El abrigo

Para que Pinocho fuera a la escuela, Gepeto vendió su abrigo. Pinocho, agradecido, estudió con empeño para así tener trabajo, ganar dinero y comprarle un abrigo a Gepeto. Por si acaso la espera resultaba muy larga y fría, el Hada Azul recuperó el abrigo de Gepeto y hasta comieron perdices. Aquí termina el cuento. Lo que su autor, Carlo Collodi, no contó es que, años después, Gepeto volvió a vender su abrigo para que Pinocho fuera a la universidad y que Pinocho, agradecido, se esforzó al máximo en los estudios para así tener trabajo, ganar dinero y poder comprarle un abrigo a Gepeto y que, con el amparo del Hada Azul, Gepeto siguió vendiendo y recuperando su abrigo para que Pinocho hiciera un postgrado, un máster, se presentara a oposiciones, consiguiera plaza… y así tener trabajo, ganar dinero y poder comprarle un abrigo a Gepeto.

Gepeto, viejo y enfermo, está desesperado. Con la pensión recortada y la hipoteca vencida, al borde del desahucio, ya ni el Hada Azul, trasladada a otro cuento, le hace maldito caso. Después del abrigo Gepeto también vendió el sombrero, la camisa, los pantalones, los zapatos…

Pinocho, casado y con un hijo, vive junto a su mujer, también desempleada, en casa de Gepeto. Hoy se disponía a vender su abrigo para que su hijo pudiera ir a la escuela cuando, desolado, advirtió que no tenía abrigo.

(Preso politikoak aske)

El machismo es eucalíptico

Me lo contaba Patrick Welsh, un irlandés dedicado en Nicaragua a ayudar a los hombres a desarmar el machismo y que recorría el país, de pueblo en pueblo, organizando encuentros e impartiendo talleres.En su empeño de que los hombres reflexionaran sobre su pretendida masculinidad y descubrieran y respetaran otras maneras más felices de ser y relacionarse, llegó Patrick a una perdida aldea nicaragüense dispuesto a hablar con los vecinos. Sabía que lo más oportuno era empezar por el patriarca de la aldea, ese a quien se tiene por razones de edad y de respeto como al representante de la autoridad moral. De que diera su aprobación dependía en buena medida el éxito de su propuesta.Cuando Patrick terminó de argumentar la conveniencia de un encuentro con los vecinos para abordar la violencia que resume el machismo, el patriarca, sin permitirse un gesto, aún más parco de palabras, se limitó a asentir con la cabeza.Por la tarde, sesenta vecinos de la aldea entre los que también se encontraba el patriarca, se reunieron a la sombra de una ceiba. Los asistentes, una vez superados los iniciales y comprensibles temores entre quienes no están acostumbrados a hablar en público y, menos aún, de sí mismos, fueron entre bromas y risas, con el pasar de la tarde, desenredando dogmas y desnudando espantos. Al grupo se fueron agregando algunas mujeres, algunos niños y niñas que también se animaron a participar contribuyendo con sus vivencias y sus historias a ese común empeño de aprender a ver la vida con otros ojos, de suerte que ninguna mirada, no importa quién la sostenga, sea prohibida o esté subordinada. Solo el patriarca permanecía callado.Cuando ya entrada la noche el encuentro concluía, sin embargo, el patriarca levantó una mano y pidió la palabra. Todos volvieron a sentarse y, hecho el silencio, el patriarca habló: ¡El machismo es eucalíptico! Patrick, superado el estupor, se atrevió a preguntar: ¿Quizás quiso decir… apocalíptico?

-No… – respondió tajante el patriarca- el machismo es eucalíptico porque el machismo, como el eucalipto, también necesita secar la vida que lo rodea para existir, porque se nutre de la vida de los demás, porque mata todo lo que crece a su alrededor.

Esa podría haber sido la mejor definición sobre el machismo si no fuera porque hasta el eucalipto aporta algo.(Preso politikoak aske)

Nuestro progreso

Nuestro progreso

No hay progreso que merezca tal nombre si no responde a la condición de procurar la felicidad de los seres humanos, si no sirve para conducir nuestras conductas y relaciones por caminos de respeto y dignidad.

