La Confesión

No creo en la otra vida, pero si algún día me desdigo y termino aceptando la certeza de una eternidad para la que hoy no me basta la fe, será porque piense que vidas tan generosamente entregadas a las mejores causas de los seres humanos, como la del padre jesuita y dominicano Regino Martínez, detenido ayer en Estados Unidos, no tendrían sentido sin esa prolongación de la existencia donde se vean cumplidos los mejores sueños y anhelos de todos, porque algo así debe ser la otra vida.

 No creo en la Iglesia, pero si algún día me arrepiento de tanta agnóstica ignorancia, y acabo  agradeciendo esa divina referencia en la que todos los seres humanos sean por fin iguales, será porque termine, finalmente, apreciando que ejemplos como el que brinda el padre Regino, preso por “razones de Estado”, supieron transformar el más empobrecido infierno de este mundo en la más hermosa y humana fiesta de la solidaridad, porque algo así debe ser la Iglesia.

 No creo en Dios, pero si algún día reconduzco la incredulidad que hoy manifiesto y termino convirtiéndome en otra oveja más de su rebaño, será porque me confirmen su existencia vidas tan generosas y honestas como las del padre Regino, el padre Rogelio,  Patxi Larrainzar, Jesús Lezaun,  Arnulfo Romero, Gaspar García Laviana, Ellacuría, Casaldáliga, Helder Cámara, L.Boff, Ernesto Cardenal y tantos sanadores de almas que han predicado el amor allá donde más se hace preciso su arraigo, que han sacrificado cualquier aspiración personal y mundana en el fraterno abrazo solidario con aquellos más desprotegidos y necesitados, porque algo así debe ser Dios.

 Ayer era detenido en el aeropuerto de Miami el padre Regino Martínez quien, con su documentación en regla y su correspondiente visado, se disponía a viajar a Nueva York donde participaría en una conferencia de su orden religiosa.

Para quien no lo conozca, el padre Regino Martínez tiene una larga vida, parte de la cual ha pasado en Dajabón, en la frontera haitiano-dominicana, dedicada a defender los derechos humanos, la verdad y la justicia. Y es, también, uno de esos dominicanos cuya existencia nos ayuda a los demás a preservar la fe en el futuro del país. Un ser humano íntegro y honesto, excepcional.

Desde aquí mi abrazo, el de Urrategi, mi esposa, y el de todos los seres humanos a los que su ejemplo nos ayuda a vivir.

Incitar a la violencia

Si incitar a la violencia es un delito, a Díaz Ferrán debieran meterlo preso.  

Lo digo porque, hablando en su favor, se le puede perdonar que haya quebrado todas sus empresas, que ser un inepto no es un delito; se le puede pasar por alto que haya dejado en la calle a cientos de trabajadores a los que ni siquiera paga sus salarios, que como bien argumentara su abogado, Díaz Ferrán sólo había asumido con ellos una obligación moral, y carecer de moral tampoco infringe la ley; el que vendiera pasajes aéreos a emigrantes latinoamericanos apenas horas antes de que su compañía quebrara también es disculpable, que la casual fatalidad no admite cargos ni condenas. Lo que no tiene dispensa ni perdón, porque incita a la violencia, es que el presidente de los patronos españoles dado que nadie mejor que él encarna sus valores y principios,  encima se burle, se ría de la gente, con ese descaro de quien se sabe impune y que se cree intocable.

Y si, como temo, no hay juez que considere que mofarse de sus víctimas,  cuando el que se pitorrea es un pedestre chorizo de eminente pedigrí, tampoco es delito, al menos debieran encerrarlo por su propia seguridad, porque incita a la violencia que el mismo sinvergüenza que se mofara de aquellos a quienes había estafado confirmando que ni siquiera él habría elegido su compañía para volar a ninguna parte, venga ahora a insistir en su vil recochineo declarando que lo que se necesita para salir de la crisis que gentuza como este canalla ha provocado y, lo que es peor, todavía administra,  es “trabajar más y cobrar menos”.

A la espera de que el Estado lo nombre embajador en la Polinesia para que disfrute de su botín, si yo fuera él no saldría a la calle.

El soldadito de plomo y la bailarina de la lentejuela

(Tomado del libro en gestación “Cuentos que no nos contaron”, a medias entre Koldo Campos Sagaseta e Irene Campos Fernández)

A un modesto juzgado de un pequeño pueblo llegó un día un anciano. Vestía una deshilachada guerrera que alguna vez fue roja y un descolorido pantalón azul al que no le cabían más remiendos. La falta de una pierna la compensaba con dos viejas muletas de madera en las que se apoyaba.

