Los servicios del virus

 

Y bien, aquí estamos, pongamos que en un día de confinamiento, cada día más cerca del pico, pero con muchos más días en perspectiva. Hay portavoces que ya empiezan a vislumbrar los brotes verdes, como no hay día sin sobresalto ni cretino que no tenga un día de gloria. Toda la ciudadanía del mundo enclaustrada en casa. Hasta los sin techo han sido recogidos de la calle para que cumplan con el mandato de “quedarse en casa” y dormir en pabellones deportivos lo que dure la pandemia, momento en el que serán de nuevo depositados en su acera de referencia. Todo el mundo en su casa. También el vecino y el de enfrente, todos refugiados en nuestras colmenas en el entendido de que resulta imprescindible este confinamiento para preservar el bien común y lo más preciado que tiene: la vida.

Nunca había pasado en el mundo nada parecido. Cerrados los bares, las iglesias y sin fútbol, ni Formula 1, ni Eurocopa, ni toros, ni fiestas, ni procesiones, ni Olimpiadas, ni Eurovisión, ni viajes, ni idiotas a hostias por ver quien salta antes la reja del Rocío, ni turista borracho saltando del balcón…

No es por nada pero, además de algunas gratas suspensiones, si algo no le reprocho al virus es su indiscriminado modo de proceder, que no enferme ni mate a los mismos, a los de siempre, a los que de igual modo se irían con la gripe, con la diabetes, con el cáncer… que en eso consiste precisamente la peligrosidad de este virus, en que no discierne entre linajes y pelajes. De hecho, ya tiene en nómina a algunos presidentes, celebridades y altezas, además de decenas de miles de súbditos. No es agradable reconocerlo pero este virus, amén de otras consecuencias no tan agradables, le ha permitido un respiro a un planeta urgido de apagar chimeneas y tubos de escape y de cesar vertidos y de recuperar oxígeno y vida. Frenar el cambio climático, paliar sus consecuencias así sea por unos días lo ha conseguido el pánico que ha provocado el virus, demostrando que es posible enfrentarlo.

Y hay otro servicio que el virus nos esta brindando porque esta colectiva reclusión también puede ser una oportunidad, debiera serlo, para replantearnos todas esas certezas que teníamos por archivadas y que sería bueno desempolvar antes de decidir su futuro. Sin pretenderlo, este virus, los que vengan, no son sino las últimas expresiones de un sistema que colapsa y cuya fragilidad queda a la vista con asomarse a la ventana. La “normalidad” a la que deseamos reintegrarnos, yo también, sigue teniendo en la mujer a su primera víctima, sigue costando la vida por hambre y desnutrición a 25 mil personas al día, tres personas de cada cinco carecen de agua potable y otras tantas de una vivienda digna. Millones de menores en el mundo no van a la escuela, deambulan por las calles, se colocan oliendo cemento y pegamento, son prostituidos, asesinados para traficar con sus órganos, terminan como mineros, como sicarios, buceando en vertederos, uno de cada cinco vive en zona de guerra… Estos son solo algunos aspectos de la normalidad que estamos añorando. A fuerza de no querer saber de ella, de no mirarla, casi hemos llegado a creer que no existe, pero no es verdad, está ahí.

Y sin embargo esta podría ser la ocasión de darle la vuelta a la insatisfacción, de plantearnos qué podemos hacer al respecto, que no debemos seguir haciendo. Esta también es una buena ocasión para acercarnos a los afectos más queridos, para repensar nuestro futuro, dónde queremos estar, junto a quiénes y haciendo qué. Nada debería ser igual cuando el mundo vuelva a esa añorada “normalidad” y se recuperen las bolsas y el índice de crecimiento sume un dos por ciento más y se terminen de contar y de enterrar los muertos. Esa “normalidad” cuenta con tantas cruces que hasta cerrando los ojos las tenemos delante. El coronavirus, no está siendo cualquiera, pero solo es la última en llegar.

Cuando pase todo… ¿de verdad que no podremos hacer nada para que la ciudadanía que vuelva a la calle sea más consciente, más comprometida? Personas, familias que llevan semanas de confinamiento, que han asistido de un día para otro a la suspensión y restricción de buena parte de sus derechos civiles y humanos, cuando se les restituya su condición… ¿en serio que no vamos a ser capaces de inventarnos otra vida antes de que no tengamos tiempo ni para lamentarnos?

Alguien escribía una oportuna reflexión sobre el momento: “Hemos pasado de soñar con viajar en coches voladores a aprender a lavarnos las manos”.

Y de eso se trata, de lavarnos las manos, sí, y también la cara y la conciencia hasta que no haya virus, tampoco indiferencia.

(Preso politikoak aske)

¿Corona… qué?

 

Lo siento por los sordos, y ojalá que no se enfaden conmigo por esta columna de hoy. No es nada personal pero me veo en la obligación de denunciar que son los sordos quienes más contribuyen a propagar el coronavirus.

