El amor en la Bolsa

El amor se desploma también por Navidad sin que puedan remontar las emociones su caída bursátil y se recuperen los abrazos de su tendencia a la baja.

Las elevadas tasas de interés han sumido al amor en una severa crisis que amenaza, incluso, con la quiebra general de afectos, mientras el valor nominal de sentimientos evidencia una marcada desaceleración que podría dejar la primavera sin depósitos.

No hay tiempo para el encuentro. Las almas que ayer se acompañaban hoy amplían sus capitales e incrementan la cifra de negocio para que pueda el beso enamorado cotizar la saliva arancelaria sin el componente del valor agregado. Por si acaso ocurriera un encuentro repentino, la ponderación del gasto dinamiza las toses y estudia la adopción de emociones variables y posibles emisiones de abrazos.

La Bolsa del amor vuelve a cerrar actividades con una nueva caída de acciones no habiendo por el momento indicios de que vaya a ampliar sus operaciones.

Pero no hay razón para alarmarse. El desarrollo sostenido y sustentable ha hecho virales mascarillas y olvidos para evitarnos el tiempo que perdemos soñando amores viejos. Lo oportuno es rendirse a la evidencia, archivar todos los abrazos retenidos en un e-mail sin manos ni destino, y transferir a un banco de silencio aquel beso entrañable que se quedó sin labios.

(Preso politikoak aske)

los «alibabás» eran los lores

Corrían los primeros días de la ocupación de Iraq por las fuerzas invasoras cuando los medios de comunicación, como puestos de acuerdo, acuñaron una infeliz expresión para referirse a los iraquíes entretenidos en saquear tiendas y establecimientos y llevarse todo lo que sus manos les permitieran. Esos iraquíes se convirtieron para los grandes medios y, en consecuencia, para la opinión pública, en los “alibabás” del nuevo siglo.

No había informativo, a cualquier hora del día o de la noche, que no tuviera a mano imágenes de un iraquí llevándose alimentos, una lámpara, un cuadro, cualquier cosa, aunque el acarreo de computadoras fuera el saqueo con mayor cota de audiencia. Eran los nuevos “alibabás” que los medios habían descubierto, demostrando, además de su ignorancia sobre el relato del que tomaban el nombre, una lamentable falta de vista, cuando no de pudor, porque ni Alí Babá fue el jefe de los 40 ladrones, apenas un leñador afortunado dueño de tres asnos y una sabia prudencia, ni eran los iraquíes los únicos saqueadores. Tampoco los más importantes. Parecía muy cínico llamar saqueos a esas acciones en medio de lo que estaba ocurriendo.

Cierto que, para la lógica occidental, saquear una tienda es un delito y saquear un país es un negocio pero, lógicas al margen, no eran los iraquíes quienes mejor podían hablar sobre las ganancias que dejaba, que sigue procurando, la devastación de su país.

A primera vista, como botín de guerra, un juego de sillas no es tan buen botín como 900 pozos de petróleo. Y un ordenador, no obstante su precio, tampoco parece superar los beneficios de cien millones de barriles de crudo.

Puesto a elegir un buen botín, el contrato de administrar un puerto no parece menos gratificante que robarse un inodoro.

A pesar de ello, los saqueadores, los pillos, los ladrones, los «alibabás», eran los iraquíes.

Caso insólito en la historia de la humanidad en el que los vencidos, que no los vencedores, además de las libertades conquistadas se repartían el botín.

Para las audiencias de esos medios, los “alibabás” justificaban la necesidad de que sus tropas impusieran el orden y la paz en tan remotos parajes. El televisado pillaje demostraba la barbarie de un pueblo de ladrones necesitado de la tutela civilizadora occidental.

Yo no sé qué vida habrá llevado la computadora que aquel “alibabá” cargara apresurado por una calle de la Bagdad ocupada, si ya será chatarra o si volvió a cambiar de manos, pero entonces, como ahora, lo que sí tengo claro es a qué manos y cuentas han ido a parar los millonarios beneficios que dejó el genocidio.

Tampoco tengo la menor idea del destino que haya corrido aquel “alibabá” al que las cámaras de televisión sorprendieron huyendo con un cuadro bajo el brazo, pero ninguna duda me queda del camino que siguieron las miles de piezas saqueadas, no precisamente por “alibabás”, del Museo Nacional de Bagdad.

A cada guerra sucede un despojo. Hace algunos años Perú emprendía acciones legales contra la universidad de Yale, para que se le devolvieran las alrededor de 46.000 piezas arqueológicas del

Machu Picchu que siguen estando en las vitrinas de esa universidad estadounidense.

