Alevines de caudillos

Con más frecuencia de la deseable solemos encontrarnos en los medios o en la calle con personas ansiosas de convertir en ley sus opiniones, incluso, sobre cualquier irrelevante asunto y, lo que es peor, personas dispuestas a sancionar como delito cualquier criterio ajeno que no sea de su gusto.

Es como si todos los días se levantaran por la mañana con la patológica necesidad de prohibir algo, lo que sea. Y ese algo, generalmente, suele ser lo primero que les propongan los medios siempre a la caza de anónimos testigos que avalen sus inquietudes.

Desgraciadamente, cuanto más democrática se cree una sociedad más tiende a hacer banales sus preguntas y rotundas sus respuestas. Basta que aparezca un micrófono delante para que nos parezca inadmisible en las piscinas el baño sin gorro o intolerable cubrirse la cabeza.

Una reportera animaba a la gente a dar su parecer sobre el hecho de que haya personas que venden los regalos recibidos de no ser de su agrado. Al margen de una joven que contestó que cada quien podía hacer con sus regalos lo que le diera la real gana, que para eso eran suyos, varios de los entrevistados optaron por sanciones legales contra prácticas semejantes, y hasta hubo quien, directamente, propuso fuertes multas para evitar lo que llamaba comercio ilegal.

Curiosamente, la mayoría de las personas no sólo se conformaron con hacer juicios de valor, a los que derecho tienen, sino que exigieron la prohibición de la reventa de regalos.

Es habitual encontrarte en los medios a personas sin más criterio que uno, haciendo fila ante el intrépido periodista que ha planteado el tema, dispuestas a prohibir por violentos los dibujos japoneses, vetar la presencia de perros en los parques, ilegalizar la osteopatía, exigir la incondicional para las palomas y la perpetua para los grafiteros…

A fin de cuentas, la mejor forma de que no respondamos a lo que nos interesa es que se nos pregunte sobre lo que no nos importa.

(Preso politikoak aske)

Bochorno ajeno

A veces se me cruzan los cables y hago cosas insólitas, imprudentes para mi edad como, por ejemplo, tragarme sin pestañear el llamado debate entre Sánchez y Feijóo. Tres horas incluyendo la previa con los analistas valorando las posibles estrategias de los dos aspirantes y si se impondrá el candidato verdeazulado o será el azulverdoso quien obtenga más respaldo. El diseño del “debate”, incluyendo la moderación, solo podía tener sentido si lo que se buscaba, más que el debate, era el show. Es lo que hubo.

Y sí, es verdad, hacía mucho calor para acostarme tan pronto, ya había visto el encierro cuatro veces y, además, el resto de la oferta televisiva, boda del año incluida, era vomitiva, pero en algún momento debí levantarme del sillón y apagar el aparato. No lo hice.

Uno va de progre y el otro de liberal, pero se entienden porque hay una España que los une y un mismo Mercado que los mueve. Seguí oyéndoles gritos especulando cifras que, al mismo tiempo, reafirmaban y negaban entre verdades a medias, embustes al dente y mentiras enteras, interrumpiéndose constantemente como niños malcriados, en un patético show, que no debate, por ver cuántos idiotas intercambian el 23 de julio en las urnas. Aquí lo tenemos claro. Egingo dugu! Bota Ehbildu!

(Preso politikoak aske)

No son emigrantes ni refugiados ni indocumentados

Cada vez que un nuevo naufragio pone en evidencia esos principios éticos de los que suele alardear Europa, los grandes medios de comunicación se conduelen de las tantas vidas perdidas, de las familias rotas, del drama que supone aventurarse en el mar Mediterráneo cuando no es a bordo de cruceros sino de coyucos y pateras.

Hay, sin embargo, un aspecto que pasa desapercibido entre tantas hipócritas crónicas y que explica con dolorosa exactitud el trasiego de embarcaciones atestadas de africanos rumbo a Europa, y ese matiz al que los medios no acostumbran a hacer referencias es que esos emigrantes son nuestros invitados, son la directa consecuencia de las políticas colonialistas que seguimos aplicando a países que usamos como vertederos de residuos tóxicos o a los que hemos arruinados sus campos y costas, saqueado sus recursos naturales, y a quienes quitamos y ponemos gobiernos y les trazamos nuevas fronteras en función de nuestros intereses.

Cada vez que en nombre del progreso, con nuestra indiferencia o nuestros votos, llevamos la guerra a Siria, a Libia, a Palestina… estamos invitando a Europa a quienes hemos despojado de bienes y derechos, pero no como emigrantes, refugiados o indocumentados sino como nuestros invitados.

(Preso politikoak aske)

Una educación de mierda

Nunca hubo una niña en el pupitre de al lado, ni de párvulo ni de bachiller. Nunca hubo una niña que estudiara y jugara conmigo, con nosotros, ni en la escuela ni en el instituto, tampoco en la calle.

Éramos dos mundos separados. Estaban ellas, las que salían por la otra puerta, caminaban por la otra acera y siempre pasaban de largo, y estábamos nosotros, los que venimos de no saber crecer con ellas, torpes y confusos, alardeando de ser más brutos, los que nos quedábamos mirando.

En nombre del miedo, con Dios como testigo y sin más argumentos que el castigo, a niños y niñas se nos enseñaba a extrañarnos, a temernos, se nos entrenaba para desconocernos.

La educación que imponía la dictadura franquista urdida y amasada en conventos y cuarteles, trazaba las conductas y roles sociales que, según el sexo, desempeñaríamos en el futuro, cuando, a salvo del infierno, nos convirtiéramos en hombres de provecho y en mujeres de bien.

Muchos no lograron reconducir las consecuencias y, en cualquier caso, a nadie dejó ileso. Esta sociedad todavía purga el lastre de generaciones enteras taradas en lo afectivo, en lo sexual, en la comprensión de la otra persona.

Una educación que segregue y discrimine en razón del sexo, es una educación de mierda.

(Preso politikoak aske)

Ni siquiera el Opus

Pocos meses después de que el Gobierno de Navarra diera por acabado el concierto educativo que mantenía con el colegio Miravalles-El Redín, el Tribunal Superior de Justicia de Navarra paralizaba “cautelarmente” la decisión del gobierno navarro.

El asunto viene de muy lejos y de muchas largas, tantas que hasta las evidencias se vuelven obvias para que se constate, secreto reincidente a voces, que algunos centros incumplían “la 25ª disposición adicional” de la ley educativa que, dicho con menos adicionales eufemismos, viene a ser lo mismo que segregar por sexo, contraviniendo no solo lo natural sino, también, el propio concierto educativo.

No entiendo que se considere “disposición adicional” lo que debiera ser requisito imprescindible, que la segregación se pague con los impuestos de la ciudadanía navarra, y que se ampare la segregación cuando hablamos de educación y de adolescencia.

Hace más de 200 años Simón Rodríguez, educador y maestro de Bolívar, insistía en que niños y niñas debían educarse juntos para que ellos aprendieran a respetarlas y ellas a no tenerles miedo.

Resumiendo, que el Opus sigue teniendo las manos largas y asientos en todos los tribunales, claustros y despachos, y que decía Bertolt Brecht: “Algunos jueces son absolutamente incorruptibles. Nadie puede inducirles a hacer justicia”. Ni siquiera el Opus.

(Preso politikoak aske)