Ring Paulino había nacido en Sudán. Cierto que nacer en Africa no sólo es un hecho natural, requiere también alguna dosis de fortuna porque no siempre hay una partera cerca o se dan las condiciones que garanticen el feliz alumbramiento. Sin embargo, el bebé de pugilista nombre, como si anticiparan sus padres el cuadrilátero de golpes que le esperaba, sobrevivió a su nacimiento. También logró dejar atrás su infancia, a pesar de la tradicional escasez de la cuchara, y sobreponerse a toda clase de enfermedades. Ni siquiera los pesticidas o el agua contaminada doblegaron su vida. A Ring tampoco se lo comió un cocodrilo, lo aplastó un elefante o fue conejillo de indias de alguna farmacéutica europea. Inmune a las guerras que asolan su país, un mal día cayó preso pero, cuatro años más tarde, eludiendo alambradas y perros pudo darse a la fuga.
A pie cruzó Sudán, subió y bajo montañas, siempre hacia el Norte, hasta cruzar el Nilo y llegar a El Cairo. Evitó entonces los controles aduaneros, engañó al hambre de nuevo, despistó a la policía, trabajó en lo que pudo y, finalmente, logró embarcarse como polizonte en un carguero rumbo a los Estados Unidos.
Tras una interminable odisea, aguantando el calor, casi sin alimentos, oculto siempre para no ser descubierto, ocho mil millas más tarde Ring Paulino llegó a su destino.
Muy poquito después de su arribo a la tierra prometida, informaba la prensa, Ring Paulino Deng era asesinado en Nashville, Tennessee, tras una discusión por un parqueo, en el edificio de apartamentos en el que comenzaba a morir su nueva vida.
Errar no es un oficio
Bill Clinton pasó a la historia por sostener relaciones impropias con becarias ajenas cuando bien pudo haber trascendido por ser el presidente en la historia de la humanidad que más ha prodigado las disculpas.
Pidió perdón por haber mentido al país en su romance con la Lewinsky y por la citada impropia relación. Se disculpó también por los sucesivos errores en que incurrió Estados Unidos y que condenaron a los pueblos indígenas de Norteamérica a degradarse o a desaparecer. Pidió perdón por el apoyo que prestara su país al régimen racista sudafricano. Se disculpó por el respaldo ofrecido a Pinochet, a Duvalier, a Trujillo, a Ríos Mont, a Batista, a Somoza, a Stroerner, a D´abuisson y a otros muchos criminales al servicio de los Estados Unidos en América, como los generales que presidieron las sucesivas dictaduras militares argentinas por las que, también, pidió disculpas. Lamentó los errores cometidos por los marines en Vietnam y matanzas como la de My Lay, aldea en la que los luchadores de la democracia inmunizaron a los residentes contra el peligro comunista achicharrando con fuego purificador sus dudas y sus vidas.
Se excusó por el error cometido por su país durante la Segunda Guerra Mundial al canjear presos estadounidenses en manos de los japoneses por ciudadanos peruanos secuestrados por el ejército estadounidense a los que hicieron pasar por prisioneros nipones. Pidió perdón y calificó como error el apoyo dado en el pasado a hombres de la entera confianza de su país, como Noriega y Sadan Hussein. Lamentó el bombardeo sobre el manicomio de Grenada, en el Caribe, cuando invadieron esa diminuta isla y, parafraseando a Pablo Neruda, convirtieron a los locos vivos en los cuerdos muertos. También se disculpó por los miles de muertos que dejaron los bombardeos de su país en el barrio panameño de Los Chorrillos cuando acudieron a detener a Noriega. Volvió a reiterar sus disculpas por los numerosos errores que sus tropas y las de la OTAN, que vienen a ser las mismas, cometieron en Serbia y en Kosovo bombardeando trenes de pasajeros, embajadas chinas o, incluso, refugiados kosovares.
George W.Bush ni siquiera esperó a ser presidente para iniciar su catarsis de disculpas y, ya como candidato, pidió público perdón por sus reconocidas experiencias con las drogas, sobre todo el alcohol y la cocaína, según declaraba, “cuando era joven e irresponsable”, curioso atributo, por cierto, el que Bush confería a la juventud.
