Lo que en verdad ocurrió entre Caperucita Roja y el lobo feroz

(Tomado del libro en gestación “Cuentos que no nos contaron”, a medias entre Koldo Campos Sagaseta e Irene Campos Fernández)

Había una vez una encantadora niña, muy apreciada en el bosque, a la que por ir siempre cubierta con una capucha roja, en un alarde de creativa imaginación, todos llamaban Caperucita Roja.
Un día, su madre, pidió a Caperucita que cruzara el bosque y le llevara a su abuelita una canastilla con alimentos. Como hacía frío, ya se estaba haciendo de noche y no era muy recomendable pasear por el bosque a esas horas, también le rogó a Caperucita que no se entretuviera por el camino y que estuviera alerta porque se decía que un feroz y hambriento lobo andaba al acecho.
Obediente, como era Caperucita, le aseguró a su madre que seguiría sus sabias recomendaciones y que no se preocupase, que ella sabría cuidar de sí misma y nada le sucedería.
Con su inconfundible capucha y abrigo rojo Caperucita se internó en el bosque. Iba cantando una hermosa canción que sólo interrumpía para escuchar los últimos trinos de las aves, ya de retirada, y recoger algunas lindas flores que también llevar a su abuelita.
De improviso, una oscura y amenazadora silueta cruzó entre los árboles. Obviamente, sólo podía ser el lobo, pero Caperucita, que también había advertido la sigilosa sombra deslizándose a sus espaldas, ingenua como era, la atribuyó a algún simpático animalillo que, tal vez, a causa de su timidez no tenía deseos de dejarse ver. Ni siquiera cuando el escalofriante aullido del lobo rompió el silencio de la noche como presagio del horror que se avecinaba, reaccionó la candorosa niña que dio en suponer al viento la lúgubre advertencia.
Ajena al peligro que corría, Caperucita siguió cantando y recogiendo flores por el bosque hasta que, súbitamente, se encontró delante al lobo feroz.
Con la boca abierta, jadeante, mostrando sus colmillos, por supuesto, sedientos de sangre, el enorme lobo le interrumpió el paso.

-Hola Caperucita –saludó el lobo- ¿Y qué haces tan tarde por el bosque? ¿Es que nadie te ha dicho que no es prudente andar a solas y a estas horas por aquí?

Era tal el candor de Caperucita que ni la voz aguardentosa del lobo pareció inquietarle.

-Hola… Tú debes ser el lobo ¿verdad? ¿Y cómo sabes mi nombre?

El lobo sonrió siniestramente. A pesar de su voraz apetito, tanto le divertía la inocencia de la niña que, en lugar de devorarla de una vez, optó por conversar con ella.

-A mi también Caperucita, cuando era un pequeño lobezno, mis padres me contaron cuentos. De ahí es que te conozco. ¿Y a dónde es que vas? ¿Y qué llevas en esa canastilla?

-Voy a ver a mi abuelita para hacerle compañía un rato. Y le llevo comida porque la pobrecita ya tiene muchos años y está muy sola.

-¿Y vive cerca tu abuelita? –preguntó el lobo relamiéndose de gusto.

-Sí… un poco más allá. –indicó Caperucita con la mano el camino- Ya no falta mucho. ¿Quieres venir tú también?

-Sí, es una buena idea. Tal vez me pase por allá…después. La verdad es que tengo mucha hambre y no sé si el bocado que tengo a la vista acabe por saciar mi hambre.

Tan cándida era Caperucita que creyó que el lobo, cuando hablaba de comida, se refería a su repleta canastilla, así que no dudó en ofrecerle al lobo algún alimento.

-Si tanta hambre tienes…yo te puedo invitar a comer alguna cosa. ¿Te gusta el chorizo?

-Trae acá –contestó el lobo al tiempo que arrebataba a Caperucita el embutido que le ofrecía.

Antes de que terminara de digerirlo, Caperucita también le brindó un pastel de patatas con pollo que llevaba en la canastilla y que siguió el mismo camino que el chorizo.

