Bolero en llamas

Aunque el trabajo tenía sus inconvenientes también te permitía pasar tus buenos ratos, esos que uno aprovecha para subir el volumen del bolero, servirse un generoso trago y encender un cigarrillo, cómodamente recostado en el botellero, sin nadie que te interrumpa el sueño, sin que ninguna voz te sobresalte y que, abruptamente, desaparece cada vez que la puerta se abre y entra otro cliente.

Probablemente nunca se sepa el origen del incendio. Algunos hablaron entonces de un cortocircuito, de una sobrecarga en la red, de un alto voltaje… Hubo quien se atrevió a insinuar que el responsable del incendio que consumió el bar, clientes incluidos, en menos tiempo del que tarda en consumirse un cigarrillo, bien pudo haber sido el camarero.

Yo nunca di crédito a semejante posibilidad. Y no sólo porque yo era el camarero sino porque, aún en el caso de que los finados clientes del bar se merecieran semejante fin, ni siquiera yo los odiaba tanto como para buscar su ruina y la propia quemando el local.

Sin ánimo de justificar la cremación, lo cierto es que con los clientes llegaban siempre los malos ratos, el desasosiego de tener que incorporarte mientras bajabas el volumen del bolero y buscabas donde dejar el cigarrillo para cuadrarte, finalmente, delante del intruso.

 El primero acostumbraba a ser Moby Dick, cliente de proporciones parecidas a las del cetáceo de quien tomaba el nombre y que siempre correspondía a mis bostezos de bienvenida con un primer inventario de quejas y reclamaciones dignas de mejor causa y camarero: que la música estaba muy alta, que el bar apestaba a cigarrillo y que si había llegado Bob Esponja. Después pedía “lo de siempre”.

Lo de siempre consistía en un café corto pero en taza grande, con la leche caliente pero no demasiado y con bastante azúcar pero no me lo endulces.

Todos los días pedía lo mismo pero yo no tenía la obligación de saberlo. Me parecía una demanda intolerable que me exigieran saber de memoria todos los malditos gustos de los malditos clientes. En cualquier caso, nunca cometí el error de responder a la provocación.

Tras asentir con la cabeza a “lo de siempre”, entretenía mis siguientes diez minutos dando paseos de reconocimiento por las inmediaciones de la barra que interrumpía para fumar otro cigarrillo y deleitarme con un nuevo bolero hasta que, por sus bufidos, era evidente que “Moby Dick” ya estaba cerca del colapso. Entonces me colocaba frente a él contemplando embelesado las partículas de polvo suspendidas a lo largo y ancho del bar y le preguntaba que qué era lo de siempre.

Ese era el mejor momento. “Moby Dick” abría y cerraba la boca compulsivamente y, entre espasmos, lograba ir describiendo su tradicional solicitud. Una vez amainaba la tempestad dedicaba los siguientes minutos a criticar la profesionalidad de los camareros en pleno siglo XXI y a regalar sus más encendidos elogios a mi progenitora.

Sé que cualquier persona en mi lugar hubiera aprovechado las escasas canas del impertinente para transformarlas en una purificadora antorcha que redimiera el local de tan ingratas presencias pero después de seis meses de experiencia en el trato con esta y otras especies, me bastaba mi natural aplomo y sangre fría para sobrevivir sin inmutarme a sus embates.
Las secuelas del paso del cliente las superaba refugiándome en la cocina. Otro trago, otro cigarrillo, un bolero más y la historia que insistía en repetirse cuando un nuevo cliente aporreaba la barra reclamando mi presencia.

No hay cosa que más me moleste que me interrumpan cuando estoy soñando. Sabía que era Bob Esponja porque, además de los golpes, también dejaba oír su catadora, capaz de absorber todos los grados,  exigiendo a gritos un camarero, un vaso de vino y un trapo con que limpiarse los puños de la chaqueta. Ni siquiera mientras apuraba su dosis era capaz de callarse. Entre trago y trago se las ingeniaba para reprocharme la suciedad de la barra, la tardanza en el servicio y la ausencia de “Moby Dick”.

