La uva nº 13

Habemus año y, además, nuevo, porque si una palabra se repite en los titulares, así vengan servidos en las cenas o desde las pantallas, esa palabra es “nuevo”. “Nuevo” no tiene porqué ser bueno ni tampoco verdad, solo es el adjetivo líder en todas las listas navideñas.

Y es que es nuevo el viejo tribunal, como son nuevas las alzas reiteradas de precios, las nuevas medidas en los aeropuertos, los nuevos controles en todas las fronteras.

“¿Estamos ante una nueva guerra fría?” “¿Nos enfrentamos a una nueva variante del virus?”, “¿Se deben implementar nuevas dosis, nuevos modelos, nuevos confinamientos? ¿Necesitamos nuevos protocolos y vacunas?

Y es nueva la colonia de todos los años mientras Ronaldo anuncia su nuevo fichaje por un equipo saudí y Lahoz protagoniza un nuevo show con el pito en la boca, y hay nuevos despidos y nuevas protestas y hay nuevos detenidos y nuevos desahucios y nuevas las evidencias que el nuevo juez evaluará en su día, según disponga el nuevo tribunal… y una nueva mujer asesinada y otra nueva mujer asesinada y una última hora con que se cierra el año con una nueva mujer asesinada. ¡Ser mujer sigue costando la vida!

Ahora que ya nos comimos las uvas, en confianza, lo peor del año viejo es que no termina.

(Preso politikoak aske)

Divididos

Basta que se mueva en el aire una brizna de juicio, que asome al nuevo día un soplo de cordura y lo haga, además, en una lengua que no sea el castellano, para que se venga arriba el patio nacional y cunda la voz de alarma: “¡España se rompe!”, “¡La Constitución se quebranta!”, “¡Cataluña se fractura!”, “¡Euskadi se quiebra!”…

Quienes nunca han creído en el valor de la palabra sino en el exabrupto; en la virtud de la verdad sino en la infamia; en la importancia de la justicia sino en sus santos cojones, sacro argumento que convierte sus citados atributos en reales razones y su bragueta en enseña patria, claman contra tanto estropicio en curso y lamentan que estemos divididos.

Hay que reconocer que en eso llevan razón. Es verdad, estamos divididos, lo hemos estado siempre y, me temo, que lo vamos a seguir estando por mucho tiempo, quizás hasta que la justicia no sea un esperpento y el derecho una mala palabra; hasta que la fortuna de unos no disponga la ruina de todos; hasta que el miedo no pese más que la razón; hasta que la verdad pueda ser rehabilitada; hasta que el respeto sea restaurado y la impunidad no salga agradecida; hasta que no queden en las cárceles vergüenzas con cargos y en las poltronas de la justicia cargos sin vergüenza.

(Preso politikoak aske)

Preguntas reservadas

Preguntas reservadas

Koldo Campos

Inquieta pensar que la única fase en la vida de un ser humano caracterizada por su afán de saber, hasta el punto de merecer para la ciencia un sesgo universal tipificado como fase del “porqué”, sea la infancia, sean esos primeros años en los que, además de cultivar otras artes marciales, los seres humanos hacemos preguntas, la única fase en el ciclo de la vida en la que se reconoce la demanda de respuestas como rasgo más sobresaliente.

Y sí, es verdad, a esa edad ¿qué más podrían hacer esas pobres criaturas sino preguntas? Lo ignoran todo y, en consecuencia, todo quieren saberlo. De ahí que familia, escuela y sociedad, casi al compás, deban ocuparse de que esa “fase del porqué” sea lo más breve posible y no vuelva a repetirse. Basta con censurar la espontaneidad (¡Guarden silencio!), denigrar la imaginación (¡No digan tonterías!) y desterrar de las aulas, los hogares y las calles, la capacidad de asombro y el derecho a demandar respuestas.

¿Qué pasa después? ¿No sería posible otra cuestionadora fase a los treinta, o un rebrote, entre inquisitivo y curioso, tal vez a los setenta? ¿Ya lo sabemos todo? Pues sí. Las preguntas quedan reservadas a los crucigramas, los concursos y las ruedas de prensa del ministro, del torero y de Ronaldo.

(Preso politikoak aske)

¿Dónde está Aurora Wiwonska?