Por aquello de mejor comer sentados, Caperucita desplegó sobre la hierba un mantel a cuadros blancos y azules con que cubría los alimentos, y siguió ofreciendo al lobo más y más comida.

Minutos más tarde, ya el lobo había dado cuenta de otro pastel de arroz, de doce albóndigas, de seis huevos duros con bechamel, de tres latas de atún, de una docena de espárragos, de un plato de garbanzos y otro de macarrones, de una ensaladilla rusa, de veinte tortas de maíz…
Sentado frente a Caperucita, que insistía en seguir sacando de su surtida canastilla nuevos manjares, el exhausto lobo hasta hizo ademán de darse por satisfecho.

-No, por favor, no. Gracias Caperucita… ya está bien.

-¡Pero tú tienes que probar estas empanadas! –insistió la niña- Las ha hecho mi madre y son riquísimas.

Conforme iba disminuyendo el tamaño de la canastilla, aumentaba groseramente el perímetro abdominal del lobo que ya no sabía cómo explicarle a Caperucita que no deseaba seguir comiendo.

-Piensa en tu pobrecita abuelita Caperucita… -argumentó el lobo- A este paso no le va a quedar nada y yo ya estoy satisfecho, de verdad…creo que he comido por toda la semana.

-No te preocupes por mi abuelita que Dios proveerá. Siempre aparecerá algo que llevarse a los dientes y tú tienes que alimentarte bien, que no es fácil sobrevivir en el bosque. Vamos, prueba estos deliciosos tacos de jamón serrano… y estas croquetas de bacalao… y estas patatas fritas…

El lobo, al borde del colapso, aún siguió complaciendo a Caperucita y dando cuenta de un plato de callos, otro de habas y uno más de lentejas.

-¿Es que esa canastilla es inagotable? –se extrañó el lobo- mientras a duras penas terminaba de engullir una morcilla.

-¿Y para que tienes esos dientes tan largos? –mostró sonriente Caperucita el infalible postre del festín- Estas trufas se deshacen solas en las fauces… Son riquísimas.

-Pero tú que pretendías… ¿reventar a tu abuelita? –preguntó el lobo rechazando las trufas- Lo siento Caperucita…pero ya no puedo más. Si al menos tuviera agua para mejor acomodar la ingesta en mi estómago. Creo que soy yo el que va a reventar.

-¿Agua? ¿Quién dice agua? ¡Vino es lo que tengo!

Y dicho y hecho, Caperucita extrajo de la canastilla una botella de vino que el lobo se bebió sin respirar.
Cuando hubo terminado, el lobo feroz, luego de eructar sobre el mantel, puso sus ojos en blanco y cayó redondo al suelo, inconsciente, para nunca volver a levantarse.
Como pudo, Caperucita recogió el mantel, guardó las trufas en la canastilla junto a las flores que había ido recogiendo, y arrastró al lobo por el rabo hasta la casa de su abuelita.
Cuando la abuelita vio llegar a Caperucita salió feliz a su encuentro.

-¡Niña… cuanto has tardado!

-Pero valió la pena. –abrazó Caperucita a su abuelita- Mira lo que te traigo.

-Dos horas más tarde, luego de que hubieran asado al lobo en puya, Caperucita y su abuelita, entre risas y cuentos, disfrutaron de un suculento banquete al que no le faltó el detalle de las trufas.

-Por un momento temí que también nos dejara sin postre –reconoció Caperucita- aunque no hay nada mejor que un buen lobo relleno.

-Vas a ver que pronto viene otro al bosque –contestó la abuelita mientras se las ingeniaba para masticar sin dientes una pata del lobo.