Yo, que conozco mejores maneras de pasar la mañana que sintonizar con los exabruptos de un alcohólico conocido, optaba por declararme sordo hasta que Bob Esponja, cansado de esperar el trapo, se marchaba murmurando que el vaso también estaba sucio, que tampoco era Rioja y que lo había dejado su mujer.

Por especial deferencia a su cirrosis yo evitaba comentarle que su señora bien podía haberlo acabado de cocer y respiraba aliviado cuando desaparecía por la puerta dispuesto a descorcharse la cabeza en otro bar.

Si me entretengo más de lo debido en relatar estas comunes miserias entre camareros y clientes es justamente para mejor edificar la opinión de los lectores y dejar claro que ni siquiera  Lady Chancro,  la cliente a quien más detestara, merecía el horrible final que tuvieron todos. Y eso que, reconozco, el día que insistió en que la cebolla de la ensalada debía ser picada a mano yo les hubiera ahorrado trabajo a las llamas, pero una cosa es que lo deseara y otra que lo hiciera posible, que nada tuve que ver con el siniestro.

En el fondo los compadecía tanto como los odiaba. Yo fui el único sobreviviente y lo más extraño es que no hice nada para merecerlo.

Era sábado, precisamente a última hora, cuando más necios se ponen los clientes, que se originó el incendio.

Recuerdo que yo estaba entre las mesas recogiendo tazas y platos y conversando con algunos clientes de confianza sobre por qué carajo tenía que limpiar entonces y no podía esperar a que terminaran de cenar cuando, de improviso, un estruendo de fuego lanzó por los aires a los clientes más próximos a la barra e, incluso, la barra.

La explosión había tenido su origen en la cocina y yo bendije mi suerte. Sólo unos minutos antes había estado allí. Al estar de baja la cocinera me había ocupado de recalentar los fritos del día anterior y mientras esperaba que la freidora estuviera a punto, sentado junto al depósito de gas, fumaba tranquilamente un cigarrillo acompañado de su correspondiente bolero. En eso estaba cuando la inconfundible voz del “Quebrantahuevos” se dejó oír desde la barra. Quería pagar y amenazaba con irse sin hacerlo de no aparecer inmediatamente un camarero.

El no sabía lo que yo estaba haciendo en la cocina. No sabía si en ese mismo instante yo estaba cortando a mano la cebolla de Lady Chancro o enfrascado en alguna trascendental meditación sobre el solsticio de invierno y la órbita lunar, pero a él le daba igual. Ese no era su problema. Otros clientes sabían esperar pero no el “Quebrantahuevos”. Por el murmullo de voces calculaba que me esperaban en la barra al menos otros tres clientes pero a ninguno se le había ocurrido ponerse a dar voces, y cuando se lo digo me contesta que llevaba más de media hora y que lo único que quiere es perderme de vista. Ahí mismo le apliqué en el precio el IECG (impuesto especial para clientes gilipollas) que pagó sin rechistar y sin saberlo. Después cerré la puerta del bar para evitar que entraran más clientes y regresé a la barra. Le serví una tostada al Torrija, impenitente jugador de dominó cuya constancia nunca sería recompensada, y al advertir que se acercaban dos clientes más se me ocurrió salir a recoger las mesas para ir ganando tiempo y marcharme antes a casa.

Tras las primeras explosiones y cuando ya las llamas comenzaban a consumir sillas, mesas y clientes, me acerqué al lugar donde viera la barra por última vez, pero ya era tarde. Agolpados contra la puerta y sin poder salir, los clientes que no morían abrasados morían asfixiados, aplastados, unos contra otros y todos contra la puerta.

Otra vez las prisas. Las prisas por llegar, las prisas por pedir, por sentarse, por beber, por pagar…y ahora por irse. Las prisas siempre han sido malas consejeras pero los infelices no lo sabían y en su afán de ganar el exterior ellos mismos bloqueaban su única salida.

