Licencia para matar

La primera licencia (The eiger sanction) la dirigió Clint Eastwood en 1975 ocupándose él mismo de protagonizarla.

La segunda licencia (Licence to kill) la dirigió John Glen en 1989 y fue el actor Timothy Dalton quien hizo el papel de James Bond.

La tercera licencia para matar la dirige el gobierno de los Estados Unidos a través de uno de sus carteles del crimen (la CIA) y se rueda en Venezuela pero no es una película. Como protagonistas cuenta, entre otros actores, con los grandes medios de comunicación y algunos cientos de bien remunerados sicarios conocidos como “jóvenes que protestan”, dedicados en las calles a levantar barricadas, saquear y quemar edificios en lo que los medios llaman “manifestaciones populares”, asesinando a venezolanos en hechos que los medios manipularán a conveniencia y cuyo fin es provocar el caos en el país para que se justifique la intervención etranjera a la que apela la llamada oposición. En el último episodio los sicarios han asesinado al juez venezolano Nelson Moncada al que, también, le robaron sus pertenencias. El magistrado, que ratificara la condena del golpista Leopoldo López, fue interceptado al tratar de eludir una barricada en Caracas y asesinado a tiros. Los grandes medios, ya que no a censurar el asesinato de este juez, ni siquiera han llegado a publicarlo. Si la oposición y sus sicarios disponen de licencia para matar, los grandes medios disfrutan de licencia para mentir.

(euskal presoak-euskal herrira)

La Guardia Mora

Una partida de casi 8 millones de euros destina el Estado español en sus flamantes presupuestos aprobados recientemente en el Congreso con el respaldo del PNV, a la Guardia Mora de Franco. La guardia mora, selecto cuerpo de soldados marroquíes, no solo se limitó a participar en el golpe de Estado de 1936 sembrando el terror en los pueblos que ocupaba como avanzadilla del ejército fascista, sino que, consumado el crimen y establecida la dictadura, permaneció acuartelada en Madrid durante décadas en el mismo palacio de El Pardo que sirviera de residencia al tirano, como guardia personal de Franco.

Imposible borrar de mi memoria la presencia de aquellos guardias moros a caballo, cubiertos de turbantes y largas capas blancas, flanqueando el vehículo en que se desplazaba Franco.

Han pasado casi 80 años desde que terminara la guerra y repugna constatar que el mismo Estado español que se niega a cumplir con la Ley de Memoria Histórica a la que no aporta un solo euro para que, entre otras cosas, puedan ser identificados y recibir sepultura las decenas de miles de españoles que siguen tirados en las cunetas, sin embargo, si disponga cuantiosos recursos para gratificar a quienes Dolores Ibarruri (La Pasionaria) definía como “la pezuña fascista”.

(euskal presoak-euskal herrira)