Allons enfants

Son las tres de la madrugada y me ha despertado La Marsellesa durmiendo en uno de los bancos de la plaza, también el invierno que se nos echa encima y voy a tener que instalarme de nuevo en el cajero. Es más peligroso pero, al menos, en un cajero puedes protegerte del frío y de la lluvia. A estas horas no hay nadie en la avenida, solo sombras como la mía, coches que pasan y La Marsellesa.

Gracias a las televisiones de los escaparates he sabido que estamos en guerra. Llevo tantos años viviendo en la calle que ya me he hecho un experto leyendo los labios de los informativos detrás de las vitrinas. Nos ataca el enemigo y quiere destruirnos. El mundo llora por París. Tengo hambre pero, ahora mismo, lo que necesito es encontrar cartones con que arropar mis pesadillas. Allons enfants de la patrie la Navidad al Corte Inglés est arrivé. Lo que todavía no ha llegado a las aceras son los cartones y yo subo y bajo la calle en busca de un cajero abierto mientras canto la Marsellesa en medio de la noche. “¡A las armas ciudadanos! ¡Formad vuestros batallones! ¡Marchemos, marchemos! ¡Que una sangre impura inunde nuestros surcos!” La verdad, la Marsellesa suena mejor en francés.

El enemigo quiere destruir nuestro modo de vida… pero va a llegar tarde.

(Euskal presoak-Euskal herrira)

 

Día del retrete

Quién me iba a decir a mí, tan descreído en aniversarios y conmemoraciones, que iba a encontrar, por fin, un feliz día internacional que valiera el agasajo.

Ni el día del padre, el de la madre, el del niño o el de la secretaria, me han merecido nunca respeto alguno, desnaturalizados hasta el aburrimiento si éste viniera empacado y pudiera etiquetarse.

Las innovaciones que en la materia ha habido, con la institución del día del arbusto o del ornitorrinco, tampoco han conseguido interesarme, sin querer restar con ello mis respetos a todos los animalitos y vegetales que estén de cumpleaños.

Lo que de verdad me ha emocionado, en lo que constituye un merecidísimo reconocimiento al más sublime y humano de los espacios, es ese Día Internacional del Retrete que el mundo se dispone a celebrar hoy, 19 de Noviembre, tal y como usted debe estar imaginando. Es posible que se programen jubilosas manifestaciones al respecto para todos los gustos y posturas allá donde viva un ser humano, que nada nos globaliza con más hondura y equidad que esos restos mortales que los días nos desprenden.

Ni siquiera la sospecha de que, atento al día, se vendan en el mundo algunos miles de inodoros y escobillas más que en cualquier fecha, como triste y mercurial destino que el calendario reserva a estas onomásticas, puede objetarse a tan tardío y sentido homenaje.

Tres veces al día, reconozco, le rindo pleitesía, y no por sus haberes, que los tiene, sino por ser y haberlo sido siempre, ese único reducto amurallado, provisto de cerrojo, al que no llegan visitas indebidas; ese sagrado altar en el que entregarse a la lectura sin timbres que interrumpan ni llamadas que importunen.

Si no fuéramos hipócritas, tan esclavos de las dignas biografías que mentimos, tendríamos que reconocer que, en ningún otro trono, como en los retretes, hemos sido más propios y felices, sin un notario al lado que registre la cotidiana historia en la que estamos, sin un juez delante que te autorice el paso o la opinión, sin una obligada cita previa, sin un reproche, sin un lamento, sólo nosotros mismos y el retrete. Y en él hemos soñado y descubierto los dos o tres enigmas pendejos de la vida, esos que son la esencia de todos los humanos afanes, que nos llevan y nos traen, de letrina en letrina, y en cuya concurrida soledad hemos urdido las historias que mejor sabemos y contamos.

(Euskal presoak-Euskal herrira)

17 millones

Antes, mucho antes de que la mentada crisis se asentara en nuestras vidas recortándonos derechos y valores, ya el mundo era un infierno para 17 millones de niños y niñas amenazadas por la desnutrición, por la falta de alimentos, de agua potable, de higiene, de oportunidades.

Entonces, como ahora,  existía el conocimiento y también los recursos para que esa infancia no se viera expuesta al hambre, a la miseria. Quienes rigen los destinos del mundo sabían qué hacer y disponían de los medios para evitarlo. Lo que no ha habido, ni antes ni después, es voluntad política para dar respuesta a un drama que define, y no de la mejor manera, eso que algunos celebran como “nuestro modo de vida” y que mucho tiene que ver con su modo de muerte.

