Etica y circo

Pachi López, presidente del gobierno vasco, ha hecho el anuncio de que su ejecutivo se dispone a implementar en breve un “código de ética y buen gobierno”.
“Había una vez… un circo que alegraba siempre el corazón…”
“El código de ética estará basado en los principios de honestidad, transparencia, participación, responsabilidad y voluntad”.
“… lleno de color, un mundo de ilusión, pleno de alegría y emoción.”
“Es la asunción por parte de todos de un gobierno alejado de la corrupción, del fraude, de la arbitrariedad, del despilfarro, de la ineficacia y de la ineficiencia”.
“Había una vez… un circo que alegraba siempre el corazón, sin temer jamás, al frío o al calor, el circo daba siempre su función”.
“Lo hacemos para que el proceso de toma de decisiones responda a reglas como la participación democrática, la transparencia, la rendición de cuentas y el respeto a las leyes”.
“Siempre viajar, siempre cambiar, pasen a ver el circo… otro país, otra ciudad, pasen a ver el circo…”
Pachi López también ha señalado que se creará una “comisión de vigilancia” dotada de “transparencia y libertad de acceso” para garantizar la “plena eficacia del manual”.
“… es magistral, sensacional, pasen a ver el circo.”
El presidente del gobierno vasco ha insistido en que, de esta manera, su ejecutivo apuesta, y lo hace con hechos, por la “transparencia, poniendo herramientas y códigos para hacer una gestión limpia y controlada”.
“Había una vez… un circo que alegraba siempre el corazón, lleno de color, un mundo de ilusión, pleno de alegría y emoción el circo daba siempre su función”.

La lupa y Rubalcaba

Sólo por seguir el ejemplo del ministro Rubalcaba yo también me hice de una lupa decidido a examinar las listas populares y socialistas. No buscaba candidatos encausados por corrupción o vinculados a escándalos de todo tipo; no pretendía encontrar implicados por robo, desfalco, cohecho, comisiones ilegales… Tampoco era mi interés hallar nexos con la violencia entre tantos aspirantes a llegar o mantenerse en ayuntamientos y diputaciones, descubrir tránsfugas, detectar prevaricadores… Eso hubiera sido demasiado sencillo. Lo único que quería era encontrar algún candidato que estuviera limpio, que ni siquiera hubiera sido salpicado por alguna adjudicación de un contrato a dedo, por haber otorgado una licencia ilícita, nepotismo o tráfico de influencias…
Dos lupas más tarde opté por emplear una lupa estereoscópica pero, a pesar de ello, seguía sin encontrar un posible candidato pulcro. Por más que revisaba las listas de populares y socialistas, todos los nombres que iba verificando o estaban en los tribunales o iban camino de ellos: Francisco Camps, El Bigotes, Ricardo Costa, Vicente Rambla, Milagrosa Martínez, David Serra, Luis Díaz Alperi, Pedro Angel Hernández…
Me serví entonces de un catalejo, también de unos prismáticos, en el interés de hallar un candidato que no hubiera estado envuelto en alguno de los tantos casos de corrupción: Caso Gürtel, Caso Brugal, Caso Malaya, Caso Mercasevilla, Caso Ibiza, Caso Góndola, Caso Alhaurín el Grande, Caso Faycán… pero todo fue inútil.
Desesperado, apelé a un microscopio, por si me ayudaba a dar con el paradero en las listas populares y socialistas de ese íntegro candidato que ni siquiera fuera parte del entorno o del umbral, pero seguí depurando listas y descartando nombres sin dar con él: Juan Manuel Rey, Cristina González, Miguel Uroz, Francisco Cuenca, Rafael Gómez (Sandokan), Agustín Navarro, Xico Tarrés, Yolanda García, Manuel Vallejo, Juan Martín Serón, Antonio Rodrigo Torrijos, Antonia Muñoz, José Manuel Traba, José Manuel Santos, Juan José Díaz Valiño, Jesús Vázquez, Josep Mari Agustinet, Juan José Dorta, María del Carmen Castellano, Macario Benítez, José Manuel Cendán, Alfonso Puente…
Y así he seguido hasta quedarme tan sólo con un nombre que depurar: Rubalcaba. El problema es que el ministro va para presidente y ni siquiera necesito gafas para indagar su pasado.

