Engañé a todo el mundo

En ese amplio inventario de sinceros embustes y mentidas verdades en el que desde hace años vengo andando y, sobre todo, tosiendo, hora va siendo de acabar confesando lo que, en cualquier caso, ya para nadie debe ser un secreto… y es que, engañé a todo el mundo.

Engañé a mi esposa que, cada vez que se enfrentaba a un beso, siempre temía encontrarse en mis labios ese insoportable aroma del tabaco adherido a mi ropa y a mi cuerpo.

Engañé a mis hijas, sorprendidas de los tantos caramelos rondando por mis dedos y que aún siguen pensando era por ellas que los iba guardando en mis bolsillos.

Engañé al médico, al que le juré y le perjuré haber dejado el cigarrillo tantas veces como insistió en preguntármelo.

Engañé a mis amigos, a esos que bien me quieren, preocupados porque fuera capaz de proscribir los humos para siempre en mis pulmones y encontrara el amparo de sus buenos deseos.

Engañé a mis enemigos, también a ellos, a los que tanto estimo, temerosos de que fuera verdad mi pública abstinencia y acabaran por morder el polvo sus peores augurios.

Me engañé a mí mismo y me engañé hasta el punto de no saber después de tanta excusa, de tanto pretexto, quién es el yo que miente y quién el yo sincero.

Engañé a todo el mundo… menos al enfisema.

(Euskal presoak/Euskal etxera)

 

Elecciones animales

Se atribuye al escritor mexicano Guillermo Aguirre y Fierro el poema que comparto unas líneas más abajo y que, no obstante haber sido publicado en 1926, con el paso del tiempo no sólo no ha perdido gracia sino, lo que es peor, ha ganado vigencia.
En su amplio repaso por las elecciones animales el poema de Aguirre refleja ciertas humanas tendencias que debiéramos tener en cuenta quienes aún aspiramos a abandonar la selva. Y lo digo ahora que estamos en elecciones, porque de la lectura del poema podría desprenderse alguna luminosa consecuencia para quienes se atrevan a responder a la pregunta con que el escritor concluía su fábula:
 “El león falleció, ¡triste desgracia! y fueron,
por vivir en democracia,
a nombrar nuevo rey los animales.
Aunque a algunos les parezca tonto,
las ovejas votaron por el lobo;
como son unos buenos corazones,
por el gato votaron los ratones,
y a pesar de su fama de ladinas
por la zorra votaron las gallinas.
La paloma, inocente, votó por la serpiente;
las moscas, nada hurañas,
decidieron que reinaran las arañas.
No tuvo el topo duda, como tampoco queja,
mientras votaba por la comadreja;
los peces, que sucumben por la boca,
entusiastas votaron por la foca.
Por no poder encaminarse al trote
un pobre asno quejumbroso y triste
se arrastró a dejar su voto por el buitre;
el caballo y el perro, no os asombre,
como siempre, votaron por el hombre.
Amigo lector ¿qué inconsecuencias notas?
Dime ¿no haces tú lo mismo cuando votas?”.