Nunca había visto nada igual,  y eso que la densa humareda negra que cubría el local no permitía ver, como en el cine, esos primeros planos de la carne derritiéndose o los rostros desfigurados por el fuego y los ojos hundiéndose en sus cuencas. Aquello no era una película. Si lo hubiera sido ya el director habría tenido que cortar la escena y despedir al responsable de los efectos especiales por soltar más humo del debido.

Desde que me reponga y los doctores me permitan salir pienso ir a ver alguna de esas películas de catástrofes, pero no para regodearme en la tragedia y volver a vivirla y padecerla sino para reflexionar sobre la experiencia sufrida y poder extraer mejores consecuencias. Los propios médicos me lo decían, claro que con ellos resultaba más fácil hablar que con la policía que lo único que hizo fue molestarme. Hasta me acusaron de haber sido el responsable del incendio. Fueron días muy duros. Llegó a publicarse que yo era un psicópata criminal, una especie de pirómano demente, y que hasta tenía antecedentes. Así son los periodistas. Ellos no ignoraban que en ninguno de los tres casos de bares incendiados en los que yo había trabajado anteriormente, se me hubiera acusado, menos aún condenado como autor, pero traían a colación en esta oportunidad el pasado infortunio de mi carrera profesional, como si tales coincidencias no fueran casuales.

Cada vez que tuve la oportunidad de hablar con los policías les recomendé que interrogaran a los clientes porque, en todo caso, si alguien tenía motivos para incendiar el bar eran ellos, que aprovecharon el fuego para intentar marcharse sin pagar, y eso que yo tampoco creo que los responsables de la inmensa pira en que se convirtió el local fueran los clientes, que tanto horror no pudo ser premeditado y el fuego excedía cualquier posible deuda pendiente entre ellos y yo.

La propia Lady Chancro hacía días que ya no se mostraba tan arrogante. Cierto que todavía se mostraba pero no pude menos que desearle suerte cuando cruzó, cebolla en mano, girando vertiginosamente sobre una sola pierna con la cabeza envuelta en llamas. Lástima que a punto de salir por la ventana chocara de frente con Moby Dick, a quien se le había incendiado el perímetro, y los dos explotaran en medio del local desparramando cebollas y centímetros.

Yo no acertaba a reaccionar. A escasos dos metros de donde me encontraba, Doña Tea, una de las clientes más estrictas con la temperatura del café, gritaba sobre una mesa ardiendo sin otra posible salvación que las cortinas. Le hice señas para que se agarrara a ellas y trepara hasta alcanzar la ventana. Era una de esas clientes a la que si bien no guardas especial estima tampoco tienes animadversión. Apenas unos minutos antes me había pedido un café con leche muy caliente, hirviendo…pero así es la vida. Sólo habían pasado unos minutos y con su taza de café en la mano y envuelta en la cortina que, desgraciadamente, no soportó su peso, se hallaba en el suelo, presa de las llamas haciendo honor a su sobrenombre. Sólo unos minutos y aquella cortina que fuera su salvación se había convertido en un sudario que la asfixiaba, la escaldaba, la achicharraba y le mantenía el café caliente.

El fuego no respetaba nada, ni siquiera la cirrosis de Bob Esponja. Cuando advertí que ardía supuse que se lo tomaría con resignación pero enseguida comenzó a gritar como un poseso, como si  pretendiera apagar las llamas a gritos. Por una vez  no me gritaba a mi y tampoco gritaba nada comprensible. En las películas siempre gritan cosas que se entienden, como por ejemplo: “Me estoy quemando Susan pero tú todavía puedes salvarte”, pero eso ocurre en el cine. Aquí todo eran gritos sin sentido, histéricos y flameados alaridos, hasta que sin fuerzas y sin vida se rendían al fuego.

Por un momento también pensé gritar o echar a correr pero ni mis piernas ni mi voz me respondían. Así fue hasta que, entre aquel fragor de gritos y quejidos, distinguí vagamente a un hombre al que la humareda no me dejaba reconocer que, al igual que yo, permanecía inmóvil, sentado frente a una mesa, como si careciera de sentidos y no pudiera ver a la gente abrasándose ni oír el crepitar del fuego chocarrando sus huesos.