Al verle entrar, el funcionario que atendía el mostrador apartó los ojos del periódico y sonrió.

 -¡Vaya por Dios! ¡Si ha vuelto el soldadito de plomo! ¿Y qué te trae ahora por aquí? ¿No me digas que otra demanda?

 -Así es –contestó el anciano- Quiero poner una querella contra Hans Christian Andersen.

 -¡Ya…! -siguió sonriendo el funcionario- Otra querella más. Mira soldadito, en los últimos veinte años has demandado al empresario que te fabricó sin pierna; al comerciante que te vendió cojo; al Estado por inhibirse ante la solicitud que hicieras de una prótesis; al ejército por no pagarte la pensión de invalidez y los salarios atrasados; al ayuntamiento de la ciudad por no tapar los desagües públicos; al duende que te puso en la ventana; a la ráfaga de viento que te lanzó a la calle; al niño que te arrojó a la chimenea;  a la rata que te exigió el pasaporte, al pez que te tragó… y ahora también quieres demandar al autor del cuento. ¡Vamos soldadito… no me hagas perder el tiempo! ¿Tú sabes la cantidad de crucigramas que tengo por resolver?

 -Siento molestarlo pero, quizás, cuando ya no le quede trabajo pendiente, pueda encontrar tiempo para ocuparse de mi querella… -contestó el anciano- …así se distrae un rato de sus ocupaciones.

 -¡Ya…! Muy amable por tu parte. El problema es que no has ganado ninguno de tus pleitos. ¿Puede saberse por qué ahora demandas al autor del cuento?

 -Porque Andersen es el responsable de todas las calamidades que he pasado. Y que conste que se las disculpo. Le perdono que me concibiera con una sola pierna y que el negro duende que vivía en la caja de rapé me hiciera la vida imposible hasta el punto de provocar mi caída a la calle. Tampoco le tengo en cuenta que, además del golpe, ni el niño ni la sirvienta me encontraran cuando acudieron en mi auxilio, como le paso por alto el aguacero que desató a continuación. Le dispenso que no se le ocurriera mejor entretenimiento para los dos niños que me hallaron, que montarme en un barco de papel y ponerme a navegar por el canal de la calle hasta perderme por un desagüe abierto. Le perdono que una maldita rata me acosara en procura de un pasaporte y que, a punto de ahogarme, me tragara un pez. Le  disculpo, incluso, su pirómano intento de acabar con mi vida en la chimenea.

– Muy generoso por tu parte exonerarlo de todos los cargos –lo interrumpió sorprendido el funcionario.

-Hasta le perdono –continuó el anciano su inventario de disculpas- que no me dejara expresar mis emociones en atención a que yo “vestía uniforme militar”  por lo  que no pude gritar pidiendo auxilio cuando caí a la calle, porque  hasta en esas circunstancias debía “mantenerme firme y sin mover un músculo, mirando hacia delante, siempre con el fusil al hombro”. Tenía prohibido llorar, así fuesen “lágrimas de plomo, que no habría estado bien que un soldado llorase”. Ni siquiera me permitió el autor del cuento un simple y común pestañeo. Hasta dos veces me los negó. Sólo debía mantenerme firme y recordar aquella vieja canción: “¡Adelante guerrero valiente! ¡Adelante te aguarda la muerte!” que tanto detestaba, porque es verdad que era un soldado pero no es cierto que quisiera morir.

– ¿Y entonces… de qué acusas a Andersen?

Lo único que no le perdono es que no me permitiera haber amado a aquella damisela parada a las puertas del castillo de papel, que vestía “un traje de clara y vaporosa muselina, con una estrecha cinta azul anudada sobre el hombro, a manera de banda, en la que lucía una brillante lentejuela tan grande como su cara”. Tenía los dos brazos en alto, pues era bailarina y había alzado tanto una de sus piernas que hasta pensé que sólo tenía una”. La amé desde que la vi. Si al menos Andersen hubiera previsto, como compensación a todas las desgracias que urdió para mi vida, el feliz encuentro con mi amada bailarina al final de su cuento, hoy no estaría aquí, en este juzgado, pero no fue así. Eso es lo que no le perdono y por ello mi querella.

-¡Ya…! –bostezó el funcionario- Por cierto… ¿y tu fusil?

-El fusil lo perdí en la chimenea, cuando rodé sobre las brasas para escapar del fuego y esconderme  a salvo de Andersen. Al día siguiente, la sirvienta de la casa lo encontró calcinado y pensó que era mi corazón aquel pedazo de plomo derretido. Naturalmente, yo no quise desmentir el equívoco y una noche más tarde abandoné la casa.

