Osakidetza ayer, hoy y mañana

Hace tres años un problema con mis pulmones provocó mi ingreso en el hospital de Zumárraga. No era la primera vez y tampoco iba a ser la última. Tenía tres días hospitalizado en el área de neumología cuando supe de una vecina que acababa de parir y no se me ocurrió mejor idea que pasar por maternidad para felicitarla. Apenas había puesto un pie en esa área cuando dos enfermeras me salieron al paso para hacerme saber que estaba terminantemente prohibida la presencia en esa planta de pacientes en mi estado por el riesgo de contagios. Abochornado por mi ignorancia, pedí disculpas y regresé de inmediato a mi habitación. El resto de los días en que estuve ingresado no me atreví a salir ni a tomar café.

Hace apenas un mes regresé al hospital de Zumárraga por los mismos motivos y pulmones pero, para mi sorpresa, descubro que me han ingresado en ¡maternidad!

Las mismas enfermeras, por cierto, maravillosas, que me prohibieran una visita de un par de minutos tres años antes a esa área, cuidaron de mi estado durante los cinco días en que compartí planta con parturientas y recién nacidos. Tampoco eran mis pulmones  los únicos ingresados en maternidad. Según supe, media planta de neumología había sido cerrada para ahorrar recursos y reducir el personal.

Posiblemente, cuando un día de estos vuelva a ingresar,  además de la misma planta compartamos las mismas habitaciones, tal vez hasta las mismas camas, para que mientras ella celebra conmigo las flores por el parto que será, yo le ayude en el conteo de las dilataciones y las pujas. Y sí, es verdad que existe el riesgo de que un error acabe practicando una cesárea a mi enfisema y aparezcan neumococos en el cordón umbilical del bebé de la cama de al lado pero, afortunadamente, contamos con Jon Arpón, consejero de Salud, que sigue reiterando su propósito de “salvaguardar el sistema sanitario como público, universal y de calidad.”

 

 

 

 

Infancia que nos delata

Nos preocupa la infancia, esa que, cada día que pasa, es menos ingenua y soñadora y más parecida a nosotros mismos. Algo hay, sin embargo, de hipócrita virtud en nuestra inquietud porque esa infancia sólo es el reflejo de lo que nosotros somos, de la sociedad que hemos construido o a la que nos hemos adaptado. Una sociedad que nos enseña a simular, no a ser; que nos instruye para que acumulemos, no para que compartamos; que nos entrena para que compitamos, no para que participemos; que nos adiestra para el triunfo, no para la vida.

Quienes comenzaron poniéndose nuestros zapatos para jugar y terminaron calzándose nuestras ideas para vivir, son la mejor referencia de una familia, de una escuela y de una sociedad que en lugar de educar, adoctrina; que en vez de sugerir, ordena; y que, incapaz de corregir, castiga.

Por ello nuestro asombro cuando advertimos que los resultados de tanta incapacidad se vuelven contra nosotros y nos cuestionan su fracaso que es, sobre todo, el nuestro.

Por ello nuestro pesar cuando advertimos que las consecuencias de tanta severidad acaban por reprocharnos su soledad, que es también la propia.

Necesitaban cómplices para naufragar y nosotros, expertos en siniestros, nos prestamos a la labor de ahogarlos.

Es por ello que los educamos en el miedo y nos sobresalta su timidez; que los educamos en el desorden y nos alarma su dispersión; que los educamos en la desconfianza y nos sorprenden sus dudas; que los educamos en el engaño y nos asombran sus mentiras; que los educamos en la intolerancia y nos desconcierta su violencia.

Derecho a decidir

Mariano Rajoy lo ha repetido innumerables veces: “La mayoría del pueblo catalán se siente español”. Y la misma certeza la llevamos oyendo desde hace muchos años en boca de cualquiera de los representantes con que cuenta el Estado español, tanto si va de gaviota como de capullo. Tampoco es la única sentencia con que los prestidigitadores de la Ley y la Constitución nos apabullan. Recientemente, el ex presidente Zapatero, a la vez que subrayaba la españolidad de los catalanes, también se permitía rechazar como un sinsentido la posibilidad de un referéndum sobre el modelo de Estado, “porque quienes apuestan por la República son minoría”.