Que recicle el ministro


Hace ya muchos años mi hermana Mey, excelente fotógrafa y hermana, hizo posible en uno de sus montajes lo que era un sueño de todos: reciclar la clase política. En un verde contenedor en el que figuraba la leyenda: “Reciclar es dar vida”, mi hermana depositó a toda esa recua de impresentables delincuentes que nos gobiernan, sea desde el estado, las finanzas, los medios de comunicación, o los tribunales de justicia.
Y aquella, su feliz idea de entonces, me ha venido hoy a la memoria luego de leer las declaraciones del ministro japonés Takeaki Matsumoto tranquilizando a la opinión pública sobre el vertido de miles de toneladas de agua radiactiva al mar, dado que, asegura el ministro, “los niveles de radiación no ofrecen riesgos a la salud humana”. Por si acaso sus declaraciones todavía generaban suspicacias, puntualizó Matsumoto que “el vertido de agua contaminada al mar no viola ninguna ley internacional”, horas antes de que su gobierno pidiera “disculpas” a países vecinos por esas miles de toneladas vertidas que ni vulneran leyes ni afectan a la salud. Tampoco se entiende, en consecuencia, a qué se deban las disculpas, y si es sólo disculpas lo que cabe esperar luego de que trascendiera, además de las excusas, que la contaminación en el océano sobrepasa en 7,5 millones de veces los límites legales. Sospecho que las ballenas hasta van a preferir que las sigan matando a arponazos. Hasta es probable que no estén solas en ese suicida deseo por más que ya nadie las persiga, porque tampoco nadie va a comprar pescado.
Reconozco que mi primera reacción no era publicable. Tampoco la segunda… pero unas cuantas reacciones más tarde, sereno el ánimo y el juicio, finalmente arribé a una respuesta razonable: a partir de hoy, ¡que recicle el ministro!
¿Qué sentido tiene que yo, ciudadano común que genera su común basura, haya reconvertido parte del exiguo balcón del que dispongo en una concurrida exposición de bolsas de colores para pasarme el día yendo y viniendo con la basura en la mano, ahora en la azul, ahora en la amarilla, después en la verde? ¿Qué sentido tiene que cargado de bolsas ande por la calle depositando cada clase de basura en su contenedor correspondiente mientras estados y compañías petroleras o nucleares o alimenticias, en un único e impune vertido o derrame, arruinan la diaria labor de millones de pendejos ciudadanos como yo?
Confieso que mi primera respuesta tampoco era publicable. Y menos la segunda… pero unas cuantas respuestas más tarde, acerté a recordar la fotografía de mi hermana y entonces supe que sí, que reciclar sigue siendo imprescindible, que reciclar es dar vida. El único problema es que, así sea antes o al mismo tiempo que reciclamos nuestra basura: la plástica, la orgánica, el vidrio, el papel… nos ocupemos, sobre todo, de reciclar la basura que supone esa clase política que nos gobierna y que mientras siga rigiendo los destinos del mundo hará del reciclaje otra cruel inocentada más.
O mejor aún, porque ya dudo sea reciclable tanta tóxica y radiactiva porquería como la que hoy representa el ministro japonés y a la que mañana ha de rendir honores su homólogo español o aquel otro banquero o el juez que queda al lado o el prestigioso director del medio, ¿por qué no aprovechar cuando entierren bajo arena y concreto los malditos reactores y sepultar con ellos la basura?

