, cinco siglos más tarde, siguen trajinando a bordo de sus nuevas empresas y embajadas. Quienes siempre se reservaron la primera y la última palabra, hoy mandan a callar las voces inconformes con la historia que han urdido del perdón. Algunos, como Aznar, hasta se han permitido exigir la súplica del perdón al mundo musulmán por haberle invadido su país algunos siglos más de los que cree tener de vida.

De ahí que España siga a la espera de que los vascos pidan perdón por ese irracional empeño en seguir siendo vascos, absurdo semejante al de catalanes y gallegos de quienes también España aguarda sus disculpas; de que los torturados pidan perdón por su denuncia y los asesinados por negarse a delatar su vida; de que los republicanos pidan perdón por ejercer el voto, y las cunetas perdón por su memoria; de que los emigrantes pidan perdón por serlo, las mujeres por pretenderlo y los ateos por practicarlo; de que los accidentes laborales pidan perdón por sus mortales imprudencias, y los cinco millones de parados por su notoria afición a la indolencia y la aventura; de que pidan perdón los jubilados por evadir sus años de trabajo, los desahuciados por ocupar esquinas y portales, y los jóvenes por su notoria desconfianza en las promesas del futuro que se les miente y niega; de que pida perdón el clima por sus veleidosos cambios,  las vacas por sus locuras, las aves por sus gripes, los cerdos por sus fiebres, los elefantes por extinguirse y los toros por los toreros muertos.

En fin que, me temo, hasta yo voy a tener que pedir perdón por esta imperdonable columna.