Con apenas horas de haber sido elegido presidente ya estaba el hombre pidiendo perdón por haber confundido un país con otro y no saberse el nombre del presidente
paquistaní con quien se entrevistaría esa misma tarde. En esos mismos días volvería a pedir disculpas por un error de bulto en la misma Casa Blanca, al pensar cerrados los micrófonos que estaban abiertos. Mal momento el que eligió para llamar “pedazo de sica, y no de cualquier sica sino de una “sica de primera”, a un periodista que, tal vez fuera una sica, pero no era sordo.
Su última disculpa fue aceptar, antes de irse, que la guerra de Iraq no había terminado a pesar que él había declarado el fin de la guerra, precisamente, el mismo día en que comenzaba. De una guerra que ostenta entre otros récords el de ser la que más vidas de periodistas se han cobrado los errores de los marines. Entre ellos, el periodista español Couso, fusilado a obuses por un tanque estadounidense, junto a otro informador, en lo que la Audiencia Nacional Española calificó de “error habitual en toda guerra” y para el que sólo caben las disculpas.
Y Obama no se está quedando atrás a la hora de pedir disculpas. Ya como candidato pidió disculpas a dos mujeres musulmanas a las que se prohibió fotografiarse con él por llevar hiyab; después pediría disculpas a los discapacitados por bromear sobre su puntaje en el salón de boliche que tiene en la Casa Blanca; se disculparía con los estadounidenses de bajos ingresos a los que llamó “amargados”; y pidió disculpas, al mismo tiempo, por la detención de un profesor negro de Harvard y por calificar como estúpida la detención. También pidió disculpas porque su Air Force One, con él a bordo, sobrevolara a baja altura Manhattan causando el pánico entre la población. A los cinco meses de mandato, con el respaldo del Senado, Obama pidió disculpas a los negros por los siglos de esclavitud padecida y, más recientemente, insistió en sus disculpas por los errores antiterroristas en los controles de seguridad.
Hace algunos meses el FBI pedía disculpas por usar el rostro de un político español como retrato robot de Ben Laden, mientras la casa Blanca se disculpaba por llamar “retrasados” a grupos liberales. Y la CIA también pedía perdón por el error cometido al ordenar en el 2001 a la Fuerza Aérea Peruana derribar una avioneta cargada de narcotraficantes sobre la selva del país andino, que resultó ser una familia misionera estadounidense.
Suerte que, para ser reconocidos, los errores deben aportar a su desatino su condición de pasado. Ahora, por ejemplo, es tiempo de lamentar los mil quinientos guatemaltecos que sirvieron a Estados Unidos como conejillos de indias hace 62 años. Al futuro se subordina el reconocimiento de las culpas y disculpas, que hoy se niegan.
Sólo el paso de un tiempo prudente puede, en el mejor de los casos, abrir los archivos. Estados Unidos debiera establecer cuanto antes una Secretaría de Estado de Disculpas, porque son tantas y tan repetidas las que debe estar concediendo por todas partes del mundo a causa de sus constantes infamias, que sólo institucionalizándolas va a poder dar curso a todas las disculpas habidas y pendientes.
Claro que, errar puede ser un derecho pero nunca un oficio.
Tres noticias en una
La primera noticia nos relata otra nueva denuncia de torturas. Las padecidas en estos días por nueve independentistas del País Vasco detenidos por la Guardia Civil: la “bolsa”, amagos de violación, tocamientos sexuales, golpes… El mismo juez que ordenó las detenciones, la incomunicación y la inasistencia legal, también desestimó los testimonios.
Sandra Barrenetxea, una de las detenidas, declaró que fue despojada de su ropa en el mismo trayecto a Madrid, siendo trasladada desnuda de cintura para arriba, entre insultos, golpes y tocamientos en los pechos. La vecina de Bilbao denunció que un guardia civil le arrancó los pantalones forzándola a que abriera las piernas. Igualmente, denunció que fue obligada a permanecer en bragas todos los interrogatorios, y amenazada con ser violada en más de una ocasión.
Aniaiz Ariznabarreta, otra de las mujeres apresadas, también denunció haber sido torturada en el mismo trayecto a Madrid, viaje que debió hacer semidesnuda, siendo objeto de golpes, tocamientos en los pechos e insultos sexistas. Durante los cinco días que permaneció detenida e incomunicada fue mantenida desnuda en todos los interrogatorios, sufriendo tocamientos tanto en los pechos como en la vagina.
