Guión de un ventrílocuo para una rueda de prensa

El ventrílocuo dispone de dos muñecos, uno en cada mano. Los dos muñecos visten togas, birretes y puñetas en las mangas. Uno es el Tribunal Supremo, el otro el Tribunal Constitucional.

-Ventrílocuo-
-Cierto es que la mayoría de la sociedad vasca cree que Bildu debe participar en las elecciones. Yo mismo también lo creo. Además, parte de Bildu son dos organizaciones políticas irreprochables y de las que hay constancia que no tienen nada que ver con ETA… pero debemos esperar a que el Tribunal Supremo haga su trabajo y dicte sentencia. Y, por supuesto, hay que acatar el fallo nos guste o no nos guste. ¡Qué papelón que tiene la justicia!

-Tribunal Supremo-
-Ya está, ya estoy listo para evacuar…

-Ventrílocuo-
-¿Para evacuar?

-Tribunal Supremo-
-Para evacuar sentencia… Y considerando lo considerado por quienes tienen derecho a considerar, considero testaferros de ETA a todos los integrantes de las contaminadas subjetivamente listas presentadas. He dicho.

-Ventrílocuo-
Acabamos de oír al Tribunal Supremo. No termino de aceptar la sentencia porque hay una mayoría social en Euskadi que piensa que Bildu debe estar en las elecciones, pero la acato como corresponde en un estado de derecho. Claro que siempre queda el recurso del Tribunal Constitucional para atender cualquier recurso. ¡Qué papelón tiene el Tribunal Constitucional!

-Tribunal Constitucional-
-Ya lo tengo, yo también he evacuado… sentencia. Considerando todas las alegaciones y demás recursos, este tribunal también aprecia la presencia de icónicos en listas cuya contaminación sobrevenida es evidente, por lo que se reafirma en el fallo del Tribunal Supremo en general.

-Ventrílocuo-
-Pues esto es todo. Doy ya por terminada esta rueda de prensa no sin antes recordar que yo sigo pensando en que hubiera sido bueno que Bildu concurriera a las elecciones porque, aunque no hayan sido suficientes los pasos que la izquierda abertzale ha dado, hay que animarles a que sigan por ese camino y aceptar, como lo acepto yo, el fallo de los órganos supremos de justicia, como corresponde en una democracia. ¡Qué papelón tiene el País Vasco!

