«¡Más madera! ¡Traed más madera!»

Al igual que Groucho Marx, improvisado maquinista de aquel tren desbocado camino de estrellarse en cuanto terminara la ficción, Zelensky, el maquinista de la NATO, se pasea por varios parlamentos europeos en parecida demanda a la del genial actor: ¡Más tanques! ¡Más aviones! ¡Más misiles! Y es que es poca la madera que arde y todavía escasos los riesgos que se corren como para hablar de paz, que ya tendrá tiempo aquel que sobreviva.

De Londres a Bruselas, Zelensky casi llega a tiempo de apadrinar también a Vargas Llosa en París. ¡Más dinero! ¡Más recursos! ¡Más sanciones a Rusia!

Son los signos del mundo en el que andamos a tono con las declaraciones de los que están en las tribunas. El presidente Biden reclama unidad contra el terrorismo; Don Corleone demanda unidad contra la mafia; Barbanegra exige tolerancia cero contra la piratería; Al Capone pretende la unidad contra el gansterismo; Aníbal Letner requiere unidad contra la antropofagia; Norman Bates insta a la unidad contra los psicópatas; Nerón exige unidad contra los pirómanos; Caín reclama unidad contra los fratricidas; Benjamín Netanyahu reclama unidad contra el apartheid…

Zelensky hace sonar el silbato del tren e insiste: ¡Más hipocresía! ¡Más guerra! ¡Más negocio!

(Preso politikoak aske)

¿Cuándo tendré edad para saberlo?

La religión es la vacuna más antigua y efectiva que conoce la humanidad. Las iglesias, desde que el lucro ascendió a los cielos, se ocupan de administrar las dosis necesarias que protejan al género humano del mayor enemigo que tiene Dios: las preguntas.

Cuando hablamos de Dios hablamos de fe, no de ciencia, y la fe se suministra a través de la ignorancia convirtiendo a los creyentes en hombres de provecho y a las devotas en mujeres de bien, siempre bajo el divino amparo de la fe como antídoto ante la duda.

El escritor Ambrose Bierce decía que la fe es la “creencia sin pruebas en lo que alguien nos dice sin fundamento sobre cosas sin paralelo”.

La religión, la mentira que más vidas ha costado en la historia de la humanidad, te protege del miedo que ella misma genera, te consuela del engaño que te cobra, te ampara de la dudas que provoca su relato, y te propone la fe como alternativa al pensamiento.

Ayer me encontré en las redes con la pintada de un niño en una tapia y a punto de cerrar su pregunta con el signo de la interrogación: “Los reyes magos no existen, el hombre del saco no existe, Papá Noel no existe, la cigüeña de París no existe, el ratoncito Pérez no existe… ¿Cuándo tendré edad para saber lo de Dios?

(Preso politikoak aske)

Anuncios indigestos

El primero, en singular, nos habla de la guerra: “Los niños y niñas de Ucrania llevan demasiado tiempo bajo las bombas”. Los niños y niñas palestinas no. Palestina puede seguir bajo las bombas porque no lleva tantos años como para que la ong inglesa “Save the Children” se acuerde de las niñas y niños palestinos, yemeníes, saharauis, sirios, libios…

El anuncio tampoco aclara cuando las bombas son tolerables o excesivas porque, tal parece que el problema consista en que “llevan demasiado tiempo” bombardeados. ¿Sería más aceptable si se les bombardeara menos? ¿Solo en verano? Por cierto, hace decenas de años que niños y niñas palestinas son bombardeados por el régimen israelí. ¿No será también demasiado tiempo, demasiada impunidad?

El segundo anuncio aparece hasta en la sopa y nos invita, en tono grandilocuente, a ver un espectáculo inolvidable que no podemos dejar de ver, a cargo de una compañía de danza china radicada en Nueva York para que “conozcamos China antes del comunismo”.

Como se sabe, antes de Mao, China era un país maravilloso en el que todo el mundo iba danzando por la calle, arriba y abajo, loco de contento y lleno de colores, y es una burda mentira que hubiera japoneses en Manchuria, británicos en Hong Kong, portugueses en Macao, europeos en Pekín, por todas partes, y alianzas militares occidentales (la alianza de las 8 naciones) sometiendo a quienes no se conformaban con pasarse el día bailando por la calle.

(Preso politikoak aske)

La bicicleta de hilo

Se acercaba al centenario y, mi madre, en los duermevelas de las tardes hilvanaba lamentos y nostalgias. Como si no fuera solo con ella el fragor de su memoria, hurgaba recostada en el sillón alguna guerra patria a la medida de un pañuelo blanco y perfumado en el que rendir las quejas.
Regresaba a la tierra si se le pasaba la mano por los hombros hablándole al oído y, cuando respondía, tres palabras podían ser suficientes para la explicación más exhaustiva, y era su voz un

acertijo, un imposible enigma, una sopa de letras.

Un día, sin embargo, reiteró su demanda, la enfatizó, la grito y la siguió enarbolando, rueda tras rueda, hasta el día siguiente y también al otro día. Quería andar en bicicleta.
Ninguno de sus hijos fuimos testigos nunca de sus rondas ciclistas, ni hay constancia de que hubiese en casa de mi madre una bicicleta. Lo más parecido que le hemos conocido fue una Singer en la que, dedal en ristre, pedaleaba los veranos como los inviernos doblando forros y recosiendo agujeros pero, porque a esa edad la memoria vuelve a vestirse de corto, sé que la hubo, mucho antes de que incorporase a su expediente los cargos de esposa y madre, antes de ser viuda, cuando solo era Ester, y que aquella bicicleta no era de hilo.

(Preso politikoak aske)

A Manolo Larrañaga

Si llegara a ocurrir que más allá de la muerte hubiese otra residencia esperando a quienes, como tú, supieron honrar la vida, que ojalá Manolo en esa residencia a la que llegas haya suficientes ángeles, arcángeles y querubines trabajando como para que ningún “usuario” se sienta abandonado, tampoco humillado; que ojalá los malditos “ratios” en esa divina residencia hayan sido felizmente remitidos al infierno y que puedas sentarte a comer con quien te plazca sin dar explicaciones y acompañar la comida con un vaso de vino, como lo hiciste durante tu larga y productiva vida antes de llegar a la residencia de Azkoitia, y que las croquetas caseras sean en verdad caseras y que la huevina no sea la ineludible invitada de todas las tortillas; que ojalá Manolo la música no se limite a los conciertos de La 2 y al rato de la tarde de los viernes; que ojalá las líneas y los bingos te sean más propicios, y que ojalá en tu nueva residencia el ruido no contribuya a tu sordera, haya pilas también para tu aparato y, sobre todo, que Dios no sea tan inepto.

Dice Nicolas que él también quiere “algo parecido” para cuando mencionen su nombre en los traslados y, mientras tanto, te manda un gran abrazo y unos “bertsos”. Agur eta ohore Manolo y ¡leña al mono!

(Preso politikoak aske)