Nuevos delitos

Uno pensaba que el odio era un sentimiento y que, al margen de la consideración que nos merezca, era tan legítimo como el amor, pero los tiempos cambian y ahora resulta que lo que creía un sentimiento también es un delito. Oigo en los medios habar del delito de odio para explicar una bronca, un insulto, cualquier cosa, y me echo a temblar. No porque odie, que si alguna vez odié años hace que no albergo semejante sentimiento, sino porque me preocupa que además del odio también se convierta en delito el asco. Y es que asco si que tengo y, lo que es peor, lo tengo por arrobas, a mansalva, en cantidades industriales. Son tantos mis ascos que enumerarlos me llevaría cien columnas y la certeza de no poder nombrarlos todos. Basta que entre en un bar y tengan puesta, es un ejemplo, Tele-5 para que de inmediato me invada una sensación de asco insoportable; solo con la portada del Diario Vasco es suficiente para que la náusea me haga correr al baño, y con El Correo Español ni siquiera tengo tiempo de correr. Sufro arcadas en todos los tonos y tamaños, ascos S, M, XL, XXXL, ascos en do, en re, en mi-fa-sol, ascos en blanco y negro, en directo y diferido, en prosa y en verso, ascos nacionales e internacionales… ¿También será delito el asco?

(Euskal presoak-euskal herrira)

 

De fachas y paletos

El que en un programa humorístico de la televisión vasca una actriz afirmara que la mayoría de los españoles le parecen paletos y fachas ha provocado un alud de descalificaciones hacia la actriz y el programa. Numerosos paletos y fachas se han sentido aludidos y hasta han promovido un boicot para con la actriz y hasta el presidente del Gobierno Vasco y el propio canal (EITB) han lamentado las opiniones de la actriz retirando, incluso, la emisión del programa, dándole una dimensión al hecho más propio de paletos y fachas que de autoridades y medios de comunicación.

Casi un siglo ha pasado de la España que reflejara Valle-Inclán en Luces de Bohemia, de aquella sociedad que nos “abría sus puertas en mangas de camisa, la bragueta desabrochada, el chaleco suelto y los quevedos pendientes de un cordón, como dos ojos absurdos bailándole sobre la panza”.
Casi cien años se han cumplido de aquel “corral donde el sol era y no siempre el único bien”, de aquella España de “espuma de champaña y fuego de virutas, de trenzas en perico, caídas calcetas, blusa, tapabocas y alpargatas, de charcos y tabernas, de borrachos lunáticos y filósofos peripatéticos”; de aquel “círculo infernal en que mascar ortigas, de empeñistas y ministros, de soldados romanos y porteras”; de aquel “apestoso antro de aceite cuya leyenda negra era su propia historia, el dolor de un mal sueño, donde unos se la jugaban de boquilla y otros se hacían cruces en la boca”; de aquella “lóbrega trastienda, desgreñada y macilenta, donde hacían tertulia un gato, un loro, un can… cráneos privilegiados”; de aquel “esperpento de sombras en las sombras de la taberna del Pica-Lagartos, de viejas prostitutas y borrachos, de ladinos, guindillas y fantoches, donde mostraba la monarquía sus encías sin dientes y era marquesa del tango Enriqueta la Pisa-Bien”.
Valle-Inclán ya conocía entonces a un “pueblo miserable que transformaba todos los grandes conceptos en un cuento de beatas costureras, cuya religión era una chochez de viejas que disecaban el gato cuando se les moría, y el cielo una kermés sin obscenidades a donde con permiso del párroco podían asistir las hijas de María”, a esa España que Valle-Inclán describiera con certera elocuencia, en la que “los bizarros coroneles se caían de los caballos hasta en las procesiones”, y en la que “las leyes reposaban en carpetas de badana mugrienta y la autoridad era un pollo chulapón de peinado reluciente que se paseaba y dictaba: ¡Aquí no se protesta! ¡Se la está ganando! ¡Eso no lo tolero! ¡Yo soy la autoridad! ¡Queda usted detenido!…”
Algunos años menos han pasado desde que Antonio Machado, uno de los más grandes poetas españoles, afirmara: “De cada diez españoles, nueve usan la cabeza para embestir”. Casi los mismos años desde que el poeta peruano César Vallejo escribiera en 1937 su poema “España, aparta de mí este cáliz”.
Andamos ya en el siglo XXI y aquella España de Valle-Inclán que debió ser un mal sueño sigue estando delante pero no como memoria sino como amenaza; el cáliz que lamentara Vallejo continúa ahí, desangrando sueños y esperanzas; y los españoles que denunciara Machado insistiendo en embestir.

(Euskal presoak-euskal herrira)