“¿Dónde estaba la policía?”

Hace algo más de dos años, luego de que se derrumbara el imperio de Bernard Madoff, aquel mago de las finanzas y reserva espiritual de Wall Street, acusado de estafar a sus inversores alrededor de 50.000 millones de dólares, Dominique Strauss-Kahn, director del Fondo Monetario Internacional preguntó sorprendido: “¿Dónde estaba la Policía?”
Cándido como nadie y cínico como todos, Strauss-Kahn no lo sabía. No era él político francés, a quien hasta hace unos días parecía destinada la presidencia de su país, el único en ignorarlo. Los grandes medios tampoco encontraban la respuesta.
¿Dónde estaba la policía? ¿Por qué no estaba en el exclusivo club de golf donde Madoff establecía sus contactos y hacía sus negocios? ¿Por qué no estaba investigando los tantos asesores que tuvo el delincuente y que ni siquiera resultaron salpicados? ¿Por qué no estaba la policía en los despachos de los directores de las grandes finanzas? ¿Por qué no estableció controles en los pasillos de la Bolsa o efectuó redadas entre los accionistas? ¿Por qué no decomisó balances o sometió las alzas a estrecha vigilancia? ¿Por qué no practicó un allanamiento en la residencia habitual del millonario?
Uno, simple espectador que casi no sale de su casa, sin acceso a fuentes fidedignas o infundados rumores, sin más medios que el balcón al que asomarse ni más asesoría que el vecino, en su pequeño pueblo, sin embargo, conocía las respuestas que los rectores del mundo ignoraban: la policía estaba persiguiendo carteristas, desmantelando rateros, atropellando emigrantes, disparando a estudiantes, torturando presos, golpeando huelguistas, disolviendo derechos…en fin, en sus comunes afanes.
Dominique-nique-nique… no lo sabía. De hecho, y como corresponde al cargo que ocupaba al frente de esa mafia monetaria, ya tenía unos cuantos años de impune ejercicio como consumado violador de economías y había ejercido toda suerte de desmanes contra la humanidad, acosando derechos y agrediendo principios, transformando la escasez en miseria y el sueño en pesadilla, hasta con tiempo para personales desenfrenos sexuales y espléndidos despilfarros sin que apareciera la policía.
Dominique-nique-nique… no lo sabía pero, a veces, la policía se equivoca.