Los rebuznos de un jumento

Que un jumento rebuzne es algo natural. Rebuznar está en su naturaleza. Pero cuando ese jumento ha sido presidente del Estado español y sigue siendo, al abrigo de la concurrida cuadra, mentor y caudillo de los demás pollinos, sus rebuznos sí pueden ser preocupantes, incluso delitos.
Cuando años atrás, como recompensa a sus desvelos, fue nombrado asesor de la compañía Centauros Capital, una de las empresas mejor establecidas en el mundo de la especulación, con sede en Londres y oficina fiscal en las Islas Caimán, y que cuenta, entre otros asesores, con el ex primer ministro inglés John Major o Madeleine Albright, ex secretaria de Estado de los Estados Unidos, supuse que en su inventario de coces y rebuznos aún quedaba espacio que cubrir.
Al fin y al cabo, los centauros eran para los griegos unos seres mitológicos y salvajes, carentes de leyes y hospitalidad, y esclavos de las pasiones animales. Algunos expertos los definían como criaturas inconstantes, que miraban con frecuencia al cielo para determinar sus destinos, aficionados a la adivinación, a los secuestros y a pelear con los lapitas. A los centauros no les gustaba que nadie les indicara lo que tenían que hacer, a qué velocidad debían galopar o cuantas garrafas de vino podían consumir. Mientras la cabeza y el torso de un centauro correspondía a un ser humano, el resto del cuerpo era el de un caballo. Eso era al menos lo que creían los griegos no obstante la dificultad, a veces, de distinguir un relincho de un rebuzno, y pese a ser conscientes de que cuatro patas, el lomo y un rabo, a falta de cabeza que confirme la identidad del animal, lo único que aseguran es un cuadrúpedo, y un cuadrúpedo también puede ser un jumento. Nadie más indicado, en consecuencia, para el cargo.
Obviamente no lo habían elegido por el genio militar que revelara en la Guerra del Perejil, bélica hazaña patria en la que reconquistó para España el Peñón de Perejil, roca que se levanta frente a la costa africana y que había caído en manos de dos moros y una cabra. Y tampoco parece que fueran sus hazañas deportivas por él mismo narradas, sus portentosas marcas de velocidad batidas, como enrostrara, con los pies encima de la mesa, al propio George W. Bush, suficiente motivo para reconvertirlo en un centauro. Menos aún sus dotes como historiador cuando reivindicaba la deuda que los árabes tenían contraída con él por haberle ocupado su país ocho siglos. Y no parece que su nombramiento se debiera a su proverbial inteligencia, la misma que manifestara en relación a Iraq y sus armas de destrucción masiva cuando reconocía: “cuando yo no lo sabía, nadie lo sabía… yo no fui tan listo”. Si fue elegido centauro, obviamente, o fue por su destacada labor como jumento o fue, es la otra posibilidad que se me ocurre, su sobresaliente dominio del inglés (y de catalán en la intimidad) lo que convenció a la compañía especuladora de su elección.
Llegarían más cargos que honraran tan brillante trayectoria. En esos mismos días era nombrado Bodeguero de Honor de la Academia del Vino de Castilla y León.
“Bodeguero ¿qué sucede? ¿Por qué tan contento estás?” pregunta en su estribillo la canción cubana, y no era para menos su contento, que razones tenía para, al margen de los exquisitos caldos paladeados, mostrarse como nunca jovial y dicharachero en su discurso de agradecimiento por el honor recibido, en pugna con un gobierno que insistía en decirse socialista mientras competía con ellos por ver quien era más y mejor… bodeguero. De aquel espumoso honor quedó para la historia una buena resaca y algunos rebuznos más reivindicando su derecho a que nadie le diga cuánto puede beber y a qué velocidad debe conducir.
Pero al margen de las consideraciones personales que nos merezca este centauro, a caballo entre asno y bodeguero, y que conste que no pretendo seguir con mis cuadrúpedos símiles más allá de lo que los rebuznos aconsejen, invocar a la OTAN para que bombardee Cuba, es algo mucho más grave que el ordinario exabrupto de un jumento.
Para mejor entenderlo no habría más que invertir el caso y suponer, es un ejemplo, que un ex mandatario cubano, pongamos Fidel Castro, so pretexto de que en el Estado español se tortura, se prohíben partidos políticos, se cierran medios de comunicación, se condena con penas de cárcel la libertad de expresión, se vulneran derechos, se saquean las arcas nacionales para beneficio de la especulación bancaria, entre otros atropellos, vejámenes y delitos impunes, reclamara de la OTAN el bombardeo del régimen borbónico. Bombardeo, por supuesto, humanitario.
No he oído una sola voz en el Estado español que censure el rebuzno. A ninguna autoridad española he escuchado disculparse ante el pueblo y el gobierno cubano por la desfachatez de tan canalla y siniestro personaje. Recuerdo que en aquella inolvidable cumbre americana en la que el Rey de España se equivocara de siglo y de colonia, también de copa, Zapatero defendió a su antecesor en la presidencia porque, según expresara, había que respetar su pasada investidura como jefe de Estado. ¿Y ese jumento merece más respeto, sea como ex presidente o español, que el que debe guardarse a un país? A un país, por cierto, con el que el estado español mantiene relaciones diplomáticas, económicas, culturales, de todo tipo.
Lo que ha expresado esta vez el jumento mayor no sólo es un rebuzno. Es un delito. ¿No estaríamos hablando de apología de la violencia o del terrorismo si ese mismo deseo, pero con el Estado español como objetivo de las humanitarias bombas, hubiera estado en la boca de un vasco?
Las mismas razones que a ese delincuente impune, que ya hace tiempo debió haber sido conducido frente a un tribunal internacional de justicia como criminal de guerra, le han llevado a afirmar que “el mundo es un mejor lugar sin Sadam, sin Gadafi, sin Chávez… sin cualquiera de sus enemigos, las puedo esgrimir yo, sin ir más lejos, para pensar que el mundo sería un mejor lugar sin él. De momento el mundo ha preferido dejar que funcione su precario orden legal, su mezquina justicia, pero ¿tan precario y tan mezquino es el derecho? ¿Tan impunes los rebuznos de un jumento?