Cuando le preguntas cualquier cosa a un sordo, como no oye bien, tiene que acercarse más y más y mucho más allá de lo recomendable, que viene siendo alrededor de dos metros, y como a pesar de acercarse tanto no oye lo que le dices porque está sordo y tiene que acercarse más y más y mucho más allá de lo prudente, que algunos dicen que metro y medio es suficiente, pues la conversación empieza a ser, como poco, inoportuna y hasta me atrevería a asegurar que peligrosa. No hay forma de mantener a raya a un sordo empeñado en oír. Ni siquiera un repentino estornudo que frene su avance o un paraguas que marque la distancia pero, finalmente, consigues que te oiga, o eso es lo que crees, y el sordo responde a tu pregunta pero lo hace bajito, muy bajito, tal vez para mortificarte, y entonces es uno el que se acerca más y más y más allá de lo debido, a un par de palmos, como si yo fuera el sordo o tuviera la obligación de oírlo, y uno se acerca más y más y mucho más allá de cualquier distancia, hasta que mi oreja queda al alcance de su boca y, a bocajarro, me deletrea su respuesta…

-¿Corona… qué?

(Preso politikoak aske)

El protocolo

De la mano del coronavirus se extienden por el mundo otras infecciones que, no siendo tan apocalípticas, llegan a ser insoportables.

Una de las más contagiosas es el protocovirus 20, virus que provoca que la persona infectada, sometida a través de los grandes medios de comunicación a dosis diarias, incorpore a su vida el protocolo con tanta constancia e intensidad que el virus termina volviéndose imprescindible. Y el protocovirus amenaza convertirse en pandemia. Esta mañana, en la panadería de Jon, un café negro ha resultado cortado por no seguir el protocolo, y todas las farolas de la plaza están llenas de anuncios ofreciendo cursos de inglés, zumba y protocolo.

A diferencia del “Manual de Instrucciones” el protocolo tiene un punto de distinción que lo convierte en viral sostenido y sustentable y hay protocolos para todo. Hacer una tortilla exige un protocolo que dispone que para batir los huevos, primero hay que romperlos y lavarse las manos antes y después. En el fútbol, el protocolo ha resuelto que los jugadores no se den la mano al inicio del partido. Después, si quieren, que tosan, escupan y se estrujen y morreen por el suelo cuando marquen y que se laven las manos antes y después, como se las lava discretamente el cura durante la eucaristía y se las lavan los Pilatos en las urnas enterrando sus votos en los vertederos.

Temo que a esta columna le falta protocolo… y perejil.

(Preso politikoak aske)

El carnaval que nunca acaba

Hablo del cotidiano, del carnaval de todos los días, de las comparsas de banqueros predicando contra el mal de la usura y el desahucio; de los patrones denunciando la codicia del lucro y las muertes que se cobra el infortunio; de las comparsas de machos censurando su asesina violencia.

Tal vez no sea una fiesta a la que estemos todos invitados pero el carnaval sigue su curso y bailan los dementes que administran la cordura que queda, los olvidos que ponderan la luz de la memoria, baila el verdugo que impugna la tortura y los canallas que ensalzan la virtud.

Bailan las comparsas que festejan de nuevo el milagro de los panes y peces, baila la paz aunque pierda la guerra, baila la muerte que alardea de ser humanitaria, bailan los fulleros que creen imprescindible el respeto a las reglas, baila la impunidad sobre la alfombra roja a la salida de cualquier audiencia.

Bailan los demócratas debidamente homologados negociando el riesgo de las urnas, ajustando provechos y despachos, conviniendo si solos o en manada, concertando a quién debe sumarse, a quién debe excluirse, qué fiscal nos pueda afinar el caso, qué tribunal nos logre garantizar el fraude.

La ambición se disfraza de estirpe, la sangre de basura, el crimen de accidente, y el carnaval sigue su curso bailando por la calle.

Diagnósticos filiales

 

¿Cómo saber lo que se proponía la criatura? Tenía cinco años y, hasta el momento, no había indicios de que pudiera estar incubando un repentino brote psicótico o un acceso furibundo de cólera en respuesta a alguna frustración o como consecuencia de algún extraño virus. Estaba sentada en el suelo, en medio de la sala, jugando con una muñeca de trapo, la más querida. Yo la observaba desde la cocina.

La verdad es que no tenía razones para alarmarme. Su expediente casi era aceptable. Algún que otro desmán, una bronca, un desacato de vez en cuando pero, nada reseñable.

No se le conocían fobias, tampoco manías, todo parecía ir bien.

Tal vez por ello, cuando vi que agarraba a la muñeca por los pelos mientras le secreteaba quien sabe qué amenazas y la conminaba a rendir quién sabe qué cuentas, empecé a preocuparme.

Fue entonces que comprendí lo que estaba pasando y, en la duda de si se limitaría a romperle las piernas o llegaría más lejos, corrí por el pasillo, de la cocina a la sala, decidido a evitarlo.

Demasiado tarde. La muñeca salió despedida, atravesó la sala por encima de mi asombro y se perdió en el pasillo, a mis espaldas.

La criatura no dejaba de reír y celebrarlo: ¡He enseñado a volar a la muñeca! ¡He enseñado a volar a la muñeca!

Tenía coartada la condenada, sí… pero algún día la pilla.

(Preso politikoak aske)