Me impresionó su quietud, como si el incendio no fuera con él. No iba a ser así por mucho tiempo porque una pesada viga, por supuesto ardiendo, amenazaba con desplomarse en cualquier momento sobre su cabeza. Le grité para que se apartara pero parecía ausente, con los codos apoyados en la mesa y la mirada fija, extraviada en aquel infierno de brasas y humo. Corrí hacia él apartando a mi paso cascotes y cuerpos, muchos ya irreconocibles, y cuando ya casi rozaba con mis dedos su imperturbable figura, volvió sus ojos hacia mi, sonriendo, como si nada le importara lo que estaba ocurriendo. Era el Torrija, que al tiempo que colocaba la última ficha de dominó sobre la mesa  acertó a decir: Capicúa 25. No pudo agregar más. La pesada viga respondió al envite y le ganó la mano con todo y capicúa.

De nuevo las ironías de la vida. El día en que el Torrija se disponía a ganar la partida de su vida perdía la vida en una partida. El que siempre pedía una tostada moría tostado debajo de una viga.

En estas divagaciones sobre los extraños designios divinos y los dolorosos destinos humanos me hallaba yo abstraído cuando, de improviso, me rodearon decenas de policías, bomberos, enfermeras, abogados, periodistas… Todos gritándome al mismo tiempo, tomándome el pulso, haciéndome fotos…

En el cine, a los que se salvan siempre los espera una hermosa mujer que ha seguido el incendio desde la calle y que, cuando te rescatan,  llora emocionada y grita tu nombre ansiosa por abrazarte y casarse contigo. La realidad, sin embargo, imponía su crudeza y a falta de una primera actriz, sólo un obeso policía que tal vez me creyera sordo, acercaba su cara a la mía empeñado en deletrearme algo. Yo no podía hablar y si alguien duda de mis palabras le animo a que se incruste en la boca un tubo de oxígeno y trate de decir algo.

Desde aquel día no he hecho otra cosa que repetir esta historia a todo el mundo, a los policías que no me escucharon, a los jueces que no me creyeron, al sacerdote que no me perdonó.

Ni siquiera los médicos se interesan realmente por mi. Al principio venían a hablar conmigo a cada rato y me aplicaban test y me tiraban placas, pero conforme fueron pasando los años lo único que me dicen es que no puedo salir todavía de este hospital.

Una enfermera me ha confesado que, como consecuencia del incendio, sufro un doble desdoblamiento de personalidades y que, además, éstas se llevan muy mal.

De todas formas, aunque este manicomio tiene sus inconvenientes, también te permite pasar tus buenos ratos, esos que uno aprovecha para subir el volumen del bolero, servirse un generoso trago y encender un cigarrillo, cómodamente  recostado en la cama de mi celda, sin nadie que te interrumpa el sueño, sin que ninguna voz te sobresalte y que, abruptamente, desparece cada vez que se abre la puerta y entra otro enfermero.

