Pirritx eta Porrotx

Si Pirritx y Porrotx fueran, simplemente, unos excelentes payasos y la risa de nuestros hijos e hijas fuera su consecuencia, ya habríamos contraído con Aiora Zulaika y Joxe Mari Agirretxe una inestimable deuda.
Pero no sería de buen agradecido ajustar nuestro reconocimiento a la noble profesión que ejercen de tan admirable manera ni a la alegría que su oficio genera y multiplica en nuestros hijos y en nosotros mismos, porque esa fiesta a la que nos convocan en cada presentación, esa sonrisa con la que nos deleitan, no se limita a otorgarnos un risueño semblante con que mudar la cara al día en lo que empieza y concluye la función; esa sonrisa no se queda en la butaca, no se apaga con el último aplauso ni termina en la calle, a la salida.
De regreso, esa entrañable sonrisa nos acompaña a casa, vive con nosotros como si fuera alguien más de la familia, diversa y solidaria, entinta de colores y acentos africanos, caribeños, de todo el mundo, para reivindicar Euskalherria y disfrutar su lengua y su cultura. Esa sonrisa que Pirritx, Porrotx, Mari Motots y el gran elenco que los acompaña nos brindan con su trabajo no tiene precio porque, entre todas las fiestas que podamos celebrar, ninguna más hermosa y necesaria que esa que, además de divertirnos, nos transmite valores, nos contagia entusiasmo, nos ayuda a crecer como seres humanos. Y un pueblo que es capaz de reír es un pueblo que tiene futuro.
Sólo hay que aplicar esa mágica y oportuna receta con que Pirritx y Porrotx, antes de despedirse, nos dicen hasta siempre: “sentitu, pentsatu eta egin”.

Papillas contra lactancia

A riesgo de que me tomen por ingenuo, la verdad es que creía que científicos e investigadores, inmunes a los tiempos que corren, mantenían su imprescindible independencia, sus personales criterios, y decepciona comprobar que no es así. Ellos tampoco están al margen de los mercuriales intereses que regulan nuestras vidas y miserias. Al igual que los políticos y las putas, se deben a quien les paga y sólo enseñan lo que se les pida.
Un equipo de pediatras del Instituto de Sanidad Infantil del University College London (UCL) según informa la revista British Medical Journal, ha llegado a la conclusión de que a partir de los cuatro meses es preferible alimentar a los bebés con papillas, por la falta de hierro y las alergias a las que, aseguran, los expone la leche materna.
Ignoro quién pueda estar subvencionando ese instituto pero no descartaría alguna relación entre los resultados de su estudio y la casa patrocinadora.
Plantear que una papilla resulte más nutritiva que la leche materna es tan absurdo como creer más conveniente orinar por las orejas.
Y que conste que no pretendo poner en tela de juicio el poder nutritivo de una buena papilla, ni el sabor de un marmitako, como no repruebo la ensalada de langosta, el cocido de garbanzos o los callos, así sean madrileños, pero un bebé todo lo que necesita es leche, y la mejor leche es la natural, la de su madre, porque contiene todos los nutrientes que el bebé necesita, porque los dispone a la temperatura adecuada, los suministra por la vía más tierna y los soporta en el más entrañable pecho. Y además ofrece el servicio las 24 horas y es absolutamente gratis.
Así que si usted puede amamantar a su bebé porque ninguna causa de fuerza mayor se lo impide, si su religión no se lo censura ni su gobierno se lo prohíbe, aún cuando lo hagan, repita conmigo:”Madre nuestra que nos das el seno, santificada sea tu obra, venga a nosotros tu leche y hágase la nutrición tanto de un pecho como del otro, la leche nuestra de cada día dánosla hoy, y no compres sus sucedáneos así como nosotros tampoco los reclamamos, que no hay nada más sano que el pezón, más líbranos del mal…Nestlé.