La segunda noticia se producía hace dos días. El tribunal Europeo de Derechos Humanos ha condenado al Estado español a indemnizar con 23.000 euros al preso político vasco Mikel San Argimiro, al entender que violó el artículo 3 –que prohíbe la tortura– del Convenio Europeo de Derechos Humanos, por no investigar la denuncia de torturas (la “bolsa”, golpes, vejaciones sexuales) que realizó San Argimiro tras ser detenido e incomunicado por la Guardia Civil.
La tercera noticia nos cuenta la entrega en Madrid del Premio del Observatorio contra la Violencia Doméstica y de Género que ha recaído en todas las policías españolas: Cuerpo Nacional de Policía, Guardia Civil, Ertzaintza, Mossos d’Esquadra y Policía Foral, entre otras.
El acto estuvo presidido por los ministros de Igualdad, Bibiana Aído; Interior, Pérez Rubalcaba; y Justicia, Francisco Caamaño, así como el presidente del Consejo General del Poder Judicial, Carlos Dívar; el presidente del Consejo General de la Abogacía Española, Carlos Carnicer; el Fiscal general del Estado, Cándido Conde-Pumpido y la presidenta del citado Observatorio, Inmaculada Montalbán.
La vendedora de cerillas…algunos años después
(Dedicado a Esther Campos Sagaseta)
(Tomado del libro en gestación “Cuentos que no nos contaron”, a medias entre Koldo Campos Sagaseta e Irene Campos Fernández)
Se abre el telón. En medio del escenario, una muchacha, cómodamente recostada en una butaca, lee un cuento (La vendedora de cerillas). Con expresión cansina cierra el libro y lo deja caer al suelo.
-Quien huye de la miseria sin mirar atrás, cuando deja más tarde de correr y vuelve a encontrar su pasado delante, no lo reconoce. Tal vez a eso se debió que no fuera capaz de nombrarme.
Y yo tenía nombre, como Hans Christian Andersen tuvo pasado, pero poco le importó. Para la historia, gracias a su imperdonable olvido, me convertí en “la vendedora de cerillas”.
Supongo que estaba demasiado entretenido describiendo mis “desnuditos pies” en el primer párrafo y mis “piececitos desnudos” en el tercero, antes de mencionar mis “manecitas casi yertas de frío” en el cuarto, para acordarse de mi nombre.
O fue quizás el “frío tan atroz” con que empezó el relato, su empeño en situarme en la segunda línea “en medio del frío y de la oscuridad”, con mis piececitos, tres líneas más abajo, “rojos y azules por el frío”. Tenía, agrega en su cuento, “mucha hambre, mucho frío y muy mísero aspecto” lo que no fue obstáculo, detalle que le agradezco, para que los copos de nieve se posaran en mis preciosos bucles rubios.
Sin abrigo, semidesnuda, en medio de la noche y la nevada, mis sucios y empapados cabellos, como si acabaran de salir de una peluquería, servían de contrapunto a tan miserable descripción para que Andersen pudiera rescatar entre tanta hambre atrasada, tantos pies descalzos y tanto frío… un hermoso detalle, el único, de aquella niña sin nombre.
Bueno, también es verdad que Andersen me asignó un oficio: vender cajas de cerillas, aunque pronto se encargó de dejarme en la ruina, dado que “ningún comprador se había presentado” y yo “no había ganado ni un céntimo”.
Por supuesto, estaba sola, como si yo fuera la única exponente de la miseria de aquella ciudad. Y para colmo de males era Nochebuena y tampoco tenía la posibilidad de regresar a casa porque mi madrastra, que no mi madre, me maltrataría y, además, en la casa “también hacía mucho frío”.
Lo que no acabo de entender es porqué al cruzar la calle a la carrera para que no me atropellasen los carruajes sólo perdí las enormes zapatillas que llevaba, cuando bien pude haber muerto aplastada.