El informe del Lobo Feroz

El Lobo Feroz, en un nuevo esfuerzo por promover el respeto a los derechos humanos y las libertades en los cuentos, ha hecho público en estos días su tradicional informe. El estudio presentado en esta ocasión por el Lobo, estudio que busca servir de referencia a otros cuentos y niños, se propone acabar con los abusos, reforzar la capacidad de los cuentos para proteger los derechos humanos, y centrar la atención en quienes no cumplan las normas internacionales.
Nuevamente, el informe condena a Caperucita Roja por su ilegal tráfico de canastas de alimentos por el bosque, por su insistencia en perturbar la naturaleza, así como por desatender la atención de personas de la tercera edad y prestar asistencia a furtivos cazadores.
También se condena a Cenicienta por abandono del puesto de trabajo, connivencia con hadas terroristas, usurpación de identidades y vestidos, conducción temeraria de carrozas, y entrada ilegal en reales palacios. Igualmente, el informe censura el abandono de zapatos en escaleras públicas y la permanente campaña de difamación que Cenicienta sigue manifestando hacia sus hermanas y madrastra.
Tampoco Blancanieves se ha salvado de las críticas del informe por su fragrante y reiterada animadversión hacia la dignidad real, la recurrente falsificación de espejos y su respaldo a bandas de enanos indocumentados. En el informe también se denuncia a Blancanieves por complicidad con cazadores, sacrificio de ciervos y venta fraudulenta de corazones.
Sin embargo, el informe presentado por el Lobo Feroz, reconoce y destaca el avance que vienen observando en materia de derechos humanos y libertades: el Ogro y la Bruja, dado que el primero ha dado inicio a una exitosa campaña vegetariana de adelgazamiento renunciando, incluso, a la ingesta tradicional de su propia descendencia, y la segunda implementa en la actualidad una masiva construcción de viviendas de chocolate, todas dotadas de sus correspondientes hornos, que permitan a la infancia desvalida abandonar bosques y calles y disfrutar del calor de un hogar.
El informe del Lobo Feroz resalta, igualmente, los logros alcanzados en materia de derechos humanos por el Capitán Garfio que, lejos de arrojar a sus enemigos al mar, ahora los entierra cristianamente de dos mil en dos mil, y los significativos avances de Cruella de Vil que, aunque sigue utilizando abrigos de piel, ya no utiliza perros como materia prima, lo que ha merecido el elogio de 101 dálmatas y las reticencias de sus trabajadores.
Finalmente, el informe este año del Lobo Feroz, ha censurado la conculcación que se comete actualmente en algunos cuentos contra los derechos lingüísticos de los lobos que están viendo como sus gruñidos y aullidos son discriminados en beneficio de otras lenguas.

¿De dónde habrán salido?

Es una obligada pregunta cada vez que te encuentras en los medios de comunicación la penosa constancia de los tantos cretinos con licencia que gobiernan nuestras vidas.
Los hay por pares y por docenas; en blanco, en negro y a todo color; los hay en todos los tamaños y medidas: small, medium, large, extra-large; los hay que se reciclan, los hay nuevos; los hay que son demonios, los hay que van al cielo; los hay desnudos, los hay a medio pelo; los hay en frac, en tirantes, con levita, con sabor a menta y gusto a caramelo…
¿De donde habrán salido la Barberá, el Fabra, el Basagoiti, la Barcina, el Camps, la Aguirre, el Oyarzabal, la Pajín, el Pachi López, la Cospedal, el Sabater, el Sanz, la Rosa Díez…?
Y no sólo asientan sus reales en ilustres escaños y despachos, también son comunes en los medios de comunicación, en los tribunales, en los templos, en cualquier órgano de poder.
Los partidos compiten por ver quien es capaz de acumular más imbéciles en sus nóminas. Tiempos hubo en los que bastaba que fueran canallas que supieran acreditar su vileza, pero ahora también es preciso que sean idiotas, y no obstante aumentar los requisitos que aúpen las solicitudes más impresentables, los partidos se las ingenian para abarrotar sus escaparates de engreídos mamarrachos que al mismo tiempo resulten petulantes sinvergüenzas.
“La paciencia del Ministerio de Fomento es infinita, pero se nos está terminando la paciencia” declaraba ayer uno de ellos, a la sazón ministro español de esa cartera. Nuestra paciencia, sin embargo, siendo finita no termina nunca. Otra paradoja más de la política española a la que ya no le caben más bodoques pero a la que todavía le falta una respuesta: ¿Por qué los elegimos?

