Irremediablemente

Puede ser cuestión de días, puede ocurrir que la metamorfosis llegue a tomarse un mes pero, irremediablemente, cuando menos lo esperas, comienzas a emitir las mismas sacudidas que el ascensor que, de hecho, se parecen bastante a las convulsiones de tu compañero de habitación. Eres lo que haces dice el televisor. Una planta más abajo sales del ascensor y cruzas frente a la máquina de café en el temor de que persistan los temblores. Sabes que cuando uno llega a lo que considera un territorio hostil y piensa que se le trata con hostilidad y, además, amaneces sintiéndote hostigado para que una noche más tarde persistas en la idea de que todos te hostigan, es muy probable que tus deseos se cumplan, pero tratas de huir por el pasillo advirtiendo desolado que no puedes correr, que ni siquiera puedes andar como solías. Se me ha terminado la baba de caracol y hace 33 días que no fumo. Ya no caminas sino que arrastras los pies como el de la 14 y a trotecito lento recorremos el pasillo. Tu saludas tocando el ala de tu sombrero mejor y yo agito con donaire el ibuprofeno hasta que encuentro refugio en los baños en la esperanza de que todo pase, de que la pastilla blanca exagonal haga por fin efecto aunque tampoco tenga claro en qué consiste su virtud y si no sería mejor confiar en que sea la azul, que además es redonda, la que evite esa somnolencia a la que haces responsable de tu febril estado cuando adviertes que no te has tomado la pastilla amarilla. Y lo sabes porque sigue en tu bolsillo. ¡Llámenos y en breve le atenderemos! dice el televisor. Hace 44 días que no bebo. Lo peor es que, precisamente, esa pastilla es la que se ocupa de contrarrestar los efectos secundarios de las otras, pero poco importa ahora que ya ni corres, ni saltas, ni caminas… sólo tratas de entrar al baño y ni siquiera has tomado el laxante. En cualquier caso, los alrededores de los baños se hallan congestionados de sillas de ruedas que aguardan la salida de las que en su interior vacían el agua de las cisternas. Eres lo que bebes dice el televisor. Uno vuelve sobre sus pasos arrastrando consigo el gotero del antibiótico y, con la boca abierta, desparramas a derecha e izquierda todas las toses que cargas sobre los pasamanos de las escaleras para no exponerte de nuevo al ascensor. De cada tres calzoncillos 2,4 son blancos y solo el 3.7% son amarillos. Hace 26 días que no fumo. Una enfermera, de improviso, interrumpe tu trashumancia por la segunda planta del hospital y te pregunta si ya tomaste el diazepán. Eres lo que conduces dice el televisor. Le preguntas por el color y te responde que es blanca pero no exagonal sino redonda. También te pregunta si te pasa algo, si estás bien, si quieres crema hidratante porque tu cara y tu cabeza se están descascarillando aún con más velocidad que las paredes de la tercera planta. Unicamente el 5.8% de los canzoncillos tienen cuadros y solo 2 de cada cien son transparentes. Hace 14 días que no bebo y las sillas de ruedas van y vienen por el pasillo buscando habitaciones en las que recogerse al no haber podido acceder a los baños. Las auxiliares se encargan de cambiarles el pañal y, por estar en el medio, te ganas dos inhaladores extras y una sonda urinaria. Mis pensamientos se han vuelto intravenosos y necesito oxígeno. Eres lo que sueñas dice el televisor. El de la 27 conduce su camilla camino de una urgencia pero vuelca en la curva de la sala de estar en donde se han refugiado las visitas que tampoco se enteran de lo que está pasando por estar pendientes del televisor. El promedio de vida de un calzoncillo en Minnesota apenas sobrepasa el año. Hace 66 días que no fumo y, ya en mi habitación, constato lo que temía, que siempre que ingresas en un hospital, irremediablemente, terminas volviéndote hospital.

(Euskal presoak-euskal herrira/Llibertat presos politics/Altsasukoak aske)

La infancia

La ingenuidad es, probablemente, el rasgo más sobresaliente de una infancia que, cuando la perdemos, nos condena a treinta años y un día de adultez. De ahí nuestra inquietud al advertir que cada vez es menos soñadora y más parecida a nosotros mismos. Algo hay, sin embargo, de hipócrita virtud en nuestra temor porque esa infancia sólo es el reflejo de lo que somos, de la sociedad a la que nos hemos adaptado y que nos enseña a simular, no a ser; que nos instruye para que acumulemos, no para que compartamos; que nos entrena para que compitamos, no para que participemos; que nos adiestra para el triunfo, no para la vida. Los que crecimos sin respuestas ahora tampoco aceptamos preguntas. Los educamos en el miedo y nos sobresalta su timidez; los educamos en el desorden y nos alarma su dispersión; los educamos en el engaño y nos sorprenden sus mentiras; los educamos en la intolerancia y nos desconcierta su violencia. Quienes comenzaron poniéndose nuestros zapatos para jugar y han terminado calzándose nuestras ideas para vivir, son la mejor referencia de una familia, de una escuela y de una sociedad que en lugar de educar, adoctrina; que en vez de sugerir, ordena; y que, incapaz de corregir, castiga.

