Sonetos a España

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España Una

 

Una unidad negada en cuatro idiomas

a la que nadie averiguó el acento

que por historia aplaude su esperpento

y que unitaria muerde hasta las comas.

 

Una unidad compendio de maromas

a cargo de un cuartel y de un convento

que a ello debe la plebe su sustento

y su botín los dos viejos sarcomas.

 

Una unidad cautiva, que se hereda,

como el cansino garbo de una farsa

a la que no le caben más estrenos.

 

Uniforme al rigor de la moneda,

una unidad que no llega a comparsa

y por cantar de más canta de menos.

 

 

España Grande

 

Una grandeza a bordo de un fecundo

mondongo de porqueros y piratas

dados a la rapiña en sus regatas

por las aguas de América y el mundo.

 

Pantomima de un soplo moribundo

que no sobrevivió a las garrapatas,

varices de un hidalgo en alpargatas

patán a veces, casi siempre dundo.

 

La fábula de fustas y de riendas

narrada por la más ilustre escoria

bajo palio, tricornios y peinetas,

 

que instituye por miedo a las enmiendas

la amnesia colectiva a la memoria

de la grandeza oculta en sus cunetas

 

 

 

España Libre

 

España es una grande y libre España,

un delirio febril bajo un pingajo

que se urdió por las armas y a destajo

en la urgencia de obrar una patraña.

 

Un exabrupto en traje de campaña

para que se nos lleve quien nos trajo.

Una puesta de sol sobre un gargajo

que no discierne un crimen de una hazaña

 

Una leyenda negra que no escampa

tutelada al favor que imponga el clero

y sus pardas guerreras adhesiones

 

España es una grande y libre trampa

que se dejó la historia en el tintero

y sin más argumento que cojones.

La globalización

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Temprano comenzó a sangrar el rojo. A borbotones secos suicidó sus fulgores, gota a gota, pincelada a pincelada, ante la desolación de los demás colores incapaces de evitar tanta descolorida desgracia.

El verde presenció la roja desventura y, herida de muerte la esperanza, eligió la sombra más lejana, a resguardo de cualquier remordimiento, para dejarse caer desde su altura.

El amarillo, mudo testigo de la calamidad que convocaba a todos los colores, fue incapaz de asistir impasible al verde derrame y al rojo desangrarse, vertiendo inanimado sus destellos hasta expiar la culpa de su lustre.

Tampoco el naranja logró quedarse al margen del general desplome y, enfermo de nostalgia, desanimó su brillo, apagó sus relieves y se arrojó en los brazos del olvido.

El azul, que en sus pupilas retenía la tristeza de tanto desconsuelo, no pudo preservar el derecho a su propia identidad y, entre desconcertado y afligido, clausuró sus matices y tonos para siempre.

Entonces, el violeta comenzó a llorar lágrimas rojas que velaran la sangre; lágrimas verdes que evocaran la historia; amarillas que aliviaran la noche y naranjas que anunciaran el día hasta teñir de azul pesares y lamentos. Después se despidió de pájaros y flores hundiendo su violácea condición en el silencio.

Absolutamente solo y desesperado, el añil buscó a su alrededor aquellos otros modos de ser el Arco Iris, aquellas otras gratas compañías con las que tantas lluvias y soles compartiera,  y fue languideciendo al no advertirlas hasta decolorarse y extinguirse.

Así fue como el Arco Iris quedó globalizado.