Las bombas matan y los medios mienten

Al final va a resultar que sí, que todas las bombas, misiles y demás explosivos que los llamados aliados están arrojando sobre Trípoli y otras ciudades libias en su cruzada humanitaria, sí matan civiles.
Y eso que, hasta el momento, no obstante la intensidad y frecuencia de los bombardeos, según los medios de comunicación no habían producido ni siquiera esos daños colaterales que antes de que se lamenten ya se han enterrado.
Hasta el corresponsal de El País en la capital Libia, Alvaro de Cózar, había andado y desandado Trípoli buscando en morgues y cementerios los cadáveres que nunca existieron. Tampoco fue el único medio de comunicación que fracasó ante la odisea propuesta. Por más denuncias que a través de Internet se venían haciendo sobre el uso de uranio empobrecido en las bombas de la pacificación aliada, sus misiles debían haber alcanzado un grado de inteligencia tan exquisito y sus operadores una pericia tan extraordinaria, que ni los habituales errores comunes a otras guerras se estaban cometiendo. Y los posibles muertos, en el hipotético caso de que aparecieran, o eran soldados de Gadafi o estaban dispuestos a serlo. Nunca civiles cuyas vidas, precisamente, se había ido a preservar.
Pero he aquí que, de improviso, las 28 tumbas que narraba Alvaro de Cózar para El País había descubierto vacías hace tres días, van a resultar insuficientes para albergar los cadáveres de las decenas de civiles libios reventados por las bombas aliadas en los barrios de la capital y en un hospital de Mizda, a 145 kilómetros de Trípoli.
La denuncia no la ha hecho el corresponsal de El País, que sigue buscando muertos; tampoco El Mundo, Le Figaro, The Times, el New York Times, la CNN, AP, EFE… la noticia la ha brindado ¡El Vaticano!
El máximo representante del Vaticano en Trípoli, Giovanni Innocenzo Martinelli, ha denunciado la muerte de, al menos, 40 civiles por los diarios bombardeos de la aviación aliada que ya la OTAN se ha apresurado a investigar: “Estamos haciendo indagaciones entre nuestros mandos para ver si hay algo relevante en estas denuncias, pero no tenemos información para corroborarlas. Haremos todo lo que podamos para determinar si ocurrió algo”.
Denuncia el representante vaticano que “los llamados bombardeos humanitarios han causado la muerte de decenas de civiles en algunos barrios de Trípoli… En el barrio de Buslim, debido a los bombardeos, un edificio de viviendas se ha derrumbado, causado la muerte de 40 personas…Ayer ya dije que algunas bombas cayeron en hospitales. Para ser preciso, en uno de los centros hospitalarios de la ciudad de Mizda”.
Y los medios de comunicación sin enterarse. Mira por donde, al final va a resultar que el futuro de la iglesia pasa por convertirse en una agencia de prensa, y el porvenir de la prensa en seguir siendo una iglesia.

Voltaire y Sortu

Hace más de dos siglos, el filósofo y político francés Voltaire dedicó a otro político una cita para la historia: “No estoy en absoluto de acuerdo con lo que dices, pero daría la vida por defender tu derecho a expresarlo”.
Han pasado los años desde entonces y, además de a Voltaire, el tiempo y el olvido también se han llevado su hermosa defensa de la ética en el ejercicio político.
No hay que azuzar demasiado los sentidos para advertir hasta qué punto la ética se quedó por el camino. Basta repasar la actualidad del día para comprobar la catadura moral de la mayoría de nuestros representantes, sea en el Palacio Real, en el parlamento, en los ayuntamientos o en los tribunales.
Si la impunidad no vistiera a los santos o, simplemente, se aplicara la Constitución, no obstante su notoria mezquindad, los políticos y funcionarios que no acabaran presos, terminarían en la calle o en el más absoluto descrédito.
Pedirle a cualquiera de ellos que defienda mi derecho a la palabra o, lo que viene a ser lo mismo, al voto, cuando son ellos, precisamente, quienes han secuestrado mi derecho, sería tan ingenuo por mi parte como pretender que Voltaire y su apología de la ética les resulten conocidos.
De ahí que, yo a nadie voy a pedirle que defienda con su vida mi derecho a decidir, pero a quienes carecen de escrúpulos para acceder a cargos sobre la base de negarles las urnas a decenas de miles de vascas y vascos sólo quiero recordarles, aunque su mercurial vileza no estime la memoria, que ninguna opinión podrá tener valor, ningún voto merecerá respeto, ningún autoridad será creíble, mientras haya una sola exclusión.