Y todos reiteran hasta la náusea sus infalibles verdades de fe, las mismas que, sin haber pasado por las urnas, ellos mismos se ocupan de contar para acabar erigiéndose, al mismo tiempo, en portavoces del resultado de una consulta que, por supuesto, niegan a los demás.

En la defensa del derecho a decidir hay un aspecto que, por evidente, con frecuencia se obvia, y es que el derecho a decidir, así lo ejerza un ciudadano o un pueblo, no es una prerrogativa novedosa que, de improviso, irrumpa en nuestras vidas, ni un exótico atributo llegado de otra galaxia y a la espera de que se consuma. El derecho a decidir tampoco es una insólita propuesta de la que no existan precedentes o una singular ocurrencia que compense la natural indecisión en la que vive el mundo.

Cuando hablamos del derecho a decidir, a veces, pasamos por alto un aspecto capital. Y es que algunos ya ejercen ese derecho, lo han venido ejerciendo toda la vida, y deciden por ellos y por nosotros.

 

 

 

 

La capa de la invisibilidad

Ese es el nombre con el que científicos de la Universidad de Rochester de Nueva York han hecho público su extraordinario descubrimiento: ocultar grandes objetos a la vista. Según he leído, la “capa de la invisibilidad” consiste en una serie de lentes que en función de sus características y la posición en que se dispongan hacen desaparecer un objeto manteniendo inalterable su entorno.

Pero llegan tarde, muy tarde, porque hace siglos que los grandes medios de comunicación  descubrieron la forma de hacer desaparecer objetos, hechos, personas… sin que se alterase en absoluto la percepción de sus lectores. Tampoco su fe en los medios. Es más, cada día, esos medios descubren nuevos procedimientos para perfeccionar la capa de invisibilidad que utilizan en sus consejos de administración y que después se aplican en redacciones y estudios de televisión.

En estos días, por ejemplo, han conseguido desaparecer el secuestro y asesinato de decenas de estudiantes mexicanos, por reclamar recursos para la educación a manos del narco-estado que gobierna ese país; y han desaparecido, igualmente, el asesinato de un diputado nacional bolivariano y su esposa en Venezuela al igual que la responsabilidad del doble crimen.

La capa de invisibilidad de los medios, con tantos reportajes, paneles e informaciones que se siguen realizando sobre el ébola, también ha logrado hacer desaparecer a los centenares de médicos cubanos desplegados en los países africanos más castigados por ese virus, que no es sólo el mayor contingente de médicos desplegado en la zona, también el único.

 

 

La memoria no prescribe

 

Comenzaron diciendo que las candidaturas de Bildu no tenían brillo. Y era verdad. Carecían de esas maquilladas sonrisas que desde los carteles de campaña invitaran al voto prometiendo venturosos futuros. Peor todavía, daban la impresión de ser gente sencilla, honesta o, lo que es lo mismo, gente… sin brillo.

Después, cuando hablaron las urnas, salieron diciendo que Bildu tampoco tenía experiencia. Y era verdad. Es más, ni siquiera sus cientos de miles de electores teníamos experiencia luego de años sin poder ejercer nuestro derecho al voto. Ni recordábamos qué era una urna.

Tres años llevan los representantes de Bildu dando muestras en los municipios que gobiernan de su extrema bisoñez en las lucrativas artes de endosarse jugosos salarios y comisiones, o en las rentables destrezas de embolsarse pingües beneficios gestionando negocios municipales.

Y no lo dice Bildu. Lo confirmaba José Luis Bilbao, diputado general de Bizkaia por el Partido Nacionalista Vasco, en su despedida tras doce años en el cargo: “Desgraciadamente habría muchas miserias que contar; los que decían una cosa en privado y la contraria en público; los que mentían sabiendo que mentían; los que hacían pagos con fajos de billetes sin demostrar su origen; los que tenían grandes sumas de dinero en paraísos fiscales y cuyos nombres no salen a la luz”.

Y dirigía las memorias que asegura no piensa escribir, a algunos compañeros de ruta “presentes” en el pleno de la Casa de Juntas de Gernika y a otros compañeros “ausentes”.

Mejor fuera que se presentara en un juzgado, si es que no lo reclama antes por complicidad y encubrimiento la Justicia, a declarar las miserias que asegura conocer de tantos delincuentes, eso sí, con brillo y experiencia. Por fortuna, a su pesar, la memoria no prescribe.