-¡Ya…! Mira, pasa a esa sala de espera que ahora estoy tramitando otra demanda, precisamente, contra Andersen, y aguarda a que te llame para hacer el papeleo.

 El anciano, tras dar las gracias, pasó a la sala que le indicara el funcionario y, abatido, tomó asiento junto a una mujer, también curtida en años y desgracias, a juzgar por su atuendo: un raído y viejo traje que amarraba a la cintura con una desteñida cinta que pudo ser azul.

-Así que tú eres el soldadito de plomo… –sonrió la mujer mientras observaba con atención al anciano- No he podido evitar oír tu conversación con el funcionario. Yo también estoy aquí para demandar a Andersen.

Cuando el anciano levantó su mirada del suelo y se encontró de frente con los ojos de la mujer, un destelló de luz iluminó su rostro y su memoria y, balbuceando, como si las palabras, de improviso, huyeran de su boca, finalmente, se atrevió a preguntar.

-¿Nos conocemos? Tu voz… no sé… me resulta familiar.

La mujer, con los ojos aguados por la emoción, tomó entre las suyas una mano del anciano y le contestó.

-No soldadito de plomo, mi voz no puede resultarte familiar porque en todo el cuento no pronuncié una sola palabra. Ni siquiera un respingo aceptó Andersen poner en mi boca. Cuando tú llegaste a aquella casa dentro de una cajita repleta de soldaditos de plomo, yo ya estaba en el cuento, suspendida sobre una sola pierna, en clásica pose de danza, pero sin bailar, a las puertas de un castillo de papel. Y en esa posición y silencio, siempre inmóvil, llegué a la última página para que ni siquiera fuera yo, sino el viento,  quien me acabara empujando a la chimenea.

-¿Entonces… –la interrumpió turbado el anciano- …eres tú…?

-Sí, mi soldadito, soy yo, la que no tuvo nombre, la que no tuvo palabra, la que no tuvo movimiento… Si acaso, aquella brillante lentejuela a la que el fuego dejó “negra como el carbón”, único vestigio que Andersen permitió de mi existencia.

-¿Y cómo escapaste del fuego?

-La misma ráfaga de viento que me llevó a las brasas me salvó de ellas. Con el golpe perdí la lentejuela en la chimenea y yo acabé tirada entre los troncos que la sirvienta almacenaba a un lado. Nadie notó mi ausencia al otro día porque el único al que en verdad le importaba había corrido la misma suerte que yo, al menos, eso fue lo que creí hasta hace un rato, cuando te oí hablar con el funcionario y supe que tú también te habías librado de la hoguera y de Andersen.

 Un entrañable y largo abrazo que no era de plomo, tampoco de papel, selló el feliz encuentro de los dos ancianos. Cuando se separaron, todavía sentados, ella preguntó.

-¿Y qué hacemos ahora?

-¿Seguimos adelante con nuestras demandas? –quiso saber el soldadito.

 – Creo que tengo una mejor idea. ¿Por qué no nos vamos por ahí y aprovechamos este feliz reencuentro para escribir un cuento nuevo, el que pudo ser entonces y para el que aún estamos a tiempo?

– ¡Sí…! –respondió conmovido el soldadito- Un cuento que tenga en nuestras manos a sus únicos intérpretes.

-Sin nadie que marque nuestros pasos –confirmó la bailarina.

-¿Y a qué estamos esperando? –se preguntaron los dos al mismo tiempo antes de romper a reír y, abrazados, levantarse y salir de la sala.

-¿Y qué pasa ahora? –se lamentó el funcionario mientras desatendía sus labores- ¿Es que no me van a dejar terminar el crucigrama?

-¿Qué es lo que te falta? –preguntó la bailarina- ¿Podemos ayudar?

Tal vez porque ya el funcionario se había dado por vencido aceptó compartir con los dos ancianos el último enigma por resolver.

-Cuatro horizontal…Que odia o siente rechazo hacia las mujeres…Tiene ocho letras.

-Misógino –respondió de inmediato el soldadito.

-Andersen –aportó la bailarina.

Y sin esperar la respuesta del funcionario, entretenido en confirmar las posibilidades de dos respuestas que venían a ser la misma, el soldadito y la bailarina, de la mano y entre risas, se dirigieron hacia la puerta del juzgado.

-Desde que lleguemos a casa voy a quitarme esta vieja casaca militar de encima –confesó el anciano.

-Y al mismo basurero que vaya tu casaca va a ir a parar este absurdo traje que lejos de ayudarme a volar me sirvió de mortaja.

-¡Eh…! –alcanzó a gritar el funcionario cuando ya los dos ancianos estaban a punto de salir- ¿Y las demandas? ¿Qué hago con ellas?