Llamado urgente

Porque a veces resulta inevitable tener que hacer un alto en el camino y volver a sopesarlo todo al paso, a quienes alguna vez en el pasado estrecharon mi mano, me legaron un beso o compartieron conmigo un abrazo, debo haceros saber, porque tenéis derecho a no ignorarlo, que estoy… contaminado.
Y ni siquiera sé cómo me he contaminado, si han sido los vecinos, los amigos o el alcalde. Ignoro si se trata de una contaminación sobrevenida o de que me sobrevino una contaminación, pero lo cierto es que estoy contaminado. Es posible que hasta mi familia también esté contaminada. O acaso haya sido ella, mi propia familia, la que me ha contaminado. Es más, ahora que lo pienso… la verdad es que no confío en Haizea así se ampare en sus tres años de vida. Sólo porque lo sepan y entiendan mis razones para la sospecha, ayer le pregunté:
-¿Y que has comido en la escuela?
Y Haizea, luego de ponerle otro ganchito más a su muñeca, no quiso dejarme sin sonrisa y me contestó:
-Caca.
Yo fingí dar por bueno el primer plato e insistí:
-¿Y después, mi hija? ¿Qué te dieron después?
Para alivio de su muñeca, Haizea desechó el enésimo ganchito y, muy seria, me respondió como si no entendiera mi inquietud por su alimentación:
-Pedo.
Dado el escatológico y reiterado menú, yo opté por concluir mis pesquisas.
-Ya… y de postre te dieron moco ¿verdad?
-No aitá, de postre me dieron yogurt.
Pues bien, sí pudo ser Haizea. Y tampoco es la primera vez que la supongo contaminada. En cualquier caso, fuese Haizea la causa o mi maldita memoria que todo lo contamina, la realidad es que estoy contaminado, que este ordenador también lo está y que en la misma medida en que te lo estoy contando y tú lo estás leyendo, temo, también te estoy contaminando a ti. La contaminación te sobreviene inevitable y sigue su curso, a tu pesar o con tu venia, contaminándolo todo, tu persona, tu umbral, tu entorno…A partir de ahora siempre habrá alguien que pueda alegar en tu contra que alguna vez me leíste. Peor todavía… y que después te pusiste a escribir, saliste a la calle, hablaste con el de la tienda, saludaste a un viejo amigo… los contaminaste a todos.
Como si jugáramos a La Oca, vamos de contaminación en contaminación y contagio porque me toca, infectándolo todo, tú, yo, aquella, el otro, la de más allá…
Lo peor, sin embargo, no es ignorar cómo me he contaminado, sino no saber de qué.
Por más vueltas que le he dado a mi vida, por más huellas que he estado desandado, tratando de encontrar en el pasado la raíz de ese brote contagioso, sigo sin saber de qué estoy contaminado.
Hay, afortunadamente, una manera de descubrirlo que, al mismo tiempo, terminaría con el contagio: Contaminarnos todos. Sí, inyectarnos una dosis de humana solidaridad o de humanismo a secas, que nos inmunice contra la intolerancia y el olvido, para salir entonces a la calle dispuestos a encontrarnos, a hablar, a compartir y comulgar juntos una maravillosa y fraterna contaminación.
Tal y como lo cantara Pedro Guerra que, sin saberlo, se convirtió hace ya unos cuantos años en un precursor de la contaminación compartida, hoy más que nunca es necesario aquel “contamíname, mézclate conmigo, que bajo mi rama tendrás abrigo”.
Y ese ansiado y contagioso encuentro, no tiene porqué ser a través de Facebook o por medio de un mensaje al móvil. Mejor en la calle y a pecho descubierto (esto es una metáfora) o en la plaza del pueblo, de 12 a 1 del día, por ejemplo, y mejor el domingo, que es fiesta… todavía.
Basta con que nos encontremos, con que nos demos la mano, intercambiemos un beso, un abrazo, una palabra, para que todas y todos acabemos contagiados y la contaminación desaparezca. Y sólo hace falta ponerle fecha y hora a ese contagioso encuentro.
Quedará entonces la feliz idea común, el sueño compartido, de un mundo mejor que, además de posible, es imprescindible.

Lo único que no sabemos

Supongamos que, como bien se felicita Dick Cheney, “el programa de interrogatorios” de Guantánamo condujo a la captura del líder de Al Qaeda” obviando la inhumana tortura que exculpa el eufemismo de “programa de interrogatorios” y sustituyendo la captura por asesinato. Hasta en esos casos, dado que el fin justifica los medios, la tortura preventiva da resultados.
Supongamos que, como apunta Eric Holder, fiscal general estadounidense, las acciones fueron “legales, legítimas y adecuadas a cada manera”, para no desvariar en presuntos conceptos como “soberanía” o “derecho internacional”. En cualquier caso, el fin justifica los medios y la violación preventiva es una necesidad.
Supongamos que, como afirma el propio presidente Obama, “se ha hecho justicia”, para no perdernos en absurdas disquisiciones sobre si hubiera sido conveniente enviar un contingente de jueces, fiscales y abogados, armados de togas y birretes. También en ese caso el fin justifica los medios y el asesinato preventivo resulta inevitable.
Supongamos que, como bien repiten los grandes medios de comunicación, “el terrorismo ha sido descabezado”, para no dejar que nos perturben esos otros titulares que “desatan la alerta mundial”. El fin justifica los medios, como los medios justifican el fin de la mentira, y la mentira preventiva es la única verdad.
Supongamos que, como escribiera el guionista del film, “la lucha fue encarnizada aunque no se opuso resistencia”, “la mansión estaba muy fortificada aunque no se encontraron armas”, “Ben Laden usaba usaba a su mujer como escudo aunque no la usaba”… para que las menudencias en el guión no interfieran con el fin que justifica la película y en el que la guerra preventiva es imprescindible.
Por que el fin era que Obama, cuyo descrédito seguía en aumento, volviera a ser aclamado en las calles estadounidenses; que el pueblo estadounidense, cada día más abatido por la crisis, recuperase la confianza en su gobierno y sistema; que el mundo terminara de saber que la “justicia” estadounidense, aunque tarde, siempre te alcanza; que los países árabes entendieran la conveniencia de no variar el rumbo; que podamos todos dormir sin sobresaltos, sin fantasmas que nos ronden ni villanos que perturben nuestra paz, porque el Imperio vela por nosotros.
Ya todo lo sabemos sobre la “operación quirúrgica” que ha abatido a “Gerónimo” en otra nueva odisea al amanecer, y que ha merecido uno de los más grandes despliegues informativos que se recuerden, así como los más encendidos elogios de presidentes europeos y demás colonias. Lo sabemos todo, desde que “existía un 60% de probabilidades de que se tratara de Ben Laden”, como afirmara Obama, hasta que el “tipo de mansión en la que se escondía hablaba de la naturaleza del fugitivo”, según el asesor estadounidense Brennan.
Lo que aún se ignora es a qué pobre infeliz arrojaron al mar.