El futuro se nos viene encima

La culpa es de las vacas que se vuelven locas, de las aves que contraen la gripe, de los cerdos que tienen fiebre, de los pollos que consumen hormonas, de los huevos que acumulan dioxinas; la culpa es del petróleo que ha subido su precio, de la Bolsa que ha vuelto a desplomarse, del ladrillo que ya no se levanta; de la balanza que ha perdido su fiel, de la deuda que ha agregado más ceros, la culpa es de la crisis; la culpa es de los celos y de las carreteras, de la imponderable idiosincrasia, de la incompatibilidad de caracteres; la culpa es del demonio o del destino… la culpa siempre será del enemigo. Nada de particular tiene por ello que del deterioro del planeta también sea responsable el clima y sus veleidosos cambios.
Y de las consecuencias de ese cambio climático nadie va a resultar ileso. Cálculos optimistas sitúan en el 2060 la desaparición de las capas polares. Paralelamente, otros fenómenos, muchos de los cuales ni siquiera prevemos, irán no sólo “desnaturalizando” nuestro “estilo de vida” sino haciendo inviable cualquier otra posible alternativa, en la medida en que no se enfrente la causa.
Y es en ese “estilo de vida”, absurdo y depredador, que permite que el 5% de la población mundial dilapide los recursos del resto, en donde hay que buscar al responsable de todos los cambios que están en marcha.
Curiosamente, los mismos intereses y personajes que han propiciado el caos, que han comprado el silencio de parte de la comunidad científica y de los medios de comunicación para evitar que el mundo tome conciencia y que, en modo alguno, están interesados en cambiar las recetas desarrollistas que nos venden como progreso, se erigen en la salvaguarda del planeta.
Otra buena razón, sin duda, para entender que la humanidad no va a llegar a tiempo de evitar que el tumor haga metástasis.
El ritmo del deterioro multiplicará sus propios efectos y las consecuencias terminarán siendo inevitables. Algunos de nosotros y nuestros hijos serán testigos del desastre.
Entre los muchos cambios que se avecinan y cuya gravedad no acabamos de entender, hay uno, el más intrascendente de todos, que a mí me fascina: la relatividad que va a cobrar el tiempo.
No es que las horas vayan a disponer de más o menos minutos, que los días sufran la pérdida de alguna hora, o reduzcamos a 2 los meses del año… es que, el mentado “futuro” nos va a quedar tan cerca, tan en medio, tan encima, que invocarlo o suponerlo va a ser un absoluto desperdicio.
Hemos vivido siempre en la certeza de que el tiempo era nuestro, al igual que el planeta, y en uno y otro hemos cifrado proyectos, calendarios, festividades, sentencias, historias, hijos… Pronto nada de ello tendrá ya sentido.
Y serán los bancos los primeros en quebrar cuando a nadie asusten ya con sus medidas legales y abogados, con sus desahucios, hipotecas y otras represalias. Nadie, aunque lo amenacen con enturbiar aún más su historial financiero, va a privarse de responder a una necesidad inmediata por cumplir con la codicia de una entidad bancaria y no exponerse aún más a sus futuros intereses.
Los que tengan sus ahorros en manos de bancos y financieras, a falta de futuro que asegurar, dejarán vacías las cajas fuertes para mejor aprovechar los días que les resten o invertir en una huída imposible.
Si con algún concepto está identificado un banco (además de todos los que subraya el código penal) ese es “futuro”. Ahorramos para el futuro, guardamos nuestro dinero en un banco para preservar y multiplicar el patrimonio en algunos años. Si desaparece el futuro como destino, también desaparece el ahorro como medida. A partir de que los bancos no dispongan de depósitos tampoco podrán hacer préstamos u otras operaciones e, inevitablemente, irán todos a la quiebra. Un mundo sin futuro al que encomendarse no va a necesitar bancos.
Por parecidas razones desaparecerán las empresas aseguradoras y todas aquellas que emplacen al futuro como negocio. Y de la mano de la banca cerrará la Bolsa a falta de futuro e inversionistas.
Y porque la vida no se percibe de la misma manera desde la confianza en un futuro seguro que desde su desolada ausencia, también se extinguirán todas aquellas empresas cuya razón de ser no sea vital, aquellas que nada aportan al desarrollo humano que no sean los beneficios que dejan a sus dueños.
La industria de la guerra, sus armas y ejércitos, además de sin sentido también se quedará sin pretextos. Nadie va a librar una batalla, así se le garantice la victoria, la víspera de perder la guerra.
Las instituciones de justicia, sigan o no administrándola, tendrán que esmerarse en sus sentencias e hilar bien fino para no cometer el exabrupto de condenar a nadie a penas que no sean superiores a las que el “cambio climático” nos remita al resto. Cualquier condena a más de cien años de cárcel, incluso la perpetua, al margen de la longevidad del preso, va a resultar una humorada. Y no es verdad que una sociedad presa de un cambio climático de funestas consecuencias va a seguir entretenida en la custodia de nadie.
Los partidos políticos del sistema, que siempre han tenido en el futuro su mejor coartada y negocio, perdida la referencia, se quedarán también sin cargos, sin nombramientos, sin comisiones, sin beneficios, sin nuevas elecciones y, lo que es peor, sin clientes, porque ningún partido va a poder ofrecer una respuesta creíble al naufragio universal.
Las iglesias serán las únicas empresas a las que acudirán en masa las más cándidas almas en busca de consuelo y explicaciones. Se llenarán los templos de arrepentidos, de beatos, también de descreídos, pero no encontrarán a nadie porque los fariseos que las administran, que nunca han creído en el futuro, huirán a tiempo en un nuevo Arca de Noé, dispuestos a sembrar la palabra de Dios en otro espacio.
Y Dios, harto de que los humanos decidamos por él, como castigo, dispondrá el fin del mundo y enviará a sus ángeles y arcángeles para que toquen las trompetas del Apocalipsis anunciando el fin del mundo y el juicio final… pero también él llegará tarde.
Sólo me encontrará a mi, meciéndome en el balcón de mi casa, muerto de la risa, que es el único bien, por cierto, que lego a nadie.

