¡Año nuevo!

Año nuevo

 

Habemus año y, además, nuevo. Como nuevo es el gobierno que da inicio a una nueva legislatura y nuevo el presidente que asume un nuevo mandato. Son nuevos los recortes, los impuestos, los despidos. Nuevas las restricciones, las condenas, los desahucios. Nuevos los detenidos, nuevas las evidencias. Nueva la buena nueva con que el pueblo conquense de Villar de Cañas celebró convertirse en un nuevo cementerio nuclear. Nueva la primera piedra que dará paso a otro nuevo aeropuerto sin aviones. Nuevo el champú de brillo duradero, nueva la crema nutritiva, nuevo el suavizante, el último modelo, la última versión, nuevo el nuevo envase.

¡Me cago en el año nuevo!

 

 

¿De qué ética hablan?

Por la consagración de la ética clamaba en estos días un ilustre inmoral, uno de esos expertos en convocar proscritos para después fingir la sorpresa de su ausencia, pero al margen de los vacuos discursos de sus accionistas, los mismos que predican sus obscenas bondades cada vez que precisan recuperar su estima delante de un espejo que no les escupa sus cínicas e hipócritas sonrisas, ¿qué se ha hecho de la ética? ¿A dónde ha ido a parar esa gran legisladora que se afirma cuanto más se olvida y se miente cuanto más se invoca?

¿Qué ética que por tal se tenga podría atreverse a exponer sus virtudes y compartir escaparate y precio con los más viles y mercuriales intereses? ¿Qué ética, por estricta que sea, podría sobrevivir a la coronada fetidez de una regia letrina con rango de estado que festeja la podredumbre, condecora la iniquidad y recompensa el crimen? ¿Y a quién le importa que hayamos convertido en una triste y burda caricatura esas mínimas referencias que puedan distinguirnos como seres humanos, todos esos derechos que hemos ido amasando a lo largo de siglos de razón y lucha, y que ahora se desmontan, apresuradamente, para que ni siquiera haya constancia de que fueron?

Bastaría detenerse unos minutos en la crónica diaria de mentiras impresas o en la verdadera identidad de quienes hoy se erigen en genuinos baluartes de la moral, impostores que no resistirían el mínimo cateo a sus memorias, para entender qué se ha hecho de la ética, a que desgraciada condición se la ha reducido y cuantos canallas la conjugan en todos sus tiempos.

 

 

 

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Una sola inquietud

Ninguna propuesta aúna tantas voluntades y genera mayores consensos que el empeño manifestado por la clase política de mirar el futuro.

El futuro lo ha mirado Zapatero varias veces durante el año que termina, entre otras, cuando agregaba “conservar la memoria” luego de que ETA anunciara el cese de su actividad armada, y cuando proponía mirar al futuro para que volviera a ser “el Partido Socialista un partido de gobierno”.

También Dolores de Cospedal y Rajoy han insistido en “mirar el futuro”. Cospedal lo invocaba para “no volver al pasado con portavoces del GAL”, y como argumento electoral que rindiera beneficios. Rajoy, no contento con mirar el futuro, sugería “… y dejar de levantar el puño”, amén de encontrar en la socorrida mirada al futuro la confianza en su gobierno que hoy demanda.

Esperanza Aguirre nos felicita las fiestas deseándonos “mirar el futuro con esperanza…”; Yolanda Barcina, sorprendida entre comisiones y omisiones en un nueva escena de sofá, apelaba a “mirar el futuro y olvidar el pasado”; Carme Chacón se retiraba en mayo de las primarias de su partido que elegirían al derrotado en las elecciones de noviembre, porque había que “mirar el futuro”; Francisco Camps, consciente de la impunidad de su ejercicio, también persiste en “mirar el futuro”, como Rodolfo Ares, González Pons, Rubalcaba, el Rey, la familia real…

Hasta Ferrán Adriá sigue empeñado en que “la cocina mire más al futuro”.

Pero, al margen de mis dudas sobre si será posible mirar al futuro con ojos del pasado, hay algo que me inquieta, que me desvela, que me tiene angustiado entre tanto general emplazamiento a mirar al futuro. ¿Dónde he dejado las gafas?

 

Somos

(Para http://www.desacato.info)

Somos un glorioso ejército de hormigas dedicado a la noble tarea de sembrar,  y unas siembran maíz, otras palabras y martillos, algunas más aldabas y alegrías, las hay que siembran abrazos y ladrillos… para entre todas sembrar los buenos días que, nadie lo dude, habrán de ser mañana.

Y poco importará cuando amanezca sí ese día faltamos a la cita, porque estaremos siempre, como estamos, en cada sueño, en cada aurora, en cada hermano.

Violencia machista

Por hablar o por callarse, por denunciarlo o por exculparlo,  por soñar o por resignarse, nunca ha de faltar hasta que lo impidamos, el insulto, la amenaza, el golpe de un macho despechado y violento.

Por salir o por quedarse, por obediente o por insumisa, por fuerte o por vulnerable, nunca ha de faltar mientras lo consintamos, la discriminación, la violación, la violencia machista.

Porque es por ser mujer que se la margina, que se la excluye, que se la mata.

Y ello ocurre con la connivencia de una justicia que descarga de culpa al acusado so pretexto de haber sido provocado; con la complicidad de unos medios de comunicación que siguen amparando en crónicas y titulares los llamados delitos pasionales; con la indolencia de una Iglesia que no tiene más propuestas que rezar y arrepentirse; con el beneplácito de un Estado que siempre se las ingenia para encontrar alguna nueva prioridad en la que disponer políticas y recursos; y con la indiferencia de una sociedad que sigue sin demandar respuestas porque, en su triste ignorancia, ni siquiera tiene conciencia de la más terrible tragedia que afecta su desarrollo y su convivencia.