Ha muerto Ben Laden

El caso de la nueva muerte de Ben Laden es uno de los ejemplos que mejor explican las carencias que, entre otras, tienen los Estados Unidos de prestidigitadores.
Las primeras apariciones en los medios de comunicación de Ben Laden, hace ya bastantes años, lo significaban como un paladín de la libertad enfrentado al imperialismo soviético en Afganistán. En aquel entonces, el Ben que se convertiría en Bin, a sueldo de la CIA, era parte distinguida, todavía, de la muy ilustre familia Laden, íntima de los Bush y con notables y millonarios negocios en Estados Unidos. Pero el Bin, que entonces era Ben, tras la retirada de los soviéticos de Afganistán, enfiló sus enojos hacia quienes lo armaran, celebrando el derrumbe de las Torres Gemelas y amenazando con nuevas represalias. Poco antes había muerto en extraño accidente aéreo ocurrido en Estados Unidos un hermano suyo y socio del presidente George W. Bush y es sabido que, con el espacio aéreo estadounidense cerrado inmediatamente ocurriera el ataque del 11 de septiembre, un avión cargado con los Laden abandonó Estados Unidos rumbo a Arabia Saudita, país del que procedían la casi totalidad de los implicados en los atentados.
Con la invasión estadounidense a Afganistán, la presencia de Ben Laden, ya convertido en Bin, que el ben sonaba demasiado a judío, se hizo tan habitual en los medios de comunicación como las crónicas bursátiles. Todas las mañanas, el Bin que fuera Ben recorría en caravana de camellos el desierto afgano junto a sus esposas e hijos, eludiendo los bombardeos, antes de refugiarse en Kandahar, de donde el Bin que fuera Ben lograba escapar disfrazado de mulá, en una guerra que no era guerra y en la que murieron más periodistas que marines. Para la noche, ya el Ben transformado en Bin buscaba protección en las montañas de Tora Bora para reaparecer horas más tarde en Pakistán y terminar el día, el Bin que fuera Ben, entrando en una fábrica de explosivos de Sudán que no era fábrica. Dentro de un mismo informativo, el Bin-Ben era descubierto orando en una mezquita de Somalia y, al mismo tiempo, vendiendo heroína al por mayor en un mercado de Kabul. Y entre sus fugaces y permanentes incursiones aquí y allá, el Ben-Bin, localizado en todas las ciudades y sin que apareciera en ninguna, todavía tenía tiempo para grabar algunos videoclips cargados de amenazas en las montañas filipinas y en el desierto marroquí. Sólo en Cuba y en Iraq, por alguna inexplicable falla de los servicios de fabulación, no se reportó la presencia del famoso fugitivo, lo que no fue obstáculo para que fuera Iraq, precisamente, la siguiente nación invadida so pretexto de unas armas que nunca aparecieron, y de una complicidad que jamás se demostró. Acaso porque tanto el Ben como el Bin ya estaban muertos, de emitir todos los días sus proféticas y televisadas amenazas pasó al más absoluto ostracismo durante años hasta que, curiosamente, tres días antes de un envite electoral estadounidense, el Bin y el Ben, suerte de Big Bang, reaparecieron profiriendo más y nuevas amenazas para convencer a los indecisos votantes de la necesidad de que George W.Bush se reeligiera sin necesidad de fraude electoral alguno.
“Tenemos que ser fuertes”, repetía George Bush a su parlamento y a sus ciudadanos, urgido de más tiempo y más recursos.
“Estados Unidos es débil”, le secundaba de inmediato Ben Laden, luego de tres años de silencio.
Como si fuera un espectro del pasado al que se invoca, el eco respondía a la llamada de su voz y volvía Ben Laden a dejar oír su oportuna amenaza para que si alguien dudaba, todavía, en Estados Unidos, de la necesidad de ser más fuertes, confirmara a través de su más aliado enemigo lo vulnerables que eran y son.
Extraña la complementaria coincidencia entre Bush y Ben. Siempre a la voz le sucedía el eco para reiterar el mismo mensaje. La penúltima vez que coincidieron faltaban horas para que fueran a las urnas los estadounidenses y, como es costumbre, el encuentro sirvió para que ambos se restituyeran la credibilidad que habían perdido, uno como presidente amenazado; el otro, como difunto que amenaza. Tres años más tarde volvía la casualidad a entremezclar sus discursos. Cuando más solo comenzaba a quedarse Bush en su demanda de obtener más recursos y tiempo para seguir arrasando Iraq, Ben Laden reaparecía secundando al presidente.
“Necesitamos ser más fuertes” decía la voz. “Son vulnerables” repetía el eco.
Para no ser menos, también Obama comenzó su mandato disfrutando de los beneficios de la prestidigitación de que gozara Bush, sacándose del sombrero una nueva sucursal de Al Qaeda en Yemen y otro nuevo país que integrar en el eje del mal.
Ahora resulta que lo han vuelto a matar. ¡Oh my Goog! ¿Otra vez?
Pues sí, que así son los estadounidenses. Tienen que matarte unas cuantas veces para confirmar que tú sigues con vida. El problema es que el prestidigitador que acabó con la enésima existencia de Ben Laden, terminada la función, en lugar de guardar el cadáver en su baúl de feriante decidió arrojarlo al mar… No hay cuerpo, pero ¿cómo dudar de los sepultureros?

