Elogios que matan

No hay elogio para una madre que se tenga por mayor muestra de respeto que esa cruel observación de que «mi madre es una mujer de su casa, una mujer que no pisa la calle, entregada a la causa de su padre, de sus hermanos, de su familia…».

Y junto al cumplido, la puntilla… “y por ello es que el amor perdura”.

Es perverso confinar a la madre a un «burka» de cal y ladrillos, pero aún es más cruel celebrarle la clausura. El resto son sus… labores, la prolongación de los muchos afanes en la casa de una mujer desprovista de identidad y convertida en la esposa de, la madre de, la viuda de…

Y las labores de una madre que se respete, devota y desprendida, siempre transcurren entre las mil y una paredes del hogar, entre esos muros hechos a la medida de la costumbre ante los que se rinde la curiosidad y se quiebran las alas; esas rígidas paredes a prueba de llantos, que apagan las voces y encierran los pasos y en las que los relojes únicamente marcan la espera.

Si acaso, queda la ventana del consuelo y el encuentro fugaz con la vecina mientras se tienden al sol los desahogos y se comparten todos los silencios.

Al otro lado del muro está la vida, el aire, la gente paseando por la calle, la juventud doblando las esquinas, los tragos en las mesas, la música en los pies, las monedas rodando por las manos, la lluvia, las paradas de buses, el amor paseando en bicicleta, la noticia caliente, la cerveza fría, eso que hemos dado en llamar vida y que, gracias a Dios y a nuestro cálido elogio, nunca perturba el sueño de las madres ni amenaza tampoco su virtud.

 

Diario íntimo de Jack el Destripador/61

 

La crisis mundial también había afectado mis menguadas finanzas. Los tiempos de bonanza parecían haber pasado a la historia y, cada vez más, llegar a fin de mes era toda una odisea.

Los elegantes juegos de cuchillos que años atrás te obsequiaba cualquier periódico junto con el suplemento dominical, ahora debía comprarlos a precios prohibitivos en las ferreterías. Los punzones de distintos calibres, finas cuchillas, navajas y puñales que en el pasado te regalaran los bancos al hacer cualquier depósito, en la actualidad sólo era posible conseguirlos en ciertos supermercados, a un costo desorbitado y no siempre de buena calidad. Hasta me había visto en la necesidad de empeñar mi preciado bisturí para hacer frente a algunos pagos.

En semejante situación era consciente de que tenía que buscar fuentes alternativas de financiamiento. En ello estaba cuando, leyendo la prensa, me encontré con una noticia que, inmediatamente, me dio una idea genial para sanear mi maltrecha economía.

En Cintruénigo, Navarra, la Guardia Civil había celebrado un parque temático en el colegio Otero de Navascués para que los alumnos pudieran experimentar, así fuera por un día, las gozosas sensaciones de tener entre sus manos porras, escudos, cascos y otras armas. Incluso, desarrollar prácticas de aporreamiento, admirar el metálico brillo de ametralladoras, subirse a los helicópteros, a las motos y poner las sirenas en marcha. No era la primera vez, ni era el único pueblo, ni tampoco la única policía del Estado español que desarrolla estas lúdicas actividades en escuelas y para escolares. Algunas hasta cuentan con auspicios de empresas privadas o con los avales de gobiernos como el de la Barcina.

No lo dudé un momento y puse de inmediato manos a la obra. Yo también podía hacer lo mismo. Yo también podía organizar una jornada de puertas abiertas para escolares en mi propia casa de manera que niños y niñas pudieran disfrutar de una amena jornada practicando, cuchillo en mano, esos juegos prohibidos por los tantos imbéciles empeñados en alejar a los niños de las armas y que insisten en que no se les regale juguetes bélicos que son, precisamente, los que más agradecen. Hasta compré con mis últimos ahorros una docena de peluches para que practicaran cortes de cuello y destripamientos en seco y al vapor. También compré chisteras como las que uso para que se sintieran más identificados con mi persona y acabaran dando vivas a Jack el Destripador. En mi parque temático los escolares aprenderían en cuestión de horas a abrir en canal a otro niño, a rebanar nueces y mondongos de un solo tajo. En cuestión de horas los convertiría en expertos del destripamiento.

Pero cuando solicito el permiso correspondiente, Carmen Alba, la misma delegada del Gobierno español que asistiera feliz a la guerrera demostración en la escuela navarra, rechaza mi propuesta en aras de la deslegitimación de la violencia y otras zarandajas parecidas.

Y me pregunto ¿es justo que sólo el Estado español pueda monopolizar la educación bélica en las escuelas? ¿Por qué no se pueden privatizar las exhibiciones de armas para que profesionales del crimen como yo podamos participar en el negocio? ¿Por qué no se deja que los alumnos elijan el parque temático de su interés?