Claro que, tratándose del segundo párrafo, tal vez a Andersen le pareció prematuro reenviarme al cielo a encontrarme con Dios y mi abuelita como haría más tarde. El cuento habría resultado excesivamente breve y no habría tenido ocasión de recrearse en mis entumecidos miembros, mi viejo delantal, la furia del viento…
El mismo autor que me rescatara del anonimato para, sin identificarme, reiterar hasta la náusea todas las calamidades de mi vida, bien pudo haberse entretenido buscándome una puerta de salida, otra existencia menos cruel. Y si creía, como sospecho, que para mi suerte no había redención posible, pudo al menos usarme de pretexto para denunciar el orden de un mercado, aún más miserable que mis carencias, que sacrifica todos los días, en nombre del progreso, miles de vendedoras de cerillas. Pero ninguno de estos dos supuestos le importaba a Andersen, sólo interesado en vender su truculento relato para que pudieran llorar conmigo todas las almas que aún conserven lágrimas que derramar y a las que conmover con mi infortunio.
El tampoco quiso dejarme en la calle, expuesta a los peligros de los carruajes, del hambre y del frío. Reservaba para mi vida otro feliz final. Cuando se hartó de pintar el sombrío cuadro en el que el único brillo lo seguían aportando mis rubios bucles, se le ocurrió que me sentara en una acera y empezara a prender las cerillas que no había vendido para calentarme mis manecitas y piececitos e imaginar de paso la vida que anhelaba.
Así fue que, con el primer fósforo que prendí, de creer que “estaba sentada en una gran chimenea de hierro, adornada con bolas y cubierta con una capa de latón reluciente, en la que el fuego ardía de un modo hermoso”, pasé a imaginar con la segunda cerilla que me encontraba “en una habitación en la que la mesa estaba cubierta por un blanco mantel resplandeciente con finas porcelanas, y sobre el cual un pavo asado y relleno de trufas exhalaba un perfume delicioso”.
Obviamente, mis reconfortantes visiones duraban lo que la cerilla tardaba en consumirse y, de nuevo, volvía a reencontrarme con mi cruda realidad… “una pared impenetrable y fría”.
Si yo no me rendía, menos iba a claudicar Andersen y su insistencia en que siguiera encendiendo cerillas. Con la tercera, creí verme sentada “cerca de un magnífico nacimiento: era más rico y mayor que todos los que había visto en aquellos días en el escaparate de los más ricos comercios. Mil luces ardían en los arbolillos; los pastores y zagalas parecían moverse y sonreírme”.
Naturalmente, al levantar los brazos, acaso para alcanzar alguna luz, la de mi cerilla se apagó y, otra vez a oscuras, advertí que las luces eran estrellas. Precisamente, en ese momento, una de ellas cruzó fugaz el cielo y recordé, siempre según Andersen, lo que opinaba al respecto mi abuelita: «Cuando cae una estrella, es que un alma sube hasta el trono de Dios».
Cansado del juego o, quizás, temeroso de que me fuera a quemar con tanto prender y apagar cerillas, anticipaba al lector del cuento mi destino de tan sutil manera.
Con el cuarto fósforo creí ver “una gran luz, en medio de la cual estaba mi abuelita en pie y con un aspecto sublime y radiante”.
Ni que decir tiene que, ante semejante aparición y dadas las perspectivas, mi único deseo fue reunirme con ella, y en el temor de que la cerilla y también la visión de mi querida abuelita se apagaran, Andersen se decidió a que encendiera el resto de la caja para evitar que su espíritu desapareciera y pudiera el cuento terminar de una vez.
“Nunca la abuela le había parecido tan grande y tan hermosa. Cogió a la niña bajo el brazo, y las dos se elevaron en medio de la luz hasta un sitio tan elevado, que allí no hacía frío, ni se sentía hambre, ni tristeza: hasta el trono de Dios”.
Pero por si acaso no se había entendido tan bella alegoría, quiso Andersen, en un último esfuerzo, agregar un postrero párrafo: “Cuando llegó el nuevo día seguía sentada la niña, con las mejillas rojas y la sonrisa en los labios. ¡Muerta, muerta de frío en la Nochebuena! El sol iluminó a aquel tierno ser sentado allí, con las cajas de cerillas, de las cuales una había ardido por completo. –Ha querido calentarse la pobrecita- dijo alguien. Pero nadie pudo saber las hermosas cosas que había visto, ni en medio de qué resplandor había entrado con su anciana abuela en el reino de los cielos”.