El próximo 20 de noviembre se celebra el Día Internacional de la Infancia. Al respecto del día y de esos 17 millones de niñas y niños para quienes sigue sin haber futuro, Unicef insiste en llamar la atención sobre esta sangrante realidad que, al margen de algunas contadas excepciones, no concita titulares, ni consejos de ministros o reuniones de jefes de Estado, que no convoca a las masas ni alarma a la ciudadanía, esa triste y dolorosa realidad por la que nadie llora y, sobre todo, a la que nadie da respuesta.

(Euskal presoak-Euskal herrira)

La fractura

Se repite como una insoportable letanía que cuanto más la oigo más me indigna. Curiosamente, esa “fractura social” que se invoca con tanta insistencia desde los grandes medios y partidos políticos españoles tiene, entre otras virtudes, la de afectar exclusivamente a esas sociedades que por reivindicar la independencia o, simplemente, el cambio,  pasan de improviso a “fracturarse” y convertir su “fractura” en problemas de estado.

Hasta hace muy poco, al parecer, ni en Catalunya ni en Nafarroa existía la “fractura social” que ahora se agita como amenaza. En ambas sociedades se podía hablar de política sin sobresalto alguno y no había ideología capaz de amargar una comida familiar en la que con independencia de lo que pensaran sus miembros se llegara a los postres sin levantar la voz. Ha bastado que asomara el cambio en el escenario navarro y la independencia se abriera paso en Catalunya, para que la inquietud de la “fractura” comenzara a convocar titulares y declaraciones: “¿Cómo afecta el independentismo catalán las relaciones familiares?” se preguntaban en estos días en El Intermedio. “Cataluña al borde de la fractura social” denunciaba El País. “El cambio fractura la sociedad Navarra” apuntaba el Diario de Navarra.

Y sí, es verdad, existe la fractura, pero no es ahora que se rompió esa idílica convivencia que disfrutaban los que encontraron en la dictadura franquista una “plácida existencia” como acuñara Mayor Oreja; no es ahora que las discusiones políticas alrededor de la mesa familiar se declarasen proscritas; no es ahora que esa fractura, además de rotos, nos negara la voz y nos prohibiera la palabra.

En lo que a mi respecta, mi “fractura” hace tiempo que ya no tiene arreglo. ¡Gora Euskadi Askatuta! ¡Visca Catalunya Lliure!

(Euskal presoak-Euskal herrira)

Mis neuronas y yo

Un día, sentí tan apacibles mis neuronas, tan a la vista estaban, que me puse a contarlas y, peor que fueran cuatro, fue saber que para el mediodía todas salían de servicio.

Tras incontables fracasos tratando inútilmente de que prolongaran sus saberes algunas horas más, opté por conformarme con disfrutar su compañía sin mayores exigencias, el tiempo que lo considerasen.

Desde entonces he programado mi rostro para que, después de las doce, no sólo siga pareciendo humano sino incluso pensante, y he logrado a tal punto superarme que, con frecuencia, la gente hasta me para por la calle y me pregunta que qué pienso, dando en suponer cavilaciones mis habituales devaneos por el limbo, o confundiendo mi natural somnolencia con el ejercicio de la meditación,  pero al margen de algunos contratiempos y bostezos que han llegado a pasar por testimonios, hasta el mediodía mis neuronas vienen y van conmigo.

Hay una que ha llegado a ser hasta ingeniosa. La llamo Einstein por aquello de motivarla, pero es sorda.

Otra, la huérfana, se acomoda un naufragio en la primera fila y comienza a destilar nostalgias al gusto del incendio hasta que pone a llorar a las demás. Es la primera en apagarse y he decidido llamarla Aurora para que se anime, pero es masoquista.

La tercera sé que fue la cuarta antes de que la sexta muriera en brazos de la quinta que no soportó el peso, pero sé que quedan dos y, digamos que, una, la tercera, es tan tímida que hasta al nombre quiso renunciar. Se lleva muy bien con Aurora y es de temerse una lágrima urdida entre las dos. Siempre es la última en marcharse. La llamo La Abecedaria para que se consuele, pero es inconsolable.

Queda la cuarta, completamente loca, sin otro oficio que conspirar contra las otras, exigiendo la gloria en los infiernos y el cielo pasto de las llamas. La llamo La Cuarta, para que no se ofenda, pero vive enojada.

Y quedo yo, al gobierno de las cuatro. Me llamo Koldo, porque me dio la gana y… bueno, porque La Cuarta pretendía otro nombre, y Einstein, que también es vasca, no se puso de acuerdo con Aurora, que ya se había marchado, y La Abecedaria, como buena criolla… no quiso decir nada.

(Euskal presoak-Euskal herrira)