Repugnante manipulación

El caso de la joven afgana Aisha, a la que su marido cortó la nariz y las orejas por huir de su casa, no es sólo un caso más de violencia machista, es también una repugnante manipulación de esa violencia porque lo que algunos medios de comunicación están haciendo es utilizarla para justificar el genocidio que las tropas estadounidenses y europeas vienen haciendo desde que consumaron la invasión de ese país.
“Lo que pasa si nos retiramos de Afganistán” titulaba en su portada la revista “Time” sobre la desfigurada imagen de la joven afgana.
Tampoco es la primera vez que se apela a la violencia machista como pretexto que ampare todas las violencias que, curiosamente, en nombre de la civilización y la democracia, viene Occidente perpetrando en los países que ocupa y arruina.
La repercusión que, por ejemplo, ha tenido en estos días la condena a morir lapidada de una mujer iraní, siendo como es un sangrante caso, es una más de las repulsivas vejaciones y crímenes de las que son objeto las mujeres en muchas “irreprochables” democracias de Oriente Medio, regidas por sanguinarias monarquías que, sin embargo, merecen todo el apoyo y respaldo de monarcas y estados europeos y americanos, y ninguna atención de los grandes medios de comunicación.
La única manera en que podremos influir para que puedan ir superándose cualquiera de las tradiciones o costumbres en otras culturas que, a nuestros ojos, resultan repugnantes, es el ejemplo que les brindemos desde modelos de convivencia más abiertos y tolerantes, desde sociedades más participativas y justas, desde intercambios más igualitarios y respetuosos. Y de más está decir lo lejos que estamos de servir de ejemplo. No sólo no hemos sido capaces de ofrecer conductas alternativas que les sirvan de modelo, sino que nos hemos convertido en paradigma de todas las vilezas que, supuestamente, rechazamos; en verdaderos maestros de todos los horrores que aseguramos aborrecer y en los principales sostenedores de su miseria.
Los miles de soldados estadounidenses y europeos desplegados en Afganistán no llegaron para proteger a las mujeres afganas de la violencia de una cultura machista que no es desgracia exclusiva de esa nación y de esa cultura. Tampoco fueron a impartir talleres educativos en relación a la violencia machista o a implementar sistemas de formación escolar que hagan posible superar esas violentas conductas.
Si así fuera no tendrían que haber ido tan lejos. Si lo que pretendían era prevenir o castigar la violencia machista podrían haber invadido sus propios países, haber intervenido, por ejemplo, el Estado español o cualquiera de las democracias europeas o los Estados Unidos, donde los crímenes machistas siguen estando a la hora del día.
Si enfrentar la violencia machista fuera realmente una válida razón para no salir de Afganistán y en consecuencia la razón de haber llegado, no eran soldados los más indicados para tal cometido. Debieran haber enviado contingentes de educadores, de asistentes sociales, de maestras y pensadores, de psicólogos, de personas cualificadas y capaces de ayudar a la sociedad afgana a reconducir la visión y el papel de la mujer por espacios de justicia, equidad y respeto.
Si enfrentar la violencia machista fuera, en verdad, la razón que justifica invadir y ocupar Afganistán, no eran bombas, ni tanques, ni armas, los instrumentos capaces de contribuir con esa cultura a superar esa sexista violencia, sino libros, material didáctico, recursos económicos…
Los cientos de miles de uniformados que invadieron Afganistán o Iraq, llegaron a ocupar esos países para hacerse con sus bienes, garantizarse espacios de influencia, permitir el trasiego de sus recursos, instalar sus bases… A eso fue que llegaron y por eso es que están allí. Y para hacerlo posible no han tenido empacho en aniquilar cientos de miles de vidas humanas de la manera más artera y cruel. Soldados que, sea enviados por sus gobiernos o en representación de las Naciones Unidas, también se han destacado en el ejercicio de las más asquerosas lacras humanas que puedan imaginarse. Entre ellas, violaciones y torturas de mujeres, de niñas, en cualquiera de los países que con distintos pretextos ocupan.
La ginecóloga suiza Mónica Hauser dedicada a prestar asistencia a mujeres que han sufrido la violencia de la guerra, la violencia de ver destruidos sus hogares, la violencia de ver asesinados sus hijos, la violencia de la miseria y de ser ultrajadas, declaraba en referencia a la República Democrática del Congo, que los cascos azules de la ONU y el personal masculino humanitario no sólo no contribuían a la paz y el orden sino que eran parte del problema, y que las familias ya no mandaban a sus hijas a la escuela sino a la puerta de los cuarteles.
Son incontables los casos de violaciones, de asesinatos, que han tenido como protagonistas, además de las niñas y las mujeres que la padecen, a tropas de paz en Haití, a soldados de la OTAN en los Balcanes, a los cascos azules en Africa y a soldados europeos y estadounidenses donde quiera que llegan.
Entre los miles de crímenes y violaciones que la revista “Time” no recuerda, uno de los casos más infames fue el de la niña iraquí Abeer Qasim Hamza, de 14 años, vecina de Mahmudiya, al sur de Bagdad, cuya modesta casa se levantaba a escasos metros de un puesto de control estadounidense.
Varios soldados de la 101 División Aerotransportada, con base en Fort Campbell (Kentucky) entraron en la casa, asesinaron a sus padres y se fueron turnando en la violación de la niña, a la que, finalmente, destrozaron la cabeza y le quemaron el torso y las piernas.
Luego de que el ejército estadounidense culpara a la insurgencia, el caso llegó a saberse cuando, en venganza, suníes islamistas mataron a tres miembros del cuerpo militar y otro soldado, arrepentido, relató lo sucedido.
Cuatro uniformados fueron detenidos y trasladados a Estados Unidos para ser juzgados y condenados: Steve Green, quien mató a los padres y a la niña; James Barker, que se declaró culpable de violación y asesinato; el sargento Paul Cortez, que también asumió su culpa; y el soldado Jesse V. Spielman que declaró que él sólo se limitó a acompañar a sus compañeros y a tocar un pecho de la niña cuando ya estaba muerta. Al margen de las condenas impuestas, todos podrían salir en libertad antes de 10 años.
Según trascendió en el juicio los temas de conversación más habituales de los soldados eran “matar iraquíes y follar”. Otro de los imputados, Bryan Howard, declaró que cuando los soldados regresaron a la base les escuchó decir: “Fue asombroso”, mientras uno de ellos saltaba en la cama. Paul Cortez admitió en el juicio que odiaba a los iraquíes y también a las mujeres. Steve Green, que pudo alistarse en el ejército cuando se le retiraron los cargos en su contra por abuso de alcohol y otras drogas, procedimiento al que se acogieron más de 34 mil reclutas sólo en el 2006, confesó en el juicio que fue a Iraq “porque quería matar gente”.