Los tiempos que corren, sin embargo, son una patética demostración de que el progreso que disfrutamos no ha servido para transformarnos en personas más íntegras, más solidarias, más felices.

Muy al contrario, vivimos atrapados en el miedo, en un miedo que nos embosca de frente, descarnado y abierto, como se disfraza de cautela o se calza el respeto como excusa o la sensatez como pretexto. Y así aprendemos a callarnos para que otros hablen por nosotros, y resignamos la voz y la palabra para que puedan otros respirar con nuestro aliento.

Por eso cada día son más extremas las medidas de seguridad con las que nos aislamos; por ello la calle ha dejado de ser un lugar de encuentro para convertirse en un inevitable riesgo que hay que afrontar de la mejor manera; por ello multiplicamos candados, verjas y vigilantes.

Vivimos cautivos de nuestras supuestas libertades, presos de nuestras carencias, y esclavos de nuestros bienes, cada vez más solos y atrapados en el triste dispendio de una vida que nos ha ido dejando sin alas y sin sueños.

Corriendo siempre para llegar antes que el otro a ninguna parte. Sin tiempo ni espacios para vernos.

De tanto aparentar lo que no somos ya ni siquiera somos lo que aparentamos.

Gracias al progreso en que vivimos podemos matarnos antes y agonizar más tiempo.

Algún día, las ratas que nos sobrevivan, heredarán nuestro progreso.

(Preso politikoak aske)

Luis Almagro

Así como existe el Salón de la Fama como homenaje a aquellos beisbolistas destacados, yo dispongo de un Salón de la Inmundicia en el que nomino a políticos, evidentemente, inmundos.

Algunos son elegidos una vez terminan su ejercicio político, como colofón a su carrera pero, hay otros, que ni siquiera necesitan jubilarse para obtener su merecido lugar en el citado salón. Este es el caso de Luis Almagro, secretario general de la OEA, y uno de los más ilustres sinvergüenzas del escaparate americano de la delincuencia y el crimen. Todo un “inmortal” del cabildeo y el lambonismo este pelotero que comenzó siendo abogado y tras algunos años de lucro como embajador uruguayo en China fue nombrado canciller por el presidente José Mujica. Almagro, sin embargo, aspiraba a más. No se había pasado la vida bajando la cerviz para conformarse con un simple ministerio. Sabía cómo cabildear favores y en qué embajada. Cinco años más tarde irrumpía en las Grandes Ligas como lanzador derecho para ganar recientemente su segundo “Cy Young” siendo renovado en el cargo. Nadie maneja la infamia como él.

Luis Almagro sólo está a la espera de que se cree algún nuevo salón de desperdicios porque, en contra de lo que yo pensaba, todavía a su abdomen le caben más medallas, a sus bolsillos más prebendas y a su trasero más patadas. (Preso politikoak aske)

Mirar las nubes

Hasta dos veces gritó el cura mi nombre sin que yo me diera por aludido. Bajábamos del monte y el cura, a veces como zagal, las más como perro, pastoreaba el rebaño de vuelta al orfanato. No le gustaba que las ovejas se le quedaran atrás y había una que era reincidente. Yo tenía 9 años y andaba distraído. Lo que no estaba era sordo y al tercer reproche lo escuché. -¡Otra vez en las nubes! Ignoraba entonces lo pecaminoso de estar en las nubes por ser actitud ociosa, propensa al abandono y antesala del vicio, según la Santa Madre Iglesia.La verdad es que las nubes, incluyendo las tormentas, eran la perspectiva más agradable que tenía en el redil. Algo así como el vínculo con mi madre y mi memoria, un antídoto contra la amnesia. Las nubes me hacían fuerte, también creativo y, sobre todo, sensible. Había aprendido a viajar con ellas.El pastor tenía otra idea al respecto. Cargaban las nubes la cruz de su infamia, entre otras leyendas clericales y urbanas, y tratar de verlas, de buscarlas, venía a ser lo mismo que estar en la inopia o en la luna, pensando en musarañas, perdiendo el tiempo. Además de mi, solo los tontos eran capaces de ir a tantos sitios sin mover los pies y, sin embargo, lo reafirmo casi sesenta años después: hay que mirar las nubes, así sea por seguir levantando la cabeza. (Preso politikoak aske)