A propósito de la independencia

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Inovidable aquella tarde en la que, de las manos de su madre, Itxaso dio sus primeros pasos. Y Haizea ya no demanda la ayuda de su padre para cruzar la calle, que ya camina sola y va a la panadería, al parque, a la ikastola…

Enara lee sus propios cuentos, los cuentos que ella escribe, Intza los dibuja y colorea, y Beñat los interpreta. Naroa no precisa que le laven los dientes ni la cara. Oier tampoco necesita que le hagan la cama y Malen ya controla el teléfono y el televisor. Urko dispone de su propia agenda que, en ocasiones, hasta coincide con la de sus padres, y Amat conduce su bicicleta con los ojos cerrados.

Adur ha empezado a hablar como Arkaitz a correr. Unai ha aprendido las virtudes del ahorro y Yosu ya es un experto en los beneficios de una dulce inversión. Irati ha abandonado el biberón y, en cualquier momento, Jon deja el chupete y renuncian al dedo Noa e Imanol.

Aritz y Asier friegan los platos, Aiur ordena su cuarto y Unax organiza la ropa de su armario. Kalare domina los patines como si llevara toda su infancia sobre ellos, y ya Izaro ha empezado a sospechar que el Olentzero vive muy cerca de su casa.

Aitor no se conforma con cualquier respuesta y Aihora inquiere los porqués. Ane exige que las respuestas vengan acompañadas de razones. Eñaut y Laila, por su parte, demuestran su memoria centímetro a centímetro, mientras Igor aprende a soltar amarras y Nerea se sacude inhibiciones y miedos.

Y por cierto, y a propósito de la independencia, el vasco es uno de los pueblos más viejos de Europa y solo aspira a poder nacer.

 

“La ternura de los pueblos”

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Días atrás Azkoitia celebró la Semama de la Solidaridad y, como parte de la misma, algunos vecinos se propusieron llenar la plaza del pueblo de palabras solidarias, de palabras que desarmaran miedos y desmontaran prejuicios, de palabras que reinvidicaran otro mundo posible, ese que Galeano propone “en el que la comida no sea una mercancía, ni la comunicación un negocio y en el que nadie morirá de hambre porque nadie morirá de indigestión”; ese mundo posible en el que “la educación no sea un privilegio de quienes puedan pagarla ni sea la policía la maldición de quienes no pueden comprarla”; ese mundo posible en el que “la gente no sea manejada por el automóvil, ni sea programada por la computadora, ni sea comprada por el supermercado, ni mirada por el televisor”; el mismo mundo que Benedetti sigue demandando en un poema que no faltó a la cita porque “hay quienes se desmueren y hay quienes se desviven y así entre todos logran lo que era un imposible, que todo el mundo sepa que el Sur también existe”.

En la plaza de Azkoitia, uno tras otro y durante hora y media, decenas de vecinos y vecinas fueron turnándose en el uso de la palabra de la amiga mano de Eduardo Galeano, Mikel Laboa, Gabriel Aresti, Amets Arzallus, Mario Benedetti, Leonel Rugama, Joseba Sarrionandia, Charles Chaplin, Bertold Brecht, Roberto Sosa, Patxi Zubizarreta, Pedro Casaldáliga, Iñigo Aranbarri, Mark Twain, Mahmud Darwish, José Martí… y de otras muchas voces que, como escribiera la poeta nicaragüense Gioconda Belli, piensan que la solidaridad es la ternura de los pueblos.

El tiempo y su palabra

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El tiempo y su palabra

(Al coronel Rafael Tomás Fernández Domínguez)

 

Koldo Campos Sagaseta

 

 

Todo se interrumpió cuando el disparo,

todo menos el tiempo y su palabra

porque el tiempo no sabe de emboscadas,

de prórrogas, de atajos,

de páginas en blanco,

y a cada biografía le reserva su gracia.

 

Y el tiempo y su palabra,

indesmayables,

convocaron principios,

aunaron voluntades

y urdieron el camino.

 

No fue un marine americano, fueron todos,

como infame caterva de cipayos,

charanga de pendones y birretes,

comparsa de ciempiés y mojigatos;

fueron sus intereses,

sus cargas y sus cargos,

la iniquidad del golpe,

fue la coronación del triunvirato.

 

Todo se interrumpió cuando el disparo,

todo menos el tiempo y su palabra

porque su voz no es voz que ya no sea,

ni expediente archivado,

ni razón envainada,

y a cada nueva cita le guarda su semblanza.

 

Y el tiempo y su palabra,

inapelables,

enfrentaron demonios,

alentaron conciencias

y dieron testimonio.

 

No fue un marine americano, fueron todos,

como asociada turba de sicarios,

cofradía de pollos y gallinas,

consorcio de uniformes y sotanas;

fueron sus dividendos,

sus cuentas y sus cuentos,

la impunidad del lucro,

fue la consagración del atropello,

 

Todo se interrumpió…

todo menos el tiempo y su palabra,

porque por los caminos de su patria

anda naciendo un sueño

que ha de encontrar redaños

hasta batir al viento las flores de sus alas

 

Y el tiempo y su palabra,

inseparables,

desmentirán olvidos,

desarmarán espantos

y emplazarán al alba.