(Euskal presoak-euskal herrira/Llibertat presos politics/Altsasukoak aske)

Devolviendo favores

Hechas las oportunas indagaciones y tras mucho deliberar, el honorable grupo de jueces y fiscales españoles de gira por Colombia dictaminó que las menores con que los sorprendieron, según afirmaron las declarantes, “ya podían votar y, además, les daban pena”. La piadosa sentencia, para la que no hubo apelación, condenó a las acusadas a la pena de acompañarlos por Cartagena de Indias con el atenuante, también “eran camareras”, de ser indemnizadas. Es lo que se desprende de la conversación grabada entre la actual ministra Dolores Delgado y el condecorado comisario Villarejo hace nueve años y difundida ahora.

Los medios, tan comedidos como indiscretos dependiendo del caso que mientan, no han revelado la identidad de ninguno de los magistrados aunque sí un dato sorprendente ya que no se menciona en las grabaciones. Las menores tenían 17 años. O lo que es lo mismo, que casi no eran menores, que solo les faltaba un año para licenciarse.

Ignoro si, actualmente, aquellos samaritanos siguen frecuentando hoteles o si todavía las camareras provocan su compasión, pero apostaría a que siguen presidiendo tribunales, revestidos de togas, birretes y puñetas, impartiendo venganzas y devolviendo favores.

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Paréntesis

Este “Azken Puntua” desde el que vengo hablando hace unos cuantos años de lo humano y lo divino, acostumbro a terminarlo con la demanda de que toda la población vasca presa y dispersada vuelva a su pueblo. Más tarde, a esa cita sumé mi afecto por la “llibertad de los presos polítics” y más recientemente sumo a esos reclamos mi solidaridad con los jóvenes de Altsasu.

Hace casi cien años Valle-Inclán retrataba en “Luces de Bohemia” el “trágico esperpento de una España desgreñada y macilenta, de ladinos, guindillas y fantoches en la que las leyes reposan en carpetas de badana mugrienta” y en la que la “autoridad es “un pollo chulapón de peinado reluciente” que se pasea y dicta: “Aquí no se protesta”.

Al paso que vamos, corro el riesgo de que la nota al margen y entre paréntesis con que termino siga creciendo y comprima la columna comiéndole los bordes grito a grito hasta que, tal vez, de mi columna apenas quede un párrafo, solo el título, pero como decía el escritor gallego, “mientras a eso llamen justicia los ricos canallas” y así yo escriba sobre el solsticio de invierno, las puestas de sol o las moscas cojoneras, seguiré insistiendo en que no habrá paz mientras el Estado siga secuestrando presos.

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«No podemos volver a las cavernas»

Cada vez que la ambición y el lucro especula algún nuevo y fantástico proyecto construyendo modernos aeropuertos sin aviones, veloces trenes sin pasajeros o nuevas urbanizaciones sin vecinos; cada vez que detrás de unas jugosas comisiones se aprueban inocuas prospecciones en el mar o se otorgan licencias para el seguro almacenamiento de residuos nucleares, siempre hay un coro de sesudos articulistas y contertulios que, por si acaso no se entiende el costo que el progreso y el desarrollo implican, insiste: “No podemos volver a las cavernas”.

Por supuesto que no. Es mucho más reconfortante vivir debajo de un puente, dormir en el cajero de un banco, en el banco de un parque o en los portales de las cuevas. ¿Para qué una piel de oso con la que arroparse en las noches de invierno cuando disponemos en la calle de toda clase de cartones con los que protegernos de las inclemencias del tiempo? ¿Para qué salir de caza por el bosque o la selva, lejos de la cueva, cuando podemos en la misma calle rebuscar alimentos en los contenedores de los supermercados? Tampoco bajar al río parece mejor opción que asearse en cualquier fuente y una hoguera se enciende en cualquier sitio. No podemos volver a las cuevas. Nos pasaríamos el día pintando bisontes en las paredes, en lugar de estar en las esquinas pintando retratos a los turistas o tirar de manta en las calles para aumentar nuestra cifra de negocio.

Millones de personas en todo el mundo han salido de las cuevas para no volver y disfrutan la vida entre los escombros de Alepo y las ruinas de Aden, en las minas de Katanga, en las cárceles de Jartum, en los cementerios de Ciudad Juarez, en los basureros de Cap Haïtien, en el fondo del Mediterráneo, en la Cañada Real de Madrid.

No, a las cavernas no vamos a volver porque hasta las cavernas son un destino y nosotros no vamos a ninguna parte.

(Euskal presoak-euskal herrira/Llibertat presos politics/Altsasukoak aske)