Un payaso candidato (Dedicado a Coluche)

Un payaso, de nombre Tiririca, está conmocionando Brasil no sólo por presentarse como candidato a diputado por el estado de Sao Paulo, sino porque, según las encuestas, además de ganar el cargo podría convertirse en el más votado de Brasil.
Candidato del Partido de la República, Tiririca resume su programa político en un esclarecedor párrafo: “Hola, estoy aquí para pedir tu voto porque quiero ser diputado federal para ayudar a los más necesitados, incluida mi familia. ¿A qué se dedica un diputado federal? En verdad no lo sé, pero vótame y te cuento. Vota a Tiririca porque las cosas no van a empeorar más”.
Y temo que no va a faltar quien pretenda ver en semejante noticia resabios del realismo mágico que se le supone a Latinoamérica y al tercer mundo.
Cierto que con frecuencia se habla de que en Latinoamérica ni siquiera la ficción supera a la realidad. Desde que García Márquez descubriera Macondo, a la crónica diaria latinoamericana nunca le han faltado los Aurelianos, las Rebecas, los Milquíades, las Ursulas…
Bastaría tomar algunos titulares de los periódicos latinoamericanos para confirmar hasta qué punto ni la imaginación más fértil es capaz de improvisar mejores disparates que la cotidiana crónica criolla de cualquier república carnívora o bananera. O repasar la nómina de la mayoría de los congresos latinoamericanos para concluir que sus escaños, por saturados, ya no es posible admitan un payaso más.
El llamado primer mundo siempre ha observado con sorna un alegado subdesarrollo que se describe inevitable, irremediablemente ligado a la biológica condición nativa y cuya razón de ser nada tiene que ver con las leyes que rigen el mundo y sus mercados, sino con una divina idiosincrasia que condena al tercer mundo a reiterar Macondo todos los días del año.
Al otro lado de las fronteras del común esperpento latinoamericano queda la sociedad, el mundo culto, el orden y el progreso, la civilización, la ilustrada referencia que nunca Latinoamérica acaba de apreciar o agradecer.
Y lo peor es que nos lo creemos. De ahí la mofa cuando nos enteramos de que Tiririca puede sumar más de un millón de votos a su empeño de convertirse en diputado brasileño.
Pero ni es la primera vez ni es el primer payaso. Y bien lo saben en Estados Unidos y en Europa que, además de contar con el más amplio surtido de grotescos mamarrachos al frente de sus gobiernos, se esmeran en imponer en el resto del mundo los espantajos de los que, después, hacer mofa.
El actual gobernador de California, Arnold Schwarzenegger, ganó la plaza hace ya unos cuantos años en reñida competencia con un enano de un circo, un luchador de sumo, un editor de revistas pornográficas y una actriz de cine X.
Sin ir más lejos, leía también en estos días, que si Belén Estevan, triste adefesio de la farándula española, formara un grupo político y se presentara a las elecciones, a no dudar conseguiría representación parlamentaria.
Otros payasos, sólo que a diferencia de Tiririca, con más “belinas” en sus fiestas y más tacón en sus zapatos, pero sin gracia, oficio, ni talento alguno ni para el circo ni para el gobierno, son actualmente presidentes de países europeos y han llegado también a la Casa Blanca para decidir qué países intervienen y en nombre de qué pretextos; cuántos soldados en misión humanitaria desplegarán por el salvaje mundo; cuántas humanitarias bombas redimirán el atraso de los pueblos; a qué infelices visarán su arribo al paraíso y qué otros infelices deberán ser deportados en masa.

¿Por qué debemos proteger y conservar los bosques?

(Este texto forma parte de un libro “Por si no estoy cuando preguntes”, todavía en gestación y aún sin editorial, de Santiago Alba y Koldo Campos Sagaseta).

