Cuento caribeño en tres actos y un epílogo

Este cuento caribeño en tres actos y un epílogo es parte de la historia de Puerto Rico, República Dominicana y Haití, tres pueblos antillanos destinados a encontrarse.

Acto I

El boricua se dio la vuelta y, al observar al dominicano a sus espaldas, escupió al cielo y denunció a gritos: “Los dominicanos nos están invadiendo…”.

El dominicano giró sobre sus pasos, reconoció al haitiano y, ofuscado, delató la compañía: “Los haitianos nos están invadiendo…”.

El haitiano también se dio la vuelta pero no encontró a nadie tras de sí.

Acto II

El boricua advirtió a sus espaldas al dominicano y, como si hubiera perdido la memoria, desenvainó lengua y espantos y masculló su enojo: “Esos malditos negros…”.

El dominicano sorprendió al haitiano y, como si hubiera extraviado la razón, desenfundó miedos y engaños y rezongó su furia: “Esos malditos negros…”.

El haitiano también se dio la vuelta pero no encontró a nadie tras de sí.

Acto III

El boricua, que buscaba un culpable que explicara su suerte mejor que su fracaso, al ver a sus espaldas al dominicano respondió indignado: “Hatajo de vagos y delincuentes…”.

El dominicano, que también requería un responsable de su infortunio a la medida, detrás de su destino sólo encontró al haitiano y alegó irritado: “Hatajo de vagos y delincuentes…”.

El haitiano también se dio la vuelta pero no encontró a nadie tras de sí.

Epílogo

Y así fue hasta que un día, un bendito día que todavía no ha llegado, boricuas, dominicanos y haitianos, al mirar hacia atrás sólo encontraron reflejadas sus alargadas sombras y no supieron distinguir una de otra.

 

 

 

 

Benditas costumbres

En casa de mi madre, siendo yo niño, los lujos eran tan escasos como las visitas. Y la visita solía ser una cuñada de mi madre que, además del paraguas, a casa sólo traía un voraz apetito. Durante horas, que podían ser toda la tarde, disertaba sobre la génesis y evolución de sus sufridas dolencias y porqué eran las suyas más graves y numerosas que las que mi madre improvisaba.

Mi tía era capaz de desenvolverse con extraordinaria soltura en tan neurótica competencia sin dejar de masticar en ningún momento las pastas que mi madre reservaba a las visitas. Las pastas constituían, precisamente, nuestro único lujo.

En presencia de las pastas, ni mis otros cuatro hermanos ni yo, mudos testigos de aquellas hipocondríacas meriendas,  podíamos aceptar siquiera una y aún cuando nos la ofreciera la tía, fuese por generosidad o por el sádico placer de provocarnos.

Ninguno de los hijos de mi madre vulneró jamás aquella orden… delante de ella.

E igualmente aceptábamos de buen grado que si, por alguna extraña circunstancia, un buen día coronábamos un paseo con un helado, contuviéramos las ansias hasta llegar a casa para que ningún niño que nos viera paladeando el chocolate por la calle fuera a sentirse mal con nuestro exceso.

Nunca desairamos a mi madre en su exigencia a pesar de la condena a tener que comerse siempre el helado con cucharilla porque para cuando llegábamos a casa ya no había manera de lamer aquella sopa.

Tal vez por ello, cada vez que me encuentro con un niñato exhibiendo orgulloso las nuevas aplicaciones del último modelo en el escaparate, pienso en mi madre… y en su padre. 

 

Opiniones personales

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Cada vez son más los opinadores que desde que llegan a alguna conjetura, algunos lo consiguen constantemente, se ven en la necesidad de matizarla como propia.

Supongo que a ello es que se debe el que los medios de comunicación se hayan llenado de “opiniones personales”, y que no exista periódico o programa de radio o de televisión que no cuente entre sus diarias ofertas con la “opinión personal” de alguno de sus habituales contertulios y columnistas. Tampoco hay entrevista en la que el interpelado no adelante como personales sus opiniones.

Y esa constante apelación a resaltar las opiniones propias como personales, en mi opinión, de más está decir que personal,  sólo puede deberse a que los declarantes también disponen de opiniones no personales, esas que son ajenas, que se suponen inducidas y que se diferencian de las primeras en que no necesitan titularse como propias.