Los unos y los otros

(Con mi agradecimiento al amigo dominicano Luís Carvajal)
Me ha escrito una lectora preocupada por mi desafecto hacia el gobierno. “¿Siempre tiene la culpa de todo el presidente? ¿Qué hubiera pasado si hubieran estado los otros?”
Me he quedado perplejo. Si no fuera por lo difícil que se me hace pronunciar esa palabra hasta me atrevería a asegurar que… anonadado. O, peor todavía… estupefacto. ¿Los otros? ¿Pero hay otros? ¿Y quiénes son los otros?
De acabar confirmando tan sesuda revelación casi estoy por colegir que, en el supuesto de que existan los otros, probablemente, también existan los unos.
De hecho, el inolvidable tango Siglo XX, de Discépolo, constituye una inobjetable prueba sobre la existencia de unos y otros: “Vivimos revolcaos en un merengue y en un mismo lodo todos manoseaos… si uno vive en la impostura y otro roba en su ambición, ¡da lo mismo que sea cura, colchonero, rey de bastos, caradura o polizón!”
Pero aunque el tango de Discépolo, tal vez sin proponérselo, corroborase la alternancia de los unos y los otros, sea en la impostura o sea en la ambición, que “cualquiera es un señor, cualquiera es un ladrón” como seguía apuntando Discépolo, yo necesitaba establecer la diferencia que me permitiera reconocerlos por más que insistan en revolcarse en un merengue. ¿Quiénes son los unos y los otros? ¿Cómo distinguirlos si, una vez despejadas las incógnitas y verificados los indicios, acabáramos por saberlos?
Me puse entonces a repasar archivos y a escrutar memorias. Hice un inventario de mentiras, de verdades a medias y silencios; cotejé operaciones de paz y guerras humanitarias; deduje al alza y a la baja la cotización del interés de España; sumé y resté en blanco y negro hipotecas, desahucios, rentas y beneficios; compulsé las ganancias del comercio, de la banca y la industria; recabé la opinión de pensionistas, también de jubilados; calculé el paro, el desempleo, los recortes sociales, la penúltima crisis, los paraísos fiscales, la venta de los bienes del Estado, la vulneración de todos los derechos; examiné los indicadores de corrupción al uso sin que ningún artículo del código penal sobreviviera ileso…
Y no conforme con ello, aún fui más lejos, revisé la desfachatez de sus propuestas, la vileza de sus intenciones, la violencia de sus métodos, el descaro con que se manifiestan, la impunidad de que se valen, la desvergüenza en la que son los unos y los otros… y seguí sin hallar la diferencia.
Hasta que, casi ahora mismo, un buen amigo acudió en mi rescate, resolvió el acertijo y me sacó de dudas: “los otros sólo son la otra manera de ser los mismos”.