Lo pregunto porque después de haber sido arrullados mis sueños con todos los cuentos que se hayan escrito y algunos más improvisados, sigo sin encontrar un motivo que me anime a tener una buena opinión de los bosques… y de los cuentos.
De hecho, la primera vez que alguien me habló del infierno como un espacio en el que castigar todas las perversas conductas humanas y a sus autores, lo imaginé como un lugar provisto de frondosos árboles y tupida vegetación.
Y cuando el mismo informante agregó las llamas a mi infernal visión, confirmé que, además, el bosque estaba ardiendo. Me pareció una buena noticia hasta que, por la misma vía, también supe que el incendio había sido declarado inextinguible, que el bosque estaba condenado a arder toda la eternidad y temí que las llamas se propagaran amenazando vidas inocentes.
En cualquier caso, sigo sin entender esa insistencia de algunos en preservar los bosques. ¿No sería mejor que desaparecieran todos de una vez?
A lo largo de los cuentos con que aprendemos a confundir la historia, los bosques únicamente han servido para dar cobijo a horribles alimañas, a despiadados lobos, a perversas brujas y terribles ogros, y a otras gentes de mal vivir, como ladrones, bandidos y enanos.
Al amparo de sus sombras, de su impune soledad, se han perpetrado los más espantosos crímenes y delitos.
No por casualidad los padres de Pulgarcito se decidieron a abandonarlo en un bosque. Si lo hubieran dejado a las puertas de una iglesia como era costumbre entonces, alguien la hubiera abierto salvándole no sólo la vida sino, incluso, el alma. Si lo hubiesen abandonado en un río, dentro de una canasta, siempre habrían aparecido unas piadosas manos que lo rescataran de su turbulento infortunio y lo acabaran convirtiendo en heredero de algún exótico reino, pero en un bosque las posibilidades de sobrevivir para Pulgarcito eran tan escasas que hasta los tiernos gorrioncillos se dedicaron a conspirar contra la vida del niño haciendo desaparecer las migas de pan con que marcara su imposible camino de regreso.
Para nadie es un secreto que si Caperucita, en lugar de tener que cruzar el bosque, hubiera podido llegar a la casa de su abuelita a través de una iluminada y moderna avenida, nada le hubiera pasado. El lobo que se comiera a la abuela y a la niña aprovechando el refugio que el bosque le brindaba para perpetrar sus carnívoros atentados, no hubiera pasado desapercibido en una gasolinera o en un motel de carretera.
Cualquier patrulla policial lo hubiera descubierto desde que se le ocurriera poner una pata en la calzada, o habría sido identificado por alguna cámara de vigilancia o denunciado por algún trasnochador de regreso a su hogar.
Y si la abuela de Caperucita, en lugar de vivir en el bosque, hubiera dispuesto de un moderno y residencial apartamento, cualquier vecino que no tuviera la televisión demasiado alta, habría podido oír sus gritos de socorro o los aullidos del lobo festejando su éxito.
La Bella Durmiente fue condenada al sueño eterno con la complicidad de un espeso bosque que la escondía de la curiosidad humana. Y tuvo que ser un príncipe, muchos años después, el que tras ardua lucha con la exuberante vegetación, finalmente, pudiera abrirse paso y llegar hasta aquella que fuera hermosa doncella y de la que el cuento no abunda en detalles sobre su estado al terminar la pesadilla.
Ni siquiera cuando el bosque, tan surtido de profundas cuevas en las que dar refugio a sanguinarios ladrones, ha sido capaz de albergar la deliciosa imagen de una casa de chocolate, ha servido la misma para endulzar las ilusiones de dos hermanitos perdidos, sometidos a la tortura de una antropófaga bruja decidida a comérselos asados.
Hasta la encantadora Bambi, por empeñarse en vivir en los bosques en lugar de contribuir a hacer más felices a los niños en un circo, casi perdió la vida cuando el bosque en el que se creía segura precipitó el infierno. Si Bambi hubiera estado pastando tranquilamente en un zoológico, aún en el caso de un incendio semejante, los bomberos habrían llegado a tiempo de evitar la muerte de su madre.
Con razón, muchos años más tarde, el ex presidente estadounidense George W. Bush, planteó la necesidad de cortar los árboles para evitar los incendios.
Al margen de estas y otras muchas referencias en los cuentos y en la literatura que han advertido del riesgo que implican los bosques para la vida humana, sea como espacios de impunidad que han sido testigos, por ejemplo, de los maltratos de las infantas del Cid o como recursos que propiciaron la muerte del rey Macbeth, la desaparición de los bosques facilitaría el desarrollo y el progreso al que aspiramos.
Un tren de alta velocidad hubiera trasladado a los cuatro músicos de los hermanos Grimm a Bremen en cuestión de horas, en lugar de andar penando sus miserias por inhóspitos bosques y caminos, a riesgo de ser pasto de ladrones y de no llegar nunca a su destino.
La madrastra de Blancanieves de haber dispuesto para su ocio de un campo de golf junto a su castillo, no hubiera malgastado su vida, tampoco sus egos, en vanas conversaciones con espejos mágicos. Y ni Robin Hood ni los 40 ladrones habrían podido eludir la acción de la justicia si en lugar de hallar refugio en un intrincado bosque se hubieran visto obligados a sobrevivir en un acrisolado banco.
Pero faltan en los cuentos y en la historia, al carecer de espacio, trenes de alta velocidad, campos de golf, más bancos y sucursales, pistas de esquí, centros comerciales, plantas de residuos, aparcamientos, entre otras muchas e imprescindibles obras, por esa absurda y demencial tendencia a preservar los bosques.