Bien está con sus padres

 

Nadie en sus cabales aceptaría que a los padres de un niño con evidentes señales de maltrato, abusos sexuales, desnutrido y enfermo, se les confirmara su derecho a la custodia. ¿Verdad que no? Ni siquiera en el caso de que se confesaran arrepentidos podría alguien que no fuese un canalla, permitir que ese niño siguiera en sus manos, por más progenitores que se digan.

Lamentablemente, esa general repulsa no se expresa con la misma lógica y contundencia cuando son otros los maltratos y canallas. Sólo así se explica que aceptemos que los mismos responsables de haber conducido al planeta al calamitoso estado en que se encuentra se arroguen el derecho de salvarlo; o que los mismos responsables de vaciar las arcas del estado para aliviar las penas del negocio, estén en condiciones de rescatarnos de su propio expolio; o que los mismos intereses que han convertido la vida en un mercado, que han precintado sueños y prostituido conciencias, que han desatado hambrunas y matanzas, se nos presenten, y hasta lo consideremos, como la única posible opción para volver a ser humanos.

Los grandes medios de comunicación son los que se encargan de transcribirnos la crónica del fraude. Cuando uno creía, después de tantos titulares y años agraviando honras y homologando infamias, justificando disparos preventivos o enalteciendo guerras humanitarias, que a esos grandes medios ya no les cabía más crédito, vuelven a presentarse, sin embargo, como la única fe de su mendaz relato.

El niño maltratado, abusado, desnutrido y enfermo… concluimos, bien está con sus padres.

 

Itziaren semea

Jesús Muñecas Aguilar bien pudo no haber nacido nunca o haber sido estrangulado en el parto por un visionario y oportuno cordón umbilical que evitara el engendro…

“Itziaren semea: hori duk mutila! Nihor salatu baino nahiago du hila, harro egon liteke Maji neskatila expertxetik jali ta joanen zaio bila…”

O haberse consumido en cualquiera de los tantos accidentes que jamás consideran la bondad de las vidas que cobran, reducido al silencio de una perdida esquela… 

“Zazpi gizon zituen joka inguruan, makilaz hartu naite ostikoz lurrean bainak nik ez du eman lagunek izenik! Ta hantxe galditu dira fitsik jakin barik. Lau aldiz sartu naute urran burua zangotik euki naute zintzilikatua bainan nik ez du eman lagunek izenik ta hantxen gelditu dira fitsik jakin barik…”

También pudo haber dado por muerta la infamia de sus impunes años a manos de un cáncer solidario, de un benemérito enfisema, de  un pescozón divino o de un manotazo santo… 

“Izerdia ta odola burutik behera ezpainak urratu ta azazkalak atera, bainan nik ez du teman lagunen izenik! Ta hantxen gelditu dira fitsik jakin barik, odolez beterik, nibeti ixilik. Ta hantxen gelditu dira fitsik jakin barik…”

Pudo haberse quedado en el Infierno, intoxicado con su propia demencia, ahogado en su náusea, sin paz y sin vergüenza… pero Jesús Muñecas Aguilar, impune torturador y golpista de oficio y por vocación, está en libertad, todavía está.

“Itziaren semeak ez du laguna salatzen…eta zakurren aurrean tinko ta ixilik egoiten. Espetxerat igorri dute, amak ez du ezagutu ta Majik, pulliki, pulliki, eman dioska bi musu.”

 

Puerta a puerta

Hace muchos años, no voy a decir en qué pueblo, cuando los primeros automóviles comenzaron a ocupar las calles, los accidentes en cruces y rotondas eran tan frecuentes como mortales.

Todos los vecinos, sin excepción alguna, se habían mostrado consternados por los accidentes. Hasta se habían comprometido públicamente a conducir con responsabilidad… pero, a pesar de los reiterados compromisos, los accidentes seguían provocando muertos.

A alguien se le ocurrió entonces poner en práctica un método que ya era un éxito en otras muchas ciudades.

Se llamaba semáforo y, en base a un simple juego de luces, ayudaba enormemente a organizar el tráfico. Si el semáforo estaba en rojo detenías el coche y si estaba en verde seguías tu ruta. Las ciudades que los habían instalado habían visto reducirse el número de accidentes y víctimas. Eso era, precisamente, lo que todo el mundo deseaba.

Sin embargo, los vecinos de ese pueblo innombrable cuando oyeron hablar de la posible colocación de semáforos en sus calles y avenidas, lejos de alegrarse de que hubiera aparecido un método simple, barato y efectivo que lo hiciera posible, mostraron su rechazo a semejante idea.

-Es un sistema caro, incómodo y que atenta contra la intimidad y el derecho de las personas –se quejó un vecino-  ¿Por qué tienen que imponerme cuándo debo detener mi coche y cuándo no?

– “¡Los semáforos son feos…!” –agregó otra vecina.

-¡Y van a ser nuestra ruina! –denunció un tercer vecino- ¡Así no vamos a generar suficientes desechos para vertederos e incineradoras!

Por eso es que en mi pueblo no hay semáforos.