¿O bombas o votos?

Esa era la propuesta que el Estado español, por boca de uno de sus mentores, hacía a la sociedad vasca. ¿O bombas o votos? insistía Rubalcaba poco antes de impugnar los votos y de que el Tribunal Supremo los ilegalizase.
A falta de que el ventrílocuo ponga a hablar a su tercer muñeco y el Tribunal Constitucional concluya la función, sea ratificando el fallo, inhibiéndose y dándolo por bueno, o corrigiendo un par de grados la general contaminación para que el diagnóstico siga siendo el mismo… ¿Qué queda de la propuesta?
Están desesperados, puestos en evidencia, desarmados. En su demencial apuesta por la violencia no acaban de entender que la respuesta no la determina su pregunta.
Muchos años antes de que naciera ese trujamán portavoz del gobierno y, de improviso, descubriera el valor de los votos, ya el pueblo vasco vivía en democracia. Sólo la contaminación que le han supuesto los estados español y francés le ha impedido disfrutarla a plenitud, sin eufemismos.
Es el Estado español quien necesita la guerra para poder seguir justificando el fraude y la conquista, pero la respuesta de la sociedad vasca, su vocación democrática, tan antigua como la moral con que la ha defendido, no la impone Madrid, no es el Estado español quien va a determinarla. Cuanto más reivindique la sociedad vasca su derecho universal al voto, cuanto más unitaria y masiva sea la propuesta democrática, más aislado y vulnerable va a quedar ese Estado.
Lo que en su irracional y violenta propuesta nos está diciendo el Estado español es que por ahí viene la independencia, ese bendito día en que la suerte de esta sociedad, su gobierno y justicia, su presente y futuro, su progreso o su ruina, no la decidan otros.