América para los americanos

Es posible que Monroe no tuviera intención de referirse al nombre cuando puso su firma a tan alevosa doctrina, pero quienes más tarde se ocuparon de seguir implementando la ilustre canallada, han llegado, incluso, a usurpar el nominativo. Si en el Norte no han tenido empacho en desvirtuar en su provecho todos los acentos y maneras de un surtido continente de patrias a las que se niega su identidad, menos razón habría para suponer que se les fueran a respetar sus nombres, su derecho a ser llamadas americanas. Cierto es que para muchos americanos de los Andes o el Caribe, para muchos pobladores de favelas o inquilinos coloniales no hay más americano que el nacido o proveniente de los Estados Unidos y, por extensión, todo turista blanco no importa su lugar de procedencia. Quienes siendo de origen europeo hemos vivido o vivimos en América, con frecuencia, nos hemos convertido en los únicos «americanos» de una americana comunidad que, ignorando su derecho, cedía gustosamente su nombre a los únicos vecinos no americanos.
Y habrá que recuperar cuanto antes el propio nombre para poder reconquistar después también la propia identidad y terminar honrando, finalmente, una real y verdadera independencia. Sin embargo, en esa lucha inicial por ganarse el derecho al propio nombre, mucho ayudaría que desde fuera, desde Europa, por ejemplo, no se contribuya con ese nominal despojo, para que no sigamos hablando del presidente «americano» cuando nos refiramos, entre otros presidentes americanos, al presidente de los Estados Unidos; que no sigamos hablando o escribiendo del cineasta «americano» que nunca es argentino o chileno; del escritor «americano» que nunca es uruguayo o colombiano; del jugador «americano» que nunca es brasileño o mexicano…

Supongo que no es necesario apelar a la imaginación para suponer la opinión y la actitud de españoles, ingleses o italianos, por ejemplo, si América diera en negar el apellido europeo a esos países para adjudicárselo en exclusiva a los franceses, o si fueran los alemanes quienes se apropiaran del común nombre en detrimento del derecho de todos los demás países europeos a considerarse tales.

Si somos capaces de entender la necesidad de contribuir al desarme de la ideología machista desarmando, por ejemplo, el lenguaje sexista, ¿por qué no considerar también la urgencia de no seguir siendo cómplices de un continental despojo, cada vez que reducimos América a la exclusiva y excluyente dimensión de los Estados Unidos?

Cuba, Perú, Nicaragua, la República Dominicana… son americanas, tanto o más que esos Estados Unidos de Norteamérica que se han apropiado, también, del nombre, y cada vez que por comodidad, costumbre o ignorancia, usamos el término americano como sinónimo de estadounidense, estamos siendo cómplices de un robo, de una infamia.

Sí, América debe ser para los americanos… pero para todos los pueblos americanos.

Educación

Hurgarse las narices en presencia de propios y de extraños
es, probablemente, un acto lamentable que denota, amén de otros conceptos, muy poca educación.
Lo que propios y extraños no valoran es que algunos nos hurguemos la narices cuando podemos hurgarnos la memoria.