-Archívalas… respondió el soldadito volviéndose desde la puerta- …donde mejor te quepan.

-¿Qué las archive…dónde?

La bailarina también quiso contribuir al crucigrama y, antes de desaparecer detrás del soldadito, giró sobre sus pasos.

-Tiene cuatro letras y sirve para sentarse… y para archivar querellas.

 

A Vargas Llosa

Porque uno no puede renunciar a esas oníricas recreaciones que nos permiten disfrutar tantos imprescindibles desahogos, les confieso que llevo muchos años anhelando transformarme en una gran y hedionda bacinilla, envidia de las demás congéneres y, a ser posible, bien surtida de comunes afanes en todos sus formatos.
Y que trasladada a la azotea del edificio más alto de la ciudad, pueda esa bacinilla perpetrar, con premeditación y alevosía, el feliz accidente de desplomarse en caída libre sobre la acera en el preciso momento en que pase caminando Mario Vargas Llosa, para abrazarme a su persona con toda la desenfrenada pasión que siempre he sentido por él y devolverle en especie todas las náuseas pendientes.
Y que inmovilizado por el impacto y en medio de la acera, quede el detrítico emborronador español, bien remozado en aguas residuales, con la bacinilla por montera, goteando eternamente sus pestíferos y, ahora “nobeles” contenidos.
Y así, vea pasar y detenerse sobre su infeliz memoria a todos los perros de la ciudad, levando ancas y prodigando más húmedos homenajes.
Y que el fecal agasajo congregue también a todas las palomas de la región, equivocándose encima del engendro, y que al jubiloso exabrupto se sumen los gorriones, los gatos y las hormigas, y que hasta los chivos organicen su escatológica fiesta sobre tanta ilustrada infamia.
Y que también Pantaleón y las visitadoras y la tía Julia acudan al festivo convite para depositar sobre el impresentable todas las adhesiones disponibles.
Y que cuando ya nadie dotado de intestino quede en la ciudad sin haber rendido pleitesía al más canalla de todos los plumíferos, finalmente, entre el unánime aplauso de los vecinos, llegue ululando la Cruz Roja, la Cruz Verde, los bomberos, cuatro días más tarde, y puedan recoger los camilleros con amorosa delicadeza la heroica bacinilla poniéndola a buen recaudo, mientras el personal de limpieza, manguera en mano, disuelve la excrementosa realidad hasta hacerla desaparecer por alguna sufrida alcantarilla.

Un impune crimen entre España y Venezuela

Me referí al caso en marzo de este año, cuando el juez Eloy Velasco develó una conjura internacional extraída, no podía ser menos, del ordenador de Raúl Reyes, para atentar contra el entonces presidente colombiano Uribe, el ex presidente Pastrana y algunos ex presidentes más. La novelesca trama implicaba a las FARC y ETA, y se estaba a la espera de que nuevos datos aportados por el mismo ordenador, implicaran también a Al Qaeda y Fu-Man-Chú. La patraña, cumplida su misión de enturbiar los sentidos, pasó a mejor vida.
Siete meses después, sin embargo, ha vuelto ese inagotable ordenador y la pericia policial española a demostrar, tras uno de esos hábiles interrogatorios que le acaba de suponer una condena y multa del Tribunal Europeo de Derechos Humanos por amparar la tortura, que los comandos de la ETA se entrenan en Venezuela y que Cubillas, un alto funcionario venezolano de origen vasco, organiza los cursos de adiestramiento y hasta los postgrados.
Por ello es quizás el momento, ahora que la justicia venezolana parece dispuesta, a petición de Cubillas, a investigar a fondo el caso, que se investigue también el doble asesinato de Joaquín Alonso Echeverría, de 31 años, y de su esposa Esperanza Arana López, de 39, ambos de Eibar y residentes en Venezuela desde 1976. Joaquín Alonso presidía un comité de ayuda a presos vascos. La pareja fue ametrallada en el apartamento en el que vivían, en noviembre de 1980, siendo Herrera Campins presidente de Venezuela y Adolfo Suárez presidente español.
Todos los indicios apuntaban al terrorismo de Estado que para ese tiempo decía llamarse “Batallón Vasco-español” y que muy pronto mudaría su apellido por los “Grupos Armados de Liberación” (GAL).
Treinta años después, nadie ha sido detenido ni llevado a la justicia por el asesinato de Echeverría y Arana. Y quizás este sea un buen momento para que la fiscalía venezolana o la propia Audiencia Nacional española revisen el caso que, al fin y al cabo, no estamos hablando de ninguna pésima película de ciencia-ficción, sino de un crimen de Estado, tan real como impune.