“Maté a un tío que no quiso parar en el puesto de control y fue como si nada… Matar gente aquí es como pisar una hormiga. Quiero decir, matas a alguien y es como decir ok, vamos a comprar pizza”.


¿Es esta basura humana la que va a lograr que en Afganistán cambie la visión que se tiene de la mujer? ¿Es ese fusil el arma que condensa la terapia que hará posible el cambio?
¿No sería también ésta fotografía una buena portada para el Time?

Cómo no confundir a la Señora Obama con otra

Dada la inminente llegada de la familia real estadounidense a Madrid y a tenor de sus características raciales y el desempeño de los funcionarios y policías con asiento en el aeropuerto español, hago públicas cuatro consideraciones que debieran tener en cuenta las autoridades y que eviten enojosas confusiones en el trato debido a las augustas visitas, ya que sería lamentable que con el tradicional celo que ponen de manifiesto funcionarios y policías españoles en Barajas, alguien confundiera a la primera dama estadounidense con una “sudaca de mierda” o con una “maldita negra”.
1/Aunque la Señora Obama no haya acreditado su correspondiente carta de recomendación, cuentas bancarias, visa y demás documentos que certifiquen no se va a quedar en la península a buscar trabajo o a vivir del Estado, ella no los necesita
2/La Señora Obama viaja acompañada de 50 agentes y guardaespaldas estadounidenses, además de un médico y cocinero personal, compañía que no acostumbran las presuntas turistas procedentes de América y Africa.
3/ No obstante la Señora Obama desconozca la lengua y la historia de España, cómo se cocina una tortilla de patatas, para qué sirve una mantilla o quien fue Frascuelo, ella tampoco está obligada a responder preguntas identitarias.
4/A diferencia de lo que ocurre con las alegadas turistas que llegan del tercer mundo, a esperar a la Señora Obama se congregarán en el aeropuerto centenares de periodistas, personal diplomático estadounidense, contingentes antiterroristas y miles de ciudadanos agitando banderitas estadounidenses y españolas.