Aunque la comunidad científica todavía lo ignore, al parecer, el cerebro humano dispone de dos espacios perfectamente delimitados para producir y albergar opiniones. Uno de los depósitos sirve para generar opiniones personales y el otro se ocupa de almacenar aquellas de las que nos apropiamos.

En una sociedad como la nuestra en la que todo el mundo opina lo mismo y, lo que es peor, lo opina de la misma forma, lo único que nos permite diferenciar una opinión de otra es esa coletilla que subraya la autoría del juicio, la responsabilidad de la opinión, los derechos de autor. De ahí que haya opiniones a secas  y opiniones personales.

Lo que no acabo de entender es… ¿personal de quién?

 

Sonetos a España

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España Una

 

Una unidad negada en cuatro idiomas

a la que nadie averiguó el acento

que por historia aplaude su esperpento

y que unitaria muerde hasta las comas.

 

Una unidad compendio de maromas

a cargo de un cuartel y de un convento

que a ello debe la plebe su sustento

y su botín los dos viejos sarcomas.

 

Una unidad cautiva, que se hereda,

como el cansino garbo de una farsa

a la que no le caben más estrenos.

 

Uniforme al rigor de la moneda,

una unidad que no llega a comparsa

y por cantar de más canta de menos.

 

 

España Grande

 

Una grandeza a bordo de un fecundo

mondongo de porqueros y piratas

dados a la rapiña en sus regatas

por las aguas de América y el mundo.

 

Pantomima de un soplo moribundo

que no sobrevivió a las garrapatas,

varices de un hidalgo en alpargatas

patán a veces, casi siempre dundo.

 

La fábula de fustas y de riendas

narrada por la más ilustre escoria

bajo palio, tricornios y peinetas,

 

que instituye por miedo a las enmiendas

la amnesia colectiva a la memoria

de la grandeza oculta en sus cunetas

 

 

 

España Libre

 

España es una grande y libre España,

un delirio febril bajo un pingajo

que se urdió por las armas y a destajo

en la urgencia de obrar una patraña.

 

Un exabrupto en traje de campaña

para que se nos lleve quien nos trajo.

Una puesta de sol sobre un gargajo

que no discierne un crimen de una hazaña

 

Una leyenda negra que no escampa

tutelada al favor que imponga el clero

y sus pardas guerreras adhesiones

 

España es una grande y libre trampa

que se dejó la historia en el tintero

y sin más argumento que cojones.

La globalización

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Temprano comenzó a sangrar el rojo. A borbotones secos suicidó sus fulgores, gota a gota, pincelada a pincelada, ante la desolación de los demás colores incapaces de evitar tanta descolorida desgracia.

El verde presenció la roja desventura y, herida de muerte la esperanza, eligió la sombra más lejana, a resguardo de cualquier remordimiento, para dejarse caer desde su altura.

El amarillo, mudo testigo de la calamidad que convocaba a todos los colores, fue incapaz de asistir impasible al verde derrame y al rojo desangrarse, vertiendo inanimado sus destellos hasta expiar la culpa de su lustre.

Tampoco el naranja logró quedarse al margen del general desplome y, enfermo de nostalgia, desanimó su brillo, apagó sus relieves y se arrojó en los brazos del olvido.

El azul, que en sus pupilas retenía la tristeza de tanto desconsuelo, no pudo preservar el derecho a su propia identidad y, entre desconcertado y afligido, clausuró sus matices y tonos para siempre.

Entonces, el violeta comenzó a llorar lágrimas rojas que velaran la sangre; lágrimas verdes que evocaran la historia; amarillas que aliviaran la noche y naranjas que anunciaran el día hasta teñir de azul pesares y lamentos. Después se despidió de pájaros y flores hundiendo su violácea condición en el silencio.

Absolutamente solo y desesperado, el añil buscó a su alrededor aquellos otros modos de ser el Arco Iris, aquellas otras gratas compañías con las que tantas lluvias y soles compartiera,  y fue languideciendo al no advertirlas hasta decolorarse y extinguirse.

Así fue como el Arco Iris quedó globalizado.