¡Chorizos!

Son una recua de maleantes y ladrones; un atajo de hipócritas y mangantes; una camarilla de atracadores, de evasores, de farsantes.

Y ni siquiera es necesario ponerles nombres y apellidos a quienes conforman la surtida nómina de delincuentes con licencia a la que aludo porque es tal la unanimidad entre la gente para reconocerlos y señalarlos que cualquiera sabe de quienes estamos hablando; es tan grande el consenso al respecto de a qué salteadores nos estamos refiriendo que ni siquiera es necesario identificarlos.

Basta que uno salga a la calle y, simplemente, pronuncie la palabra “chorizo” para que nadie tenga la menor duda de que no estamos hablando de embutidos y sepa, además, con precisa exactitud de qué clase de fiambre se trata.

Ya no sólo en el Congreso gozan de mayoría absoluta. Ahora también la han conseguido en el código penal hasta el punto de que ya no queda artículo en ese código que haya resultado ileso.

Sí, son ellos, los mismos, los de siempre, los que nos reprochaban haber vivido por encima de nuestras posibilidades; los que nos exigían trabajar más y cobrar menos; los que nos demandaban nuevos sacrificios; los que se lamentaban de tener que aplicar medidas que, no siendo de su gusto, eran inevitables; los que nos animaban a salir de esta crisis con perseverancia y esfuerzo, los que nos exhortaban a soportar las cargas y recortes con comprensión y humildad, los que se proponían la regeneración de la política, los que aseguraban no tener nada de lo que avergonzarse.

Y son lo que son, una turba, una horda de chorizos, una banda criminal al gobierno de un estado delincuente.