En estos días, lo contaba Gara, Mitsotakis, primer ministro griego, pedía la devolución de todas las piezas del Partenón en poder del Museo Británico. Hace 200 años el embajador británico en el Imperio Otomano, Lord Elgin, se llevó, con permiso del sultán a cargo, valiosas piezas del Partenón para ponerlas a buen recaudo de cualquier peligro y cuidar de las mismas, piezas que vendió al gobierno británico en cuanto regresó y que se siguen exhibiendo en el Museo Británico.

Los alibabás siempre han sido los mismos, los lores, los sires y demás ladrones reales o universitarios con asiento en Europa y Estados Unidos.

(Preso politikoak aske)

En la luna

Lo admito, sí, es verdad, vivo en la luna, que la tierra me pesa hasta negarme esas cuantas palabras que no acabo de aprender y nombrar. Por más que las invoque o que demande un vestigio de luz en mi memoria, hay palabras que siempre se me pierden, palabras movedizas de sílabas fugaces que se cierran y abren, palabras como… hay palabras que siempre se me pierden.

Cualquier cosa que piense, antes de expresarla, comienza a segregar puntos suspensivos y, enredado en ellos, me rindo a la evidencia incapaz de articular una simple palabra. Cada vez que estoy a punto de arribar a alguna inobjetable conjetura, los puntos suspensivos la dejan en el aire y yo me acabo yendo de punto en punto, muy despacio, camino de la luna, sin nada que alegar en mi defensa que no sean mis puntos suspensivos.

Viene entonces la queja de un locuaz universo que se niega a aceptar por descreído el secular cortejo de mis siempre suspensivos titubeos, y yo acabo alegando mis puntos suspensivos para dejar a Dios a la intemperie y ponerme la duda por sombrero.

Lo admito, sí, es verdad, vivo en la luna, aunque no he terminado de mudarme. Me falta recoger una sonrisa que haga más dulces las noches en menguante y una lágrima grave que compense la desmedida holganza del creciente para contar estrellas a tu lado como gatos arriba de un tejado.

(Preso politikoak aske)

Doce uvas

Un racimo para desengrasar el calendario que se avecina.

Primera uva (M. Twain): “Nunca discutas con un imbécil porque te llevará a su terreno y te ganará por experiencia”.

Segunda (C. Fairfley): “No sé exactamente en qué consiste el feminismo; solo sé que la gente me llama feminista cada vez que expreso opiniones o sentimientos que me diferencian de un felpudo”.

Tercera (G. Orwell): “Periodismo es publicar lo que el poder no quiere que publiques. Lo demás son relaciones públicas”.

Cuarta (A. Romero): “La justicia es como las serpientes, solo muerde a quienes van descalzos”.

Quinta (L. King): “Si supiera que mañana se acababa el mundo, hoy saldría a plantar un árbol”.

Sexta (Gloria Steinem): “Una mujer sin un hombre es como un pez sin una bicicleta”.

Séptima (Casaldáliga): “La libertad con hambre es una flor encima de un cadáver”.

Octava (B.Brecht): “El que ignora la verdad es un iluso, pero el que conociéndola la llama mentira es un delincuente”.

Novena (Anónimo):“Las manos que ayudan son más sagradas que los labios que rezan”.

Décima (Anónima): “Me crié en uno de los barrios con más alto índice de delincuencia. Por lo menos había siete bancos”.

Undécima (S. Pedraza): “Érase un hombre que se convirtió en asesino y una mujer que se volvió estadística”.

Duodécima (Mafalda): “Mamá… ¿qué te gustaría ser si vivieras?”

(Preso politikoak aske)

Telemaratones

Con los telemaratones tengo sentimientos contradictorios. Cada vez que asisto a una colecta pública para que la solidaridad de la gente disponga recursos en beneficio de causas sanitarias o educativas me admira y aplaudo esa generosidad, tanto como me irrita y censuro la dejación de responsabilidades de los gobiernos en esas mismas causas.

Han pasado sesenta años desde aquel programa de radio “¡Ustedes son formidables!”, dramático llamado a ejercer la caridad que tenía de contrapunto musical la Sinfonía del Nuevo Mundo de Dvorák y que conducido por Alberto Oliveras socorría calamidades para las que no había Estado. Pasa el tiempo, cambian los medios, también las sinfonías, pero se sigue dependiendo de la generosidad pública para causas de primer orden.

A este paso pronto va a ser necesario organizar telemaratones para comprar camillas y pupitres, ayudar a quienes no puedan pagar la factura de la luz, o dotar de más personal a las residencias de mayores y, sin embargo, el día ha de llegar, y ese será un buen ejemplo del progreso de la sociedad, en que se seguirán haciendo telemaratones en los medios, sí, pero los que se hagan entonces los organizará el Estado y serán para renovar la fuerza aérea y adquirir más submarinos, para rescatar a la banca, sostener a la Iglesia o mantener al monarca y a su familia…

(Preso politikoak aske)