¡Que nos traigan los huevos!

Andan retirando de los mercados europeos millones de huevos con dioxinas que han obligado al cierre de miles de granjas en Alemania dado que alimentaban a sus animales con piensos contaminados. Las autoridades sanitarias alemanas, un año más tarde de que se descubriera el caso, se han apresurado a tranquilizar a los consumidores porque, dicen, los niveles de dioxinas detectados no suponen un riesgo para la salud y, además, agrego yo, ya ni el cáncer es lo que era. Sólo consumiendo muchos huevos y durante largo tiempo, dicen los medios de comunicación, es que podrían generarse, tal vez, algunos problemas sanitarios pero, hasta en esos casos, insisten las autoridades “la mezcla de los huevos diluirá las dioxinas” y desaparecerá uno de los problemas. El otro, más peliagudo y costoso, es qué hacer con los huevos contaminados que se exhiben en los mercados europeos.
Antes de que se los donen a Haití, que así de generosos son los europeos, bien podría el gobierno dominicano adquirir esos huevos a precio de saldo, que si en República Dominicana hasta las vacas locas se volvieron cuerdas, nada va a evitar que esos huevos con dioxinas resulten más nutritivos.
Considerando su origen, y una vez el gobierno separe una partida para los desayunos escolares, el resto podría ir a parar a manos de los comerciantes locales que, así los encarezcan, no dudo hallarán entusiasmados consumidores felices de poder consumir huevos con tanta raza y pedigrí, aunque haya que hacer fila.
No sería la primera vez que desde el desarrollado mundo que queda arriba y al otro lado nos proponen negocios semejantes, y que nosotros aceptamos tan curiosos intercambios.
Aquí tenemos años sanando nuestras enfermedades con medicamentos descontinuados y prohibidos en Europa y Estados Unidos, sin que las contraindicaciones descubiertas a esos fármacos nos lleguen a afectar porque antes de darles tiempo a manifestarse ya nos hemos muerto de otras muchas dolencias tercermundistas.
Aquí tenemos años recogiendo con gozosa alegría la tóxica basura de la que en el primer mundo no saben cómo deshacerse y que en nuestros improvisados basureros encuentran natural acomodo.
Aquí adquirimos con generosa frecuencia toda clase de insecticidas producidos en Estados Unidos, como los clorinados (DDT) o los organicofosfatados (Parathión), que aunque en el Norte están prohibidos, las compañías que los producen si cuentan, sin embargo, con todas las bendiciones y permisos para venderlos en América Latina.
Aquí compramos regocijados, autobuses desahuciados en los países desarrollados que en nuestras calles desparraman con puntual equidad el monóxido de carbono con que nos intoxican, en abierta y alegre competencia con talleres y fábricas locales.
Aquí ya somos expertos en la digestión de pollos con hormonas, de cerdos con dandí, de salchichón de burro, y poder incorporar a nuestro variado menú los huevos con dioxinas, contribuiría a fortalecer una dieta alimenticia que dotaría a nuestros organismos de una consistencia casi mágica. Si en República Dominicana hemos sido capaces de digerir a Balaguer, a Hipólito y a Leonel, somos capaces de digerirlo todo, sin pestañear, y hasta de repetir.