Ya es mala suerte la mía que saliera el sol al día siguiente, o que ese “alguien” de agudas deducciones no me hubiera visto la noche anterior. En cualquier caso, ahí fue que Andersen terminó su lacrimógeno relato, pero no sigan llorando y guarden sus pañuelos para mejores sollozos, que si bien acabó el cuento, no así mi vida.
Lo que Andersen no supo porque, cansado de mirar sin ver se marchó a su confortable hogar cuando yo iba por la tercera cerilla, es que se me ocurrió un mejor destino que el previsto por él para tanto fósforo.
Aprovechando la oscuridad y el silencio de la noche que Andersen había descrito, me reuní con los demás desheredados de la zona, con los mismos con los que compartiera hambre y destino, exponiéndoles mi plan. Por fortuna, como bien apuntara el autor danés, las calles estaban desiertas por el frío y por ser Nochebuena. Ni siquiera la policía, que todos los días nos corriera a golpes de la calle, andaba patrullando esa noche, así que recogimos del suelo todos los periódicos tirados que al día siguiente publicarían mi foto sin ponerle nombre ni al cadáver ni al asesino e hicimos con ellos una enorme bola de papel. Después la rellenamos con los fósforos de las restantes cajas que yo no había vendido y, junto a varios viejos muebles que sacamos de los basureros, colocamos todo junto a la puerta del banco más próximo. Yo mismo, con la última cerilla, pegué fuego a la gran bola de papel.
¡Ese sí que fue un resplandor y no el que imaginara Andersen! Antes de que se consumiera su portón de madera ya estábamos dentro del banco. Por un momento hasta lamenté que no estuviera allí Andersen para que se entretuviera evocando la desazón de mi abuelita el día en que el banco la desahució y perdió su vivienda, pero estaba demasiado ocupada registrando cajones, forzando cajas fuertes, despanzurrando armarios, rompiendo candados y guardando billetes como para ensoñaciones familiares.
Nos hicimos con un respetable botín que, justamente repartido, nos alcanzó para celebrar esa Nochebuena y las siguientes Navidades.
Como sobró dinero, con mi parte, me mudé a un apartamento pequeño pero digno; me compré ropa, la imprescindible; también compre comida, la necesaria; me matriculé en el instituto público y, cuatro años más tarde, ya graduada, a punto de agotarse mis recursos, publiqué mi primer y exitoso cuento: el cuento de una niña que no murió de frío ni de hambre, ni de soledad tampoco, porque se había ido a Cuba y allá vive todavía, atea por la gracia de Dios y comunista por inspiración divina, y a la que, además, hoy debe su nombre, el nombre que no tuvo y que ya tiene…Revolución ¡Carajo!
¿Alguien tiene las respuestas?
¿Por qué las armas nucleares que Irán no tiene son más peligrosas que las armas nucleares que Israel acumula?
¿Por qué las penas de muerte que la justicia de Irán suspende son más lamentables que las penas de muerte que la justicia de Estados Unidos ejecuta?
¿Por qué es terrorismo tirar una bomba en una calle y no lo es tirar diez mil bombas sobre una ciudad?
¿Por qué los daños colaterales tienen muñones?
¿Es el fósforo blanco menos perjudicial para un palestino que para un israelí?
¿Por qué hacer estallar en pleno vuelo un avión estadounidense es terrorismo y hacer lo mismo con un avión cubano es disidencia?
¿Por qué Milosevic se suicidó en la cárcel y Aznar se dedica a impartir conferencias?
¿Qué principio democrático es el que hace posible que en las Naciones Unidas 5 votos valgan más que 192?
¿Por qué se habla más del muro de Berlín que ya no existe, que del muro israelí en Palestina que se sigue levantando?
Si es verdad que el fin no justifica los medios, ¿por qué acabar con Sadam requería arrasar Irak y derrotar a los talibanes exige destruir Afganistán?
Si es verdad que el fin justifica los medios, ¿qué se puede reprochar entonces a Ben Laden o a Al Qaeda?
Si al margen de razón y derecho, un demente desata la guerra porque, a su criterio, el mundo es un mejor lugar sin su enemigo, ¿por qué condenar a su enemigo cuando, al margen de razón y derecho, piense que el mundo es un mejor lugar sin el demente?
¿Por qué es noticia la muerte en Cuba de un preso en huelga de hambre y no lo es la muerte de 9 mil niños de hambre todos los días en el mundo?

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