¿Dónde está Aurora Wiwonska?

El 7 de diciembre del 2001 la dominicana Aurora Wiwonska Marmolejos, de 22 años y madre de una niña de año y medio, en un arranque inesperado y a las puertas de un club de la capital dominicana en el que la empresa para la que trabajaba ofrecía una fiesta navideña a sus empleados, se quitó los zapatos y echó a correr por las proximidades de la Universidad Autónoma de Santo Domingo. Momentos antes había sostenido una discusión con su marido que, aunque no trabajaba en esa empresa, había sido invitado por ella. A la salida del local, él se dispuso a llamar por su celular a un taxi para regresar a casa, eran más de las diez de la noche, cuando Aurora Wiwonska, según declaró el esposo, se quitó los zapatos y echó a correr. Desde entonces, y ya han pasado 17 años, nadie ha vuelto a ver a Aurora Wiwonska Marmolejos. Tal vez porque, discreta, corría descalza para no hacer ruido. Una carrera urdida de improviso, como si fuera a detenerse a los tres pasos y no tuviera intención de prolongarla todos estos años. Nada se llevó en su frenética carrera, ni un pasaporte, ni dinero, ni una maleta con ropa, ni una fotografía de su hija, nada. Tampoco se despidió de nadie, ni siquiera de su marido. Simplemente, se quitó los zapatos y echó a correr cuesta abajo, por una calle a oscuras y vistiendo una elegante falda tubo, una de esas faldas que apenas sí te permiten mover los pies. Y corriendo ha cruzado, desde entonces, su menuda figura frente a todas las comisarías de policía de la ciudad que no la vieron nunca, que nunca la han sabido; corriendo ha ido dejando atrás pesquisas inconclusas y reportes a doble espacio; siempre corriendo, Aurora Wiwonska atravesó un original y tres copias, dio la vuelta a un formulario verde, recorrió sin detenerse cuatro informes anexos, dos sellos gomígrafos y algunas presunciones, incansable al desaliento, sin que la detuvieran los indicios, ni las legítimas sospechas. Corriendo le ha pasado por el lado a tres pruebas periciales, ha dejado atrás los esperticios, ha cruzado indagatorias y testigos que sirvieron, al menos, para saber que aún corre, que Aurora Wiwonska tiene 17 años corriendo. No la ha visto la jueza que dictaminó su olímpica odisea por calles y avenidas de Santo Domingo, como si desaparecer en la República Dominicana fuera un ejercicio común e impune que no requiere más averiguaciones. No la ha visto la Policía, nadie la ha vuelto a ver, ni siquiera su hija, 17 años después. Súbitamente, sin tiempo ni para despedirse, Aurora Wiwonska decidió emprender esa carrera en la que todavía persiste y de la que nadie es responsable, como si fuera una fatal ocurrencia de medianoche, como si súbitamente le asaltaran las ganas de correr el resto de sus días y se lanzara a tumba abierta por las calles de la ciudad, hasta ella misma olvidarse de sus pasos. Y me pregunto si esa impune carrera no altera, también, la paz ciudadana, si no pone en peligro la convivencia de la familia dominicana o si es que, en esta sociedad, ser mujer no vale absolutamente nada cuando, además, se carece de recursos y apellidos.

(Euskal presoak-euskal herrira/Llibertat presos politics/Altsasukoak aske)

Cumbre de mierda

Sí, cumbre de mierda que ha convocado a los más virtuosos declamadores de mierda para que retomaran y coordinasen la mierda que nos tienen reservada, por supuesto sostenida y sustentable, y que ha ido de boca en boca malbaratando ensalivada mierda por turnos y micrófonos hasta que, desbordados los horarios y agotadas las agendas, terminara finalmente remitiendo al futuro una próxima cumbre de mierda.

Y si doy la impresión de reiterarme en esta columna de mierda, me comprometo a no volver a mencionar de nuevo esa palabra que resume la cumbre de los veinte. Si no me creen, mejor confíen en el instinto natural de Mohamed Bin Salman, ese príncipe saudí que tanto se ha destacado últimamente entre ese selecto club de canallas y que se mostró muy satisfecho de que a su llegada a Buenos Aires ya estuviesen instalados para él y un séquito de cuatrocientas personas, (entre agentes, secretarios y descuartizadores) otros tantos inodoros de la marca “Kohler” que, a cuenta de su reino y para la ocasión, había mandado comprar en los Estados Unidos. Una cumbre de escatológica retórica y ponderados excrementos requería un inodoro de calidad y garantía: “¡Kohler!” Ni siquiera es preciso tirar de la cadena.

(Euskal presoak-euskal herrira/Llibertat presos politics/Altsasukoak aske)