El 7 de diciembre del 2001 la dominicana Aurora Wiwonska Marmolejos, de 22 años y madre de una niña de año y medio, en un arranque inesperado y a las puertas de un club de la capital dominicana en el que la empresa para la que trabajaba ofrecía una fiesta navideña a sus empleados, se quitó los zapatos y echó a correr por las proximidades de la Universidad Autónoma de Santo Domingo. Momentos antes había sostenido una discusión con su marido, Pedro Polanco, que, aunque no trabajaba en esa empresa, había sido invitado por ella. A la salida del local, él se dispuso a llamar por su celular a un taxi para regresar a casa, eran más de las diez de la noche, cuando Aurora Wiwonska, según declaró el esposo, se quitó los zapatos y echó a correr. Desde entonces, y ya han pasado 21 años, nadie ha vuelto a ver a Aurora Wiwonska Marmolejos. Tal vez porque, discreta, corría descalza para no hacer ruido. Una carrera urdida de improviso, como si fuera a detenerse a los tres pasos y no tuviera intención de prolongarla todos estos años. Nada se llevó en su frenética carrera, ni un pasaporte, ni dinero, ni una maleta con ropa, ni una fotografía de su hija, nada. Tampoco se despidió de nadie, ni siquiera de su marido. Simplemente, se quitó los zapatos y echó a correr cuesta abajo, por una calle a oscuras y vistiendo una elegante falda tubo, una de esas faldas que apenas sí te permiten mover los pies. Y corriendo ha cruzado, desde entonces, su menuda figura frente a todas las comisarías de policía de la ciudad que no la vieron nunca, que nunca la han sabido; corriendo ha ido dejando atrás pesquisas inconclusas y reportes a doble espacio; siempre corriendo, Aurora Wiwonska atravesó un original y tres copias, dio la vuelta a un formulario verde, recorrió sin detenerse cuatro informes anexos, dos sellos gomígrafos y algunas presunciones, incansable al desaliento, sin que la detuvieran los indicios, ni las legítimas sospechas. Corriendo le ha pasado por el lado a tres pruebas periciales, ha dejado atrás el esperticio, ha cruzado indagatorias y testigos que sirvieron, al menos, para saber que aún corre, que Aurora Wiwonska tiene 21 años corriendo. No la ha visto la jueza que dictaminó su olímpica odisea por calles y avenidas de Santo Domingo, como si desaparecer en la República Dominicana fuera un ejercicio común e impune que no requiere más averiguaciones. No la ha visto la Policía, nadie la ha vuelto a ver, ni siquiera su hija, 21 años después. Súbitamente, sin tiempo ni para despedirse, Aurora Wiwonska decidió emprender esa carrera en la que todavía persiste y de la que nadie es responsable, como si fuera una fatal ocurrencia de medianoche, como si súbitamente le asaltaran las ganas de correr el resto de sus días y se lanzara a tumba abierta por las calles de la ciudad, hasta ella misma olvidarse de sus pasos.

(Preso politikoak aske)

La «normalidad»

Lo dicen los empresarios y lo aseguran los medios: estamos volviendo a la normalidad.

Los precios, hábilmente camuflados en las estanterías de los supermercados y armados de guarismos de largo alcance, patrullan pasillos y aparadores. Algunos precios, veteranos de otras alzas, practican desde las registradoras allanamientos en las tarjetas y bolsillos que todavía circulan, decomisando salarios de fabricación casera y esperanzas baldías.

Se ha sabido de precios que han formado piquetes y recorren empresas y negocios amenazando con violentas represalias a quienes se nieguen a especular ganancias y sumar dividendos, y turbas de impuestos y facturas, siempre encapuchadas, asedian y saquean salarios familiares cargando con todo lo que de valor encuentren, sean expectativas preciosas o confianzas en efectivo.

Persisten los recortes de distinto calibre quemando empleos en la calle y provocando disturbios en todos los balances. El precio de la luz sigue batiendo récords.

Miles de personas siguen detenidas en las comisarías de la impotencia y otras han sido traducidas a audiencias y juzgados acusadas de vivir por encima de sus posibilidades.

Esta “normalidad” sigue necesitando más golpes de cordura, más embates de lucidez, más huelgas generales.

(Preso politikoak aske)