¿Periódico o letrina?

En Internet, la mayoría de los medios de comunicación abren cada noticia y opinión al criterio de sus lectores. Lo hacen, entre otros motivos, por dar la sensación de que esos criterios les importan, por resaltar su pretendido talante democrático en la medida en que consienten esas opiniones y, también, por descansar en la responsabilidad de esos aportes, criterios que el periódico no puede o quiere expresar.
Todos, supuestamente, identifican, regulan y filtran las opiniones que reciben de manera que nadie se exprese de manera vejatoria o insultante. Obviamente, qué es un insulto y qué no lo es, queda al criterio del periódico.
Es por ello que, probablemente, uno de los más fiables y precisos medidores para registrar la ética profesional en un periódico consista en evaluar los comentarios de sus lectores.
En ese sentido, un ejemplo de hasta qué punto El País, aquel periódico que hace cuarenta años podía leerse sin abochornarse, se acabó convirtiendo en otra letrina más del bien surtido museo de excrementos de papel con que cuenta el Estado español, lo pudimos encontrar en estos días, con motivo de la multitudinaria manifestación que en las calles de Bilbao reclamó respeto para los derechos de los presos vascos.
Bajo el burdo y engañoso titular de “Manifestación a favor de los presos etarras” el periódico El País recogía algunos centenares de insultos, en una repulsiva y apologética exhibición de las más deplorables bajezas humanas. Sin tapujos, así fuera porque El País tenía de fiesta a quienes deben filtrar los comentarios o porque ensalzar el crimen o la tortura no les parece motivo suficiente para rechazar una “opinión”, la mayor parte de vejaciones que entre los lectores de El País suscitó la noticia, sólo con aplicar las propias leyes españolas, bien habría podido rendir cuentas en el juzgado de cualquier tribunal o audiencia.
Estos son algunos de esos comentarios a partir de los cuales podemos evaluar ya no sólo la catadura moral de quien “opina” sino la del periódico que reproduce el ultraje:
309/ yo soy ese- 08-01-2011- 23:52:03h
Joder, con lo fácil que era terminar hoy con miles de cortos radicales y los han dejado vivos… ¡¡lástima!!
291/ Fran 08-01-2011- 23:19:26h
Yo quiero que se independicen Cataluña y el País Vasco. La gentuza cuanto más lejos, mejor. Pero desde ya mismo. Deberíamos hacer boicot a todos sus productos.
252/Javier 08-01-2011- 22:33:28h
No hay que espantarse, el País Vasco siempre ha sido hervidero de asesinos.
196/ Halavete 08-01-2011- 21:30:00h
Euskadi, ese gran país de borrachos, asesinos y mujeres feas.
208/ Teresa 08-01-2011 21:40:20h
Ja ja ja…es verdad, feas y machorras, con lo guapas que son las andaluzas y pacíficas.

Recojo sólo algunas muestras del detritus que El País reclama y consiente, porque ni yo quiero arriesgarme a más arcadas ni viene al caso exponer a nadie más, pero si aceptamos que las opiniones de los lectores de un periódico también expresan la ética profesional del medio en que se exhiben, ninguna duda queda: El País es una letrina